EL BAUL DE ROBLE

Por Marta Ruiz

No podía creer que ya no estuviera en este mundo. Mi madre tenía tanta vida, que no quería aceptar, que cuando fuera a su casa no la encontraría haciendo las crujientes y deliciosas galletas de avena con chocolate blanco, que tanto me gustaban, o viéndola sentada en su sofá azul, leyendo o escribiendo con los cascos puestos, escuchando su música. A veces me quedaba embobada mirándola y con ganas de preguntarle, qué le hacía tan feliz. No es que luego fuera una mujer triste, que va, sino que cuando ella se metía en su mundo su semblante se trasformaba. Siempre que encontraba ese momento, ella parecía irse a otro lugar, desaparecía, con una medio sonrisa y en momentos, cerrando los ojos en calma. Papá y yo siempre decíamos ¡Ya está en su órbita!

Una mañana del mes de enero, después de varios meses sin ella, decidí que tenía que sacar fuerzas e ir a su casa. Desde que murió, solo había ido a por documentación de decesos y papeleos para poner todo en orden después de perder a un ser amado. Ya había pasado por ello cuando papá murió.

Me levanté más temprano de lo habitual. Mis ojos estaban hinchados, enrojecidos y doloridos de otro de mis berrinches. Asomaban unas sombras negras debajo de ellos. Muchos días, el insomnio se apoderaba de mi. Refresqué la cara para despejarme, pegué un respingo de lo fría que estaba el agua, parecían cubitos de hielo. Me friegue las manos para entrar en calor. Antes de ir a la cocina para prepararme el desayuno, pasé por el salón, levanté las persianas, retiré la cortina para dar los buenos días al mundo, y ya de paso decidir qué atuendo me ponía para salir a la calle. Recuerdo, que ese día era muy triste, íbamos acorde los dos. Estaba oscuro, la lluvia caía en cascada calle abajo y se veía algún que otro transeúnte, peleándose con el paraguas para no mojarse. Mientras se hacía el café fui a vestirme. Me puse unos vaqueros viejos, pero cómodos, un jersey de cuello alto de lana gris perla y botas marrones. La casa se impregno de olor a café recién hecho.

Salí de casa cerrando la puerta con llave. Me esperaba en la calle el taxi que había llamado. Las gotas de agua resbalaban por el cristal de la ventanilla del coche. La estampa no podía ser más triste, el cielo color plomizo abrazaba más allá del horizonte.

Antes de entrar por la puerta principal de su casa, aplastando un clínex con fuerza, cerré los ojos, suspiré profundamente y abrí el portón. El olor al ambientador suave, fresco, que utilizaba, me transporto a las épocas mágicas. Di una vuelta por las habitaciones acariciando los muebles para sentirla cerca. Levanté persianas y la luz reflectada en las paredes blancas y celestes que daban armonía al lugar. En la entrada se encontraba un baúl de madera que le regaló su hermana cuando se caso. Tenía la llave puesta y al abrirlo el aroma a roble viejo, le dio cierta alma al espacio. No recuerdo haber abierto nunca ese baúl, si lo hubiera hecho quizás hubiera entendido muchas cosas. Había cuantiosos  recuerdos, fotos, dibujos, flores hechas por ella de tela y papel  y unos cuantos cuadernos, pero me llamó la atención tres de ellos, que estaban unidos por un lazo azul, su color favorito. Deshice el lazo con mis manos sudorosas y agitadas porque sabia que estaba invadiendo algo muy íntimo y personal, algo que fue siempre de ella. Nunca me dijo que no abriera el baúl, por alguna razón, yo sabía que no debía hacerlo.

Me dejé caer en el suelo de rodillas, con los cuadernos en mi regazo. Abrí uno de ellos y lo primero que leí fue: “…pase lo que pase, esté donde esté, te querré SIMPRE…”

Los estreche con fuerza en mi pecho. Sentí que el corazón se detenía por un segundo y clave los ojos en aquellas notas. No entendía nada.

