EL BAUTIZO – Marina Cecilia García Llópez

Por Marina Cecilia García LLópez

<<Y volveré a decirte las mismas cosas que te decía y volveré a cantar zortzicos al pasar. Yo volveré a quererte con toda el alma Maitechu mía. Por oro cruzo el mar y debes esperar…>>. Una docena de copas de cristal caen al suelo, diseminando restos diminutos de vidrios por todas partes. Amelia ahoga un grito de sorpresa tapándose la boca con las manos, pero no puede evitar el escalofrío que recorre su espalda. Piensa que, si su madre estuviera ahí, diría que es un mal presagio. Por si acaso, abandona la tonada. Una historia trágica de amor y muerte entre caseríos vascos no es la mejor elección musical para ese día.

–¡Clara!, ¡Amelia! –precisamente la voz de su madre es la que llega por el patio interior. Vive justo debajo–, ¿Qué ha pasado? ¿Qué es ese ruido? ­–Amelia no se inmuta, detesta el control que su progenitora acostumbra a ejercer sobre toda la familia. Menos mal que en ese momento entra en la cocina su cuñada Clara. Serena, como siempre, mira a su alrededor buscando un gran desastre que justifique el alboroto.

–Clara, por favor, háblale tú ­–le suplica Amelia con voz agotada.

–Estese tranquila suegra –responde finalmente Clara, asomándose a la ventana–. Sólo se han roto algunas copas de coñac. Nada que no tenga arreglo. Lo importante es que la niña duerme tranquila y estará de buen humor cuando el cura le eche el agua bendita.

–La juventud, que siempre vais con prisas… ¡Válgame, Dios! Precisamente el día del bautizo de mi nieta. Ojalá no sean augurios de dolor –la abuela Fulgen posee un gusto insano por lo dramático y no puede dejar pasar la ocasión.

A Clara todavía no le cansan las exageraciones de su suegra y, divertida, hace un guiño cómplice a Amelia, que murmura para sí algo sobre que su madre no tiene remedio.

–¿Ha llegado ya mi hijo? –con medio cuerpo fuera, desde otro ventanal del piso inferior, se añade a la cháchara el padre de Paco y Amelia. Parece como si quisiera que las mujeres aprecien lo trajeado y repeinado que va. Chaleco y sombrero incluidos.

–Su ojito derecho no ha llegado –replica la nuera con voz cantarina–. Por cierto, está usted muy elegante.

–¡Pero si me dijo que estuviera preparado a las once! –luego baja la voz y añade– Para ir juntos al colmado, una copita para rebajar los nervios.

–Pues vaya usted delante pidiendo la vez. Pero no tome vermú, que le quita el hambre y luego no encuentra nada a su gusto.

–No te preocupes hija que yo, sin mi Paco, nada de nada –se guasea él–. ¡Ea! Pues nos vemos en la iglesia.

Suegra y suegro se retiran. Después de una despedida arisca a su marido, la abuela Fulgen se queda sola con sus pensamientos. Su hijo no tendría que haber emprendido ese viaje tan precipitado a Alemania en coche. Es cierto que está muy orgullosa del automóvil, pero no piensa reconocerlo. Es el único Mercedes en toda la ciudad y encima con matrícula extranjera. Mastica el rencor que le guarda a Clara por haber impuesto su decisión de volver a España. Dice que no quiere criar a la pequeña allí. Fulgen no lo entiende, con lo bien que les iba en Hamburgo. En los últimos diez años, su hijo Paco ha hecho del pequeño negocio familiar de venta de cítricos, una gran empresa de exportación a varios países del este de Europa. Aún recuerda el tormento sufrido cuando, con diecinueve años, su único varón decidió marcharse a ese país en reconstrucción tras la Gran Guerra. Ahora se da cuenta del acierto. La consolidada red comercial de clientes que fue ganando poco a poco, les ha proporcionado una gran ventaja competitiva. Reconoce en el chico su propio carácter tenaz y obstinado. El que mantuvo a flote a la familia en la Guerra Civil, cuando tuvo que lidiar sola con todo: la tienda de ultramarinos, su hija Amelia recién nacida y una infiltrada hospedada en su hogar por mandato del partido, supuestamente para ayudarla en el negocio. ¡Claro! No fuese a faltarle avituallamiento a los oficiales. Algunas noches, su marido, escondido en la sierra para evitar ir al frente, bajaba por comida y cariño. Y por la mañana, esa mujer vigilante contaba de nuevo los tomates y las patatas… Menea la cabeza, a Dios gracias todo eso era pasado. Vuelve al presente y concluye que al menos a su hijo no le había dado por casarse con una gabachaque le hubiera dado nietos a los que no entendería ni una palabra. Entra a la salita con el plumero y mira recelosa el aparato que Paco dejó enchufado hace dos días, justo antes de partir. <<No lo toques mamá, es un tomavistas y se está cargando. Una sorpresa para Clara. Con él filmaremos todo el bautizo>> le había dicho. <<¡Qué barbaridad hijo! avísame si nos van a sacar en la televisión, respondió ella>>. Sólo él conseguía doblegar su carácter hirsuto.

Mientras, suena el teléfono en el piso de arriba. Clara acude veloz por si es Paco, que tendría que haber llegado a casa hace horas.

