EL ARTE DE ESCRIBIR – Fátima Zapata Díaz

Por Fátima Zapata Díaz

Durante toda mi vida he sido un procrastinador, lo confieso. Mi preocupada madre, que dios la tenga en su gloria, continuamente me lo echaba en cara: «Juanma, siempre lo dejas todo para el último momento. Con lo fácil que es empezar a hacer las cosas, terminarlas y quitártelas de encima». Cuánta razón tenía, sobre todo en estos momentos. Soy escritor y, por lo tanto, mi trabajo es escribir si quiero comer. Pero las musas hace tiempo que me abandonaron. Llevo meses desesperado, no encuentro una idea. Así que tomo la decisión de recurrir a los métodos que utilizaba cuando era un principiante.

Primer paso, salir de mi zona de confort. Llevo medio día arrastrando los pies por casa. Salgo a la calle antes de que la pereza me convenza de lo contrario.

Doy un largo paseo por el centro de Madrid en busca de los abundantes individuos pintorescos que uno se puede encontrar por aquí. Personas extravagantes, originales, distintas en definitiva. Pero hoy no me dicen nada.

Paso por la puerta de mi pastelería favorita, La Gloria, invitado por un característico aroma dulce de horno, con la intención de endulzar tan amargo momento en mi carrera. Diez minutos de azúcar y ya me siento con actitud renovada.

«Voy a ir a una exposición de arte», me digo resuelto, imaginando que quizás pueda sumergirme en alguna obra y raptar a una de la musas que la inspiró.

No quiero pagar la entrada de un museo, hoy en día uno de esos tickets se considera un artículo de lujo, y mi economía se encuentra en cuidados paliativos. Me encamino hacia la calle Gloria Fuertes, que me lleva directo al barrio de las galerías de arte contemporáneo.

Entro en varias pero salgo en seguida. Me siento incómodo cuando me encuentro en un lugar donde soy el único cliente o espectador. Es como si me observaran sólo a mí y eso me pone nervioso. Soy así de tonto.

Al fin encuentro una que está inaugurando una nueva exposición de pintura. Está repleta de gente así que me encuentro más cómodo pasando inadvertido entre la multitud. Pasan de vez en cuando una bandeja de canapés y bebidas. Puede que no encuentre la inspiración aquí pero al menos me iré con el estómago lleno. No hay cosa que peor lleve que cocinar.

Con los carrillos llenos como un roedor, me acerco a un cuadro que me llama especial atención. Es de tonos metálicos, parecidos a los del mineral del mercurio. Inevitablemente, mi mente viaja a la última imagen que, no sé qué sonda espacial, ha mandado del planeta Venus. «Vamos, Juanma, que vas por buen camino», pienso.

– ¿Le gusta el Brutalismo? – interrumpe mis divagaciones una voz de mujer.

Me giro masticando aún la comida para encontrar a mi lado, sonriendo con los ojos, a una atractiva mujer. A juzgar por mi primera impresión, está recién entrada en la madurez. Su flequillo, al estilo Cleopatra, le da un aire intelectual. Su pelo azabache, así como sus oscuros ojos, contrastan a la perfección con una piel blanca, casi azul, y unos labios vino tinto.

– Bueno, en realidad he venido por el ágape. No entiendo mucho de este tipo de arte. – Contesto sin medir mis palabras. Ella se ríe a carcajadas. Debe ser una gran paradoja para ella encontrar semejante bruto en una exposición sobre Brutalismo.

– Sepa usted que me ha encandilado con su respuesta. La mayoría de los asistentes a estos eventos entran por el mismo motivo que usted pero nunca reconocerían su desconocimiento. Me encantaría verle por aquí en más ocasiones, incluso cuando no haya comida. – Dice la mujer.

Estas palabras, o más bien su manera risueña de decirlas, me insuflan un sentimiento de atracción hacia ella. Nada romántico, sino algo así como tener una vocecilla en mi cabeza que me advierte que debo quedarme a su lado. Pero es ella la que me deja sólo con el cuadro. Estrecha firme mi mano y se dirige hacia un grupo de jóvenes a los que saluda cariñosa. Con cierta sensación de vacío, abandono la galería cruzando una última mirada con esa mujer. Quiero memorizar su cara.

Determino continuar mi cruzada en busca de la inspiración cambiando de manera radical mi búsqueda: dejo el ambiente intelectual y me adentro en una iglesia. Quizás encuentre en la metafísica lo que tanto ansío.

El interior del edificio no me gusta, es demasiado minimalista y hace frío. No imagino a nadie rezando el rosario en una cámara frigorífica.

Continúo hacia la siguiente iglesia. Esta es diferente; columnas de mármol verde, retablos dorados, imágenes y, para mi sorpresa, tenemos concierto de órgano. También hace frío, pero se lleva mejor. El organista interpreta algunas obras de Bach con resultado glorioso y al rato me encuentro confuso pensando en castillos, tormentas y vampirismo. No, no es eso lo que busco. Mi estilo literario dista mucho de eso así que abandono el lugar ya notablemente desesperado y frustrado. Cambio el aroma a incienso por el de jardín antiguo del parque de El Retiro.

