ESTELA VITAL – Beatriz Zelada Riveiro

Por Beatriz Zelada Riveiro

No había vuelta atrás. Federico llevaba muchos meses planeándolo y por fin lo tenía claro. Hacía una semana que había sacado los billetes con destino a Berlín. Nadie conocía su decisión ni sus intenciones. Lo mantuvo todo en secreto hasta ese momento, pero se trataba de una decisión firme. O se iba o sabía que se arrepentiría siempre. El chico había conseguido ahorrar lo suficiente para empezar una vida en otro lugar que no tuviera nada que ver con lo experimentado hasta ese instante. Y ese momento ocurrió al día siguiente de su 18 cumpleaños: el 30 de enero de 1990.
Federico era hijo único y aunque sus padres no tenían demasiados años, sentía la necesidad de cuidarles y en cierta manera protegerles. Esa idea se instauró en su subconsciente, aunque ahora tocaba ocuparse de él.
Ayudaba en casa, en el colegio se aplicaba como el que más, cuidaba sus modales y cautivaba a cualquiera con su encantadora sonrisa. Podría decirse que era el prototipo de hijo ejemplar que todo padre desearía. Cualquier asunto diferente despertaba su interés y experimentaba el deseo de aprender constantemente. Tenía un carácter vivaz y despierto. Siempre estaba disponible y dispuesto a ayudar. De pocas palabras, pero cuando cogía confianza se atisbaba un gran sentido del humor y cierta ironía en sus respuestas. Nació y vivió hasta su reciente mayoría de edad en un pueblo cercano a Segovia. Sus padres prácticamente no habían salido de allí, salvo en muy contadas ocasiones y tampoco aspiraban a mucho más. Vivían felices con lo que tenían y no echaban nada en falta. Su padre, Enrique, regentaba la única zapatería del lugar desde que tenía uso de razón y su madre, Remedios, se dedicaba a los quehaceres de la casa y de vez en cuando hacía algún encargo, pues se le daba bien la costura. Formaron un hogar cálido y agradable, sin grandes pretensiones pero suficiente para los tres.
Su interés por los aviones y todo lo relacionado con la aviación le vino de su abuelo Félix, que convivió con ellos hasta que pasó a mejor vida pasados los noventa años. Las aventuras que le contaba desde que era chico fueron las causantes de la pasión que descubrió en los aviones. Así nació su sueño de ser piloto.
Federico recordaba aquella vez que su abuelo le narró su última aventura en la que decía que había sido la batalla más impactante de su existencia, y no podía evitar que se le escapara media sonrisa ladeada. La contaba con tal detalle que nunca imaginó que no fuera verídico, pero la realidad es que las historias de Félix estaban más relacionadas con el cine, su imaginación y con las aventuras que había escuchado a lo largo de su vida, que con su propia experiencia. Federico nunca lo supo, aunque según iba creciendo, algo intuía. Le emocionaba el entusiasmo que ponía en cada relato y echaba mucho de menos su vitalidad y vehemencia. Quizás porque se identificaba mucho más con su abuelo que con su padre, que era todo lo contrario.
Aprovechaba cada vez que disponía de un minuto libre para acercarse a la biblioteca municipal a buscar entre los miles de libros que allí hallaba y solicitar información desde el único ordenador disponible. Cada día iba investigando un poco más el apasionante mundo de la aviación. De esta manera encontró la escuela de pilotos ubicada en Berlín. Envió el formulario correspondiente y en un par de semanas le contestaron. Al poco, consiguió plaza para empezar a instruirse en marzo de ese mismo año. ¡No se lo podía creer!
Tendría que buscar algún trabajillo en Berlín porque lo que había ahorrado ayudando a su padre y dando clase a los más pequeños sólo le duraría un par de meses, como mucho.
Estaba nervioso de pensar en el día siguiente puesto que su gran aventura empezaría en menos de veinticuatro horas. Le daba pena no haberlo compartido previamente con nadie, pero también sabía que era la única forma. De otro modo demasiadas opiniones ajenas quizás le habrían hecho cambiar de opinión y nunca se habría atrevido a dar el paso. No fue capaz de irse sin antes dejarles una nota a sus padres, ya que sabía que se preocuparían si desaparecía sin más. Así que antes de cerrar la puerta de la casa por última vez, dejó un sobre cerrado encima de la mesa de la cocina, que sabía que era un lugar donde seguro la verían.
A la mañana siguiente, cuando su padre se levantó y fue a preparar el café, vio algo encima de la mesa de la cocina. “Padres”, había escrito en el sobre.
—¡Remedios! ¡Corre, ven!
—¿Qué demonios ocurre? ¿A qué vienen esos gritos? ¡Casi me da un infarto!
— El niño, que nos ha dejado una carta…
—¿Una carta? ¿Y eso? ¿A qué esperas? ¡Vamos! ¡Ábrela!
Remedios a veces no entendía la parsimonia de su marido, sobre todo en momentos así, de incertidumbre y sorpresa.
Con manos temblorosas, Enrique abrió el sobre, pues ya intuía que se trataba de algo que le iba a disgustar. En su fuero interno sabía perfectamente que llegaría un día en que Federico querría volar, pues siempre había dicho que él no se quedaría en el pueblo, que la vida era otra cosa y no estaba dispuesto a perderse todo lo que tenía que descubrir. Quería aprender, experimentar, descubrir mundo y disfrutar. Ahí se dio cuenta que conocía a su hijo más de lo que pensaba.

