EL BÚNKER – Gema Baque Izcue

Por Gema Baque Izcue

—¿Es aquella loma?

Guillermo miró a su discípulo con cierto aire de condescendencia. Alonso era un buen muchacho, pero todavía le quedaba mucho camino por recorrer.

—No. Me temo que no va a ser tan fácil—el viejo sacó su brújula y la protegió bajo la capa de piel gruesa e impermeabilizada, de color blanco, que le cubría desde hacía décadas. El viento rugía con fuerza y levantaba incesantes remolinos de nieve que lo invadían todo. Guillermo de Villanueva observó bajo el amparo de su manto y levantó la cabeza—. Aunque es en esa dirección— afirmó, convencido.

Antes de iniciar el ascenso hacia la colina, juntaron sus cuerpos para protegerse del aire helado que les penetraba por los costados y les rodeaba como una espiral incansable. A su alrededor el mundo se descomponía en una escala de blancos que iba desde el inmaculado de la nieve de los montículos más elevados, hasta los más grisáceos que podían vislumbrarse en la base de las montañas más lejanas y en las nubes que tapaban el cielo en toda su extensión. Hacía tiempo que habían dejado atrás las últimas Edelweiss. Estaban demasiado alto para encontrarse con cualquier tipo de vida inofensiva, pero Guillermo sabía que debían llegar antes del anochecer, porque en aquellas latitudes podía haber grandes mamíferos al acecho.

—Date prisa, Alonso, o nos arriesgamos a que nos cacen las leonas.

—¿Leonas? ¿Por estos parajes?

—¿Qué pasa, chico, no te han enseñado nada en la escuela subterránea esa a la que vas? Los grandes mamíferos africanos fueron los primeros en adaptarse al cambio, especialmente los que contaban con un buen manto de pelo.

Alonso guardó silencio ante la pregunta del gran Guillermo. Nunca le había gustado la historia, pero recordaba lo básico. Los vertiginosos cambios que provocaron la huella indeleble de la última glaciación, conocida como la glaciación de Yod. Entre 2030 y 2040 el sol dejó de calentar con la misma intensidad con la que lo había hecho durante el siglo anterior, provocando una pequeña glaciación, similar a la Pequeña Edad de Hielo que afectó a Europa desde comienzos del siglo XIV hasta mediados del XIX. Aquel valle de actividad solar coincidió en el tiempo con el desequilibrio climático provocado por la desaceleración de la Corriente del Golfo, hasta entonces responsable del clima benevolente del noroeste de Europa. El calentamiento global había ido provocando un paulatino retraimiento de los casquetes polares y la consecuente disminución de los niveles de salinización de los océanos. En 2033 el glaciar Thwaites se desprendió de la Antártida, vertiendo millones de litros de agua dulce hacia los océanos y haciendo subir el nivel del mar alrededor de metro y medio. La corriente del Golfo se desaceleró. Las aguas más cálidas comenzaron a estancarse en la costa este de EEUU y la temperatura de los mares de Noruega y de Groenlandia se enfrió hasta que llegó a su punto de colapso. Y de forma mucho más acelerada de lo que habían previsto los diferentes modelos, el norte de Europa se cubrió de hielo hasta la latitud de París, en tan solo diez años. Para entonces, la población mundial ya estaba gravemente mermada. Un año antes del desprendimiento del Thwaites, el Covid-32 había provocado la muerte de la mitad de la población mundial, con grandes diferencias entre los países ricos y pobres.

La corriente del Golfo era una pieza más del engranaje de corrientes marinas que circunvalan nuestro planeta. Cuando el equilibrio se rompe, la tierra busca un nuevo punto de equilibrio. A lo largo de la década de los cuarenta el hielo fue aumentando y, para asombro de la devastada población restante, ocupó la mayor parte del hemisferio norte terrestre, llegando hasta Brasil, República Centroafricana, el sur de la India y Filipinas. Los enormes cambios climáticos provocados alteraron los patrones de presión y distribución de las precipitaciones. Paradójicamente, los países del hemisferio sur se volvieron más cálidos, pero en la mayoría de ellos la recuperación se complicó por la falta de población. La industria, en gran parte, desapareció. La hambruna mundial fue devastadora. Los supervivientes del hemisferio norte abandonaron sus casas y crearon refugios subterráneos para protegerse del frío perpetuo. Los hombres comenzaron a matar para comer. Australia era una sofocante excepción, donde la vida se mantenía más o menos tal y como se concebía hasta el comienzo del siglo XXI. Y la Antártida, libre de hielo, se convirtió en la fértil tierra prometida, llena de valles verdes, montañas y límpidos ríos repletos de vida.