Me fui al salón, me senté en su sofá azul, acomodándome con la manta de colores de lana suave. Eran cuadernos con escritos, organizados cronológicamente. La fecha del primero de ellos databa del 11 de abril de 1.999. Mientras leía, calculaba e intentaba recordar ¿Dónde estaba yo? ¿Qué ocurrió en esa época? Era una adolescente y bastante tenía con aguantarme a mí misma. Lo que sí recuerdo, es que mis padres pasaron, por lo que llamó papá, la peor crisis matrimonial de sus vidas, hasta pensaron en separarse. Mi padre lucho por ella hasta el punto de humillarse a si mismo. Le rogaba que no le abandonara, que cambiaría, que nunca mss volvería a tratarla mal. Él no había sido consciente de lo infeliz que la había hecho. Ella aguantó por mí y lo sé. Me inunda la angustia al pensarlo. Cierro por un momento los ojos y aprieto los párpados mientras mi madre se cuela en la mente. Escucho sus peleas, sus gritos de dolor.

Un fuerte viento hace que tiemblen los cristales y me obliga a abrir los ojos para volver a la realidad. Por mis mejillas caen lágrimas sin control. Utilizo el clinex arrugado de entre mis manos para secarme los ojos.

No sé las horas que pude estar leyendo sus escritos. Ahora entiendo, que son cartas que recibía de él, a un apartado de correos y que ella misma transcribía a sus libretas con su puño y letra, antes de destruirlas. Junto con los escritos de él, también escribía en sus cuadernos las cartas que ella enviaba a su amado.

En aquel primer momento, después de leer todos los cuadernos, en los cuales  encontré muchos datos y pistas para saber más del amor de su vida, decidí que su historia estaba incompleta y que necesitaba encontrar muchas respuestas.

Lo importante, es que la entendía, no iba a juzgarla por lo que sentía. Era tan bonito…

Fue su vida, la que ella eligió. Me cautivaron cada una de las frases apasionadas y llenas de amor escritas en esas hojas blancas.

Necesito expresar lo que sintieron el uno por el otro, porque para entenderlo tendríais que leer cada palabra escrita de sus apasionadas cartas.

Sé que mereció la pena solo por sentir, lo que vivieron entre ellos. Los dos eran responsables y con cargas familiares importantes. No quisieron hacer daño a sus familias.

Salí de su casa con el corazón encogido de tanta emoción. Necesitaba ordenar mis ideas y tirar del hilo rojo que les unía.

Fue fácil encontrar a uno de sus hijos por sus peculiares apellidos. Lo localicé en una red social. Antes de ponerme en contacto con él, indagué que tipo de persona era. Tenía un par de años más que yo. Vivía en otra ciudad. Un día me decidí contactar con él. Intenté explicarle por encima. Sabía que su padre había fallecido porque mi madre lo escribió con un dolor desgarrador, pero no sabía si su madre seguía viva. Le pedí su número de teléfono para contárselo mejor y no dudó en facilitármelo. No daba crédito a lo que escuchaba, y yo había momentos que tartamudeaba de la necesidad de contarle todo, para que entendiera la situación.

Nuestras inquietudes por saber quienes eran nuestros padres, hizo que tuviéramos las ganas de hablar y cuando nos dimos cuenta no podíamos pasar ni un solo día sin llamarnos. Buscábamos en el día infinidad de momentos para estar conectados. Nuestras conversaciones hicieron que nos fuéramos conociendo y nos dimos cuenta que nos unían muchas cosas. Empezamos a sentir algo el uno por el otro y las casualidades de la vida que por trabajo tuve que ir allí. Adelanté el viaje para poder estar el fin de semana con él. Sin dudarlo me dijo que me iría a buscar al aeropuerto. La emoción de conocernos fue mutua.

Llegó el día:

De repente me encontré en un largo pasillo que seguí sin mirar atrás, sintiendo un hormigueo en todo mi cuerpo. Ruidos de pequeñas ruedas de maletas arrastradas por viajeros que seguro poseían increíbles historias que contar a familiares y amigos.

Pero yo…yo solo pensaba en conocer al hijo del amor de su vida, a la persona de la que me había enamorado sin haberlo visto nunca, solo por nuestras conversaciones diarias por teléfono.

Quizás, él podría cumplir su deseo y me cogería de las manos en cuanto me viera, o me estaría vigilando desde algún lugar y cuando yo no le viera, me daría un susto tierno cogiéndome por la espalda, me taparía los ojos con sus grandes y delgadas manos. Pero también es posible que salga corriendo, o peor aún, que en el último momento se hubiera arrepentido.