Queridos papá y mamá,
No sé cómo explicaros la decisión que llevo tiempo rumiando y que por fin me he decidido llevar a cabo. Me he ido de casa porque necesito encontrar mi camino y he descubierto que mi pasión son los aviones y mi sueño hacerme piloto. Supongo que os sorprenderá pues nunca antes os he comentado nada, pero tengo claro lo que quiero y estoy dispuesto a luchar por ello. Cuando leáis esta nota seguramente ya estaré de camino a Berlín. No os preocupéis por mí, estaré bien y es lo que quiero. Os voy a echar mucho de menos, pero tengo que luchar por mi sueño. Sé que no será fácil y habrá momentos duros, pero estoy decidido. Os agradezco todo lo que habéis hecho por mí pues todo lo que soy os lo debo a vosotros. Os llamaré más adelante cuando esté más tranquilo y organizado. Estaré bien, os lo aseguro. Cuidaos mucho.
Os quiere, vuestro hijo
Federico

La cara de asombro de los dos era indescriptible. Estaban estupefactos. Remedios salió corriendo hacia el cuarto de Federico y abrió el armario de madera cuya puerta desvencijada emitía un sonido característico y comprobó que estaba completamente vacío. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No entendía nada y no daba crédito a lo que estaba pasando. Remedios y Enrique se abrazaron largo rato para intentar consolarse y hacerse a la idea de que su hijo Federico en cierta manera les había abandonado.
El chico salió de casa a las tres y media de la mañana ya que su vuelo salía a las seis y quería llegar con tiempo por si surgía algún imprevisto. La noche anterior había quedado con Jacinto, el taxista, en que le recogería a esa hora. Prácticamente fue imposible conciliar el sueño esa noche puesto que no dejaba de darle vueltas a lo que estaba a punto de experimentar: irse de casa sin fecha de retorno, viajar en avión, nueva ciudad, nuevos retos, nuevas ilusiones… Estaba realmente exaltado e impaciente. Llegó al aeropuerto con el corazón acelerado una hora después. Estaba siendo su primera vez para muchas cosas. Visualizar con sus propios ojos tal cantidad de aviones en aquella explanada tan inmensa, le parecía un sueño hecho realidad y había superado todas sus expectativas. En cuanto escuchó el zumbido de los motores que iniciaban el despegue, los ojos se le llenaron de lágrimas porque sabía que echaría mucho de menos a sus padres, pero tenía la convicción de lo que tenía que hacer.
Los primeros días en Berlín fueron angustiosos pues tuvo que buscar una pensión sin conocer prácticamente el idioma. Sólo chapurreaba un poco de inglés, pero gracias a Santiago, otro español que conoció en la academia y que llevaba un par de meses allí, la aventura alemana se le hizo mucho más llevadera. Santiago fue su salvación ya que le ayudó muchísimo en su recién iniciada aventura en Alemania. Le recomendó una escuela de alemán barata y le invitó a que compartieran piso, que él ya compartía con un americano, porque se acababa de ir un compañero y tenían una habitación libre.
Le impactó la primera imagen de Berlín. Nunca había visitado una ciudad semejante y le maravillaban los espectaculares edificios, los parques, museos, los conciertos, la gente y la cantidad de planes disponibles, que sin duda aprovechó y exprimió al máximo.
Así fue como en muy poco tiempo a Federico le cambió la vida de forma radical.
Los días en Berlín transcurrieron demasiado rápido. Convivía en un pequeño apartamento con Santiago y Peter, el americano. Y aunque a veces tenían sus discusiones, eran buenos amigos y compañeros de piso. Todas las mañanas tenían clase en la escuela y por las tardes aprovechaba para ir a clase de alemán y reforzar algunas asignaturas que se le hacían más cuesta arriba. Dos días a la semana daba clase de español a adolescentes para sacarse un dinero y trabajaba los fines de semana en un bar poniendo copas. Así subsistía más o menos.
Hablaba con sus padres cada quince días y la vida transcurría sin demasiados sobresaltos. Era feliz y estaba viviendo la vida que siempre había soñado.
Al cabo de dos años su sueño se convirtió en realidad: Federico sacó el título de piloto. No se lo podía creer. Ahora necesitaba horas de vuelo y conseguir un trabajo en una gran compañía. Tras varios meses licenciado, y con mucho esfuerzo, consiguió empleo en una compañía española con base en Madrid. Se trasladó a la capital española y desde allí visitaba a sus padres al menos una vez al mes.
Le parecía increíble cómo había cambiado su visión de las cosas en tan poco tiempo. Después de vivir en Berlín esos años, ahora veía su pueblo como si fuera un lugar casi medieval, aunque se emocionaba cada vez que volvía por el gran cariño con que recordaba su infancia y adolescencia. Pero también tenía claro que ése no era su sitio.
Federico consiguió su objetivo: se labró el futuro que quería y disfrutó de una vida rica en aventuras, lugares y personas. Se retiró a su pueblo natal con setenta y cinco años para disfrutar de la tranquilidad de sus campos, lugareños y tradiciones con su mochila vital cargada de impresionantes recuerdos.
Desde la casa que se construyó a las afueras del pueblo, vivió el resto de su vida con la certeza y satisfacción de haber disfrutado y vivido todo lo que se había propuesto.

FIN

 

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Elena Muñoz Ilincheta

    Me pareció un relato muy entretenido.

  2. Rosa María Peraqui

    Enhorabuena.

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