EL PARADOR – Vicente Corachan Salinas

Por Vicente Corachan Salinas

El sujeto en cuestión es de esa clase de personas excéntricas. Exageradamente exigente y prepotente. Y, para colmo, más raro que pedirle a un río que fluya hacia su manantial. Cuando le asignan una habitación la examina a conciencia. Lo hace para decidir quedarse como huésped, o no. Un comportamiento compulsivo, más por hacerse el importante que realmente porque lo necesite. Pero en esta ocasión que os voy a contar, se abstuvo de dar la nota. La situación no lo permitía.
En ese parador jamás se había alojado. Estaba convencido que no le conocerían. Era consciente de que un grupo de paradores habían decidido crear un sistema informático sobre clientes cuyo comportamiento era digamos, que un tanto especial. De esa manera, si alguno de ellos acudía, les resultaba más fácil excusarse aludiendo a lo de: «Señor, lo sentimos, pero no nos queda ninguna habitación libre». Era muy extensa la lista de aquellos que solían hacer orgías y fiestas en las habitaciones y de los que acababan ocasionando roturas y desperfectos en el mobiliario; o incluso altercados en los que se tenía que recurrir a la policía después de que el servicio de seguridad no consiguiese solventar la situación. Eso precisamente era lo que hacía complicado instalarse en cualquiera de aquellos paradores en los que el interesado, o su acompañante, pudieran figurar en esa lista negra. Lo que para nada sospechaba ese hotel, era lo que allí iba a ocurrir aquel día.
Luís Peña, al levantarse y ver aquel cielo totalmente despejado de nubes, se convenció que iba a ser su gran día, se había prometido llevar a cabo sus mayores fantasías: follarse a la mujer de su socio y urdir su maléfico plan. Para ello, había elegido el lujoso Parador Sol de Cantabria, donde se presentó, cogido del brazo de aquella atractiva mujer de más de metro ochenta, cuerpo de noventa – sesenta – noventa y unos ojos azules que fundían a cualquier persona que se atreviese a mirarle directamente.
—Buenas tardes —dijo de manera fría el caballero acercándose al mostrador, haciendo lucir su orondo porte encorsetado en un traje de más de mil euros—. Mi señora y yo queremos una habitación. Para dos noches —añadió, clavándole su arrogante mirada.
—¡Cómo no! ¿Señor…? —preguntó el recepcionista, tratando de guardar las formas más exquisitas.
—Peña, Luís Peña De Arganzue —le aclaró con petulancia.
—Si es tan amable, señor Peña, ¿podría dejarme su documento de…? —empezó a decir, sin imaginarse la que le iba a caer encima.
—¡Caramba, son ustedes muy estrictos! Luís Peña De Arganzue, tome nota del nombre y, si quiere, le digo el número del DNI.
—Gracias, pero, por favor, necesitaría ver el documento —añadió, con cierto temblor en la voz, aquel empleado al que parecía que la pajarita le empezaba a apretar demasiado para seguir respirando con normalidad—. Señor —dijo con algo de apuro— son normas de…
—¿Normas? —soltó con cierto enojo— ¿Quiere decir usted que las normas son porque no cree en mi palabra?
—No es eso, señor —contestó dando un paso hacia atrás con la expresa intención de separarse del mostrador evitando cualquier acercamiento agresivo—. Ni mucho menos. Estoy obligado a pedírselo.
Sin más, aquel presuntuoso arrastró su DNI por encima del mostrador para que el asustado y bajito recepcionista pudiera hacer su tarea y cumplir con las normas establecidas en ese parador.
