EL HOMBRE CON BARBA – Carmen María López Hernández

Por Carmen María López Hernández

La vida a veces da giros inesperados. Lo que me pasó a mí va más allá. No van a creerme, estoy convencida; pero les prometo que no me alejo un milímetro de lo sucedido.

Me gustan los hombres con barba. Siempre me han fascinado. Me casé con Luis porque tenía una maravillosa barba angulosa entre pelirroja y rubia. Sí, no miento. Se lo prometo. Los problemas vinieron cuando un día apareció sin ella.

-¿Pero qué te has hecho? ¿Y tu barba?

-Voy a descansar un tiempo. Hace calor y ya hace mucho tiempo que no me la quito.

-Y tanto. Yo no te he visto nunca sin ella.

-Pues ya es hora. ¿Qué pasa? ¿No te gusto?

Lo miró atentamente, cogiéndolo por la barbilla y girándole la cara de un lado a otro y de arriba abajo.

-No, me gustabas más antes.

-Bueno, te acostumbrarás.

-¿Pero no estarás pensando en no volver a dejártela? Afeitarte a diario ya sabes que debe ser un tostón. Tendrás que levantarte antes, incluso; con lo que te gusta a ti dormir.

-Son cinco minutos, tampoco es para tanto, Ana. Era solo una barba, pelo en la cara.

No quise decir lo que realmente pensaba, pero para mí era como una traición. Él sabía que me encantaba enredarle los dedos por la cara, que me dormía así más de una noche. “A ver quién es quien se la recorta cada poco”, pensé.

-Seguro que te aburres pronto de verte así.

-Tal vez te acostumbres tú antes.

Luis se marchó sonriendo a darse una ducha y yo me quedé sentada en el sofá como si me hubieran comunicado la muerte de un ser querido. “¡Qué tontería! ¿Cómo puedo estar así por una barba? Sin embargo, lo estoy. Me va a costar mirarlo a la cara una temporada, no lo reconozco. No es ése el hombre con el que me casé. Es otro. No tiene nada que ver”, cavilaba.

-¿Qué? ¿Se te ha pasado ya el disgusto?

-No, no se me ha pasado; y dudo que se me pase en una temporada, la verdad. Es que te miro y no veo a mi chico.

-No seas boba. Soy el mismo.

-Eso lo dirás tú. En mi cabeza eres otro.

-Mira, Ana: Todo sigue igual. Seguiré haciéndote el desayuno antes de irme, haré la compra, la comida cuando pueda, pondré la lavadora, te daré besos y abrazos, te acariciaré con dulzura… Ven aquí, anda.

Y se quedó esperando que yo me moviera un milímetro de mi asiento. No podía levantarme. Era un extraño.

-¿En serio? ¿Éstas tenemos?

Se dio la vuelta, abrió la puerta y se marchó.

Estaba claro que yo no podía permanecer en esa actitud, que tenía que relativizar que se hubiera quitado mi adorada barba sin decirme, además, ni media. Pero sabía que no me iba a resultar fácil. “Es cierto que es un encanto, el compañero perfecto. Tengo que pensar en ello e intentar salir de este absurdo hundimiento. Si me hubiera dejado por otra creo que me lo hubiera tomado mejor, sinceramente. Creo que tengo que llamarlo”, me dije.

Cogí el móvil y marqué. Su teléfono estaba en casa. Podía hacerle una estupenda cena y darle una sorpresa. Me puse a ello. Unas horas después, escuché la llave entrando en la cerradura. Me quité el delantal y fui a la puerta a recibirlo.

-¡Hola, cariño!

-¡Qué bien huele! ¿Celebramos algo?

Cuando se giró, me quedé atónita.

-Tu barba. Tienes barba.

-¿Qué dices? ¿Qué te pasa? Claro que tengo barba, como siempre.

-Esta tarde no la llevabas, te la habías quitado. Te fuiste enfadado porque no me gustó que te la afeitaras.

-Yo no he estado aquí esta tarde, Ana. ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?

