EL VALOR DE LA CARIDAD – Cristina Gil Lapetra

Por Cristina Gil Lapetra

Luis y Susana volvían a casa después de cenar con unos amigos. La ciudad estaba de fiesta. Esta pareja de novios se encontraba en esa época del año que precede a la Navidad, en que las ganas de celebrar invaden todos los rincones y parece que nadie quiere volver a casa. Son fechas en las que la ciudad se convierte en un hervidero con multitud de gente en las calles caminando, riendo y vociferando, y donde los atascos son interminables. Bares y restaurantes, copados desde meses antes, preparan cartas especiales para esos días. En algunos reductos más sosegados, los escaparates se llenan de promesas iluminadas esperando su destino. En cambio, en las grandes avenidas, el brillo de las luces mantiene la ciudad despierta hasta altas horas de la madrugada.
Pero sin duda es el alcohol lo que contribuye a mantener la euforia a pesar de saber que al día siguiente hay que trabajar. Esa era la conversación del momento cuando Luis y su novia llegaron a su portal. Vivían en una casa en el centro de la ciudad, en un edificio antiguo, probablemente de finales del XIX. La fachada principal, de color crema, la enmarcaban unas molduras algo más claras, y sobre ella se exhibían unos miradores de forja alineados. Algunos de ellos, iluminados con diminutas luces parpadeantes. Los menos, con geranios y plantas ornamentales que exigían un cuidado y un compromiso diario. El portal, de gran amplitud, había sido la antigua cochera de la finca. Constaba de un portón de madera maciza que permitía el paso de carruajes sobre el cual se abría una puerta más pequeña, de acceso a los peatones.
Luis introdujo la llave en la cerradura y dio media vuelta. Empujó el portón de madera mientras seguían con la conversación, pero algo impedía continuar abriendo. Presionó un poco y consiguió desplazar aquello que entorpecía la trayectoria. Ya dentro, al encender la luz, comprobaron que aquella pesadez se debía a un cuerpo caído detrás de la puerta. Sobre el suelo yacía, envuelto en vómito, un hombre trajeado, de unos setenta años. Se acercaron y lo zarandearon con suavidad. Respiraba e incluso hablaba, aunque era imposible entender lo que decía. Giró la cabeza ligeramente y Luis creyó reconocerlo.
—A este señor me lo he cruzado antes en la escalera, diría que es del bufete de abogados que hay en el primero derecha.
Concluyeron que también habían estado de cena los abogados y que el alcohol había hecho su efecto. Aquel señor intentaba a duras penas comunicarse con ellos, pero su estado lamentable sólo le permitía emitir monosílabos y palabras incomprensibles. Intentaron incorporarlo, no sin cierta repugnancia, evitando poner las manos en las zonas humedecidas por el vómito y otros fluidos.
Tenía un color cetrino, quizás por el frío que allí hacía. Unos rasgos redondeados, con nariz pequeña y chata, le conferían aspecto bondadoso. Las bolsas bajo los ojos, y los mofletes deshinchados, sugerían sufrimiento reciente a una cara, por lo demás apacible.
Ese aspecto de buena persona y la sensación de fragilidad fue lo que incitó a Luis a hacer la buena acción navideña, en vez de dejarlo allí para que durmiera la mona y terminara su fiesta, o llamar a una ambulancia para que lo asistieran, que era lo que proponía Susana. Así que decidieron coger un taxi y llevarlo a su casa.
—Disculpe caballero. Le voy a buscar su documentación, no se asuste —dijo Luis mientras hurgaba en el bolsillo interior de su abrigo de paño.
Se escuchó una especie de gruñido como respuesta, que interpretaron como déjame tranquilo. Emilio García Truján, vivía en un bajo de una perpendicular de la calle Santa Engracia, justo al final.

