EL REFLEJO – Lorena Rivera Hernández

Por Lorena Rivera Hernández

Parecía una de esas mañanas donde la vida se impone, el olor a café, los trastos chocando en la cocina, la furgoneta del panadero, el gallo de la casa de al lado cantando a todo pulmón, Valvanera, emocionada con todos los sonidos y olores, quiso ponerse de pie enseguida solamente abrir los ojos ¡Tenía tantos planes por hacer!

Se estiró en la cama y se levantó algo mareada de tanto dormir, se puso un vestido de esos que le compraba su padre, sacó la percha y al cerrar el armario, pensó que el pobre tenía un gusto muy anticuado, soñaba con comprarse su propia ropa cuando fuera mayor y solamente le quedaban unos pocos años para poder hacerlo, planeaba poner una televisión en su habitación y hasta tendría su propia radio.

Mientras murmuraba para sus adentros, buscaba los coleteros en la cajonera para peinarse con las dos trenzas que acostumbraba hacerse todos los días y se dio cuenta, al tocarse la cabeza, de que ya no estaban, recordó haber ido a la peluquera, así que  resignada, mojó sus cortos rizos con el agua de la palangana,  levantó la cabeza para verse en  el espejo y no lo encontró,  tenía poco que se había roto y el tacaño de su padre, no lo había cambiado aún, así que a ciegas, se pasó el peine intuitivamente por la cabeza.

Quería verse guapa, así que se puso unos pendientes de colores, se repasó las uñas de rojo, coquetamente se pintó los labios, prácticamente a ciegas y tras calzarse con mucho esfuerzo, se fue directamente a la cocina.

  • ¡Buenos días, padre!
  • Valva, siéntate a desayunar.
  • Hoy me iré a la plaza, después a la catequesis y volveré antes de comer.
  • En la plaza no hay nada, Valva, si quieres ve, pero no habrá puestos ni gente.
  • No importa, me apetece salir.

Con buen apetito desayunó y recogió su plato, las cortinas de la casa eran gruesas, pero entre las rendijas se colaban unos rayos de sol que prometían un día espectacular, su padre le hizo beber hasta el último sorbo de leche, que extrañamente, le sabían fatal, impaciente como era, apuró hasta el último trago para poder marcharse, se dirigió al salón y abrió la puerta.

  • Valva, espera que va María contigo.
  • ¡Pero, papá…!
  • Nada, id juntas niñas.

Así lo hicieron, Valva, con cara de enfadada caminaba por el borde de la acera, María iba a su lado y no hacía más que el tonto, atravesándose, saltando, hablándole a voces de mil cosas con tanta velocidad, que apenas le entendía, Valva se fatigaba en la subida, pensaba que hacía demasiado calor y que su casa parecía ser la última del pueblo, la más olvidada.

  • ¡Venga, vamos abuela ¡
  • ¡Abuela, ni que abuela, eso lo serás tú! –Afirmó enfadada acelerando el paso.

Por fin divisaban el parque, las abuelas en la banca le miraban curiosas y le ofrecían algún caramelo

  • Gracias, pero Valva no puede comerlos, el dentista se lo prohíbe –dijo María. Retiró la mano de Valva y la sujetó para llevársela a toda prisa. Las pobres abuelas se quedaron mirándola con cara suplicante, querían que se quedara, pero no tuvieron más remedio que dejarla ir.

Valva siguió su camino junto a María, se acercaron a la iglesia encontrándola cerrada, así que hoy no podría ver a sus amigas de la catequesis, le causó gran enfado, pensaba que pocas veces salía del barrio, se sentía aburrida, cansada y deseaba con ganas, que llegaran las fiestas de la Virgen para ver algo de movimiento por las calles, coches, música, gente de fuera y posiblemente conocer a un buen mozo.

María estaba bastante cansada, así que le pidió volver. Ya en casa, entraron a su habitación y se quedaron un buen rato cambiándole la ropa a la Nancy y peinando su pelo de manera diferente; revisó sus libros del colegio, que le parecieron más viejos y aburridos que nunca. Tras la dura tarea de matar el tiempo, su padre, les esperaba a ambas con la comida preparada.

  • Valva, tómate las vitaminas -le dijo. Y por favor, acábate toda la sopa.
  • Está bien, pero no entiendo para qué necesito esas pastillas -murmuraba entre dientes.

De repente, un ruido de motor se escuchó en la acera, un coche nuevo aparcó justo delante de la puerta de la casa, brillante, con los cristales resplandecientes como espejos. El padre de Valva, al darse cuenta, muy enfadado, corrió para pedirle que quitara su vehículo de allí, gritando y dando brazadas al aire.

