EL ENCUENTRO – Mª Luisa de Prada Segovia

Por Mª Luisa de Prada Segovia

Una niña sin rumbo, perdida en un mundo de adultos, llena miedos y barreras, así crecí yo, así me sentía, no encontraba mi sitio. Me di cuenta de que solo se encendía una luz dentro de mí cuando alguna persona, a la que yo consideraba famosa, me halagaba, me decía palabras agradables. Yo vivía en función de ellos, en función de sus miradas hacia mí. Esa búsqueda de reconocimiento había crecido al mismo ritmo que mi cuerpo, se había apoderado de mí. Solo era alguien si otro me reconocía; triste vida la de carecer de un propio ser, la de ser invisible para casi todos y sentirse así.

De ahí que la búsqueda de personas famosas se convirtiera en una constante en mi vida, no es que lo hiciera a propósito, sin embargo, parece que el andar con los ojos abiertos allá donde estuviera me había llevado a encontrar a algunos de mis personajes icónicos, personajes a los que yo admiraba y si ellos me aceptaban en sus vidas, aunque fuera por unos momentos, me transformaba en una mujer invulnerable. Extraño eso de admirar a seres cuyos talentos destacan por encima de los demás de su especialidad y que, solo por medio de ellos una reviva. No obstante, amigos cercanos y sinceros me estaban convenciendo de que yo tenía también mis talentos, como cualquier ser de la creación y que no debía idealizar a otras personas por muy reconocidas que fueran y, menos aún, buscarlas para hallarme segura.

Esa lucha interna entre mi tendencia natural y mi intento de ver la vida de otra manera aparecía con vigor. ¿De otra manera? pues sí, puesto que el perder esa ilusión, ese nerviosismo me llevaba casi a la apatía. Y, por todo ello, estaba transcurriendo mi senda vital en esos momentos cuando me surgió la oportunidad de un viaje inesperado. El nombre de la ciudad a la que me invitaba a ir mi amiga vienesa era Verona, un lugar al que nunca había considerado atractivo, no obstante, acepté de modo casi inconsciente.

Los turistas que aterrizan en ella se deslumbran ante la Arena, visitan la casa de Julieta y continúan su ruta por Italia. Este tendría la finalidad de escuchar óperas y conciertos. Un viaje propuesto por alguien a quien le había fallado su compañera: «Solo serán tres días, Marisa» me había espetado cuando me llamó desde Viena «Yo iré en coche y tú puedes volar desde Barcelona. Tengo entradas para ver La Traviata”. Parecía que lo tuviera todo planeado.
El encuentro fue en la Plaza de la Arena tomando una copa de Aperol. En nuestra charla, siempre sobre música, aparecían nombres de cantantes y directores a los que yo, en mi “anterior vida”, hubiera querido saludar y, sobre todo, que me “miraran”, no obstante, en mi paso hacia la transformación que intentaba alcanzar, no cabían. “Serenidad, Marisa”, me repetía yo una y otra vez.

El contraste de caracteres se percibía en nuestra forma de enfrentar esos días musicales. Ella solo pensaba en disfrutar de la música, ni le pasaba por la cabeza tener la ocasión de saludar a alguno de nuestros admirados cantantes; yo luchando con mi emoción, deseaba encontrar a alguno de ellos. Dos maneras de pensar, de percibir el mundo. Sobraban las palabras y, en ningún momento, le expuse mis pensamientos. Ver y absorber la ciudad era otra de mis metas, sin embargo, estaba con una persona diferente a la que yo había conocido en Viena; quizás porque ella allí se sentía en su ciudad, segura y ordenada y en Italia se adentraba en un mundo abierto, acogedor, inesperado y todos ello le asustaba un poco.

Tras pasar esos días en su compañía y verla alejarse en su coche, sentí un cierto alivio; sola, por fin, para perderme por las pequeñas callejuelas, para contemplar las típicas plazas y sentirme libre. Nunca jamás me había sentido tan arropada, a pesar de mi soledad.

Verona se rindió ante mí con todo su esplendor. Era como si la hubiera visto solo en tinieblas o con ojos semiabiertos y ahora podía tocar sus muros y olerla. Mi vuelo salía esa tarde así que tenía que saborear al máximo todo lo que esas horas de libertad me permitían. Lo primero sería tomar un buen desayuno en un café acogedor, pero ¿qué ocurrió de repente? Mi delicioso chocolate había caído en mi blanco e impoluto pantalón y, al instante, me vi rodeada de cuatro camareros que amablemente intentaron hacer desaparecer esas manchas. Uno de ellos fue más persistente que los demás y llevó todo tipo de quitamanchas para lograr su fin, que, en realidad, era el mío. Deseaba, aun sin conocerme, que aquel desastre no acabara con mis días pasados allí. Solo quería hacerme sonreír y lo consiguió. Cuando me cantó “La noche que me quieras” de Carlos Gardel, la sonrisa apareció en mis labios. Tenía una voz hermosa. Resultó que Enzo era argentino y residía en Verona desde hacía más de veinte años. La conversación transcurrió fluidamente; hablamos de las coincidencias que suceden, de los encuentros casuales y, de repente, salió en la conversación el barrio Pichincha de Rosario, barrio de gente luchadora que no pobre, decía Enzo, de su nostalgia por Argentina, él había nacido allí, y yo conocía bien esa ciudad ya que había pasado unos meses de estudiante. Cuanto más me explicaba, más me sentía en su país. Los dos amábamos Argentina, aunque por motivos distintos, pero no importa, sea como sea, teníamos sentimientos comunes.

