ESTO NUNCA HA PASADO – Ainhoa Artetxe Garmendia

Por Ainhoa Artetxe Garmendia

Empecé a notar el efecto del sedante mientras oía cuchichear a las enfermeras bajo sus mascarillas.
-Vamos a comenzar- me dijo el médico- y recuerda que a partir de ahora es muy importante que no te muevas.
Fue una tarde, al cruzar la puerta de casa, cuando me puse a escribir sobre todo esto. Debió de ser por el chico que vi en el supermercado. Tendría la misma edad que J. cuando le conocí, me recordó a él, aunque solo pude verle de espaldas. Tenía el mismo pelo lacio, cuerpo frágil, y unos vaqueros gastados que le caían hasta las rodillas.
Ocurrió hace más de 25 años. Yo tenía 17 cuando entré por primera vez en el bar que J. regentaba en Getxo. Era uno de los garitos de referencia musical en aquel entonces, nos lo dijo Jon Z, el chico más guay del instituto. Yo salía con mis amigas de siempre, íbamos a la misma clase desde los 5 años, y de aquella no nos habíamos separado. Aunque nuestros padres nos matricularon en un colegio de pago para que fuéramos unas niñas bien, lo de ser pijas no iba con nosotras. Eran los años 90 y en nuestro entorno emergían nuevas modas alternativas que nos atraían más que ir vestidas con jerseys de rombos y camisas blancas. Kate Moss ocupaba las portadas de todas las revistas de moda, y la delgadez extrema se imponía sobre todos los cánones de belleza. Se llevaba lo sucio, lo desgreñado, y sobre todo, lo que molaba era aquello que no fuera convencional, o lo que ahora llamamos mainstream. Nos comprábamos la ropa en tiendas de segunda mano, llevábamos moños cuidadosamente despeinados, y hacíamos dietas estúpidas en las que contábamos las calorías de todo lo que nos metíamos en la boca.
La primera vez que entré en el «Izar», vi a J. poniendo unas cañas tras la barra, mientras sonaba «Starman» de David Bowie. Fue como si un rayo de luz me atravesara el corazón, se me abrió un nuevo mundo, y sentí por fin que había encontrado mi sitio. J. era el tipo de chico que nos gustaba a todas, se daba un aire a Kurt Cobain, llevaba una melena rubia con flequillo, tenía cara de niño y vestía unos vaqueros rotos, dos tallas más grandes que la suya. Supe que yo también le había gustado al ver que se sonrojaba cuando me acerqué a la barra para pedir una ronda.
Yo buscaba enamorarme cada vez que salíamos el fin de semana, como era lo normal, y él encajó perfectamente con mi ideal de entonces. Empecé a frecuentar el bar de J. Iba con mis amigas sábado tras sábado hasta que nuestra relación (la de J. y mía) se fue afianzando, y pocas semanas después empezamos a salir. Estaba completamente enamorada. Era la primera vez en mi vida que alguien que me gustaba muchísimo me correspondía. Estábamos en primavera y nuestro amor brotaba como las flores del parque, nos besábamos en público, en cada esquina, y nos acostábamos en cualquier sitio donde pudiéramos tener algo de intimidad. Sentía que había alcanzado la máxima plenitud.
Creo que este estado de embriaguez absoluta duró unas cuatro semanas, entonces la cosa empezó a empañarse y dejó de ser todo tan bonito. Después del empacho del enamoramiento, llegó una especie de hastío que alimentaba fumando cigarrillos y bebiendo zumos de fruta en la barra del bar tras la que él servía copas.
– ¿Por qué no te quedas en casa viendo la tele, en el sofá, con una manta? – me dijo un viernes por la noche- así los chicos dejarán de molestarte, que ya sé yo cómo va esto, ven a una chica sola en la barra y creen que pueden ligar con ella.
No supe cómo reaccionar, a mí me gustaba estar con él, y la única forma de hacerlo era estando allí. Entre semana iba al instituto y por las tardes tenía que estudiar para selectividad, cuando no tenía clases de piano. Y luego estaban mis padres, que limitaban mis salidas con él, y los horarios, y es que ni siquiera era mayor de edad.
Él tenía 22 años, dejó los estudios antes de terminar B.U.P. y había abierto el bar, un local que pertenecía a sus padres, y al que no habían sabido sacarle provecho. Trabajaba de lunes a sábado para mantener a su familia, ya que su situación económica era precaria. Yo le admiraba por ello, y se lo decía, pero él no acababa de sentirse bien consigo mismo. Empezó a decir cosas como, ¿Por qué llevas camisetas con escote? o ¿Por qué te pintas las uñas? ¿Qué pasa, es que te gusta que te miren los chicos? No entendía cómo podía sentirse amenazado por otros tíos, si yo estaba coladísima por él. Para mí ese primer amor era sagrado, irrompible, inquebrantable. Sólo había una persona que enturbiaba esa perfección, y era la figura de su exnovia, a la que odiaba por haberme dejado a mí en segundo lugar, yo no era su primera. Mis celos hacia su exnovia se volvieron cada vez más intensos, y su odio hacia mi entorno y mi familia empezó a crecer al mismo tiempo.
Su exnovia vivía en una de esas casas carísimas sobre el acantilado que daban al mar, pero su padre era un señor admirable que conducía un Ford Fiesta lleno de maderas para construirse una caseta, iba hasta arriba de mierda y no se preocupaba por las apariencias.
