EL AMOR MÁS ALLÁ DE LA VIDA

Por María Pilar Martín Vilches

Nos encontramos entre los años 1187 y 1192. El Papa Gregorio  VIII, promovió la Tercera Cruzada, que fue llamada la de los Reyes,  porque la comandaban Ricardo Corazón de León, Felipe III, Augusto de Francia y Federico III de Alemania. La finalidad de esta Cruzada, la misma que las anteriores, la de recuperar las  Tierras Santas.

El Papa ordenó a todos los nobles de Europa que se incorporaran a esta batalla.

El Duque de Clemont, anciano ya, envió a su hijo mayor, Rubén, quién tan solo tenía veintidós años. Lo dotó de su mejor caballo poniendo rumbo a Paris, de donde saldría  la expedición con dirección a Génova, que posteriormente proseguirían en barcos que los llevaría al destino final de Tierra Santa, en donde, le arrebatarían estas a los turcos.

Transcurrieron varios días cabalgando, hasta llegar al fin, a Génova,  iban sedientos y agotados, y muy cerca del puerto había una posada, donde todos los Reyes y Nobles se introdujeron con  la intención de saciarse y descansar a la espera de que llegaran los navíos.

La posada estaba regentada por su propietario Chapeto, y por su hija Violeta, las cual era una criatura angelical y su rostro pareciera sacado de un cuento de hadas. Sobre sus hermosos y dorados cabellos, lucía un ramillete de pequeños tulipanes recién cortados  de los más vivos colores.

La posada tenía un gran salón que lo decoraba muebles rústicos y envejecidos, sobre los techos colgaban enormes lámparas de hierro oxidado que sujetaban grandes velas que impregnaban el ambiente con un fuerte olor a cera.

Rubén de Charpentier, se sentó sobre un banco de madera  junto a una mesa redonda llena de grietas y de manchas, que en su día dejaría el vino derramado por las manos ebrias de algún  marinero. Casi exhausto de agotamiento y haciendo gran esfuerzo, levantó su cabeza en busca del mesero  para hacer su pedido de vino y viandas. Al alzar la cabeza  y con su mirada recorrer el salón, observó a una muchacha que   con mucha gracia  atendía a los  comensales. La chica se movía con un gracejo muy particular y su desparpajo para atender era de una maestría y elegancia que dejaba con la boca abierta. Rubén la miró fijamente, como si la recordara de otro lugar, o la hubiera visto con anterioridad. Se quedó largo rato  contemplándola, hasta quedar atónito. Levantó su mano para llamarla y así fijaría su atención sobre él, y Violeta, al verlo sintió un enorme calambrazo por su cuerpo, esa extraña emoción le había recordado escenas lejanas en su memoria, pero que era consciente que no había vivido jamás. Violeta acudió a su mesa y se colocó inquietante frete a Rubén, ella también  buscaba respuestas a tantas incógnitas, que en tan poco tiempo habían surgido. -¿quién es este hombre  al que jamás vi, y tengo la certeza de conocer?

Lo cierto, es que, ambos se miraban fijamente a los ojos. En ese preciso instante, experimentaron sensaciones muy hermosas de amor. Apenas cruzaron palabras, pareciera que con sus miradas hubieran tenido una larga conversación. Violeta  intentó reaccionar, pero sus piernas temblaban sin control. Para tratar de esquivar la situación, -la tensión hasta se podía cortar con un cuchillo-, ella se fue hacia la cocina  y trajo a Rubén un gran plato de asado de cordero, en el que fácilmente, hubieran comido cinco personas. Rubén, apenas pudo pegar bocado, en unos instantes, su estómago  embargado de emoción se había cerrado por completo y no pudo pegar bocado.

Ambos, uno frente al otro, se habían quedado hechizados y sus corazones  latían  a un ritmo tan desorbitado, que la velocida de su aceleración era semejante a la de quererse salir de sus pechos.

De esta maravillosa forma transcurrió todo el día, mirándose  incansablemente, y  sus almas, volaban y revoloteaban como pajarillos en celo por todo el salón.

Llegó la noche, y los barcos aún no habían llegado a puerto. Los Reyes y Nobles, decidieron pernoctar en la posada. Ya era tarde, y todos los visitantes habían sido acomodados en sus habitaciones, estas dispuestas, según sus rangos y  categorías.

Rubén, esperó a que todos se  hubieran acostados, y en el silencio de la noche buscó a Violeta, y la llevó a sus aposentos con  la única intención de tomarla de sus manos, y de nuevo poderla contemplar y confesarle lo que su corazón había sentido. Violeta, aunque muy casta y honesta, no pudo resistirse a la llamada de su amor,  esto era más fuerte. Una vez en la habitación, se tomaron de las manos y sus cuerpos temblaron como si los envolviera  la nieve. Luego, por una fuerza incontrolada, se besaron y se estremecieron hasta sentir que sus corazones estaban latiendo al mismo compás. ¡¡¡No había dudas, era un amor verdadero!!!

Llegó ese momento, -en el que ninguno había pensado-, ese instante inolvidable en el que sus cuerpos atraídos por una fuerza descontrolada,  se fundieron en uno solo. Fue una experiencia única e inolvidable para ambos muchachos, jamás la olvidarían. Rubén, prometió a Violeta amor eterno y le juró que cuando volviera  de la Cruzada vendría por ella para contraer matrimonio, y así, vivir  juntos para siempre.

Al día siguiente partiría rumbo a Tierra Santa, volviéndole a recordar que vendría por ella.

Pasaron los días, tanto Rubén como Violeta no cesaban de recordar aquellas  horas que pasaron juntos, añoraban constantemente reencontrarse, continuamente hacían planes de futuro.