Las horas transcurrían y yo debía ir al aeropuerto, solo faltaban tres horas para mi vuelo a Barcelona. Ni miré el reloj, simplemente dejé pasar el tiempo. Mi avión despegó sin una pasajera. No me había planteado quedarme en Verona, todo surgió paulatinamente. ¿Qué había sucedido? Había conocido a una persona distinta. Enzo hablaba de empatía hacia los seres humanos, del valor de las pequeñas cosas, de los sencillos detalles, del amor a la naturaleza, de la música, todo eso que siempre llevaba yo en mi mente.

Reemprendimos nuestra charla tras levantarnos del café, él había pedido su día libre y nos dedicamos a pasear por los alrededores de la Iglesia de San Zenón y la paz que reinaba por esa zona lo llenaba todo. Nos adentramos en la basílica y la luminosidad del interior me sobrecogió, era una luz que no había visto nunca; luz y silencio son dos elementos que me transportan. Me quedé sin palabras ante tanta belleza y Enzo respetó mi recogimiento. Salí de esa iglesia como si un velo transparente me protegiera de todo, creo que Enzo percibió algo diferente en mí, aunque no lo comentó.

Tras unos momentos retomó la historia de su vida. El tono de su voz, su cadencia al enlazar las frases, sus melódicos adverbios bellamente colocados, todo ello conformó la hipnosis que había hecho huella en mí. A Enzo no le importaban las personas famosas, él podía ver el interior de los seres humanos, veía su luz o su opacidad. Era amable con todos y muy cercano. Pude comprobarlo a través de sus encuentros con amigos y compañeros de otros bares, ellos le admiraban por su calidad humana y yo empecé a darme cuenta de ello. Percibí que Enzo me miraba como si leyera en mí toda la carga de inseguridad llevada por tantos años, él me hacía sentir segura y fuerte.

Mis tres previstas jornadas se convirtieron en siete y no fue precisamente por arte de magia. Una de las noches que estábamos cenando en el Ristorante Il Cavalieri, percibí que llegaba uno de mis admirados tenores: Luca Montini y surgió de nuevo mi lucha. ¿Debía acercarme a mi personaje idolatrado al que había saludado en alguna ocasión o debía mantenerme sentada e impertérrita junto a Enzo? ¿Por qué aparece siempre la duda? ¿Por qué hay que tomar decisiones por pequeñas y simples que parezcan? En esos momentos, pensé que Enzo me sacaría de mis vertiginosos pensamientos y así fue. Respondió a mi pregunta con tal sinceridad y naturalidad que me dio alas para acercarme al barítono. Sin embargo, noté que no necesitaba esa “mirada”, puesto que ya estaba llena por dentro. Enzo insistió en que debía saludarle dado que esa era mi costumbre y no tenía que cambiar nada en mí, pero noté que no era necesario buscar la protección de alguien valorado públicamente, Enzo había encendido la luz interior en mí que me llenaba de seguridad y fortaleza.
Siguió Enzo narrando su vida y lo hacía con una parsimonia que a muchos les hubiera hecho perder la calma y a mí, sin embargo, me transmitía sosiego.
Teníamos nuevos temas para discutir: la humildad, el respeto de los que nos parecen “grandes” y se hacen o son iguales, pero, mis días en Verona debían acabar y al comentárselo, me sugirió “¡Quédate unos días más!”. Sorprendida de su propuesta le respondí. “Sabes, creo que he encontrado lo que estaba buscando por años.” Y él afirmó con decisión: “Entonces, os visitaré allá en Barcelona y seguiremos conversando. ¿entendés?”
La enfermedad a veces llega sin avisar y los planes previstos se tuvieron que cambiar, Enzo está ahora en La Plata, intentando curarse de un problema de salud. Nunca pudo venir a Barcelona. “Aunque el día no se levantó lindo, vos y yo lo vamos a hacer lindo.” me dijo ayer.
Solo el destino sabe si lo volveré a ver, aunque siempre le agradeceré el haberme hecho sentir una persona en mí misma. Mi búsqueda había finalizado.

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