EN TIERRA EXTRAÑA – MONTSERRAT GARCÍA GOÑI

Por Montserrat García Goñi

La puerta se abrió con firmeza y un hombre de mediana edad, mirada afable y mejillas sonrosadas tomó asiento frente a los dos alumnos de noveno grado de la Kulosaari International School. Aiko y Felipe se miraron extrañados.

-Me llamo Kristiaan Heikkilä y seré vuestro director durante el presente semestre -el nuevo director esbozó una amplia sonrisa mientras observaba a los dos estudiantes con sumo interés-. Vuestro tutor –añadió- me ha explicado que estáis preparando un trabajo de investigación. ¿Me equivoco?

 

Felipe, incómodo, se mantuvo en silencio.

 

-Yo no escogí esta asignatura como optativa -Aiko, hierático, dirigió su fría mirada al director-, pero al no quedar plazas libres en Relaciones Internacionales me vi obligado a cambiar mi programa de estudio­.

 

-Yo tampoco la escogí como primera opción – por fin intervino Felipe-. Deseaba continuar con mis estudios de japonés pero estaba fuera de plazo para apuntarme a Habilidades de Expresión II.

 

-Felipe -el director rompió un largo silencio durante el cual los miró con fraternal complicidad-, tengo entendido que tu padre es ingeniero agrónomo. ¿Sabías que Felipe III fue el primer rey europeo que desarrolló un programa integral de reforestación? Algunos montes se estaban quedando sin bosques y sin ellos los españoles no podían construir sus barcos- Felipe, asombrado, asintió sonriendo.

 

– ¿Y de qué les sirvió? Pronto perderían su hegemonía mundial -sentenció Aiko con sarcasmo.

 

– Y vosotros, ¿qué? Nada queda de los principios nobles de los samuráis -le recriminó Felipe con desdén.

-Entonces, ¿para qué quiere un sevillano aprender japonés? Eres tonto, chaval.

Felipe, encolerizado, miró al director en busca de apoyo; pero lo peor estaba por llegar.

-Pasadme vuestros móviles y facilitadme vuestras cuentas de Instagram donde hayáis publicado vuestros comentarios sobre el trabajo de historia -exigió el nuevo director.

Apoyado en el respaldo de su butaca de cuero y con la mirada fija en la ventana de su nuevo despacho, el Sr. Heikkilä parecía meditar qué castigo imponer a sus pupilos mientras ambos móviles no paraban de recibir mensajes de Whatsapp. Tras un largo silencio,  el Sr. Heikkilä inspiró profundamente y sin apartar la mirada de la ventana, anunció:

-En Finlandia premiamos el respeto y la colaboración entre alumnos; aunque ningún sistema educativo podrá daros aquello que ya os pertenece. Debéis descubrirlo vosotros mismos y este trabajo de investigación es la clave.

Los dos estudiantes parecían no entender nada y sólo pensaban en escapar de allí con la sanción menos punitiva posible. Cabizbajos, siguieron escuchando al nuevo director:

-He decidido que intercambiéis vuestras tareas en el trabajo: tú, Aiko, centrarás tu exposición en un episodio significativo acaecido en el S.XVI desde la perspectiva española; mientras que Felipe enfocará su exposición en un acontecimiento relevante en el que Japón haya colaborado con el imperio español durante el S.XVII. Así tendréis el privilegio de valorar ambas culturas e intercambiaréis vuestras reliquias históricas, de las que tanto presumís en las redes sociales, para que os sirvan durante la exposición.

Aiko y Felipe no salían de su asombro. Ni Aiko deseaba desembarazarse de su tantō ni Felipe quería compartir sus valiosas monedas, regalo de su abuelo antes de fallecer; pero la sentencia había sido dictada y era firme.

Aquella noche ni Aiko ni Felipe lograban dormir. Aiko pensaba en su arma mientras contemplaba los ducados y maravedíes con desprecio. Felipe, por su parte, suspiraba resignado mientras fingía ser un guerrero samurái. Finalmente, ambos consiguieron sumirse en un profundo sueño tras un fuerte dolor de cabeza.

