EL VIAJE DE MI VIDA

Por Maria Jesus Rodriguez

Cómo recuerdo aquellos preciosos atardeceres, tumbada en el sofá sobre el regazo de mi madre, mientras sonaban de fondo las canciones de Pablo Milanés que tanto nos gustaban. La paz de aquellos momentos, en los que ella tejía una labor, me transportaba a las historias que papá me contaba sobre la familia de Galicia, de la que muy poco sabía. Pero con el paso del tiempo y más relatos contados, hizo crecer en mí un profundo anhelo por conocerlos y descubrir aquel lugar.

Tras el fallecimiento de mi padre muchas preguntas habían quedado en el aire, y ya solo mamá podía responderlas. Me acuerdo bien de cuando ellos nos contaban esas historias, sentados alrededor del fuego.

Fue entonces cuando comencé a sentir la necesidad de llenar el hueco de tristeza que crecía en mi corazón. La nostalgia de saber que en un lugar de Galicia existían aquellas personas a las que la vida no me había dado la oportunidad de aprender a querer ¿Por qué cada vez siento más esta aflicción?, me preguntaba. Hasta que un día tomé la decisión. Tenía que ir a buscar el terruño del que mi padre cantaba aquellas canciones “galleguiñas”, llenas de morriña, en mi niñez. Esa necesidad irrefrenable me llevó poco a poco a imaginarme y preparar “El viaje de mi vida”.

Como cada año, organizaba uno con mi marido, Ángel, y mis amigos del alma, Toníca y Juan. Ese año, les pregunté: “¿Me acompañáis al lugar del que tanto os he hablado?” A la tierra de mis antepasados.

Antes de salir del pueblo, ese verano, mi madre me recordó los nombres de Monforte de Lemos, Santiago de Cangas, A Oseira y Ferreira de Pantón. Con esa información, tan escasa, enfilamos la carretera hacia el otro lado de la península.

La llegada a Monforte de Lemos en la provincia de Lugo fue tan emocionante, que todavía hoy sigue formando parte de aquellos recuerdos que permanecen vivos en la memoria. Allí había vivido y estudiado mi padre. Él siempre contaba que su ciudad, capital de la Ribeira Sacra, se encontraba en un maravilloso valle, entre el Miño y el Sil.

Era mediodía, las calles estaban desiertas y buscábamos a quien preguntar. Cruzamos el río Cabe a lomos del Puente Viejo, contemplando el bucólico sendero que acariciaba su orilla, mientras nos adentrábamos en la antigua villa judía en pleno centro de la ciudad. Sentada a la sombra del umbral de una puerta, dormitaba una mujer: “Buenas tardes”, le dije, “¿conoce usted una aldea llamada A Oseira?”
“Que che importa”, contestó en gallego con una voz ronca frunciendo el entrecejo.

Me pareció que no le había caído bien, o estaba enfadada porque le había interrumpido su dulce sueño. “Creo que lo vamos a tener difícil”, les comenté a mis compañeros.

Hacía un calor de espanto, así que decidimos volver al coche y dirigirnos a las afueras. Qué suerte tuvimos al encontrarnos, en una gasolinera, a otros viajeros. Me acerqué a ellos y les pregunté si eran del lugar y si conocían A Oseira. “Seguidnos”, me dijeron, “nosotros nos dirigimos hacía Ferreira de Pantón, y a pocos kilómetros encontraréis la aldea que buscáis.” Fuimos tras ellos hasta su destino y después continuamos solos. La carretera no estaba señalizada y los caminos alternativos ofrecían mil posibilidades de poder encontrarla. La frondosa vegetación que habitaba a cada lado de la calzada nos resguardaba del calor sofocante. Era de tal majestuosidad y exuberancia que a pesar de su timidez las copas de aquellos árboles parecían acariciarse, formando una especie de dosel con brechas por donde penetraba algún rayo de luz. Eucaliptos que con sus tonos ocres y verdosos querían tocar el cielo y con su aroma fresco impregnaban la atmósfera además de mantener el silencio del bosque; castaños con los troncos gruesos y derechos que esparcían a sus pies el fruto de toda una vida y robles centenarios que guardaban en su memoria el paso de los años.

