EL BRUJO DEL TRÓPICO

Por Carmelo Ruíz

Los altavoces de la estación anunciaron la inminente salida del autobús. Los viajeros adormilados se acercaron al vehículo con paso cansino. Un hombre de tez morena, de estatura que no pasaría del metro setenta y cinco centímetros, vestido con pantalón de pana, camisa de cuadros de diversos colores, cazadora de piel marrón y sobresaliendo de su bolsillo superior izquierdo un llamativo pañuelo de colores que según decía tenía mucha utilidad para hacer un torniquete en caso de emergencia. Llevaba en su mano izquierda un pequeño maletín como el utilizado por los artesanos. Ese atuendo y su aire de misterio avivaron la curiosidad de los pasajeros del desvencijado autobús.

Nadie lo acompañaba. Su soledad parecía la más grande de todos los seres humanos juntos. Al poner el pie en el estribo, pudo verse que usaba elegantes botas altas con fieltro para aguantar el frío de las altas montañas del Pirineo Aragonés. Volvió la cabeza y echó una última mirada esperando ver a algún conocido. Por fin subió al autobús verde con una raya azul en todo el contorno en la que podía leerse el nombre de la compañía: “La Pirenaica”. Se sentó en el último banco acompañado de toda su inmensa soledad con una ligera sonrisa asomando a sus labios mientras parecía recordar su adolescencia en el ignoto país de húmedo y caluroso trópico de donde procedía y la nostalgia hizo su aparición como un torrencial diluvio, bruscamente, sin aviso, sin una señal, quedándose en su mente como los posos del café en el viejo pocillo amarillo de su abuela, allá en la colina verde en donde se encontraba el que un día fue su hogar.

Sus ojos de un color café aguado y transparente mostraban una profunda resolución y miraban en distintas direcciones como si no supieran a dónde se dirigía ni porque se encontraba sentado en un duro asiento de aquel viejo autobús. Estaba sudoroso a pesar del frío de principio de invierno, tal vez por nervios o por la incertidumbre a lo desconocido o por todas esas vainas juntas.

Menos mal que al pobre parecía no preocuparle a qué se enfrentará en su destino. Confiaba en lo que le dijeron sus maestros: “Los conocimientos los tiene en la cabeza, por tanto en ese sentido no debe preocuparse doctor”. Ante cualquier problema que le surja, piense, piense y vera como le sale a flote rápidamente su ciencia. Como último consejo le añadieron: “Recuerde siempre que lo más frecuente, es siempre lo más frecuente y lo más probable es siempre lo más probable.”

El recuerdo de la despedida de sus amigos y de sus profesores fue muy emotiva. Era reconfortante evocar lo bonito del pasado, la satisfacción de haber cumplido con el propósito de hacer una carrera en un país extranjero, en un lugar muy alejado de su hogar, en las ciudades desde hace más de una eternidad partieron sus abuelos con sus pequeños hijos para la tierra que lo viera nacer, su amada tierra, pero con la agradable sorpresa de saber que la vida le había regalado buenos amigos y magníficos profesores que viendo el interés del “indiano” lo apoyaron, lo guiaron y llegaron a sentirse orgullosos de su alumno. Nuevamente una sonrisa se asomó en sus pálidos labios y un escalofrío pareció recorrer su columna vertebral y se dijo: “Carajo estoy a punto de saber si realmente soy capaz de ser médico, pero médico de verdad, de los que pelean hasta el final por la vida de los pacientes”. Tal vez le hubiera gustado ejercer en su pueblo, al lado de su familia siguiendo los pasos de su tío Pedro y al recordarlo las voces de mil recuerdos lo transportaron nuevamente a la tierra de la guanábana, allá a las orillas del río Sinú en San Jerónimo de Buenavista. Las imágenes de la gran parranda que se armó en el pueblo cuando regresó el doctor Pedro tras hacer la especialidad de Cardiología en México. Cuando bajo del avión vestido de charro, con su gran sombrero, la carcajada de quienes lo esperaban fue general y él como siempre riéndose de sí mismo y de quienes se habían pasado toda la mañana calentándose al sol como lagartijas viejas mientras lo esperaban. A partir de ese momento la fiesta fue general. El padre del doctor tiró la casa por la ventana, llovió ron, comida y música de cumbiamba durante dos semanas. Lo mejor de la fiesta llegó cuando el abuelo ordenó que entre cuatro hombre lo echaran a la alberca para que se le pasara la borrachera, decía que de esa forma no quedaba nada de guayabo.

Aún era muy pequeño para comprender el motivo de tanta algarabía, pero esas imágenes de la fiesta tan colosal le quedaron grabadas en la mente.

El nuevo galeno tenía fama de parrandero y mujeriego. Su padre decía que nunca sería capaz de ejercer la medicina por mucho que hubiera aprendido en México y muy a pesar de las tantas novenas que su madre había rezado a todos los santos. Pero el asunto no fue así. Tras sacarlo de la alberca, con la ropa chorreando agua entro en la casa ante la mirada de la abuela. Subió las escaleras lentamente y cuando bajó apareció vestido con traje de lino color crema, sombrero blanco de paja y zapatos de un negro brillante. Se acercó a su madre, la abrazó y le dio en cada mejilla un sonoro beso y ella le correspondió dándole la bendición. Se aproximó a su padre y le tendido su mano derecha mientras sostenía en su izquierda el sombrero. Se miraron a los ojos durante interminables segundos sin decir palabra. Salió al corredor y preguntó:

— ¿Quién puede llevarme al centro?