Incertidumbre, ilusión, dudas pero llena de felicidad por lo que en ese momento estaba viviendo.

Salí del túnel y durante unos largos minutos, que parecieron eternos, seguí andando hacía la salida. Tímida, asustada sin saber cómo me iba a recibir, nerviosa, como un flan, andaba mis pasos hacía la salida. Se abrieron las puerta y en el frente una valla y detrás, todos los familiares y amigos de esos pasajeros del vuelo VY7000.

Miré hacía todos los lados y no le vi. Aligeré el paso de la vergüenza que tenía. Me alejé de la multitud y justo paré en una columna para esconderme. Respiré profundamente y le busque. Levanté los ojos y allí estaba él, justo como lo imaginé. Inquieto iba de un lado para otro, hecho un manojo de nervios, con el móvil en la mano leyendo lo que le estaba escribiendo en ese momento–¡Te estoy viendo!–le decía.

Él miraba a su alrededor y se ponía más nervioso.–¡Cabrona!–me dijo.

Me entró la risa. Ya no solo me había enamorado de su voz, sus pensamientos, su esencia, sino que le acompañaba todo lo demás. No me equivoqué, si le amaba en la distancia, el poder verle en persona, olerle y sentir nuestras manos entrelazadas sin dar tregua al descanso, por si al soltarnos, despertáramos de un sueño maravilloso, ahora era imposible ponerle un nombre a este sentimiento. Bueno él y yo inventamos una palabra, pero es solo nuestra.

Ese fin de semana fue inolvidable. Y detrás de ese hubieron muchos más. La distancia nos agobiaba. Yo necesitaba escribirle lo que se me pasaba por la cabeza todos los días. Le decía para tranquilizar el alma: “Ahora mismo estamos dónde tenemos que estar, solo debemos respirar y tirar para adelante. No hay más opción. Pero esto pasará. Y no lo olvides, ni ahora, ni nunca; hoy, mañana y siempre, en esta vida o en cualquier otra vida, seguiré apostando por ti, enamorándome de ti, una y mil veces. Estoy saboreando estos momentos, estos instantes en los que nos sentimos y vivimos intensamente. Esto es lo que hace que soporte la distancia.

No quiero pensar en el futuro, quiero concentrarme en el ahora, en el medio de tu mitad, en el centro de tu mirada. Quiero amar cada instante de tu vida que puedas compartir conmigo. Lo que podamos, lo que nos dejen y pensarte, siempre pensarte.

No me hacen falta flores, ni velas románticas, ni siquiera la luz de la luna para sentirte. Me has empujado hacer cosas de las que jamás me creí capaz. Pero…merece la pena. ¡Me haces tan feliz!”.

Y él me escribía lo que soñaba: “Ya estoy en la cama, buscándote al otro lado. No estas pero te siento. ¡Te amo princesa! Te imagino aquí en la cama conmigo, sin ropa, rozándonos, acariciándonos, muertos de miedo y de vergüenza. Te digo al oído que no te avergüences, tú sonríes y me dices que no tenga miedo. Nos besamos, recorremos nuestros cuerpos con los labios, queriendo impregnarnos de la esencia del otro. Nuestros rostros se sonrojan, nuestras pupilas se dilatan en ojos que dejan caer alguna lágrima por la emoción que nos abraza. Disfrutamos el uno del otro, envolviéndonos en una mezcla de pasión, éxtasis y placer. Nuestras manos entrelazadas no se sueltan. Queremos estar agarrados, sellados el uno al otro, soñando que pudieran quedarse así para siempre. Al llegar al clímax, nos apretamos y nos besamos como jamás nadie lo ha hecho y desde lo más hondo del alma sale un grito de amor que resonará en nuestro oídos, en nuestra memoria hasta el final de nuestros días.

Así te veo, así te siento ahora mi vida, cada noche al buscarte a mi lado, al acostarme.

Te deseo, te quiero, te amo con todo mi ser.

Si emociona pensarlo, imagínate hacerlo. Dulces sueños cariño. No voy a tardar en ir a buscarte para encontrarme contigo en nuestros sueños, en ese rincón del corazón donde te llevo guardada. Como quisiera besarte y abrazarte, dormir cogidos, acurrucados, piel con piel…¡Lo soñaré así!”

 

¿No creéis que las historias se repiten?

 

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