EL CAFÉ DE LAS PALABRAS

Por M. Cruz García

“En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle sentido a la existencia” Cervantes

“Este local cerrará sus puertas a partir del próximo mes de octubre”, es lo primero que le llamó la atención al girar la calle. Lucía no se lo podía creer, aquella pequeña cafetería se había convertido en su refugio durante el último año.

Se quedó allí de pie, observando el interior del local y sin darse cuenta recordó el día que lo descubrió. Fue una tarde de invierno. Después de un largo y agotador día de trabajo había decidido dar un paseo sin rumbo. Una tormenta inesperada lo interrumpió. Entró sin mirar en el primer local que vio abierto, no imaginaba lo que aquel lugar iba a significar para ella. Una luz tenue y cálida creaba un ambiente tranquilo y acogedor. Sólo un par de mesas estaban libres. El resto estaban ocupadas, la mayoría por personas solas. Escogió sentarse en la más cercana a la ventana.

El sonido del claxon de un coche la devolvió a la realidad. Vio que aquella misma mesa estaba libre y decidió entrar. Esperaba poder hablar con Ernesto, el dueño, para saber por qué había tomado la decisión de cerrar. Escogió sentarse en la misma mesa que aquel primer día y acarició la frase que la decoraba: “El tiempo no nos permite olvidar, pero sí soltar y seguir. Déjalo ir.” Unas palabras que le hicieron pensar. Aquella primera tarde, con un café con leche en las manos y mirando la lluvia, entendió que no podía seguir viviendo en el pasado, que debía mantener el recuerdo pero seguir caminando. Se fijó en que en cada mesa había una frase diferente. Fue esa misma tarde cuando conoció a Ernesto. Estaba ensimismada en sus pensamientos cuando se acercó un señor. Debía tener unos sesenta años, y poseía una mirada azul profunda y unas manos que dejaban ver que había trabajado muy duro toda la vida.

-Buenos días. Un lugar para guarecerse de la lluvia. Ha escogido un buen sitio, y una de nuestras mejores mesas. ¿Es la primera vez que nos visita?

-Sí -respondió sorprendida por la amabilidad del señor-, y no sé por qué, pero creo que este lugar me va a encantar.

-Bienvenida al Café de las Palabras. Todo el mundo que visita este sitio es amante de los libros y de la literatura; esto es lo que nos une a todos.

Entonces ella observó el local. Se dio cuenta de que al lado de las mesas había estanterías antiguas de madera con libros; pequeños rincones de lectura que creaban un lugar con una atmósfera especial, El Café de Palabras.

Volvió a la realidad cuando Óscar, el único camarero que trabajaba en el local, se acercó para ver qué quería.

-Buenos días, Lucía -su voz sonó triste.

-Hola, ¿cómo estás, Óscar?

-Intentando asimilar la noticia. No sé qué voy a hacer a partir de ahora.

-¿Está Ernesto? Me gustaría hablar con él.

-Lo siento, Lucía; hoy no vendrá. No te puedo decir nada más.

Algo grave tenía que ocurrir. Para Ernesto El Café de las Palabras era su vida. Horas y horas de conversaciones con él y con el resto de clientes, habían hecho que formaran una pequeña familia. El Café de las Palabras se había convertido en el lugar donde todos habían descubierto que la soledad compartida es menos soledad. Era un punto de encuentro, el refugio donde siempre encontrabas a alguien dispuesto a tener una buena conversación sobre libros o sobre cosas cotidianas de la vida. O simplemente disfrutar de la lectura y de buena música de fondo. Se podía saborear el tiempo en El Café de las Palabras.

Se tomó un café y se marchó decidida a volver por la tarde para hablar con Ernesto. Durante el día no pudo quitarse de la cabeza el cartel. ¿Por qué? Se había acostumbrado a ir allí cada día, primero descubriendo los mensajes que te esperaban en las mesas. En cada una podías leer una frase, pequeños fragmentos de libros que en pocas palabras te transmitían una enseñanza, te hacían pensar; luego conociendo a gente que como ella acudía allí cada día, porque se sentían como en casa. Siempre había alguien con quien conversar antes de volver a su piso, donde sólo el silencio y la soledad la esperaban. Incluso algún fin de semana iba a desayunar allí. Le encantaba empezar los sábados y domingos que podía con tranquilidad: un café con leche, una pequeña conversación con Ernesto, momentos especiales. Había cogido confianza con Ernesto, le recordaba a su padre, y él le había cogido cariño. Compartían inquietudes y sueños.

A las cinco en punto cogió el bolso y salió de la oficina. Cuando llegó al Café de las Palabras Ernesto estaba solo. Lucía se alegró porque así podrían hablar con calma. No hizo falta preguntar, su mirada transmitía tristeza, intranquilidad, incluso se atrevía a decir que un poco de miedo. Antes de que ella preguntara, Ernesto le dijo que a su mujer le habían detectado cáncer. Lucía ya no necesitaba más explicaciones, podía imaginar lo que Ernesto estaba sintiendo en ese momento. Él había decidido pasar todo el tiempo que pudiera con ella, no quería tener que reprocharse nada en un futuro. Le confesó que lo había pensado mucho. Sabía que aquel local era el alma de mucha gente. Pero hay momentos en los que la vida nos impide escoger cómo vivirla. No nos da elección y mueve ficha. Ella decide qué camino debemos seguir, sin preguntarnos.
Lucía entendía a Ernesto. Qué difícil debía ser renunciar a uno de tus sueños cuando ya lo has alcanzado, cuando lo acaricias cada día, pero más duro debía ser ver sufrir a la persona que te ha acompañado durante ese camino. En momentos así los sueños cambian.