-¡Yo sé lo que he visto! ¡No entiendo nada! ¿Te estás quedando conmigo? ¿Qué es eso de que no has estado aquí esta tarde?

-Ya te lo he dicho. No-he-estado-aquí-esta-tarde. ¿Cómo quieres que te lo diga?

Me di la vuelta y me senté en el sofá con la cabeza entre las manos y los ojos cerrados, apretados con fuerza. En el fondo esperaba que, cuando volviera a abrirlos, Luis no hubiera regresado y nada de esto estuviera pasando. Él se sentó a mi lado, me cogió la mano y esperó pacientemente a que yo dijera lo que fuese. Lo miré y era él, con su barba, el de siempre.

-¿Estás mejor, cariño?

-No estoy bien, no.

Respiré hondo, le supliqué que no me interrumpiera y me puse a contarle lo que había sucedido unas horas antes.

-¿Puede ser que te hayas dormido sin darte cuenta y lo hayas soñado? Mira, por ejemplo, yo jamás me he dejado el teléfono en casa, tú sabes que lo necesito para trabajar. Y no sólo eso, para mí la barba no es un capricho y lo sabes. Me identifico con ella, me gusta y me encanta que tus dedos jugueteen con ella.

-Ya no sé qué pensar. Tal vez me durmiera y tuve una pesadilla.

-Seguramente, amor. Venga, vamos a tomarnos esa cena que huele tan bien. Voy a abrir una botella de vino.

Se levantó y fue a buscarla. Yo me quedé dándole vueltas a todo. No sabía si la realidad era lo que había sucedido antes o lo que estaba pasando ahora. Sea como fuere, el Luis que estaba en la cocina tenía barba. Respiré hondo y fui a buscarlo para darle un buen abrazo.

-¡Luis!

El silencio fue la respuesta.

-¡Luis! ¿Dónde estás?

Nada, ni una palabra.

La puerta de la entrada volvió a abrirse. Me giré. El hombre que entró por la puerta no tenía barba. Sentí que me mareaba.

No sé cuánto tiempo después abrí los ojos. Estaba en la habitación de un hospital. En una silla, a mi lado, había un hombre al que no reconocía.

-¡Por fin, Cielo! Voy a avisar al médico.

Salió de la habitación y yo tenía unas ganas locas de salir huyendo. El médico y él entraban por la puerta.

-¿Cómo se encuentra? ¿Se siente mareada?

-Creo que estoy bien.

-Ha sufrido usted un episodio cerebro-vascular de carácter moderado y hay que controlarla durante unos días. Tenemos que hacerle algunas pruebas más.

-¿Cuántos días llevo aquí, doctor?

-Casi dos semanas.

-¿Y ese señor ha estado aquí todo este tiempo?

-Sí, su marido. ¿No lo recuerda?

-Mi marido tiene barba y este hombre no la tiene.

-La vamos a sedar, necesita usted descansar. No se preocupe usted ahora por eso. Don Luis se habrá afeitado, ¿no es eso?

-Sí, claro. La misma tarde en la que le pasó esto.

La máquina que controlaba mi ritmo cardíaco comenzó a pitar muy fuerte. No sé cómo me vi a mí misma en la cama mientras médico y enfermeras trataban de salvarme la vida. El hombre sin barba miraba desde fuera a través de la ventana. Lloraba. No pudieron hacer nada por mí. Me puse junto a mi supuesto marido. Continuaba llorando. Los sanitarios salieron a hablar con él. Al poco llegaron unos celadores, me cubrieron el rostro, y le explicaron que me llevaban al mortuorio, que allí podría quedar con los de la funeraria y que tendría que llamar al seguro, si lo tenía.

Aquel hombre consultó en internet el teléfono de la compañía y, a continuación, llamó. Se le veía realmente compungido, aunque yo no lo reconocía. Les pidió que llevaran mi cuerpo al tanatorio que había más próximo a casa y que lo avisaran cuando estuviera todo listo, que tenía mucha gente a la que avisar.