Encandilados con el paisaje que nos rodeaba nos despistamos y sin darnos cuenta acabamos en un campo de vides. Entonces supe que estábamos en la Ribeira Sacra, pero ¿dónde? Aquello era un laberinto. Sedientos, cansados y a punto de desistir, decidimos parar a estirar las piernas. Menos mal que Toníca, que siempre se adelantaba a nuestras necesidades, en los viajes, se había abastecido de algunos frutos secos y naranjas de nuestra tierra, Valencia. Así que convenimos tranquilizarnos comiendo naranjas y cacahuetes.

Llevábamos unos minutos alimentándonos y riéndonos de los avatares de aquella experiencia, cuando de repente vimos a un labriego montado en su moto.  No dejé pasar ni un segundo. Me fui hacia él dando largas zancadas y lo paré: “Señor, buenos días, ¿A Oseira está por aquí?” “Están cerca, aunque en esa aldea solo quedan dos casas, una habitada y la otra, medio derruida”.

Le conté que mi padre había vivido en esas tierras, en esa aldea desconocida para mí, y que quería localizar la casa de mis abuelos. Al nombrarle los apellidos de mi abuelo, el labriego me contó que los conoció y que uno de mis tíos todavía vivía por allí. Apuntando con un dedo hacia un tejado color terracota, me descubrió la casa de mi tío Antoñito y nos indicó el trayecto para llegar a la aldea: “Sigan recto esta carretera, pasarán por una pequeña iglesia, y a pocos metros encontrarán la aldea”.

Empezábamos a ver la luz al final del túnel, aunque tuvimos que poner las largas porque ya estaba anocheciendo. Un poco atemorizados por tener que hacer el tramo final en la oscuridad, temiendo volver a equivocarnos. Ya no se veía ni la casa que nos había señalado.

No estábamos seguros si íbamos en la dirección correcta, la oscuridad profunda que nos ofrecía la luna nueva no nos permitió seguir. Se percibía el silencio, los animales dormían y ni siquiera se escuchaba el murmullo del viento.

Solo avanzamos un tramo, hasta que localizamos un pequeño cobijo para aparcar. Allí pasamos la noche. El cambio de temperatura fue radical. Entre discusiones, cogimos toda la ropa que servía para abrigarnos y tratamos de descansar hasta la mañana siguiente.

 

Cuando abrí los ojos, el sol estaba saliendo por el horizonte. Me costó acostumbrarme a esa luz. Tuve que frotarlos un poco para ver con nitidez aquel paisaje. No daba crédito. Habíamos aparcado frente a un viejo poste de madera con un pequeño letrero que anunciaba: A Oseira. El corazón me latía tan rápido que temía despertar a mis compañeros con su sonido, sobre todo a mi marido que estaba más cerca, dormido sobre el volante. Lo habíamos logrado. Por fin me encontraba en la tierra por la que caminaron mis abuelos.
Ese instante era para mí, tenía que enfrentarme sola. Salí del coche y contemplé el inmenso valle que desde la carretera se extendía hacia la orilla del río. Vino a mi memoria la historia que mi padre me contaba sobre el campo de vides que crecían frente a su casa y que él recorría, de pequeño, cuesta abajo hasta llegar al cauce del Sil. Los bancales, unidos unos a otros mediante perfectas escaleras, eran los Socalcos de los que me hablaba, con sus uvas desafiando el vacío de la ladera por donde discurrían las aguas plácidas que bañaban las tierras.

Al otro lado estaba aquella casa en ruinas que majestuosa, se erguía frente a mí. Quedaban las paredes de un gran caserón deshabitado, con una única puerta en los bajos, medio abierta, por la que entré. No lo podía creer, era la bodega de mi abuelo. La bodega de la que mi padre me hablaba, donde jugaba con sus hermanos entre las cubas que almacenaban el vino procedente de la cosecha de sus uvas, de la variedad Mencía, tan típicas de la Ribeira Sacra. Contemplar aquel lugar, alimentado por la poca luz que penetraba a través de las rendijas resquebrajadas, con los restos de maderas envejecidas que desprendían aquella mezcolanza de olores a humedad y a rancio, invadieron mi pituitaria y cerrando los ojos pude sentirle cerca diciéndome: “respira profundo, hija mía, aquí estuve yo”. Las lágrimas resbalaron por mis mejillas. Estaba en la tierra de mis antepasados, en la casa donde vivieron mis abuelos, donde creció mi padre. Aquel lugar al que yo le di forma con la imaginación.

