EL AMOR PUEDE LLEGAR DE REPENTE, O NO – Mª Teresa Holgado Manzanares

Por Mª Teresa Holgado Manzanares

Había perdido la cuenta de los años transcurridos desde la llegada de The Ocean de Richard Hawley a su bandeja de entrada de Spotify. ¿Eran diez, tal vez doce años? Apenas hacía unos meses que se había divorciado y parte del espacio recuperado para sí misma empezaba a dedicarlo a incursionar en alguna red social, algo bastante novedoso entonces para todo el mundo en general, y muy en particular para ella, que poco o nada sabía de aquel vasto e intangible territorio capaz de conectar en tiempo real a personas desde cualquier punto del globo.

El formato de Twitter lo descartó pronto. Poco afecta a las limitaciones, sus 140 caracteres le resultaban algo encorsetado, y la aplicación de Instagram la confundió, inicialmente, con un editor de fotografía. Así que la mejor opción para empezar parecía ser Facebook. Pero, ¿qué era aquello y cómo funcionaba? Ana no era nativa digital y toda la utilidad que sabía darle a un ordenador se reducía a la edición de textos o el envío de correos. Publicar experiencias personales en un muro virtual al que podrían acceder tanto personas conocidas como absolutos extraños, se le antojaba una exposición de parte de su privacidad un tanto arriesgada, dado que ella era una persona acostumbrada a un círculo de amigos íntimo y reducido, poco propensa a compartir vivencias con desconocidos.

Al principio resultaba entretenido ver algunas de las publicaciones. Le gustaban especialmente las fotografías. Algunas eran bellísimas. Pudo disfrutar de algún que otro buen artículo también. Sin embargo, pronto los contenidos que compartía con su escasa lista de amigos empezaron a perder interés para ella, y Facebook se convirtió en una aplicación que utilizaba, casi exclusivamente, para jugar Candy Crush y desconectar así un rato de problemas y responsabilidades cotidianos. Hasta que un día, alguien con un nombre cuanto menos peculiar y rimbombante, solicitó su amistad. “Thomas Alexander de Calabria solicita tu amistad”. No conocía a nadie que se llamase así. De modo que no aceptaría la solicitud. Si bien unos días más tarde pudo observar cómo este enigmático sujeto intercambiaba comentarios con un amigo común, de suerte que no tuvo más que preguntarle a éste y descubrir de quién se trataba.

Resultó ser un conocido que había optado por usar esa especie de seudónimo para preservar su verdadera identidad en las redes. Lo conocía de toda la vida, aunque apenas lo había tratado. De hecho, la última vez que se habían visto fue en Estoril, de forma casual, quince años atrás y sólo habían cruzado unas pocas palabras. No obstante, sabía que era alguien suficientemente confiable para tenerlo de amigo en Facebook, y al cabo aceptó su amistad. Se saludaron virtualmente entablando pronto una fluida conversación que, por decisión mutua, prefirieron continuar de forma privada a través de messenger, una vez intercambiadas las primeras impresiones entre uno y otro.

Le contó que llevaba catorce años trabajando en el Consejo de la Unión Europea en Luxemburgo, que estaba contento con su vida allí, lejos de la ciudad natal de ambos, de la que no guardaba gratos recuerdos debido a la difícil adolescencia que le había tocado vivir, y que tan solo echaba en falta una relación estable y duradera con una mujer. Había tenido dos o tres parejas a lo largo de esos años, pero ninguna había perdurado.

– Que sepa tratar con el servicio doméstico- había apuntalado entre bromas en algún momento, refiriéndose a una de las cualidades que desearía que tuviese su pareja. -Ningún problema por mi parte en ese sentido- pensó ella, acostumbrada desde su infancia a disfrutar de servicio doméstico, si bien no quiso darse por aludida ni decir algo sobre aquello. Se limitó a ponerle al tanto de su divorcio y de su situación personal y profesional en aquel momento, algo de lo que él parecía estar al corriente con cierto detalle, a juzgar por sus comentarios, como si antes de haberse decidido a contactar con ella se hubiese tomado la molestia de recabar alguna información básica, tipo estado civil y similar.