De la casa resonó como un alarido la voz de su padre.

— Llamen a Ricardo para que lo baje y se quede con él y lo traiga de vuelta cuando no pueda caminar. No cambiará este hombre.

Al anochecer cuando los grillos entonaban su tibia serenata a la luz de las lámparas de gas, se escuchó el ruido de un automóvil subiendo la colina y se detuvo ante la puerta principal, en donde hacía más de media hora se encontraba toda la familia reunida como de costumbre, en los frescos atardeceres respirando los dulces olores de las azucenas. Todos callaron, la sombra de la incipiente noche se quedó suspendida y pareció que las estrellas dejaron de titilar. Se abrió la puerta del carro y salió el bueno del doctor, se quedó unos minutos de pie, se ajustó el sombreo y caminando despacio se acercó a su madre y tomándola de las manos la levanto de su mecedora, rodeó su talle con el brazo izquierdo y le dijo:

— Te quiero enseñar unos pasos de baile que aprendí en aquellas tierras mexicanas y poniéndose a cantar con su voz de tenedor entonó una hermosa y nostálgica canción mientras daban unos pasos de baile que todos aplaudieron con regocijo. El abuelo se levantó y los abrazó a los dos viendo a su hijo en su sano juicio, alegrándose por su regreso.

Todos volvieron a aplaudir hasta que se escuchó la voz de la abuela preguntándole:

— ¿Hijo y ese olor a perfume que es? Cuando bajaste al centro tenías otro.

Entonces el abuelo respondió acompañando a sus palabras con una alegre carcajada.

—Mujer no le puedes pedir el mismo día que deje de oler a alcohol y a perfume de mujer.

El doctor Pedro nunca más se tomó un trago de ron ni de ninguna otra bebida alcohólica. Todo cambió menos su afición a recoger al vuelo faldas, enaguas y zagalejos como si de trofeos se tratara. Las mujeres no dejaron de traerle problemas toda su vida, menos eso todo cambio por arte de magia o por el milagro que por fin terminaron haciéndole los santos ante tantas novenas de la abuela. También le quedó el vicio del cigarrillo y como solía decir para convertir en humo los pensamientos y recordar que del pasado solo queda el humo que el tiempo disuelve en el siempre azul del límpido cielo.

Creía que su tío Pedro no había reparado nunca en él, más que para mandarlo a comprar cigarrillos, pero un día que vinieron a buscarlo corriendo porque al compadre del abuelo le había dado un dolor en el pecho, le dijo:

— Agarra esa maleta y sígueme. Ten mucho cuidado no le des golpes.

Fue así como se convirtió en el “ayudante de carga” al salir del colegio. Después de visitar a los enfermos le enseñaba a pesar en una báscula que tenía metida en una urna de cristal, allí preparaba las recetas de los distintos medicamentos: digital, polvo de raicilla, sábila desecada, polvo de la corteza de mandrágora, mientras le enseñaba sus usos y la cantidad a dar en cada caso, y así poco a poco fue aprendiendo los nombres de los múltiples fármacos y recordó entonces la razón de encontrase sintiendo el frío en los caminos de las estribaciones montañosas del tenebroso Pirineo.

Un frenazo brusco hizo tambalear el autobús y los pensamientos volaron de su mente en un torbellino de emociones alejándose hacia el infinito como pompas de luminoso jabón. El sol ya casi había alcanzado la vertical del cielo haciendo desaparecer las sombras. El día se quedó partido en dos mitades y los pensamientos al igual que los nubarrones cargados de fértil lluvia, volaron movidos por un viento helado y parsimonioso que parecía estar en calma. Los recuerdos del pasado vagaron por la soñolienta imaginación de un ser solitario que tal vez iba en busca de su identidad o justificarse consigo mismo por permanecer alejado del lugar donde nació. El deseo le llenó el pensamiento de ilusiones de un regresar “algún día” a sus orígenes y retomar lo que fue, para poder continuar siendo y confundirse con los verdes paisajes de los platanales a la orilla del gran río de sus recuerdos y de las polvorientas calles de su ciudad allende los mares en la costa caribe de Colombia cuyas tierras sus abuelos un día hoyaron con sus pies partiendo de entre las montañas de Asturias. Tal vez un día…

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene 6 comentarios

  1. magali rivaldo

    Me siento atraída por tu talento de escritor, te felicito por tu entrega y esmero, que sea este el inicio de muchos triunfos como escritor «tu sueño hecho realidad»

  2. Miguel Ariza

    Muy buen escrito, creo que es solo un capitulo, me gustaría saber si vas a seguir publicando uno a uno.

  3. Jose barraza

    Nos transporta al realismo magico

  4. Ubaldina Diaz Romero

    Muy nostálgico………..tiene aún el tinte autobiográfico que, aunque no le roba su valor literario en modo significativo, sí le limita a la hora de emplear recursos…..
    Creo yo, que hay talento suficiente….Sólo falta algo más de oficio para despegar de esas anclas del recuerdo que, a veces constriñen la expresión.

  5. Karen Jimenez Angulo

    Excelente historia, me encantaron las enseñanzas que deja…

  6. Miguel Ditta Urueta

    Muy buena historia, logra encantar y conectar al lector…

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