—¡Gracias! —soltó el pobre empleado mientras, sin alzar la cabeza, tecleaba para dar de alta al cliente y adjudicarle una habitación. Todo ello, al mismo tiempo que comprobaba que, en el sistema de seguridad, ese cliente estaba de alta en aquella lista con una alerta. Y, aunque leve, figuraba una anotación: “Desagradable”.
—Por favor, ¿me facilita el suyo? —añadió, devolviéndole el documento y mirando con recelo a la mujer que acompañaba al energúmeno engreído.
—¡Pero, bueno! —escupió tan encendido como un fósforo recién rascado en su cajetilla— ¿Qué le está pidiendo? ¡Será usted…!
De inmediato, la despampanante mujer le puso una mano en el hombro tratando de calmarle y le susurró:
—¡Cariño! No hay problema. Es su obligación —dijo, abriendo su pequeño bolso de mano Louis Vuitton y mostrándole su documento de identidad—. Puede poner mis datos o directamente, señora de Peña.
Luego, con un gesto rápido, tras guardar el monedero en su bolso, hizo que su acompañante se diera la vuelta y lo besó en los labios, consiguiendo que el recepcionista apurase sus quehaceres hasta que le escuchó decir al muchacho que su habitación era la 113 y, más rojo que una amapola, le entregó a ella la tarjeta de la habitación.
—Muy amable —contestó la dama mostrándole un gesto en el que le daba a entender que agradecía la paciencia que había tenido.
Agarrada del brazo de Luís Peña se encaminó en dirección a los ascensores.
—¡Será posible! —escupió el basilisco, sintiéndose molesto por no haber podido decirle cuatro cosas al pobre muchacho que para nada sospechaba lo que iba a llegar presenciar.
Nada más entrar en la habitación, el tipo, imaginándose diferentes posturas con aquel bellezón, se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sillón de piel de vaca que estaba algo más allá de los pies de la cama. Se descalzó y, arrastrando los pies, acudió hasta el mini bar y sacó una botellita de whisky Cutty Sark de 5cl., la abrió y se la bebió de un trago tratando de calmarse por el sofocón de no haber podido demostrar quién era. Pero, sobre todo, por no estar acostumbrado a retenerse. Ella se lo había impedido y, si no hubiese sido por la causa que le había llevado a ese lugar, por muy buena que estuviese, no se lo habría permitido. Ninguna mujer pasaba por encima de Luís Peña De Arganzue.
Una luz tenue, provocada por unos vaporosos rayos que con la suavidad de una pluma atravesaban la cortina de la ventana que daba a la terraza, iluminaba dificultosamente la estancia mientras ella se quitaba su chaqueta Coco Chanel de color rosa. Él se acercó, la agarró por la cintura y empezó a lamerle el cuello con voracidad desenfrenada, como si alguien le hubiese alertado de la amenaza de una guerra nuclear.
—¡Tranquilo, cielo! —murmuró ella, retirándose cariñosamente— déjame que antes me dé una ducha.
—Perdona, Lola. Tienes razón. Soy muy brusco. ¿Quieres que pida champán?
—No. Lo pediremos, pero después. Y unas fresas —dijo, acariciándole la cara con la yema de sus dedos—. Primero quiero disfrutar de este momento que esperaba desde hacía mucho tiempo.
Mientras él se regocijaba pensando el éxito que había tenido en llevarse a la cama a la mujer de su socio, por pura satisfacción y para, más tarde, utilizar las fotos que pensaba hacerse con ella.