Valvanera, escuchando tanto alboroto, se acercó curiosa, salió al portal a mirar ese vehículo que parecía sacado del futuro, miró su casa reflejada en los cristales y de golpe, vio la imagen de una mujer muy mayor que le miraba fijamente a la cara y quedó perpleja, congelada.  María salió corriendo para meterla en casa, pero era tarde. La imagen, en perfecta comunión con Valva, levantaba la misma mano que ella, las cejas, se movía hacia un lado y al otro igual que ella. Entonces, cayó en cuenta de que era su propio reflejo y, aterrorizada, comenzó a gritar.

A punto de caer al suelo, María y su padre la cogieron del brazo, desencajada, con los ojos fijos en los cristales del vehículo gritando que quería ver de nuevo a esa mujer, esa mujer que parecía ser ella misma.

Su padre intentó convencerla de que esa mujer estaba dentro del coche, pero ya fue imposible hacerlo.  Valvanera  despertó, miró a su alrededor, como por primera vez y  con la cordura de una  mujer adulta, miró que no había espejos, ni cuadros, ni nada que le permitiera reflejar su imagen, levantó las mangas de su vestido encontrando la piel áspera, rugosa, unas uñas rojas enmarcadas por unas manos que le parecían extrañas, como si no fueran suyas, descalzó sus pies y se quitó los calcetines encontrando unas piernas varicosas, algo hinchadas, la espalda le dolía, la cabeza le dolía, la sensación de miedo y desesperación de no saber qué ocurría se apoderó de ella.

Valvanera se desplomó en un sillón, el cuerpo le pesaba, miraba hacia todos los rincones de la habitación tratando de comprender y continuó gritando a todo pulmón palabras incomprensibles; María y su padre, con los ojos cubiertos de lágrimas, permanecían de rodillas a su lado y tomaban sus manos de forma desesperada, intentando calmarla.

  • Abuelo, creo que hay que explicarle todo de nuevo -dijo María susurrando.
  • Está bien María, ya veremos cuánto nos dura esta vez.

Se puso delante de ella y tomándole de la mano le dijo:

  • Valva mírame, Valva por favor mírame, soy Juan, tu marido, mira mi anillo y la marca de tu dedo, hemos estado casados más de cincuenta años y ella es María, tu nieta, viene a pasar el verano con nosotros.

Valvanera guardó silencio por largo rato, fijando su mirada en él, le acarició el rostro, le miraba -como quien lleva muchos años sin verse.  Le abrazó, lo besó y lo reconoció.

 

  • Juan estás muy mayor – le dijo mientras acariciaba su pelo blanco.

Por favor dime, ¿dónde están todos?   ¿Pero, qué me ha pasado?  ¿Por qué tengo las uñas pintadas?  ¿Dónde he estado todo este tiempo?

 

Las vecinas, llamadas por los gritos, estaban en la puerta de su casa farfullando las palabras como un zumbido de abejas y Valvanera reconoció entre ellas a aquellas mujeres que se cruzó en el parque, miró con horror sus pieles marchitas y su algodonoso pelo.

 

Valvanera se tocó la cabeza, acarició lentamente su cara sintiéndola ajada y flácida, manchándose los dedos de rojo al tocar sus labios, con la manga se limpió el color de la boca, avergonzada y sin comprender nada de lo que le ocurría, las lágrimas le escurrían libremente por las mejillas, miró fijamente a las mujeres con mirada suplicante y abrió la boca para decir algo, pero Juan la abrazó intentando calmarla.

 

María fue corriendo a la puerta, la fue cerrando poco a poco, pidiéndoles mil disculpas a las mujeres que hasta el último momento intentaban seguir mirando hacia adentro de la casa.

 

Entre los dos, la levantaron del sillón y la llevaron a la habitación de la planta baja -que tenían preparada para que no tuviera que subir escaleras.  Le dieron un ansiolítico mezclado con leche, deseando que el sueño viniera a rescatarla de ese estado.

 

  • Juan -le dijo mientras tocaba su cara. Juan, yo te quiero, ¿Lo sabes verdad?
  • Lo sé, yo no habré sido el más cariñoso de los hombres, pero cuidaré de ti Valva, descansa, no pienses en nada.

 

  • Arrullándola en un abrazo, se quedaron así, hasta que Valvanera se durmió.

 

María miraba la escena, con el alma llena de esa mezcla de cansancio, amor e impotencia al ver otra vez, esa chispa de cordura que tardaría muchos meses en volver a tener, posiblemente, hasta que otra vez no pudieran evitar que se mirara en un espejo.

 

Ya al atardecer Valvanera despertó, se frotó los ojos, se levantó de la cama buscándose otra vez las trenzas y gritó:

 

  • ¡Padre, padre!  ¿Ya está la cena?

 

El gallo a lo lejos cantaba y era imposible definir si la vida empezaba o simplemente estaba terminando.

 

 

 

 

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. María Andrea Guzmán Escorza

    🥰🥰🥰🥰 Hermoso!!!

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