El ANECDOTARIO PERDIDO – Alicia María Velasco

Por Alicia María Velasco

El anecdotario perdido.

 

Hijo de un pergamino y una cartulina. Lo compró una joven en la papelería.

A partir de aquel nueve de octubre, vivió en un bolso, bebía tinta, comía palabras escritas.

Como un perro fiel, siempre con su dueña; En el trabajo, el autobús etc. Velaba sus sueños por si al despertar, necesitaba sus líneas para ofrecerle un poco de comida.

Le encantaba salir a visitar lugares emblemáticos, monumentos con historia y dar largos paseos por parques y jardines. Perderse por las calles de esa ciudad a la que tanto adoraba. Siempre dispuesto a lo que su dueña le propusiera, últimamente le hacia gracia escuchar, lo que llamaban leyendas urbanas.

Un sábado muy temprano la fragancia de miel y limón, que emanaba de la infusión que tomaba su dueña, se le antojó distinta.

Salieron de casa con los primeros rayos de sol, al cabo de un rato caminando supo que, estarían bastante tiempo paseando.

Acunado por el vaivén de los pasos, acurrucado en el bolso casi estaba dormido. Cuando un impacto lo despertó, hacia frio, se le amplió el espacio, las pisadas de la gente. Olía a asfalto y a café. Tenia hambre, sed y algo extraño, en seguida lo pudo reconocer, lo había vivido antes unas veces encima del sofá, otras en el mueble del salón. Esa sensación pasaba cuando ella lo acariciaba con sus manos para guardarlo.

Aprendió a escuchar desde las primeras hojas en blanco, acostumbrado a la voz de su dueña. Hasta ese momento no tomó conciencia. Ella, no la oía, había salido del bolso. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde ha ido? Estoy perdido.

Alguien lo pisó, lo recogió del suelo y lo dejó descansar encima de un tablero. El choque de tazas, vasos, un ruido estridente que no tenia localizado. No hacia frio ni calor al menos no estaba al raso.

Una mujer hablaba, no era su dueña. Hablaba en un idioma diferente, se dirigía a un grupo de personas que escuchaban atentos. Él no entendía esas palabras, se le despertó la curiosidad, observó como ellos. Reconoció hojas escritas en las paredes. “¿Y si las han arrancado de un cuaderno?, solo de pensarlo le dolió todo el cuerpo.

Quizá, si leía sus propias páginas podría dar con ella o encontrar una solución. Leyó

anécdotas, curiosidades y chascarrillos. Sin ánimo de molestar a nadie, tan solo el de conservar el sentido del humor, es el objetivo de este pequeño cuadernillo que bautizaré como: Mi anecdotario divertido.

Eligió una de página al azar. “si es divertido, cualquiera de ellas me puede animar”

13ª -Mini-bus para el transporte desde el domicilio al centro de rehabilitación, sufre una pequeña colisión, al chocar un taxi contra la parte trasera del mini-bus.  El conductor, pide a los viajeros que bajen a la calle para que les de el aire y no pierdan la calma, hasta que el incidente se solucione. El conductor del taxi por su parte, al ver las dificultades de movilidad que presentan los ocupantes del mini-bus, se echa las manos a la cabeza y grita ¡Dios mío! ¿Qué he hecho?  No se preocupe, esto viene de fábrica le dice uno de ellos.

14ª -Sala de espera del médico; un paciente se queja de dolor el costado al andar, le produce flator.

16ª -En el metro; conversación entre dos amigas. Lo mejor para piernas cansadas, las medias de comprensión.

17ª -Invitada a una boda:  comenta el menú.  Comimos de lo bueno, lo mejor, de entrantes. unos huevos de centurión. En vez de huevas de esturión.

No quiso seguir leyendo, no le resultaba divertido, no entendía eso del humor.

Continuaba con su lomo apoyado encima del tablero, algo sucio y magullado por el pisotón. De frente, se veía el Paseo Recoletos.  Según dijo un caballero a una señora mientras desayunaban en un rincón. No sabía dónde estaba, o si su vida correría peligro. Si su dueña no aparecía, estará siempre perdido.

Mesas y sillas dispuestas alrededor, las lámparas simulaban pequeñas llamas de fuego. Ya todo está preparado, dijeron. A las cinco es la tertulia, lo van a retransmitir en directo.

De pronto, sin entender por qué se sintió sereno, grande, afinó la percepción y se abrió al conocimiento.

El reloj se acercaba a las cinco. Hombres y mujeres, magos de las letras. Famosos escritores de libros, algunos, sabía que ella los había leído, mientras otros esperaban su turno en las estanterías. ¿Dónde estaría?

La tertulia daba comienzo a la hora en punto. Dos temas de discusión 1º Fomentar la lectura, 2º Dar impulso a nuevos escritores para que siga viva la literatura.

