EL CURIOSO EFECTO BENJAMÍN FRANKLIN

Por Diana Marina Manzo

Esa mañana, como era habitual, el cartero Benjamín recibió la planilla con los repartos de la jornada pero, cuando vio apuntada la dirección de la arpía, se agarró la cabeza y exclamó:

“¡No de nuevo! ¿Por qué Dios me castiga así?” Ante el apuro, comenzó a escudriñar el depósito en busca de sus compañeros y a gritos preguntó:

—¿Hay alguien disponible para entregar este paquete? Nacho, Juan, ¿alguno de ustedes? Les prometo que si me hacen el favor mañana traigo una docena de medialunas para desayunar.

Sus colegas se miraron cómplices y soltaron una gran carcajada. Se hicieron los distraídos, caminaron hacia sus respectivos vehículos y respondieron:

—Yo voy para City Bell —dijo Nacho.

—A mí hoy me toca General Alsina. ¡Buena suerte con la señora! —agregó Juan que se descostillaba de la risa.

Entonces el cartero, al ver que lo dejaban en la estacada, les dijo claramente disgustado:

—¡Gracias! Con amigos así, para qué quiero enemigos. Pero esta me la voy a cobrar, ya van a ver.

De hecho, la señora Pía y el cartero de la empresa VaPack, mantenían una relación de lo más cordial. Los altercados habían surgido solo unas semanas antes, y todo por un par de antenas para el gusanito Adriano. En ese momento, ninguno de los dos habría imaginado que la entrega de unos pocos centímetros de goma espuma causaría un tremendo alboroto.

La señora Pía del Remanso vivía en un pueblito de morondanga, por tanto era habitual que prescindiera de muchos productos que se conseguían en la capital. “Gracias al Señor tenemos internet,  de lo contrario, la vida en este lugar sería una depresión total”, se lamentaba una y otra vez con cierta exageración.

En esto, ya se avecinaba el Día de la Familia, un festejo de gran importancia organizado por el jardín de infantes de su pequeña hija y, para cooperar con el diseño de los trajes, encargó en una tienda on line unos originales sombreros de goma espuma con forma de gusanito. Resulta que los padres habían decidido que el tema a representar en esa ocasión fuera una comedia musical en honor a la mascota favorita del jardín: el gusanito Adriano.

A la semana siguiente, llegó el cartero para entregar el pedido. Pero cuando Pía abrió el paquete, advirtió que a todos los sombreros les faltaba una antena.

Fue así que, ni lerda ni perezosa, reclamó por escrito a la vendedora de Mercado Abierto. Había pagado un precio importante por los sombreros, luego era inaceptable que les faltara un detalle tan obvio. “¿A quién se le ocurre hacer un sombrero de gusano con una sola antena?”, se preguntaba con toda lógica.

Pasados unos días, la vendedora respondió que había sido un pequeño malentendido, pues en las fotos que recibió para copiar el modelo del gusanito en cuestión, solo se veía una antena. Explicó que a ella también le había llamado la atención ese detalle pero, como Pía fue categórica en que los sombreros debían ser iguales al modelo de las fotos, supuso que el gusanito Adriano era un tanto peculiar.

Por último agregó que, para recibir las antenas, debía costear el envío hasta su domicilio, por lo que Pía solicitó a la vendedora que, en la medida de lo posible, no las enviara por VaPack, ya que de un tiempo a esta parte la empresa de transporte había aumentado las tarifas considerablemente.

El paquete llegó un martes. Pía abrió la puerta emocionada porque al fin podría terminar los sombreros para la fiesta. “Van a quedar divinos”, pensaba.

—Buenos días señora, tengo un paquete para usted y debe abonar el envío —dijo el cartero.

—Buenos días, ¿cómo está? —respondió Pía—. Sí, dígame cuánto es.

—Son trescientos pesos.

—¿Cómo que trescientos pesos? ¡Pero si es una cajita insignificante, ni siquiera pesa cien gramos! —reclamó ella enfurecida, mientras el hombre arqueaba las cejas y se encogía de hombros—. ¡Esto es un disparate! ¡No fue eso lo que acordé con la vendedora de Mercado Abierto!

—Mire señora, yo no tengo la culpa, solo soy un empleado —respondió el cartero irritado ante la inesperada reacción de la mujer. Y luego continuó—. No manejo las tarifas de los envíos, ¡no se enoje conmigo!

—Esto se lo comentaré a la vendedora, ¡no puede ser! —exclamó Pía.

—Si prefiere, puede rechazar el envío.

