EL GRABADO JAPONÉS DE MI TÍA ISABEL – Mª Carmen Isbert Gómez

Por Mª Carmen Isbert Gómez

Aunque en muchos de sus aspectos este mundo visible parece formado en amor, las esferas invisibles se formaron en terror.
(Herman Melville)

 

Mi tía Isabel tenía un grabado japonés que heredó de un pariente que vivía en Filipinas. Representaba a un pájaro posado en una rama de un árbol en flor, y, cuando lo observabas, daba la sensación de estar dirigiéndote su canto. A mi tía le gustaba tanto que siempre lo llevaba con ella, incluso de viaje, como si se tratara del retrato de una persona querida y tuviera un vínculo especial con él.
Los años transcurrieron y mi tía enfermó de Alzheimer, una terrible enfermedad que afecta a la memoria, y no volvió a acordarse de su cuadro. Cuando murió, nosotros tampoco.
Mis hermanos y yo nos convertimos en herederos de sus bienes, entre los que se encontraba la casa solariega de la familia en el norte de España, una construcción magnífica y llena de historia que había permanecido vacía durante décadas. En los últimos años sólo se utilizaba para celebrar los velatorios de nuestros parientes fallecidos antes de darles sepultura en el panteón familiar. A pesar de su encanto, su aspecto, con los años, adquirió un matiz un tanto lúgubre.
Mi sobrina Marta, intrigada por la historia de la casa, me pidió que la acompañara a inspeccionarla.
—Quiero escribir un relato de misterio sobre la casa “griega” (como la llamábamos) y grabar un video como recuerdo para la familia, y tú eres la que mejor la conoce —dijo Marta.
—De acuerdo, pero me da un poco de aprensión porque la última vez que estuve fue en el entierro de la tía Isabel, hace años —le contesté.
Y así lo hicimos. Para cuando llegamos, ya estaba oscureciendo y la penumbra crecía detrás de las grandes acacias que recorrían el camino de tierra hasta llegar a la entrada principal. Al bajar del coche y contemplar la casa desde fuera, sentimos, por su estado, una mezcla de sentimientos encontrados, por un lado, de pena, y por otro de respeto. Yo recordaba momentos felices vividos en ella, pero también tristes por el sufrimiento de las pérdidas de seres queridos.
Al entrar, estaba oscuro y tuvimos que utilizar la linterna del teléfono para poder ver con algo de claridad. Recorrimos los salones, que todavía conservaban cierto sabor de antaño, entre ellos el comedor, con muebles del Palacio de Linares, legado del marqués de Muga a mis abuelos; la biblioteca, con su chimenea adornada con un imponente espejo en el que se reflejaba la sala entera y que nos despertó cierta inquietud, y así fuimos recorriendo la casa, recordando anécdotas alegres de mi infancia y juventud, pero con una sensación de temor, difícil de describir, ante las sombras que se reflejaban en las paredes y un olor extraño y desagradable que achacamos a que llevaba cerrada mucho tiempo.
Antes de ascender al piso de arriba, al lado de la escalera, casi nos chocamos con un objeto desconcertante que nos puso los pelos de punta. Se trataba de una especie de retrete de niño, antiguo, forrado de terciopelo oscuro y atado con unas cadenas a una columna.

—¿Qué es esto? No lo había visto en mi vida.

—Es tétrico. ¿Quién habrá puesto esto aquí? —dijo Marta.

Sorprendidas por el hallazgo, decidimos que era un buen detalle para su relato.

Cuando subimos a los dormitorios, dirigí a Marta al cuarto de la tía Isabel y, justo al abrir la puerta, ¡allí estaba!
—Es el grabado japonés que le gustaba tanto a la tía Isabel. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí? Y en el suelo, delante de nosotras. Qué extraño…
—Es como si quisiera que te lo llevaras. Si fuera tú, lo cogería como recuerdo.

Fue un acto impulsivo. Lo cogí sabiendo que me lo tenía que llevar. En el viaje de vuelta a Madrid comentamos el insólito y un tanto perturbador retrete infantil y quedamos en preguntar a la familia acerca del extraño objeto. Llegué a casa con mi grabado pensando dónde lo iba a colgar. Encontré un lugar perfecto con tanta luz que se resaltaban sus vivos y alegres colores. A mi marido Carlos y a mi hijo Gus les encantó.
Pero a los pocos días, durante una noche tranquila, sobre las tres de la madrugada, una radio comenzó a sonar. Desperté a Carlos y, tras investigar el origen del sonido, descubrimos que provenía de una bolsa guardada en un armario. Era un transistor antiguo de mi padre, estropeado hace años, que Carlos había guardado por nostalgia en espera de llevarlo a arreglar. No le dimos importancia, aunque resultó muy chocante.
Y así fueron pasando los días, hasta que una noche, cuando nos íbamos a ir a la cama, mi hijo Gus me preguntó si su padre había vuelto a tener episodios de sonambulismo, porque desde hacía tiempo, sobre las tres de la mañana, oía ruidos y una voz en la cocina.
—No, Gus. Me despertaría si se levantara, ya sabes que tengo el sueño muy ligero. Si lo vuelves a oír, avísame.
—Cuenta con ello.