El padre de Guillermo tenía ocho años cuando se desprendió el Thwaites. Fue uno de los afortunados supervivientes que se cobijaron bajo tierra tras la irrupción de los primeros hielos. Su padre, llamado también Guillermo, se convirtió en el líder de una población que subsistió a base de conciencia de grupo, batidas de caza y un imaginativo sistema de cultivo de unos pocos huertos rudimentarios, anclados sobre planicies heladas y orientados hacia el sur. Los libros de arte e historia salvaguardados celosamente por su abuelo constituyeron la base de los cuentos de la infancia de Guillermo de Villanueva y, gracias a ellos, creció sabiendo que el mundo no siempre había sido blanco, que en algún lugar del planeta existían lagos, montañas de infinitas tonalidades verdes y fértiles tierras de cultivo. Que una vez el hombre fue capaz de crear magníficos edificios, el cine, la literatura, el internet o la pintura. Era el año 2115 y para Alonso, que solo tenía dieciocho años, las historias que recordaban los viejos de sesenta años como Guillermo comenzaban a parecerse más a leyendas que a hechos acontecidos realmente.

Cuando llegaron a la cima, bajo ellos se extendió un denso desierto níveo con varias bifurcaciones. Alonso no terminó de ver clara la mejor opción.

—¿Qué buscamos, exactamente?

—Semillas—sonrió Guillermo, que hasta entonces no había contado a su discípulo el objetivo de la misión. Necesitaba un hombre joven y fuerte que pudiera llevar consigo el mayor cargamento posible. Y que luchara por obtenerlo, si fuera preciso.

—¿Semillas? —Alonso parecía confundido— Yo creía que el banco mundial de semillas se encontraba en Noruega, pero…estamos muy lejos de Noruega, ¿no?

—Cierto, querido Alonso. Muy cierto. Si mi mapa y mi brújula no me engañan, estamos cerca de Roncesvalles, en la puerta de los Pirineos. El banco de Noruega hace tiempo que es completamente impenetrable por culpa del hielo.

—¿También hay semillas aquí?

—No tantas como en la bóveda del fin del mundo, pero con suerte nos bastará con las que hay. Antiguamente, el Banco de Semillas de Alcalá de Henares guardaba una copia de todas las semillas en peligro de extinción en España. Custodiaban hasta 50.000 variedades aptas para el clima mediterráneo y según las últimas informaciones fue trasladado aquí, a la frontera con Francia, cuando comenzó el declive climático. ¿Sabes una cosa? Dicen que la Antártida tiene hoy en día un clima muy parecido al de España a finales del siglo XX. Mira.

¿Ves esa ladera? Creo que nos conducirá directos al acceso—Guillermo le guiñó un ojo—, ¿preparado?

La comunidad a la que pertenecían llevaba varios años planificando el viaje a la Antártida. Pese a lo rápido que se habían adaptado al violento clima de la glaciación de Yod, la comida escaseaba cada vez más y la situación se estaba volviendo insostenible. Su única opción era emigrar al sur, y para poder subsistir en las tierras de leyenda de las que hablaban los viajeros, necesitaban semillas.

El acceso al búnker subterráneo estaba bloqueado por una pesada placa metálica. A su llamada acudió un hombre pequeño, insignificante, con el rostro tan pálido como el paraje que les rodeaba y unas gafas de sol negras que tapaban sus ojos procedentes de la oscuridad. Asomó su cara a través de una abertura enrejada protegida por un ventanuco corredizo que le permitía hablar con los visitantes sin abrirles la puerta. No parecía muy inclinado a dejarles entrar. No me han avisado de su llegada, lo siento. Se excusó. Pero antes de que corriera de nuevo el ventanuco, Alonso metió su escopeta entre las rejas y apretó la punta de su cañón contra el cuello de aquel hombre de gafas anacrónicas.