 

Pero me quedaban algunas sorpresas por descubrir.
La casa contigua a la de mis abuelos, estaba habitada. En su jardín, una mujer regaba sus plantas, eran las hortensias de colores que crecían por doquier. Me acerqué hasta ella, me presenté y tras explicarle que era la hija de José, el primogénito de la familia de los que habían sido sus vecinos, me dijo: “Pepe, Pepíño, que un día se fue y nunca volvió”. Si descubrir la bodega fue excitante, esas palabras me cortaron la respiración y quedaron prendidas para siempre en lo más profundo de mi corazón. La mujer recordaba de una forma muy vivida a mis padres y a mi hermana mayor, que por aquel entonces era muy pequeña. Ellos tres habían pasado allí largas temporadas.

 

Con mi sueño casi cumplido, quise conocer la casa de mi tío Antoñito, cerca de la aldea, como me dijo el labriego. No sabía lo que me iba a encontrar, pero no podía marcharme sin averiguarlo.

Regresé con mis amigos. Ellos se habían despertado y contemplaban el horizonte embrujados por la belleza del paisaje.

Durante el recorrido en busca de la casa del tejado rojizo, vi algo que me sorprendió muchísimo. Una pequeña iglesia con su camposanto al borde de la carretera. Era La Igrexa de Santiago de Cangas. Paramos. Bajé del coche e intenté abrir la puerta principal. Estaba cerrada. Caminé hasta la parte trasera y me adentré en el pequeño cementerio. Cuál sería mi sorpresa al comprobar que la mayoría de las inscripciones, en los mármoles, eran de mis familiares. Yo recordaba muy bien esos nombres; mi padre me había hablado de todos ellos. También rememoré una historia que me contaba mamá. Ella me decía que, todas las tardes, durante sus estancias en la aldea, iba caminando hasta una iglesia cercana para rezar y ver al párroco, el hermano de mi abuelo.

Continuamos buscando la casa y tras un pequeño trayecto, la vimos. Era una gran casona de piedra con una enorme escalinata en la entrada, y grandes ventanales de madera. Sola me dirigí hacia las rejas que cerraban el frente y con las manos temblorosas, toqué el timbre. Pasaron unos segundos y como en un sueño, en lo alto de la escalinata, creí ver a papá. Era mi tío. Cómo se parece a mi padre, pensé. Bajó las escaleras y cuando lo tuve frente a mí, le dije: “soy la hija de tu hermano mayor”. Sus ojos me miraron fijamente. Creo que reconoció en mí a su hermano. Nos abrazamos durante largo rato, como si nos conociésemos y llevara mucho tiempo esperándome. Como a una hija que se fue hace mucho, y volvía a casa. Comprobé que su respiración era disneica como la de mi padre, su bigote, sus cejas, sus ojos, me recordaban a él. Su voz me transportó por unas horas, las que pasamos juntos, al recuerdo de mi amado padre. Al final, me comentó que uno de los hermanos, Benito, vivía en A Coruña.

“¿Y si también vamos allí?”, pregunté en voz alta. Todos me miraron asintiendo. Así que decidimos continuar hacia la costa.

Durante el trayecto estuve como en una nube, por el momento tan intenso que acababa de vivir y por la incertidumbre de ir al encuentro de otro hermano.
Al llegar y encontrarme con Benito no pude dejar de llorar. Aunque sus andares y su porte no se asemejaban tanto a los de mi padre, cuando lo tuve frente a mí y me fijé en sus cejas de diablillo y en su bigote fino, supe que era mi tío.

 

Ese fue, indiscutiblemente, el viaje de mi vida. Donde viví los recuerdos, haciéndolos realidad. Donde descubrí las maravillosas tierras de la Ribeira Sacra. Allí estaban parte de mis raíces. La historia de mi padre, la mitad de quién soy.
Volver a sentirle cerca, a través de sus hermanos, pisar la tierra que él pisó, conocer los lugares donde vivió, fue sin lugar a duda tan indescriptible, que todavía hoy continúo indagando sobre aquel pasado de la familia que no conocí.
El hueco de tristeza que albergaba en el corazón se llenó, por completo, con tantas y tantas emociones vividas, con tantos y tantos lugares encontrados y con volver a sentir a papá tan cerca de mí.

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