Camino sin rumbo, observando a cada persona con la que me cruzo. Imagino en qué trabajan, me pregunto qué tipo de vida llevan pero mi cabeza hoy está decidida a ser práctica y poco imaginativa: todos trabajan en una oficina y sus vidas se rigen por un establecido horario comercial. No hay aventuras, no hay secretos inconfesables, no hay delitos ni conjuras. Gloria bendita, ¿qué le pasa a mi mente? Se me han acabado las ideas. Mi frustración se torna preocupación. Si no escribo de forma inmediata, voy a tener que buscar un empleo e inevitablemente tendré yo también una vida con horario comercial.

Me rindo por hoy, alquilo una barca en el estanque del parque, me tumbo dejando que me lleve a la deriva y, mientras observo el cielo vespertino, entro en un agradable sopor.

Despierto sobresaltado. El cielo ya tiene tonos rosados. Vuelvo remando al embarcadero donde me espera el barquero con los brazos en jarra y una expresión que me sugiere remar en sentido contrario.

– Por la gloria de dios, dos horas y media lleva usted ahí. Me debe una hora y media- me increpa mientras agarra mi brazo para ayudarme a desembarcar. Al final el paseo sale por un ojo de la cara, por el mismo precio podría haber volado a Frankfurt en una de esas compañías low cost.

Siento que me envuelve la mediocridad. ¡Vaya día! Pero no me rindo. No voy a volver a casa hasta que me tope con una musa.

Subo por la calle Alcalá poniendo toda mi atención en las cornisas de los edificios. Hace algunos años un amigo, que en gloria esté, observó que la gente de ciudad siempre va con prisa y mirando al suelo, perdiéndonos tanta joya arquitectónica. Qué poco equivocado estaba. Si hoy hubiera estado a mi lado, me hubiera sacado de este apuro.

Acusando ya un principio de tortícolis, llego a la plaza de Oriente. El ambiente está bastante animado, en primavera hay muchos turistas.

Me siento en un frío banco de piedra, agotado por el largo paseo, y escucho el gentío. Intuyo un ligero movimiento a mi derecha pero lo ignoro. Estoy cansado.

– Hola de nuevo – me dice una voz de mujer.

Es un timbre familiar y entonces sí me giro para ver un flequillo al estilo Cleopatra. La vida a veces te otorga deseos en forma de casualidades. Quería volver a verla aunque no tenía esperanza alguna, pero aquí está. A mi lado, con su amplia sonrisa.

Las farolas comienzan a encenderse y hacen su aparición las estrellas. Me doy cuenta de que su sola presencia arregla un día por completo nefasto.

– ¿Sabe? Estoy muerta de hambre. Iba a ir a cenar sola pero quizás quiera acompañarme.

Olvido mi propósito del día y acepto acompañarla hasta la terraza de un pequeño restaurante italiano. El aroma que viene desde la cocina me llena de optimismo y me dejo embriagar por el vino milanés que ha pedido mi bonita acompañante.

Charlamos sobre nosotros y me doy cuenta de que tengo un mundo por descubrir en ella. Soy conocedor de que la pintura de Venus de la exposición es suya y le hago mil preguntas sobre su estilo, su técnica, su inspiración. Yo le explico cuál es mi profesión y le confío mi situación actual. Entonces ella sonríe de nuevo:

– Creo que necesita vivir una aventura. Alguien o algo nuevo en tu vida que inspire esa iluminación que tanto necesita. – Me dice con la mirada iluminada por las velas que decoran el mantel de cuadros rojos. – Deje que yo te ayude.

– Me temo que no es tan fácil pero, de acuerdo. Usted me ayuda y yo me comprometo a entender su arte- contesto mientras le ofrezco mi mano para sellar el compromiso. Al estrechar la suya, por segunda vez este día, siento algo diferente. Experimento una sensación de renovación dentro de mí. Tengo la percepción de que mil ideas salen de su cuerpo para ser absorbidas por el mío. Ese millar de ideas van y vienen por mi mente y, mareado, descubro la necesidad de plasmarlas sobre un papel. Ella es magia, me hechiza con el simple roce de su mirada.

Alzo la voz en una carcajada de alivio y plenitud, me da igual que todos los comensales me miren con extrañeza. Al fin he conseguido mi propósito: estoy lleno de inspiración. Voy a escribir sobre ella. La mujer sonríe cálidamente y comprende el milagro que ha hecho en mí.

La cena transcurre entre admiración y sonrisa. Ya de madrugada, junto a la puerta abierta de un taxi, me despido de ella hasta el día siguiente:

– Por supuesto que nos veremos mañana. Y pasado y al día siguiente. Pero aún no me ha dicho su nombre.

– Mi nombre es Gloria, la musa que tanto buscaba.

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