Aire fresco para sus páginas, oírlos hablar, Una alegría infinita formar parte de aquella reunión a la que no le habían invitado. No podía tomar notas, y la capacidad de la memoria no la había aprendido. Volvió a recordar a su dueña. Pues la que escribía era ella.

Hablaban de novelas de amor, de intriga… clásicas y recientes. Explicaban los distintos géneros literarios. Informaron de próximas firmas de libros. Según el criterio de cada uno, cuál podría ser la mejor obra, según el estado de ánimo.

 

Él era un humilde cuaderno, con tapas de cartón, hojas escritas por una desconocida que soñaba con ser escritora.  Se lamentaba por no haber nacido libro, podría duplicarse, en distintos formatos: en papel, digital o en audio. Igual nunca se habría perdido.

Quizá con otro dueño más responsable, más serio y ducho con el verbo se habría sentido pleno. Pero era tan solo un cuaderno.

Cuando dejó a un lado sus cavilaciones. La tertulia terminó, intercambio de ejemplares, despedidas. Poco a poco fueron desapareciendo para dejar la cafetería vacía.

De el nadie se despidió, para el no hubo ejemplar, saludo ni despedida.

Temblaron de miedo las páginas. Cuando en la limpieza se precipitó contra un recogedor, no quería acabar en un estercolero.  Con los dos lomos abiertos una hoja rotulada a todo color. Si me encuentra no me tires por favor.

El camarero al verlo, lo recogió, lo cerró y lo dejo en la estantería de los objetos perdidos.

Se había salvado, ahora no estaba solo con el descansaban: una cartera, unas gafas de sol, una pulsera y un bolígrafo grabado con el nombre de su dueño y un anecdotario anónimo que era un servidor.

Las lámparas se echaron a dormir, el aroma del café ahora desprendía un fuerte olor a jabón. Arropado por el silencio durmió.

Al día siguiente reclamaron la cartera y las gafas de sol.  Por un momento recuperó la ilusión, era posible que un día su dueña apareciera, tenia cierta confusión. “¿La Echaba de menos o necesitaba acción?”

La pulsera pertenecía a una de las trabajadoras de aquel lugar, no tardó en volver a su puesto.

 

Pasaban los días, las noches sin entretenimiento. Un domingo muy temprano. El bolígrafo susurró al cuaderno:

–Hace tiempo que no escribo, y si no lo hago se me secará el tintero.

Le respondió el cuaderno

–Hace tiempo que no bebo y si no bebo. Me deshidrato y me muero.

–No sé qué escribir, siempre escribo lo que expresa mi dueño.

–¿Sabes dónde estamos? Te presto un espació en blanco, par a que puedas ponerlo.

–No sé donde estamos, solo se que aquí se han cumplido sueños.

El anecdotario se puso a llorar sin consuelo. Creía que había encontrado un nuevo compañero. Pero de nada servía si no tenían dueño.

El 23 de abril, entró una mujer acompañada de un caballero. Café, zumo de naranja una tostada. El tren salía de Atocha a las de las diez de mañana. Así se lo dijeron al camarero cuando se disponían a pagar. Por cierto, un momento, dijo el caballero. He extraviado un bolígrafo, estaba grabado con mis iniciales, fue un regalo. Por casualidad, ¿lo han visto ustedes algún día limpiando?

Al bolígrafo se le escapaba la tinta de la alegría, al sentir de nuevo el bolsillo de su dueño.

Se le arrugaron las paginas, casi parecía que habían tomado forma de lágrimas. La tinta deshacía las palabras. Tenía sed, hambre. Se veía para siempre recostado en una estantería.

Recobró la compostura para despedirse del último objeto perdido. Los reconoció de inmediato, eran dos magos de las letras los había visto en la tertulia. Estiró las arrugas de las hojas, recuperó el contraste de la tinta escrita en las líneas.

Le tembló la espiral. Cuando escuchó a la mujer; dirigiéndose al camarero queriendo conocer de quien era ese cuaderno.  El respondió, llevaba ahí mucho tiempo, nadie la había reclamado. Un día al barrer estuvo a punto de tirarlo…

La mujer, lo tomó entre sus manos. Letras dibujadas con un trazo inclinado, sobre una pasta de cartón, tamaño, como un folio, un alambre enrollado mantenía unidas páginas escritas y paginas en blanco, leyó:

Mi anecdotario divertido.

Entonces, sucedió algo mágico. Ya no tuvo hambre, sed y no le importaba cambiar de casa.

Al descubierto; el miedo a sentirse desnudo de palabras, el deseo de cumplir un sueño. Dejar de ser un cuaderno jugando a ser un libro para  convertirse en un libro encuadernado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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