Yo me fui con él en el coche, era el de Luis. Aparcó delante de casa, sacó las llaves y abrió la puerta. Fue todo el camino tranquilo y en silencio. Nada más entrar se quitó los zapatos y la chaqueta. Se fue al comedor y se tiró en el sofá. Yo me puse sobre él a mirarlo fijamente. Entonces abrió los ojos con susto, como si supiera que lo estaban observando. Miró a su alrededor antes de irse al dormitorio. Allí comenzó a abrir cajones, como si no supiera lo que había en ellos. Abrió los armarios de par en par, bajó las cajas de los altillos y las abrió. En una de ella había cartas y fotos. Se sentó en el suelo a mirarlas.

-Qué pronto te has ido, Ana –dijo en voz alta-

Yo seguía sin reconocerlo. Cuanto más lo miraba, más desconocido me parecía. Él leía las cartas con atención, serio, triste. Yo, lo contemplaba entre sorprendida e intranquila.

En el hospital, cuando ya habían firmado mi certificado de defunción y me llevaban de camino a ese lugar inhóspito donde llevan a los muertos, desperté. Al destaparme la cara, la mujer que transportaba la camilla por la parte de atrás, dio un grito que debió sonar en el último piso. Yo también me asusté. Sin decir nada más, se dieron la vuelta y entraron en el área de Urgencias pidiendo un médico en voz muy alta y al unísono. Cuando el médico llegó, lo primero que hizo fue alumbrarme los ojos con una pequeña linterna y preguntarme mi nombre. Al tiempo, un montón de gente me conectaba a máquinas, me pinchaban en el brazo, preguntaban al doctor qué ir haciendo.

-Ana. Me llamo Ana.

-¿Qué día es hoy, Ana?

-No lo sé, no sabría decirle. Tal vez martes.

-¿Cuántos años tiene?

-37

-¿Le duele algo?

-No, solo estoy un poco adormilada.

-Eso puede ser por el sedante que acabamos de ponerle.

-¿Nota usted algo extraño? ¿Algo anormal?

-Extraño no. Tengo hambre.

Después de unas horas de pruebas y controles constantes, el médico que me había atendido regresó.

-Inexplicablemente está usted bien. Ya hemos avisado a su pareja, seguramente estará ya ahí fuera. En un rato lo dejaremos entrar.

-¿Usted lo ha visto?

-No, no sé siquiera si ha llegado.

-¿Le puedo pedir un favor? Antes de dejarlo entrar, le importaría hablar personalmente con él y luego venir a hablar conmigo.

-No entiendo…

-Luego se lo explico, pero le ruego que no lo deje entrar hasta que no vuelva a hablar conmigo.

-Está bien.

Cuando el médico –que no era el mismo que me había visto antes- se fue y después de haber vuelto a la vida, lo cual era más que milagroso, lo único que ocupaba mi cabeza era saber quién iba a aparecer por esa puerta como mi marido. Temía estar volviéndome loca. Todo lo que había sucedido desde hace unos pocos días era eso, una locura. Quizá, efectivamente, había sido una mala pesadilla y todo en mi vida continuaba como siempre.

Durante la espera, llegó el momento de reflexionar de nuevo. Tocaba poner las cosas en orden. Si el que aparecía era mi marido, el que reconocía como tal, mi vida recobraría la normalidad y la felicidad regresaría; no obstante, ¿y si no es así? Quizá tenga que buscar fórmulas para averiguar si se trata de él o no.

Se abrió la puerta de la habitación, el médico entró.

-Ana, su marido está ahí fuera. ¿Le digo que pase?

-¿Lleva barba, doctor?

-Sí, sí la lleva. ¿Por qué me pregunta eso?

Ana volvió a desmayarse, aunque esta vez despertó. A su lado, en el sillón su marido esperaba triste y nervioso.

-Luis, ¿eres tú?

-Sí cariño, soy yo.

-Tienes barba… Déjame tocarla, por favor.

Él se acercó. Ella metió sus dedos en ella y suspiró.

-Te quiero, Luis –le dijo- y se durmió con la barba entre sus dedos.

 

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