Durante el tiempo que Rubén había pasado en la guerra, habían ocurrido muchas revueltas en Génova,  en las que no faltaron la destrucción de muchos pueblos, el derrumbamiento de locales y comercios, y al llegar a la posada, comprobó que estaba derruida y sus dueños habían huido a otra zona, tal vez, a un lugar más tranquilo. Pero nadie supo dar explicación hacia donde habían ido. El muchacho, tan enamorado, sitió entonces mucha tristeza. Todos estos años había soñado con ese reencuentro con Violeta. Pensó que su amor era tan fuerte, que era la verdadera causa que lo había mantenido con vida y había dado las fuerzas para regresar.

Con un dolor que le desgarraba el alma  y lleno de heridas mal curadas que traía de la cruzada,  inició viaje hacia su castillo, donde podrían  curarle su cuerpo y sanarle las heridas de su alma. Aunque pensaba que su espíritu no se recobraría de la pérdida de Violeta.

Cuando apenas se  recuperaba un poco, Rubén, buscaba a su amada en los lugares que creía que podría estar. Otras veces, cuando las fuerzas le faltaban, mandaba  a sus criados.

La tristeza y las muchas secuelas de la guerra lo habían llevado a un estado de mucha debilidad, se encontraba muy enfermo y agotado. Se sentía muy abatido, como si muriera por instante. De esta forma transcurrían los días, semanas y meses. No había esperanzas para Rubén.

Mientras pensaba en Violeta, en su amor, en aquellas horas que pasaron juntos. Se presentó en sus aposentos del Castillo una dama que vestía túnica blanca y se cubría la cara con un fino velo de gasa, al descubrirse el rostro, Rubén reconoció a Violeta, lleno de gozo y de alegría se sintió el hombre más feliz de la tierra, -ella le dijo que tenían un hijo-. Apresurado y con mucha impaciencia preguntó por su hijo. Violeta le informaba  que se encontraba en Verona y era el tabernero de la posada, que se llamaba Angélico y tenía dieciocho años, que lo reconocerían por la cruz de oro que llevaba sobre su pecho, que  él le había regalado antes de partir hacia Tierras Santas, y que llevaba el escudo heráldico familiar, la cual, siempre llevó como símbolo de su amor.

Con esta información, Rubén no se demoró, inmediatamente encargó a sus criados que fueran corriendo  a por Angélico, y lo trajeran ante él. Su padre, Don Gonzalo de Charpentier, pensó que se trataba de una alucinación de su hijo dado  el estado de gravedad en el que se encontraba. Pero tanto insistió Rubén, que su padre, viendo el estado crítico de su hijo, no pudo negarse ni contradecirlo, así que accedió a su petición.

Pasaron unos siete días y los criados volvieron alegres y cantando canciones de júbilo, y al llegar al Castillo, gritaron:¡La misión se ha cumplido con éxito! Habían  encontrado al muchacho. Enseguida condujeron a Angélico ante Rubén, y cuando éste lo vio, no dudó un solo segundo, sabía que era su hijo: su mismo cuerpo, sus mismos ojos, su color de pelo y hasta su mirada. Don Gonzalo, se quedó perplejo, el parecido  era asombroso, no había  la menor duda. Enseguida llamó a escribientes y notarios y ordenó su legitimación como heredero del ducado de Clemot.

Rubén, sentía una felicidad enorme y su pecho se abrió de dicha ante la satisfacción del deber cumplido, como si en cierta forma estuviera cumpliendo la promesa que le hizo a su madre, de la cual seguía tremendamente enamorado.

Rubén, preguntó a Angélico por su madre, este le contó que su  madre había muerto de pena y de amor hacía ya siete años, que continuamente le hablaba de su padre y que le pedía a Dios que  llegara ese día que ambos se conocieran.

¡¡¡No, no puede ser, yo he hablado con ella hace unos días!!! –con mucho asombro y afirmándolo-. Ella ha sido la que me ha dicho dónde estabas hijo mío… Los presentes, se miraron con complicidad y espanto, todos estaban desconcertados, no encontraban explicación lógica. En ese momento, Violeta entró en la habitación toda radiante de una luz espectacular que la envolvía mágicamente. Rubén se dirigió a todos los presentes de forma alarmante, como si quisiera  demostrar  la evidencia que no habían creído. Los instó a que vieran a Violeta. ¡¡¡Violeta está aquí!!! –gritaba, una y otra vez-. Miró a su hijo y le señaló hacia la ventana, -añadiendo-. ¡Ahí está tu madre!  Todos los que se encontraban en la habitación creyeron que era un delirio ocasionado por la agonía de sus últimas horas.

Violeta se le acercó y le explico que nadie podía  verla, porque ella ya no pertenecía al mundo material. Le explicó, que Dios le había permitido manifestarse a él para que cumpliera con su honor y poder dar a su hijo  el nombre y el lugar que le correspondía. También le comunicó, que era una recompensa a su bondad, que había sido un hombre bueno y fiel al amor que sentía, y que si se hubiera muerto con esta deuda, no hubiera sido feliz en el mundo astral, y por tanto, no hubiera podido hallar la paz que se merecía.

Violeta se acercó con mucho amor y ternura, lo cogió de sus manos, -diciéndole- ahora ya no nos separaremos, somos almas gemelas  que viajaremos a través del tiempo, y ya nada ni nadie podrá romper estos lazos Divinos que la bondad de Dios nos otorgó. Juntos progresaremos, juntos aprenderemos y cada vez que vengamos al mundo en una nueva reencarnación, nos buscaremos para amarnos en la inmensidad de la eternidad de las almas.

MARÍA PILAR MARTIN VILCHES

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