–¿Dígame? ¿Aurelio? –contesta algo decepcionada. Es su cuñado, el marido de Amelia–. ¿Qué? ¿Que estás buscando a Amelia? –la nombrada aparece como de la nada. Hace movimientos exagerados con la cabeza en claro signo de negación-. No, no la he visto… Sí, no te preocupes, que si aparece por aquí te la envío derechita a casa… Adiós.

Cuelga el aparato algo preocupada. No puede evitar acordarse de los gritos, los portazos y sollozos que había oído, desde su habitación, la noche anterior. Es lo que tiene vivir en un edificio familiar. Hay poco espacio para la intimidad. Unas horas después, casi al alba, Amelia había llamado a la puerta, no es la primera vez que se refugia en su casa. Al abrir se la encuentra ya vestida y peinada. Pero ni el exquisito vestido de seda violeta puede disimular las ojeras y la hinchazón de sus ojos. Clara la había abrazado con ternura y conducido a la cocina, que ya olía a café recién hecho. Las discusiones de sus cuñados se oyen a menudo desde el piso de arriba. Nunca se han llevado bien, pero desde que Aurelio se levantó una mañana sin su esposa y la encontró dormida en la cama de la doncella, su carácter de por sí colérico no ha hecho sino empeorar. Y a pesar de que Amelia le juró que sólo el insomnio por sus ronquidos le condujo hasta allí, no dudó ni un momento en despedir a la criada. Después Aurelio fue con el cuento a sus suegros, acusándolos de haberlo engañado porque, además, su hija no podía engendrar niños. La abuela Fulgen, presa del pánico a las habladurías había pedido consejo a Paco: <<Madre, usted no debe meterse en el matrimonio de mi hermana. Eso son cosas de puertas adentro>>, le había contestado éste. Pero Clara sabe que, a continuación, su marido había mantenido una reunión con Aurelio y que éste último, a las pocas semanas, se paseaba por el barrio con un deportivo último modelo.

Vuelve al salón y termina de colocar los últimos servicios en la mesa. El color de la mantelería combina con los centros de frutas, adornados con granadas y uvas. Los jarrones están llenos de hortensias frescas, unas lilas y otras blancas. Todo está ya dispuesto para la celebración. Volverán a casa después de la misa para comer con la familia y algunos amigos íntimos. Los ventanales del mirador están abiertos comunicando la estancia con la terraza. Hoy luce un sol radiante a pesar de lo avanzado del otoño, así que decide que servirá un refrigerio fuera. Sólo falta él y por eso se siente intranquila, aunque lo disimula. Adora a su marido, pero lo de llegar tarde a todos sitios se ha convertido en un vicio. Decide pensar en otra cosa, en lo feliz que es por haber vuelto a su ciudad, cerca de la familia. Tiene planes, piensa presentarse a las oposiciones a maestra, que para eso estudió Magisterio. Paco y ella han acordado esperar unos años para aumentar la familia. Siente que tiene suerte, su marido la escucha y comprende sus ambiciones. Han pasado años desde que le robase un beso cuando la acompañaba camino al colegio. Tenía entonces quince años y él veintidós. Todos creían que el noviazgo no podía prosperar, sobre todo porque Paco vivía casi todo el tiempo en Alemania. Para ella el romance había empezado un poco por conveniencia, ya que su madre, paradójicamente, le dejaba algo más de libertad para salir teniendo novio. Eso sí, cargando con su hermanito de carabina. Por otro lado, al comienzo todavía era casi una niña en desarrollo y le asustaba terriblemente cualquier acercamiento. Pero Paco nunca cayó en el desaliento, le escribía metódicamente cada semana y tuvo una paciencia infinita con lo otroincluso tras la boda. Todavía se ruboriza al recordar el libro sobre sexualidad femenina que le regaló en pleno viaje de novios.

 

Por fin la comitiva está preparada. La abuela Fulgen coloca con cuidado a la pequeña en el carrito abullonando el traje de cristianar, para que luzca bien ante los invitados. Clara está preciosa, es una combinación entre la elegancia de Grace Kelly y el magnetismo de Catherine Deneuve. Esbelta y luminosa, lleva cogida del brazo a Amelia, que es fina como un junco, siempre tímida y cabizbaja. Los demás deben de estar ya en la iglesia. Al llegar a la calle se encuentran con un furgón de la policía y a dos hombres de uniforme buscándolas. Paco ha tenido un accidente con el coche y reclaman que Clara vaya con ellos, la necesitan para el reconocimiento y otros trámites. Tras la marcha quedan las otras dos. Amelia con la niña en brazos, sin poder evitar su propio llanto ni el de la niña, que algo debe de intuir. Y la abuela Fulgen arrumbada en la banqueta que un vecino con corazón ha tenido el buen sentido de ofrecerle. La calle se llena de curiosos. Paco, el exportador, se ha estrellado con su Mercedes de matrícula alemana. Se ha dormido al volante después de conducir quién sabe cuántas horas, para llegar a tiempo al bautizo de su hijita. Pobre viuda y pobre hija dicen. ¡Ay! la madre y la hermana añaden. Al final, aquel día no hubo bautizo. Ni tomavistas. Ni comida. Ni otros vidrios rotos.

 

Marina C. García LLópez

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