Lucía se tenía que marchar, pero le prometió a Ernesto que volvería al día siguiente. De camino a casa no podía dejar de pensar en la mujer de Ernesto, Pilar. La conocía porque muchas tardes pasaba por la cafetería. Formaban una pareja encantadora.

Aquella noche no pudo dormir, pasó mucho tiempo recordando momentos que había vivido en El Café de las Palabras y no pudo evitar acordarse de su padre, la persona que había despertado su amor por la lectura. Aún podía recordar la primera vez que le compró un libro. Fue un mes de agosto, en vacaciones. Fueron juntos a una librería muy pequeña y le dejó escoger el libro que quisiera. Conservaba aquel libro como un tesoro. Cuando sentía nostalgia lo ojeaba. Para Ernesto los libros del Café de las Palabras también eran un tesoro. Algunos eran regalos, otros los habían dejado los clientes, pero todos tenían su historia. Historia que cambiaba cada vez que alguien leía alguno de ellos. El Café de las Palabras le recordaba a aquella primera librería. La última vez que miró el reloj eran las cuatro de la mañana. A las siete sonó el despertador. Decidió ir a desayunar a la cafetería con Ernesto. Entre semana acostumbraba a ir al acabar de trabajar, pero había decidido aprovechar todos los momentos que pudiera durante ese mes que el local permanecería abierto.

Al llegar sólo estaba Óscar, quien le dijo que Ernesto no llegaría hasta las doce. Se sentó en una de las mesas cercanas a la ventana, le gustaban las mesas con luz natural. “Todos los finales son también comienzos. Simplemente no lo sabemos en el momento”, leyó en la mesa mientras esperaba su café con leche. De repente una idea tomó forma, algo que sabía que estaba pensando pero era incapaz de concretar. Podía ser el final de una etapa, pero también el inicio de una nueva. Cuántas veces había pensado en sus sueños, en hacer algo relacionado con su gran pasión, los libros. ¿Y si ella pudiera iniciar una nueva etapa del Café de las Palabras? Intentó apartar esa idea, era una locura. Nadie entendería que dejara su trabajo en un prestigioso despacho de abogados.

Pero las ideas a veces son caprichosas y ésta lo era, y volvió a su mente durante todo el día. Cada vez que paraba se repetía la misma pregunta. ¿Podía continuar con el sueño de Ernesto? Estaba convencida de que a él le encantaría.

Volvió a la cafetería para intentar hablar con Ernesto. Quizás hablando con él podría tomar una decisión. Se alegró al ver que, como cada tarde, Ernesto estaba en la barra. Aquella tarde el ambiente estaba tranquilo. Sólo había un par de mesas ocupadas. Lucía se sentó en la barra, los ojos de Ernesto reflejaban cansancio, esa mirada que deja ver que las preocupaciones no te dejan dormir, que estás renunciando a un sueño y que su lugar lo ocupan los problemas.

-¿Qué pensarías si te digo que me gustaría que El café de las Palabras siguiera como hasta ahora? -preguntó Lucía.

-Lucía, sabes que eso es imposible, yo no puedo seguir.

-Pero yo sí. Sabes lo que significa este local para mí, me he reencontrado a mí misma aquí, he sentido esa tranquilidad que hacía mucho tiempo que había perdido. Tengo un lugar al que ir cuando salgo de trabajar, yo y la mayoría de los que visitamos la cafetería a diario. Sé que mucha gente no lo va a entender, pero creo que este local también forma parte de mi sueño.

Ernesto lloraba, nada le gustaría más que saber que El Café de las Palabras seguía abierto, ayudando a la gente con sus mensajes, con las palabras, con su ambiente.

En ese momento entró una chica a la que no habían visto nunca, y eligió la misma mesa en la que Lucía se sentó el día que descubrió el local. Vio cómo acariciaba la frase de la mesa y supo lo que pasaba por su mente. En ese instante Lucía tuvo claro qué iba a hacer. ¿Una locura?, quizás sí. Pero era su sueño. Y ahora lo sabía.

 

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Reyes Rodríguez Gutiérrez

    Reyes Rodriguez
    Hace un momento ·
    LOS CORRUPTOS SON LOS HOMBRES, NO LAS IDEOLOGÍAS, PERO OJO, NO A LAS IDEOLOGÍAS TOTALITARIAS,FANÁTICAS, IDÓLATRAS, MEGALÓMANAS, SECTARIAS, EXCLUYENTES, PROSELITISTAS.
    NO QUIERO QUE EN MI PAÍS, PARA TODAS LAS ELECCIONES LAS LISTAS SEAN CERRADAS, YO QUIERO VOTAR LIBREMENTE A QUIEN ME PAREZCA MEJOR Y MÁS CAPAZ Y COMPETENTE. QUE ME DEJEN ELEGIR A MI, QUE NO ELIJAN LOS PARTIDOS, COMO SI FUÉRAMOS NIÑOS, O BORREGOS, QUE NO NOS MENOSPRECIEN, QUE NO NOS SUBESTIMEN.LA MAYORÍA SABEMOS LO QUE QUEREMOS Y QUEREMOS VOTAR.
    YO SÉ QUE NUNCA JAMÁS VOTARÍA A UNO DE LOS PARTIDO QUE SE PRESENTAN, PERO TENGO TANTAS, TANTAS, DUDA SOBRE EL RESTO….
    BUENOS DÍAS TESOROS, OS QUIERO, BESOTES

  2. Lucía

    De mis favoritos esta noche. Tan sencillo pero tan gráfico y cálido. Me encanta.

  3. Maricruz García

    Muchas gracias Lucía.Qué ilusión leer un comentario así.

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