Mar de la China meridional, verano de 1582

Un fuerte olor a brea, agua corrompida y pólvora fuertemente ambientado con sonidos de rateo provocó el primer vómito de Aiko en tierra extraña. Mareado, abrió sus ojos: sólo divisó oscuridad. Intentó levantarse pero una fuerte sacudida lo tiró al suelo y gritó asustado. De pronto, se oyeron voces graves acercándose con paso firme y tras una brusca manipulación de cerraduras y bocallaves, la pesada puerta de la bodega se abrió dejando a la vista el dantesco interior del navío: cucarachas y ratas de gran tamaño campaban libremente sobre las piedras que conformaban el lastre, mientras las pipas de agua y vino permanecían aisladas de las aguas estancadas del bajo lastre con dificultad. Astillas y polvo sobre cañones viejos, barricas de pólvora y balas de cañón delataban el tipo de navío en el que se encontraba.

-Que me aspen si… ¡Un llovido! ¡Un llovido! -gritó el fornido calafate mientras examinaba al joven polizón. Aiko, tembloroso, permanecía inmóvil en una esquina de la bodega con sus ojos clavados en el marinero.

El novohispano lo agarró del pescuezo y lo llevó a la cubierta baja. De nuevo, Aiko vomitó.

-Podréiç comer carne fresca de rata si me daiç un ducado o ¿preferiría vuesa vuecençia una gallina por cuatro marabedises? -le espetó un aberrado grumete.

-¡Debéiç pagar los veinte ducados como derecho de avería o moriréiç de inanición! -sentenció el maestre, segundo en la nao, desde la cubierta de batería.

Todos los integrantes del navío permanecieron en silencio. En la cubierta principal convivían marineros y carpinteros con soldados de distinto rango y, al tratarse de un galeón de la armada española, disponían de un sacerdote que impartía misa seca.

El joven, preso del desconcierto, logró izar la vista durante algunos segundos fijándola en la bandera de proa: ‘blanca con la cruz de borgoña, ¡española!’, pensó Aiko.

-¿Cómo os llamáis? -preguntó Juan de Mariana, jesuita castellano, acercándose para cubrirle con una túnica negra de su orden religiosa.

-A, a…Lapu -contestó Aiko agarrando con fuerza la limosnera que contenía las monedas de oro y aunque estaba aterrado, decidió arriesgarse y hacerse pasar por filipino utilizando el nombre de un antiguo jefe tribal.

Todos rieron con burla.

-Yo me responsabilizo de él -dijo Juan Pablo de Carrión, capitán de la nao San José y aguerrido lobo de mar al mando de la flotilla, desde la cubierta del castillo.

Durante las siguientes jornadas, Aiko aprendió todo lo necesario para sobrevivir en una nao del S.XVI: ayudaba a los carpinteros cuando debían aplicar brea a los cabos y era capaz de desenvolverse con facilidad sobre la cubierta cuando el sol convertía la brea en pegamento; a ordeñar y cocinar en condiciones de extrema insalubridad; a esquivar las miradas lascivas de algunos marinos; a limpiar la cubierta con vinagre y romero, y a jugar a los naipes a pesar de su prohibición. Además, Carrión le instruyó en táctica militar básica –ante la oposición del padre Mariana- tras informarle de su misión: expulsar a los piratas y corsarios del mar de Luzón que iban en búsqueda del oro español. También aprendió a hablar castellano antiguo despiojando a grumetes con los que había trabado amistad. Pero, sobre todo, aprendió a llorar en la penumbra.

A mediados de junio, la flotilla de los tercios españoles compuesta por la nao de Carrión, la galera La Capitana y cinco embarcaciones pequeñas de apoyo llegó al río más largo del archipiélago filipino, el río grande de Cagayán, tras varios incidentes piratas. A mediodía, Aiko y varios grumetes se encontraban engrasando los cabos del navío cuando, de pronto, se oyó sonar el chifle del contramaestre con fuerza.

-¡Zafar el rancho! ¡Zafar el rancho! -ordenó uno de los oficiales.