-Eso es tener clase- me decía- no como tu padre, que se ha tenido que comprar un BMW para fardar, porque hay coches mucho más baratos que llevan el mismo motor.
Esto fue el principio de un discurso anticapitalista lleno de contradicciones al que se aferraba solo para atacarme.
-Tu casa no tiene personalidad, contratar a una decoradora para que quede como en las revistas es de horteras, porque mira el padre de Víctor, está forrado y va en chandal, jajajaja, eso sí que mola. Vosotras no sabéis nada, mira a tus amigas viviendo en esa urbanización de pijos, siempre lo han tenido fácil, no como Juan, su madre tuvo que limpiar escaleras para pagar los estudios de su hijo.
Parecía que los hijos de los pobres eran más valiosos, y los que habíamos nacido en familias acomodadas no valíamos una mierda, así me sentía yo, cada día más pequeña. Hubiese deseado haber nacido pobre para que él me quisiera más. Tampoco le gustaban las chicas que se preparaban, mucho más guapa con unos vaqueros y una camiseta blanca, me decía, así que fui dejando el pintauñas, el maquillaje, empecé a vestir con ropa amplia, y me teñí el pelo de negro azabache, a lo que mi madre, horrorizada, me dijo que parecía una pilingui, lo que viene a ser una prostituta. Dejé de ser yo, empecé a vestirme mal y perdí completamente el norte. Lo único que quería era gustarle, y pensaba que así lo conseguiría.
No recuerdo bien los siguientes meses. Me fui alejando de mis padres, porque interferían negativamente en mi relación, y por supuesto, odiaban a mi novio. Una vez tuve una discusión con ellos, porque J. entró en nuestra casa de pijos con las zapatillas llenas de barro y ensució todo el suelo del recibidor. Mi madre me dijo que era un guarro, y él se lo tomó como un cumplido cuando se lo conté, había marcado nuestra alfombra con su clase obrera de la que tanto fardaba.
Ya apenas quedaba con mis amigas, había dejado de salir, y cuando lo hacía, le esperaba sentada en el claustrofóbico almacén de metro y medio cuadrado tomándome zumos de fruta hasta que cerraba el bar, y me llevaba a casa en su furgoneta. Nos acostábamos en aparcamientos, o en algún merendero entre los árboles, y después me dejaba en el portal.
Un día, empecé a encontrarme mal en clase, tenía unas náuseas horribles y un cansancio brutal. Fui a verle.
– A ver si vas a estar embarazada- me dijo.
-Pero no puede ser, ¿no?, tú siempre te sales antes de correrte- respondí.
– Debería de ser imposible – dijo él- porque lo hicimos justo una semana después de tu regla, según mis cálculos los primeros 11 días es imposible, lo he leído en un libro.
Ese mismo día fuimos a comprar un predictor. Tuve que entrar yo sola en la farmacia muerta de la vergüenza porque J. había aparcado mal. Recuerdo que me hice el test de embarazo en el baño del bar. Nos sentamos en las escaleras esperando a que apareciera el resultado. Una cruz de color rosa fucsia salió con tanta intensidad, que no tuvimos tiempo siquiera de dudar. Estaba embarazada.
Todo pasó muy rápido, pero hay dos momentos horribles que marcaron mi vida y jamás olvidaré. Uno fue el de mi madre llamando a mi padre desde una cabina.
– ¿Sabes cómo está tu hija? Embarazada.
El siguiente fue en el quirófano justo antes de abortar, con 18 años, muerta de miedo.
-¿Has traído el análisis de tu grupo sanguíneo?
– Si, aquí está, es A negativo.
-¿Y el de él?
– No se lo ha hecho, pero me ha dicho que es negativo también.
– Pero no nos vale con que te lo haya dicho, tenía que haberse hecho la prueba.
– Ya se lo he dicho, pero no ha querido.
-De acuerdo, ponerle la vacuna por si acaso- dijo el médico mirando a la enfermera.
-¿Está en la sala? ¿Te ha acompañado?
-No, he venido con mi madre.
-Bien, te voy a decir una cosa para la siguiente. Tienes que saber que al final, la que está aquí en el quirófano eres tú, y no él. Tenlo siempre presente.
Cuando llegamos a casa después de la intervención, mi madre estaba furiosa.
-Métete en tu cuarto y si te preguntan tu hermana o tu abuela, les dices que te encuentras mal. Mañana no irás a clase, di que tienes fiebre. Y no se lo cuentes a nadie. Tu padre y yo haremos como que esto no ha pasado, ¿Entiendes? ESTO NUNCA HA PASADO.
Me metí a la cama y lloré. Ni siquiera me habían dejado decidir si yo quería haber tenido ese niño, porque, aunque fuera una locura, y probablemente hubiese sido un error, yo lo quería, yo no decidí abortar. Quizás fue lo más sensato hacerlo…o quizás no.
J. me dejó 15 días después, estaba con otra. Yo tardé unos meses en recomponerme y en recuperar mi vida.
Durante varios años tuve un sueño recurrente. Tenía un hijo, un bebé que dejaba en la cuna, y de pronto desparecía, en otros sueños se lo llevaba un río, u olvidaba darle de comer durante días. Algunas veces el bebé se convertía en un muñeco cuando lo apretaba contra mí. Estos sueños cesaron cuando fui madre por primera vez 16 años después.

 

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