EL LÁNGUIDO VALLE

Por Santiago Noguero

Asoma el alba y comenzamos a vislumbrar ingentes crestas montañosas de tonos mates y tenebrosos. Nos sobrecoge el desasosiego al no ser capaces de abarcar todas las estrellas que brillan en la bóveda celeste.

Tras una semana de travesía por las montañas, durmiendo en albergues o refugios, hoy es el último día. Nos aguarda un pronunciado descenso hasta el valle. Unos huevos revueltos con beicon y un café con pastas para desayunar son un buen alimento para emprender la marcha.

–Vamos afuera –le digo a mi amigo Tomás, después de habernos colgado las mochilas a las espaldas, ajustado las linternas frontales y las gorras, sin olvidarnos de los bastones. A ambos nos gustan las marchas senderistas y disfrutar de la naturaleza, es una afición que tenemos desde muy jóvenes.

La temperatura es fría y el ambiente húmedo. Durante la noche no ha dejado de tamborilear la lluvia sobre el tejado del albergue.

–Pedro, ¡qué bien, ha dejado de llover! –me dice Tomás–. Las predicciones son buenas y el cielo estará despejado. Tendremos un agradable paseo.

–Aunque el terreno estará blando y algunos tramos con barro –le contesto–. Ten cuidado con los resbalones.

El crepúsculo matinal nos va descubriendo el tapiz vegetal de las profundas laderas del barranco.

–Disfrutemos del paisaje –dice mi amigo–, la lluvia lo ha transformado y presenta unas tonalidades más sombrías y opacas entre las brumas que se diluyen.

–Mira las cimas de los montes, las nubes parecen querer agarrarse y dejan emerger los picos como si fueran islotes solitarios –le digo.

A lo lejos, en la hondonada, vemos como relucen los prados. Es como una gran olla, aislada del mundo exterior, aunque la cruza una carretera de este a oeste.

–Pedro, hay que coger el desvío a la derecha –grita Tomás–, el sendero nos bajará hasta el cauce del barranco, que hemos de vadear.

–Confiemos en que, a pesar del agua que ha caído, no lleve mucho caudal.

Descendemos por una estrecha trocha bajo el follaje de álamos temblones, fresnos, abedules, pinos albares o arces, y entre arbustos como el boj, avellanos, acebos o serbales. Hay un agradable olor a hierba y a tierra mojada.

Es curioso como se adaptan los sentidos al bosque: la vista se amolda a los colores y a los juegos de luces y sombras; el tacto se acostumbra al toque de los troncos de los árboles; el olfato distingue los aromas de los pinos y arbustos; el sabor también cambia, aquí los alimentos saben mejor; y el oído se agudiza, capta mejor los sonidos, el crujir de la tamuja, el susurro del viento al agitar las copas de los árboles, el correteo de los animales entre los matojos y el gorjeo de los pájaros. Todo es diferente.

Unas grandes piedras en el lecho del barranco nos facilitan el paso a la otra orilla. El Sol ya está en su apogeo, próximo a su cenit.

–Este es un buen sitio para el almuerzo –digo–. Nos sentamos junto a unas pozas de agua cristalina formadas en los remansos con sus orillas de guijos. El constante rumor del arroyo rompe el silencio del bosque.

–¿Te acuerdas, Pedro, cuando éramos críos y nos bañábamos en el río del pueblo? –dice Tomás mientras comemos el bocadillo.

–Claro que me acuerdo, aún siento en la piel el placer del contacto con las aguas y los fríos lengüetazos de las ráfagas del viento cuando te secaban el cuerpo y acabábamos tumbados sobre la hierba.

Una vez repuestas las fuerzas, reemprendemos la caminata por una senda que nos introduce en la espesura boscosa y se ajusta a las ondulantes laderas que contornean el barranco. De vez en cuando, nos encontramos con la tierra removida por jabalíes al hozar en la búsqueda de raíces.

Desde una prominencia del angosto barranco contemplamos la languidez del valle. La estela plateada de la carretera se abre paso entre las praderas mediante algunos zigzags, bien buscando las aguas del río o evitándolas. Las blancas casas de campo y los automóviles que transitan son como miniaturas en la planicie, que tiene unas cambiantes tonalidades verdosas según sean los cultivos o el arbolado. Las escarpadas laderas montañosas que rodean al llano presentan una combinación de colores entre grises y pardos, que varían según la trayectoria del sol.

Llegamos a una antigua pardina, un pequeño grupo de viejas edificaciones para la explotación del monte. Ya no hay techumbre, quedan tan solo las paredes donde aún permanecen las barandillas metálicas de los balcones y unos ventanucos con sus dinteles y jambas de piedra arenisca o tosca, así como unas grandes dovelas de piedra que forman los arcos de las puertas de entrada. Sobre la dovela clave de la puerta principal hay tallada una ilegible inscripción.

–¿Sabes lo que es una pardina?

–No lo sé con certeza –responde Tomás.

Las pardinas son grandes explotaciones rurales de concesión real que se remontan a la Edad Media. Las viviendas para los propietarios y los aparceros, así como las construcciones anejas necesarias para las actividades agropecuarias, se hallaban dispersas por el campo y recibían distintos nombres según el territorio: mases, masías, caseríos… Su extensión superaba a la de algunos términos municipales. El nuevo orden social, que se impuso durante el pasado siglo XX, acabó con estos modos de vida y al extinguirse también la tala de madera en los bosques, los bancales dejaron de cultivarse. Permanecer en estos lugares dejó de tener sentido.

–Si vivía gente de continuo en estos sitios de tanta antigüedad, los restos de algún pequeño templo o ermita deberían estar por aquí –dijo Tomás–. Incluso pudiera ser que fuera de estilo románico.