—Abra.

El interior estaba tan oscuro que les costó acostumbrar la visión. Mientras amarraba al hombre menudo, Alonso se dio cuenta del porqué. Aquel hombre era ciego.

—¿No se puede encender la luz? —Alonso comenzaba a impacientarse. Al fondo de la estancia se adivinaban interminables galerías y el clima se sentía frío pero seco, perfecto para la conservación—¿Cómo puede haber un hombre ciego vigilando este lugar?

—Los guardianes del búnker hemos sido ciegos desde hace décadas. Es condición sine qua non para acceder al puesto— respondió altivo el hombre menudo, con una voz serena que transmitía orgullo y dignidad a partes iguales.

Guillermo localizó una palanca a la derecha de la puerta y la accionó. Un sinfín de luces fluorescentes comenzaron a encenderse por los pasillos, parpadeando nerviosas y multiplicando la luz a derechas y a izquierdas, penetrando los túneles de aquel fortín hacia las profundidades de la tierra. Alonso abrió los ojos y no pudo evitar que se le escapara un pensamiento.

—Pero… ¿Qué es esto?

 

Los cuadros invadían las paredes de todas las estancias y de los túneles comunicantes. Descubrió tanto color y tanta belleza desconocida que se le encogió el corazón. Comenzó a recorrer el pasillo principal y le llamó la atención el pequeño retrato de una joven mujer morena de misteriosa sonrisa, que posaba frente a un paisaje de montañas y lagos. A continuación, se encontró frente una ciudad oscura con una noche estrellada llena de movimiento, junto a ella, había una bella joven con el pelo cubierto y una perla decorando su oreja. Una pareja que parecía hecha de oro se fusionaba en un beso. Una niña vestida con ropa fastuosa y una falda de enormes enaguas se mostraba rodeada de lo que parecía un séquito, incluyendo a otra niña deforme, a un perro y a un señor de bigote que posaba con un pincel. Había cuadros con flores amarillas cuyo nombre ignoraba, con paisajes ya olvidados, con mujeres desnudas saliendo del mar rodeadas de ángeles. Alonso, despacio, continuó caminando por el corredor principal, moviendo su mirada extasiada en todas direcciones, queriendo captar la esencia de aquellas pinturas para guardarla en sus entrañas y recordarla durante las noches del eterno frío invierno. Sintió cómo su cuerpo se contraía, haciéndose un poco más pequeño frente al inconmensurable esplendor que se extendía frente a él, en todas direcciones. Sus ojos, ignorantes hasta entonces, asimilaban, voraces, los interminables estímulos del arco iris, los cuerpos desnudos de exultante belleza, las apetecibles viandas de los bodegones más exquisitos jamás pintados, los paisajes más ignotos. De pronto, un enorme cuadro con cultivos de color violeta le recordó el motivo de su viaje y se giró hacia su maestro.

—Nos hemos equivocado, ¿verdad, maestro?

Guillermo de Villanueva se había sentado en el suelo y, con las manos en la cara, trataba de disimular las lágrimas que le resbalaban sin pudor por las mejillas. Su abuelo y su padre habían fantaseado sobre el destino de las grandes maravillas de la humanidad en incontables ocasiones. No puede ser que se pierdan, solía decir su abuelo, alguien se encargará de proteger el legado. Su padre casi siempre discrepaba. El niño Guillermo creció pensando que el mundo, tal y como lo habían conocido sus antepasados, había desaparecido para siempre y que él solo podría recordar aquellas obras de arte creadas por el hombre a través de los escasos libros que se conservaban.

—Nos hemos equivocado, ¿verdad, maestro? —insistió Alonso—¿Por eso llora?

Guillermo levantó la vista. Sus ojos húmedos casi pedían clemencia.

—¡Es tan hermoso! —dijo—. Tan hermoso…

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Esther

    Sorprendida, muy bien

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