Aiko recordó el protocolo que debía seguir y se dirigió hacia la zona donde se encontraba la artillería para ayudar con las maniobras de combate. Carrión y el resto de oficiales observaban la flota enemiga y, tras varios minutos de confusión, confirmaron sus peores temores: se encontraban ante una flota compuesta por dieciocho champanes integrada por unos mil combatientes descalzos y sin armadura pero fuertemente armados con arcabuces portugueses. Todos dirigieron sus miradas hacia el capitán, quien al percatarse de las fortificaciones que el pirata Tay Fusa había construido en la desembocadura del río, decidió atraerlos mar adentro donde ambas flotas se enfrentaron a cañonazos durante horas. Aiko, asustado y rodeado de humo, logró divisar a los piratas avanzando hacia la nao.

-¡Maestre, mande cortar la driza de la vela mayor y que los piqueros engrasen sus armas! -ordenó Carrión.

La driza cayó atravesada sobre la cubierta y Aiko observó a los soldados españoles adoptar una posición defensiva en la popa tras la improvisada trinchera: los piqueros se apostaron, delante; los arcabuceros y los mosqueteros, detrás. Los piratas de Tay Fusa sufrieron intentando arrebatar las resbaladizas lanzas a los piqueros españoles y huyeron derrotados no sin oponer gran resistencia. La superioridad de los tercios españoles y de la estrategia seguida por Carrión supuso la muerte de centenares de piratas: más de doscientos bandidos, forajidos, contrabandistas asiáticos y algunos rōnin, antiguos samuráis errantes, murieron ese día.

Tras el feroz enfrentamiento, Aiko ayudó al sacerdote jesuita a preparar las mortajas de los súbditos castellanos fallecidos en combate y lloró sin consuelo mientras tiraba por la borda sus restos mortales.

Aquella noche, el joven estudiante cayó rendido de sueño tras un fuerte dolor de cabeza.

Ciudad de Sevilla, otoño de 1614

Una luz tenue y temblorosa despertó a Felipe. En seguida se incorporó y desorientado intentó encontrar la puerta de su habitación sin éxito. Extrañado y hambriento permaneció inmóvil preguntándose la razón de su confusión. Temblando por el frío y la humedad reinantes empezó a inspeccionar el gélido espacio: un candil de aceite iluminaba el arco de piedra que daba acceso a una estrecha escalera desde la que se oían voces; añejos barriles de madera llenos de nieve, vino y viandas de todo tipo ocupaban gran parte de aquella estancia. ‘¡Estoy en una bodega!’, pensó el joven. La luz y las voces se tornaron reales y un hombre menudo de generosa panza accedió al oscuro habitáculo.

-¡No os mováiç u os atizo de un escobazo! -advirtió Federico, el Cojo, propietario de la taberna Las Escobas, sin apartar la vista del puñal.

El joven sevillano no salía de su asombro y se echó a reír convencido de que se trataba de un sueño. El tabernero, furioso, propinó varios escobazos al joven que, puñal en mano, optó por huir escaleras arriba.

-Federico, ¿ahora nos atenderá un lindo en vez de su mujé? -se mofó un cliente.

-¡Tú, rubiales, sírvenos más aloja! -exigió otro cliente habitual.

Felipe, sintiéndose ofendido, intentó colarse en la cocina pero doña Carmela, la tabernera, le bloqueó el paso con su inquisidora mirada:

-¡Dónde creéis que vaiç, brabucón? -gritó la tabernera desafiante. Doña Carmela le propinó otro escobazo y, tras varios intentos de huida, consiguió que Felipe entregara su arma y se sentara. Pasados unos minutos, doña Carmela sonrió con franqueza y le ofreció un vaso de agua con canela bien fresca: ‘la bebida preferida del conde-duque de Olivares’, se sorprendió Federico. Los taberneros habían perdido un hijo al contraer la peste en 1611 en Granada, donde trabajaba en los lavaderos de lana.

Durante semanas Felipe aprendió el oficio de tabernero a cambio de alojamiento. Doña Carmela le preparaba su famoso desayuno: bebida de naranja amarga, huevos con torreznos y una copa de aguardiente para matar el gusanillo, según la creencia popular. Felipe, sintiéndose mimado, lo agradecía atendiendo mesas, redecorando a su gusto las elaboradas estanterías de palillería repletas de vinos de todo tipo y, por las noches, leía pliegos de cordel adquiridos en las ferias de Sevilla mientras doña Carmela hilaba.