Encontrar taxi no fue tarea fácil. Comenzaba la hora de recogida, y la gente, habiendo bebido, optaba frecuentemente por este medio de transporte. Eso complicaba la situación, pues además del frío, movilizar a Emilio no era sencillo. Consiguieron parar uno, pero el conductor se negó a subir a un borracho. Todavía tuvieron que esperar veinte minutos más a que pasara otro libre. Cuando por fin lo encontraron, el taxista sugirió una ambulancia como medio de transporte más apropiado, igual que había propuesto Susana, aludiendo no sólo a la melopea del caballero sino también a la avanzada edad y por tanto a la posibilidad de que se complicara la situación. Al final accedió, probablemente por solidarizarse con la generosidad de la pareja.
Se encaminaron rumbo a su casa. A pesar de que desde Bailén hasta allí no había una gran distancia, el camino se hizo largo debido al tráfico denso. Emilio, además, no parecía encontrarse muy bien.
Afortunadamente no volvió a vomitar. De vez en cuando, a lo largo del trayecto, balbuceaba a la vez que presionaba la mano a Luis, un acto que éste interpretaba de agradecimiento, y devolvía con otro apretón.
Por fin llegaron a la dirección que figuraba en el carné de identidad. Con cierta dificultad y a regañadientes, consiguieron bajarlo del coche.
El número 78 era una finca decadente construida en los años cincuenta, que debió estar destinada en su momento al funcionariado. La entrada del portal, acristalada y con barrotes metálicos, permitía ver un interior lúgubre, que permanecía iluminado después de la entrada del último vecino. Pulsaron la tecla del bajo C. Tardaron en contestar. Desde el otro lado del telefonillo se escuchó una voz cavernosa que habló con desidia, y en la que se podía percibir un hálito aguardentoso.
—¿Quiéééén?
—Buenas noches. Traemos a Emilio, que se encuentra algo indispuesto —dijo Luis con delicadeza.
—¡Váyanse! —rugió la voz a través del portero automático.
En ese momento percibieron que la puerta estaba mal encajada y empujaron. El interior, poco iluminado, olía a rancio. El paso de varias generaciones había impregnado unas paredes que llevaban lustros sin pintarse. Buscaron la puerta del bajo C y llamaron al timbre. Eran las doce y media de la noche. Desde fuera se escuchaba el sonido amortiguado de un televisor a todo trapo. Volvió a llamar. Unos pasos cortos y pesados se aproximaban desde el fondo con determinación. Sin duda el pasillo era largo, y debía atravesar al menos dos fachadas de esa casa. Se abrió la puerta. Frente a ellos una señora voluminosa de escasa estatura se plantó en jarras. Su mirada negra los atravesó antes de vociferar de nuevo que se largaran de allí. Bajo las cejas rotuladas, sombras, azul cian, hundían más adentro las cuencas de esos ojos desorbitados. Enmarcaba el conjunto un pelo negro cardado que aumentaba su estatura en varios centímetros. La sordidez del entorno encajaba con su aspecto de cupletera sicalíptica. Parecía estar representando un vodevil en el Madrid de los años treinta. La mujer rugió de nuevo y Luis sintió temblar los cristales del portal. Dejaron a Emilio y se marcharon. Detrás del portazo seguían oyéndose los gritos amortiguados de la voz cavernosa.
Ya de vuelta en el taxi, comentaron con pesadumbre la situación. Después de haber conocido a esa señora, comprendían mejor la borrachera de Emilio. Entendían que prefiriera quedarse en el trabajo, o donde fuera, a pasar la noche, antes que volver a casa.
Días después, Luis quiso interesarse por Emilio y preguntó al portero. Resultó que no iba desencaminado al suponer que había preferido quedarse en el lugar de trabajo a pernoctar, pues estaba en proceso de separación y se había instalado a vivir en el bufete por el momento. Allí habían colocado una cama y un armario en una de las habitaciones, donde pudo acomodarse y dejar sus
escasos enseres. El piso era bastante amplio y disponía de una cocina a la que se le daba poco uso, así como un cuarto que utilizaban para el café, que lo habían acondicionado y dispuesto de manera más acogedora. Allí estuvo viviendo hasta aquel día en que se lo encontraron.
El problema de Emilio aquella noche no había sido el alcohol como Luis pensó. Emilio había sufrido un ictus. Estando en el despacho, a última hora de la tarde, se sintió mal y salió a tomar el aire. Ya en el portal, perdió la conciencia y se cayó al suelo. Horas más tarde se recuperó, pero un segundo ictus, de mayor gravedad, lo envió directo al hospital. Esta vez el desenlace fue fatal. Emilio murió poco después de reyes.
Luis supo de ello a través del portero de la finca, quien le relató lo sucedido unos días más tarde. Desde que se enteró de lo ocurrido le embargó un sentimiento de profunda tristeza. La culpa la sentía como una punzada en el estómago que llegaba a provocarle la náusea. Se acordó de los momentos en que le apretaba la mano, con intensidad, queriendo hacerle entender la situación. También recordó a Susana insistiéndole que aquel hombre no olía a alcohol.
La inevitable pregunta y sí le martilleaba las sienes acordándose especialmente de su novia, y después el taxista, cuando ambos le habían sugerido una ambulancia, y él, obstinadamente, en un intento de mostrar su capacidad de amar, había llevado a la tumba a ese pobre hombre.
Pasaron varios días hasta que Susana supo lo que había ocurrido.
—No sufras más por ello, Luis —le dijo—. Emilio quizás hubiera muerto igual, no sabemos. Pero probablemente fuiste el último que quiso ayudarle.

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Sandra Mèndez

    Hola, me ha parecido un relato de extraordinaria nitidez. La crudeza de la vida, la exposición de los acontecimientos , que rodean la vida en declive del protagonista, son de mucho realismo. Despierta un sentimiento de piedad y de pena, porque Real.ente muchas personas están en situación de po re,a emocional, absolutamente solos. Muy bonito.

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