–Tienes razón. A ver si la encontramos.

No tardamos en descubrir restos de unas caídas paredes dibujando un perfecto rectángulo con el basamento del ábside en su cabecera. Sus trazas nos desvelan que es románico, un testimonio claro de la habitabilidad del lugar desde tiempos remotos.

Gruesos y centenarios árboles abundan durante el trayecto, supervivientes de las antiguas talas que por estos bosques se hacían.

–Observa cómo va cambiando la vegetación –le digo a Tomás–. Ya aparecen los primeros quejigos y encinas; los nogales han crecido en los prados y en los lindes de las parcelas. El desnivel seguro que superará los seiscientos metros.

Durante buena parte del camino, nuestra conversación ha estado centrada en la belleza del paisaje y en las leyendas que bien pudieran albergar algunos de los monumentales árboles o de los sobresalientes espolones rocosos encontrados al paso, también especulamos sobre cuevas, fuentes o lugares de los que desconocemos sus pequeñas o grandes historias. De obtener esta información podría conformarse una especie de enciclopedia para incluirla en los recuerdos de este sitio.

El barranco se va ensanchando, los montes adquieren unos ondulados relieves llenos de cicatrices de los arroyos que los surcan y con sus laderas cubiertas de bancales y paredes de piedra que los sostienen. Los pequeños terrenos de cultivo, que fueron ganados trabajosamente al monte, son de nuevo ocupados por una vegetación espontánea. Caminamos entre prados abandonados, junto a los muros protectores de los flancos del camino.

Todavía permanecen en pie algunas bordas, con esquinas de bloques de piedra y tejados enlosados. La actividad en este lugar cesó hace muchos años.

–Aquí hubo vida –dice Tomás como si leyera mi pensamiento.

–Sí, eso parece. Vivir en este lugar tuvo que ser duro.

–Los cambios acabaron con estos ancestrales modos de vida. La economía de alta montaña dejó de ser rentable.

–Al nacer, la gente ya quedaba marcada de por vida –le apostillé–. La casa era el eje central de su existencia; así como el trabajo en el campo, el ganado, la vida en familia con los hermanos y sus cónyuges e hijos, además del profundo respeto a los padres. Todos convivían bajo el mismo techo y con un solo objetivo: conservar el patrimonio.

–Hay un libro –dice Tomás–, La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, que rinde homenaje al mundo rural, en él se describe la agonía de los pueblos, su paulatino abandono y de cómo se adueña de las calles un silencio, más intenso, si cabe, que el del propio campo. Te recomiendo su lectura.

–Sí, lo leeré. Si mantenemos la mirada puesta en los montes –añado a continuación–, nos seduce la belleza de estos parajes, que no ha mermado un ápice a pesar del abandono humano.

–Pues imagínate en otoño –añade Tomás–, cuando los árboles se cubren de liquen y sus hojas adoptan variedad de tonos. ¿Puede haber algo más extraordinario que el paisaje?

–Tenemos que volver a finales de octubre.

–Hay que continuar, no podemos parar. Vamos algo retrasados.

Llegamos al pueblo al atardecer y antes de cruzar el puente de la carretera, encontramos una cruz de término, toda de piedra, que tenía como función señalar el inicio o la confluencia de caminos, además de santificar el lugar. Nos acompaña el oscuro murmullo de las aguas del río en su constante batir con las piedras del cauce, antes de remansar en una gran poza donde la gente suele bañarse en los días calurosos de verano.

La pequeña población es algo retraída y vulgar, con sinuosas callejas que llevan a la plaza. Las casas tienen zócalos de piedra y galería de madera pintadas de marrón, adonadas con rojos geranios.

El pueblo, que ha tenido tiempos mejores, cuenta con farmacia, fonda, taller de reparaciones y una tienda de recuerdos, además de una carnicería que vende el producto criado en la zona. En la plaza está el Ayuntamiento con un viejo escudo esculpido en su fachada, la oficina de un banco y viviendas con un pequeño jardín delante. La iglesia tiene un frontispicio de piedra, con un pórtico de columnas y arquivoltas y un esbelto campanario. Las antiguas escuelas, hoy mudas por falta de críos, están junto a las eras.

–Pienso que los edificios no hacen a los pueblos –dice Tomás desde el centro de la plaza y mirando hacia la iglesia–. Lo que hace grande a un pueblo son sus hombres y la historia acumulada. Por estas estrechas calles pasaron personas honorables y las casas sugieren grandes vivencias, aunque eso hoy solo son sombras del pasado; la armonía, las costumbres o los ritmos, sí que conformaron un estilo propio y peculiar de vivir, que hoy están próximos a perderse al no nacer niños.

Al pasar junto a la valla que rodea a un palacete algo alejado del casco urbano, recordamos el salto de los cercados para coger manzanas u otros frutos prohibidos cuando éramos mozalbetes. Ambos pensábamos lo mismo y con una sonrisa en los labios exclamamos al unísono:

–¡Qué tiempos aquellos!

–La gente huye de los pueblos, renegando de ellos y de sus ancestros, solo vuelven de vez en cuando o en las fiestas patronales –dice Tomás.

–Sí –le contesto–. Cuando son ricos se encariñan del lugar donde antes fueron pobres y quieren demostrar la mejoría de su posición y fortuna arreglando las viejas casas o construyendo otras nuevas para no perder sus raíces.

–Al final –le digo–, en el mundo rural ocurre un poco como en “Casa tomada”, el cuento de Julio Cortázar, donde las puertas van cerrándose y la gente es empujada a marcharse.

FIN

 

 

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