A mediados de octubre, un hombre con aire cortesano, vestido de terciopelo negro con bordados de hilo dorado y provisto de una daga izquierdilla de exquisita elaboración entró en la taberna Las Escobas. Con un leve movimiento de cabeza, pidió ser atendido.

-¿Es cierto que acogéis a un muchacho sevillano? Decidme -el tabernero asintió medio rezando.

-Os ruego mandéis traerle ante mi presencia -ordenó el gentilhombre.

Felipe se acercó sin saber qué decir. El cortesano le invitó a que tomara asiento y pidió que les sirvieran dos copas de agua con canela bien fría.

-Me llamo Diego Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra y representante del Rey Felipe III en Sevilla.

Todos los allí presentes enmudecieron.

-Desearía me mostraras el puñal de doble filo que posees -pidió el conde de Salvatierra.

Felipe asintió y regresó portando el arma ante el representante real. El conde estudió el arma durante largo rato.

-Sabed que sois poseedor de un tantō samurái de gran valor. Jamás había visto uno igual -dijo el conde acariciándolo con respeto.

Felipe le explicó que lo había conseguido en tierras lejanas cuando viajó de polizón en un galeón de la carrera de Manila y que hablaba japonés. Sotomayor, satisfecho tras el encuentro con Felipe, le explicó el motivo de su visita: recibir y acompañar a una delegación japonesa integrada por samuráis durante su estancia en Sevilla y prometió a Felipe recompensarle si colaboraba con el cabildo de Sevilla haciendo de traductor.

El 27 de octubre, el conde de Salvatierra y Felipe se dirigieron a los patios de Casa Pilatos, un palacio donde Sotomayor residía temporalmente en Sevilla. En uno de sus jardines degustaron agua de azahar y pan blanco acompañado de queso manchego e higos cocidos con pétalos de rosa. Tras desayunar, ambos se trasladaron a la casa consistorial sevillana, un edificio plateresco que Felipe conocía muy bien. Una vez en su interior, el conde de Salvatierra mandó a Felipe unirse a la comitiva que se disponía a recibir a la embajada japonesa.

En la entrada, cientos de sevillanos observaban con curiosidad a aquellos hombres de baja estatura, rasgos asiáticos, vestidos con ropajes orientales muy llamativos y de expresión guerrera pero afable. Felipe se percató del uso que hacían de unos papeles de seda para limpiar sus manos y que los sevillanos recogían del suelo ante la cómplice sonrisa de los integrantes de la delegación. ‘¡Pañuelos de seda en manos de samuráis!’, se admiró Felipe.

Una vez dentro del recinto, el cabildo ofreció agua de azahar a sus invitados y el conde de Salvatierra leyó una misiva del rey de España que Felipe tradujo al japonés para sorpresa de todos los integrantes de la expedición. A continuación, fray Sotelo, fraile franciscano y adalid de la delegación oriental, tradujo la frágil lámina de arroz, finamente confeccionada con oro y plata, que el daimyō y samurái, Date Masamune, había redactado para su lectura en Sevilla. Otras dos cartas permanecieron sin abrir: una, para ser leída en presencia de Felipe III; otra, para ser entregada al papa Paulo V en Roma. Durante la recepción, los samuráis explicaron sus deseos de evangelización y de cerrar tratados comerciales con Felipe III, y entregaron una katana y un par de wakizashi, sables tradicionales japoneses, a la ciudad de Sevilla. Felipe pudo visitar los edificios más emblemáticos de Sevilla junto a los samuráis antes de que la delegación partiese hacia Madrid.

Aquella noche Felipe cayó rendido de emoción tras un fuerte dolor de cabeza.

Aiko Sakurai es profesor de Relaciones Internacionales en la Sōka University de Tokio y está casado con Rocío Japón, oriunda de Coria del Río y descendiente de aquellos integrantes de la delegación japonesa de 1614 que decidieron quedarse en España. Felipe Jiménez es diplomático y experto en el Siglo de Oro. Ambos pasan los veranos en Andalucía donde ofrecen cursos de verano sobre la historia de España en la Universidad de Sevilla.

 

 

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