Unos días después Thomas le explicó que había enviado música a su bandeja de entrada de Spotify. Ella ya tenía descargada la aplicación, a la que accedía con frecuencia a escuchar una y otra vez sus pocas listas de reproducción. Le parecía verdaderamente maravilloso tener acceso a casi toda la música del mundo por apenas 10€ mensuales, pero le resultaba difícil saber cómo seguir buscando temas de su gusto y poder continuar ampliando su biblioteca musical. Y de repente, allí estaba la bandeja de entrada de Spotify con unas cuantas canciones compartidas por aquel Thomas Alexander de Calabria, recién desembarcado en su vida. Hasta entonces no tenía la menor idea de que se pudiera compartir música y desde luego no había reparado en la existencia de aquella mágica bandeja por la que empezaron a entrar extraordinarias melodías.

Encabezaba la lista The Ocean de Richard Hawley, hermosa y melancólica canción, a la que siguieron los mejores temas de Michael Franks (un completo descubrimiento musical para ella, lleno de calidez y sensualidad), Eliane Elias, Nana Caimmy, Jobim, Chris Botti y un largo etcétera que iba recibiendo día tras día desde que iniciaron aquella comunicación virtual. Al diálogo íntimo y personal que mantenían online él añadía el envío de una o varias canciones, habitualmente en

 

sintonía con la conversación. Y así, al son de una deliciosa música siempre selecta y en todo momento conmovedora, comenzaron a crear un vínculo tan poético y fascinante como irreal. Transcurrían los días, avanzaban las conversaciones y a través de éstas Ana iba descubriendo a la persona que estaba del otro lado de su pantalla. Tenía la impresión de que se trataba de un hombre altamente sensible, aunque con un toque de arrogancia; bastante reservado y poco inclinado a confiar en otros, y tal vez por eso, proclive a alimentar el misterio en torno a sí mismo; un poco estructurado de más para su gusto, pero también capaz de una enorme ternura; con un notable sentido del humor, y un rasgo melancólico de fondo. Amante de la música por encima de todo, hasta el extremo de haber hecho de este arte mayor su tabla de salvación, su verdadera redención en tiempos difíciles, había desarrollado un gusto musical exquisito que ahora, por suerte, compartía con ella. Entre líneas escritas, acordes de jazz, Franz Liszt o bossa nova, confidencias y risas, intuía un espíritu refinado de estimable delicadeza que, no obstante, a veces mostraba algún rasgo de mal carácter.

Discurría aquel hermoso e inesperado encuentro entre ambos sobre confidencias y temas musicales que les transportaban lejos de las asperezas frecuentes de los asuntos humanos, a gran distancia de cualquier mirada ajena, incluidas las suyas propias, capaces de alterar ese microcosmos edénico que sin esfuerzo ni premeditación construían juntos. Un vínculo de corazón a corazón, incontaminado, lejos de la realidad y del doloroso recuerdo de sus malas experiencias sentimentales previas, anclado por completo en el presente y del todo impreciso.

– ¿Podía ser amor como aquel de “caminos cruzados” de Eliane Elias y llegar de repente? -se planteaba Ana. – ¿O se trataba de un espejismo, una quimera? –

Sólo contaba con una certeza: se sentía cautivada por la ternura de aquel hombre singular. Y cada día esperaba con impaciencia la vuelta a casa al atardecer, para acceder a sus bandejas de entrada con la esperanza de encontrar un nuevo mensaje, nuevas canciones o un simple “hola

¿qué tal, cómo fue el día?”. Era consciente de que todo aquello sucedía en un entorno virtual e ignoraba si lo que estaban viviendo tendría encaje en la realidad. El tiempo lo diría. Pero los sentimientos y emociones que él era capaz de despertar en ella eran reales y vívidos como la vida misma. Algo tan fuera de lo común que no se atrevía siquiera a compartirlo o comentarlo con alguien más. Temía que al hacerlo se perdiera el encanto de esa especie de círculo mágico formado por ambos.