Gus no volvió a oír aquellos ruidos ni la voz, pero un día estábamos cenando Carlos y yo en el salón y sonó un ruido espantoso, como si se hubiera caído una estantería justo a nuestro lado. El susto fue tremendo, sobrecogedor, y empezamos a pensar que estaban ocurriendo cosas muy extrañas desde que llegó el grabado a casa. ¿Sería posible que existiera una relación?
Empecé a cogerle miedo y no me atrevía a mirarlo de frente. Incluso por las noches, lo sacaba fuera de la casa, pero al día siguiente lo volvía a colgar en su sitio, movida por una fuerza que ni yo misma sabía explicar.
—Pero ¿por qué no lo quitas? —me preguntaban Carlos y Gus.

—Sinceramente, no lo sé. Me da mucha pena deshacerme de él. Es un recuerdo bonito de una persona muy querida para mí.
Aunque no era un tema que comentáramos con frecuencia entre nosotros, le dije a Carlos que se lo iba a contar a mi amiga Ana, que tiene una sensibilidad especial hacia estos temas. Quedé con ella a tomar un vino y le conté la experiencia que estábamos viviendo.
—Sabes que los objetos retienen energía de las personas que los poseyeron, o de personas que pudieran haber tenido relación con ellos. Puede que este sea el caso. ¿Tienes una foto del grabado?
—Sí, precisamente saqué una foto hace unos días.

Pero cuál fue mi sorpresa que, al coger el móvil, y antes de entrar en la galería de fotos, apareció sin hacer nada, como si fuera mi fondo de pantalla. Se me escapó un grito y se me cayó el móvil al suelo.
—¡Dios! ¿Has visto? ¿Es o no es extraño? Estoy empezando a pensar que me quiere decir algo. Estoy realmente asustada. Me parece que me voy a deshacer de él.
Ana se quedó callada, pensativa, y me aconsejó sacarlo de casa y devolverlo al sitio donde lo cogí.
Ya lo tenía decidido. No íbamos a ir a la casa griega porque me parecía exagerado hacer un viaje solo para llevar el grabado, pero lo tiraríamos para no trasladar el problema a otras personas. Se lo comenté a Carlos y estuvo de acuerdo conmigo. Lo llevaríamos al punto limpio y listo, daba igual el valor que pudiera tener. Parecía la mejor solución.
Esa noche cenamos tranquilamente y, después de ver una película, nos fuimos a la cama. La casa estaba en silencio y sólo oía la respiración pausada y seguida de Carlos.
Empecé a imaginarme cosas. Una parte de mí quería moverme hacia Carlos y aferrarme a él, pero me quedé al otro lado de la cama para no despertarle. En un momento determinado, un golpe seco sonó fuera de la habitación y una sombra alargada apareció por la puerta y se fue acercando a nuestra cama, moviéndose lentamente hacia mi lado. El corazón me latía con fuerza y tuve la sensación de no poder respirar. Quería gritar y no me salía la voz, hasta que sentí su roce en mi cabeza, como si me acariciara. Por fin, pude emitir un sonido agudo, estridente, de espanto, y Carlos se despertó.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Definitivamente, íbamos a tirar el grabado al punto limpio. Lo cogimos con aprensión y lo subimos al coche.
Cuando llegamos al punto limpio, preguntamos por el contenedor de los vidrios, ya que el cuadro tenía un cristal para protegerlo. Yo me quedé en el coche observando a Carlos, que lo sacó y lo arrojó al contenedor. Cuando se dio la vuelta, el grabado salió volando y cayó a su lado haciéndose añicos el cristal.
Yo, salí del coche, horrorizada, le dije que lo volviera a tirar, cosa que hizo, y el cuadro volvió a salir del contenedor. Por fin, Carlos lo cogió de nuevo, subió a la parte superior del contenedor y empezó a poner todo lo que se encontraba encima del cuadro. Cuando parecía que era imposible que volviera a salir, se oyó un golpetazo, y de su interior, salió un pájaro de colores imposibles de definir que emprendió su vuelo hasta que no fue más que un punto negro en el horizonte, y dejamos de verlo. Nos quedamos inmóviles, sin poder articular palabra.
Volvimos a casa, agotados, y con el convencimiento de que habíamos vivido una experiencia sobrenatural que no se volvería a repetir.
—Estaría bien saber que vas a seguir existiendo después de morir, aunque sea transformado en algo completamente distinto a lo que has sido. ¿Crees que el pájaro era el espíritu de la tía Isabel al que, por fin, se le ha abierto el cielo? —pregunté a Carlos.
—Somos energía, y ya sabes que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Sinceramente, creo que es posible que lo fuera.

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