Martín Ferrándiz, el esposo de Lola, y él, llevaban un tiempo teniendo desavenencias. Querían separarse, pero cada uno proponía comprar el 50% del otro. La parte de Martín estaba repartida, mitad y mitad con su esposa. Fue entonces cuando Luís Peña engatusó a la mujer para que, entre los dos, pudieran quedarse con la dirección del negocio. Ella aceptó y decidieron montar un complot. Ponerle los cuernos y hacerse esas fotos para coaccionar a Martín y que este acabase cediendo su 25% y se marchara, sin poner pega alguna, al verse traicionado por su propia esposa.
Tapados por unas nubes que amenazaban desfigurar aquel día con una lluvia que la ciudad venía rogando desde tiempo atrás, unos lánguidos rayos trataban de iluminar los oscuros planes que aquellos dos, si nadie lo remediaba, iban a perpetrar lo que parecía ser una venganza tramada sin piedad. Sin escrúpulos.
Luís, bebiendo la segunda botellita de whisky, meditaba sentado a los pies de la cama, desnudo, esperando a que saliese aquella mujer y disfrutar con ansias aquel deseado cuerpo.
El agua de la ducha dejó de escucharse y Luís empezó a notar que una parte de su cuerpo iba a tener su recompensa. Al poco, salió ella y él se puso de pie tratando de empezar.
—¡Caramba, Luís! Tranquilo, hemos tardado mucho en conseguirlo y hay que saborearlo.
—Es que estoy impaciente por disfrutar de ti —contestó ansioso.
Ella lo cogió de la mano y lo llevó hasta un lado de la cama.
—Túmbate boca abajo. Antes te voy a hacer un masaje para que esos músculos se relajen. ¡Verás cómo te va a gustar!
No puso impedimento alguno, aunque le molestó la postura por culpa de la excitación que había adquirido su pene. Ella, sentada sobre sus lumbares, como si se tratase de una amazona, empezó a masajearle espalda y cuello.
—¡Uf! ¡Qué bien! —dijo él a duras penas, por tener la cara totalmente sobre la almohada.
—Tranquilo. ¡Verás cómo vas a alucinar! —añadió ella mientras se estiraba y sacaba de su bolso una brida metálica.
Con sumo cuidado y disimulo, le pasó por debajo del cuello aquel alambre acerado. Como si aquello lo hubiese hecho más veces, o lo hubiese practicado, hizo pasar el cable por el orificio dentado que tenía en el otro extremo y, con fuerza, de un solo tirón, logró que la brida se cerrara de golpe, estrangulándolo de forma inmediata y sin posibilidad alguna de liberarse de lo que le estaba asfixiando. Él se removió como pudo hasta provocar que la maléfica muñeca rubia y delgada cayese sobre el otro lado de la cama, lugar desde donde veía como aquel trataba, inútilmente, zafarse del cordón de acero dentado. La cara del hombre pasaba de un rojo sangre al azul de la muerte. Fueron varios los intentos con los que buscó que el aire pasara por su tráquea, hasta que, de rodillas, sobre aquella moqueta morada, la miró perplejo sin comprender nada. Pareció que sus ojos iban a reventar dentro de las órbitas cuando, por fin, desistió y cayó de bruces; ya sin vida.
No había ninguna prisa, pero empezó a vestirse. Cogió una toalla y limpió las posibles huellas que hubiese podido dejar en algún lugar del baño y habitación. Aunque sabía que no había demasiadas, ni siguiera se había duchado y los grifos los había abierto usando esa misma toalla. Una vez lista, cogió sus pertenencias, abrió la puerta y se marchó tirando desde allí la toalla sobre la cama. Como si no hubiese estado.
Cuando bajó al vestíbulo se encontró en la recepción al mismo muchacho de la pajarita. Ahora no parecía apretarle tanto el cuello, ya nadie le estaba tocando las narices con impertinencias. Se acercó a él y este reaccionó enseguida.
—¿Necesita algo, señora Lourdes? —preguntó cortésmente el muchacho, recordando el nombre que vio en aquel DNI que amablemente le mostró.
—Sí, gracias. ¿Dónde hay un supermercado? Cenaremos en la habitación.
El chico, con franca cordialidad, le indicó cómo acudir al lugar por el que se había interesado y, después de agradecérselo, ella salió en la dirección indicada.
A unos metros se desprendió de su rubia y larga peluca, de las grandes gafas de sol Dolce & Gabbana, de las pestañas postizas, de las lentillas azules y marcó un número de teléfono.
—Martín, cariño. Asunto hecho.
—Amor, Te espero ansioso.
La verdadera Lola, esa mujer morena de ojos tan negros como las penurias de un mendigo, con sus tijeras de manicura, hizo mil pedazos la tarjeta prepago del móvil y su falso DNI y los fue esparciendo por las alcantarillas que encontraba a su camino en aquel paseo de álamos blancos. Tiró el móvil al suelo, lo pisó con las mismas ganas con las que había acabado con aquel tipejo egoísta y, después de depositarlo en un contenedor, detuvo un taxi y fue en busca de su marido para celebrar que aquel ya no les iba a seguir tratando de arruinar la vida por la que tanto habían luchado durante todos aquellos años y que, sin escrúpulos, les quería robar.
Solo el atardecer de aquel día de sexo no alcanzado podrá delatar a esa mujer que cambió el sueño efímero de Luís Peña por el sueño de la muerte.
—¡Requiescat in pace! —pensó.

 

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