—¡Imposible!, ya no tengo más tiempo —respondió ella totalmente fuera de sí—. ¡Lo necesito para el viernes! A ver, dígame usted ¿qué hago ahora?

—La verdad, no sé qué decirle, señora —suspiró el.

A esas alturas ya no había otro remedio y Pía, muy a su pesar, tuvo que pagar los trescientos pesos. Fue a buscar el dinero y regresó con un billete de quinientos, todo lo que tenía en casa para los gastos diarios.

—Usted me va a disculpar señora, pero no tengo cambio —dijo el cartero cuando vio el billete.

—¿Pero qué me dice? ¿Cómo que no tiene cambio? ¿Lo mandan de la empresa sin dinero? —preguntó montada en cólera.

—Así es; para que tenga una idea de lo mal que están las cosas por allá.

—¿Pero usted me está cargando? ¡Esto es una vergüenza! Voy a llamar a VaPack para presentar una queja. ¡Es que estamos todos locos! —vociferaba Pía en un ataque de ira—. ¿Y cómo solucionamos esto?

—Mire, lo único que se me ocurre es dejar un aviso de visita y vuelvo a pasar en un par de días.

—Está bien, si no queda otra, hacemos así. Pero no se olvide que lo espero ¡sin falta! —dijo ella a regañadientes a la vez que daba un portazo.

Por fin, llegó el Día de la Familia, pero el cartero no apareció y los gorros del gusanito Adriano se quedaron con una sola antena. “Y bueno…” pensó Pía, “tampoco es tan grave, cuando menos se ven simpáticos y originales.”

No obstante, la incertidumbre le carcomía las tripas. “¿Qué habrá pasado con el paquete? ¿Por qué no volvió el cartero?”, se preguntaba.

Pocos días después, Pía recibió un mensaje de la vendedora de Mercado Abierto, furiosa porque VaPack le había devuelto el paquete y además tuvo que hacerse cargo del costo del envío. Pero esto no fue lo peor del asunto sino que, de puro coraje nomás, la vendedora la insultó con toda suerte de improperios, acusándola de irresponsable y varias otras barbaridades.

Habida cuenta de tamaño enredo, Pía, indignada y sin salir aún de su asombro, empleó la poca serenidad que conservaba e intentó explicar a la vendedora todo lo ocurrido. Incluso ofreció reembolsar el costo para enmendar el conflicto. Por desgracia, la otra parte nunca respondió el mensaje y ella se quedó con una amarga frustración por no resolver la disputa en buenos términos.

Así pasaron los meses hasta que, un buen día, volvió a aparecer el cartero. Esta vez para entregar un paquete que había comprado el esposo de Pía.

“Y aquí vamos de nuevo”, pensó Benjamín, abatido por completo.

—Buenas señora, cómo le va tanto tiempo —la saludó—. Tengo un paquete para su marido, debe abonar el costo de envío y no tengo cambio— aclaró deprisa y muy nervioso.

—Qué tal —respondió ella—. ¿Se acuerda del paquete de la última vez? —preguntó con ironía, esperando que el cartero le explicara la razón de todo el embrollo—. Me quedé sin el paquete y encima tuve que soportar insultos y agravios totalmente gratuitos por parte de la vendedora.

—Lo siento mucho. Tuvimos un problema de logística en la empresa y el paquete fue devuelto por error. No fue para nada mi intención, usted sabe.

—Mire, por las buenas, dejémoslo así —dijo ella resignada—, lo pasado, pisado y a otra cosa mariposa. A ver dígame, ¿cuánto es esta vez?

—Son doscientos noventa pesos.

—¿Qué? ¿Cómo que doscientos noventa pesos? Si mi marido consultó con el vendedor y le informó que a lo sumo serían ciento ochenta. Sí, sí, ya sé, no me diga nada. Usted no tiene la culpa y es un simple empleado —suspiró ella mientras el hombre asentía con la cabeza y trataba de armarse de paciencia.

—Y supongo que tampoco tiene cambio —añadió ella.

—Ya le dije que no —respondió él.

Al rato Pía regresó con el dinero, se lo entregó, recibió el paquete y firmó el recibo. Luego lo despidió, pero no sin antes informarle de que se comunicaría con el Centro de Atención al Cliente de VaPack para dejar constancia de su reclamo.

Esa tarde, cuando el marido de Pía regresó del trabajo, le comentó que había asistido a un curso para la resolución de conflictos en el ámbito laboral.

—En pocas palabras, el método consiste en pedirle a alguien desagradable que nos haga un favor.

—Pero eso no tiene sentido —dijo ella.