Una tarde al regresar a casa después de una intensa jornada de trabajo, se cambió de ropa para ponerse cómoda, se preparó un gin tonic suave que le ayudara a ir desconectando de aquel día agotador antes de cenar, cogió el portátil y se acomodó en el sofá. Miró primero la bandeja de entrada de Spotify y allí estaba el álbum completo “Getz for lovers” de Stan Getz. Comenzó a escucharlo.

  • ¡Qué deleite y qué oportuno en ese momento! – pensó.

Tras escuchar los primeros compases de “Moonlight in Vermont” tomó un trago de su copa y abrió Messenger. También tenía un mensaje esperándole:

  • ¿Nos vemos este fin de semana? –

Elcorazónlediounvuelco.

  • ¿Estefindesemana?¿Tanpronto? -pensó.

La propuesta le cogió   totalmente por sorpresa. Había transcurrido poco más de un mes desde que empezaron a chatear y ninguno de los dos había dejado entrever la posibilidad de verse. No es que le disgustara la idea. En realidad lo deseaba desde el principio, pero temía ese primer encuentro con igual intensidad y sólo se lo había planteado como una opción futura y lejana.

Dejó su portátil sobre la mesa, se incorporó y salió un momento a la terraza. Necesitaba respirar profundamente, calmarse y pensar con tranquilidad la respuesta. Era martes por la tarde así que tenía tiempo de sobra para organizarse, pero -¿dónde se encontrarían?- Lo mejor, a todas luces, sería un lugar neutral a mitad de camino entre Luxemburgo y Málaga. ¿Madrid sería demasiado impersonal? ¿O precisamente su densidad de población y su extensa oferta de ocio facilitaría todo tipo de planes alternativos en caso de que el encuentro no respondiera a las expectativas?  Una ciudad más pequeña les obligaría a una mayor intimidad y no tenía claro que fuese lo más conveniente en un primer contacto real entre ambos. Lo prioritario, no obstante, era decidir qué hacer.

Después de dar varias vueltas volvió a entrar, tomó un buen trago, cogió el portátil y escribió –

¿Dónde? – la suerte estaba echada. Ahora tocaba esperar y ver qué sugería él cuando se conectara y leyera su mensaje. Sabía que solía terminar de trabajar algo más tarde y no contaba con una respuesta inmediata por su parte así que aprovechó a revisar su correo personal mientras seguía escuchando música. Se quedó dormida. El inconfundible sonido de mensaje de entrada de Messenger la despertó una hora más tarde. Tenía hambre y fue hasta la cocina en busca de algo para cenar. La experiencia le había enseñado que, en lo que a relaciones se refiere,

 

siempre era mejor no estar bajo el apremio de ninguna necesidad básica capaz de distorsionar las propias reacciones. Se tomó su tiempo, y después de disfrutar de una suculenta ensalada abrió el buzón de entrada.

  • El viernes a las 21 horas en The Captain Club en He reservado dos habitaciones en el Icon Wipton.

No conocía el hotel pero le echó un vistazo en google y tenía buena pinta. Madrid le parecía la mejor opción. Solo quedaba confirmar que iría. Tenía un montón de razones para decir que sí y le surgían la misma cantidad de motivos para responder con un no, el más importante de todos imaginar la posibilidad de fracaso de otra relación afectiva en el caso de que se embarcaran en una. La balanza, no obstante, parecía inclinarse en sentido positivo. La ilusión de algo nuevo en su vida pesaba más que cualquier miedo.

  • Allí estaré- respondió después de un

Una vez en Atocha el viernes tomó un taxi dirección al hotel. Iba muy justa de tiempo pero confiaba en poder instalarse en su habitación, refrescarse un poco tras el viaje y estar a su hora en el restaurante. Y así fue. A las nueve en punto uno de los camareros la acompañó hasta su mesa. El no estaba allí. En su lugar encontró un sobre dirigido a ella. Con tranquilidad se dispuso a abrirlo y ver su contenido. “Lamento no haber sido capaz de asistir a nuestra cita. Me ha resultado del todo imposible mantener a raya la sensación de vértigo que me produce volver a encontrarme contigo. Siempre tuyo. Thomas”.

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