—Si bien parece contradictorio, esta solicitud romperá sus esquemas y, probablemente, su nivel de menosprecio disminuirá. Incluso, en el mejor de los casos, hasta puede que sienta cierta estima hacia ti. Es un recurso muy práctico a nivel personal, ya que supone librarse de malestares importantes y evitar polémicas innecesarias.

—¡Qué interesante!

—Pero lo más curioso es que tiene su origen en una anécdota de Ben Franklin, el inventor del pararrayos.

—¿Y cómo es eso?

—Resulta que Franklin tenía un duro opositor en la Asamblea Legislativa de Pensilvania y que se empeñaba en mostrar, tanto en público como en privado, sus objeciones al programa político del científico. El caso es que Franklin estaba muy inquieto por esta  animosidad y decidió ganarse a su rival. Y lo que se le ocurrió fue muy ingenioso: le pidió un favor. Como sabía que estaba ante una persona de elevado nivel cultural, decidió pedirle un ejemplar muy raro de su biblioteca privada, sin que en el fondo Franklin tuviera mayor interés por dicha obra. Ante tal petición, el adversario se sintió honrado y halagado, de modo que no tardó en corresponder a Franklin. Y, a partir de ese momento, se produjo una cercanía entre ambos que, con el tiempo, dio paso a una amistad que duró toda la vida.

—Pero qué bárbaro, todos los días se aprende algo nuevo —respondió Pía y se quedó pensando en la idea…

Una semana después llamaron a la puerta. Pía lo reconoció de inmediato: “cinco golpes fuertes y secos”, se dijo, “es el cartero”. Era un día espléndido, de esos que la hacían sentirse dichosa.         —¡Buen día! —exclamó ella con una sonrisa—, lo estaba esperando.

El cartero, desconcertado, se acomodó los lentes y respondió:

—Buenos días, ¿todo bien? Traigo otro paquete para su marido y debe abonar el costo de envío.

—Así es —dijo ella tranquila y continuó—, de paso le cuento que hablé con un representante de VaPack y debo reconocer que usted tenía razón. Las pocas palabras que cruzamos me demuestran el desorden de la compañía. Y pensar que era una de las mejores empresas de transporte de la región. Una verdadera pena, se ve que a todos les llega la crisis.

—Vio usted que no exageraba acerca de nuestra difícil situación —dijo él angustiado.

—Lo entiendo, espero puedan resolver los conflictos. Dígame, ¿cuánto es el envío?

—Son doscientos setenta pesos.

—Bien, tome, el dinero está justo.

—Gracias. Firme aquí por favor.

—A ver, ¿me aguarda un momento? También tengo algo para usted —dijo Pía con entusiasmo y se marchó por unos breves instantes.

Intrigado, el cartero esperó frente a la puerta. Al cabo de unos minutos, Pía apareció con una bandeja en las manos.

—Mire, esto es un budín inglés con frutos secos que preparé ayer por la tarde. Dice mi marido que me sale riquísimo. Confío que esta vez no sea la excepción. Tome, llévelo para compartir con sus colegas.

—Pero señora, no puedo aceptarlo, ¡no corresponde! —respondió Benjamín consternado.

—Por favor, recíbalo como una disculpa por los malos tiempos. En definitiva, usted no es el responsable de lo que ocurrió. Vamos… ¡no me haga el feo!

—Mmmm —pensó unos segundos el cartero—. Bueno, está bien, me lo llevo, pero solo porque usted insiste

—Vio, no era tan complicado. ¡Hasta pronto y que lo disfrute! —dijo ella con alegría y agregó: ¿me recuerda su nombre?

—Benjamín, señora —respondió él sonriendo—. Me llamo Benjamín.

Más tarde, en el depósito de VaPack, Nacho y Juan comentaban las novedades de la jornada. En eso, vieron llegar a Benjamín.

—¿Y? ¿Cómo te fue esta vez con la señora Pía? —preguntó Nacho con sarcasmo.

—¿Te dio otro portazo en la cara? —añadió Juan.

Benjamín los miró risueño al tiempo que les mostraba la bandeja con el budín inglés.

—Saquen sus propias conclusiones —dijo—. Yo, por lo pronto, voy a sentarme a saborear esta delicia.

—¡Epa! ¿Y eso? —preguntó Nacho con los ojos grandes como platos.

—¿Pero qué fue lo que pasó? —agregó Juan, también asombrado.

—Nada extraordinario, es que a veces provoco ese efecto en las mujeres.

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. Nelly

    Muy buen relato de uno de tantos días grises en nuestra diaria existencia y excelente forma de resolver desagradables experiencias con calidad humana. Excelente moraleja.
    Bravo Di!!!!! Espero el próximo!!

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