FÁBULA DEL ABATE VIANDAS

Por Alfonso de Vega Gil

Los siete pecados se hicieron carne y residían enmascarados en hábitos sagrados.
Corría el año de Nuestro Señor de 1506, en tierras inhóspitas del norte de Castilla. Entre
las despobladas y abruptas montañas donde parece que Dios hubiera olvidado sembrar
vida, se erguía en el silencio de los tiempos un vetusto convento de frailes, del que
nadie recuerda su nombre ni advocación y que estaba unido al mundo exterior tan solo
por las esporádicas paradas de breve fonda y jergón, de peregrinos y viajeros sin rumbo
fijo, que hacían alto de descanso en la encrespada ruta de caminos de esta tierra.
Ocho eran los abates que habitaban esos muros, entregando su vida a la oración, el
cuidado de un menguado huerto y un corral aun más insignificante. Entre hierbas,
pobres legumbres y rezos coexistían con el difícil reto de dominar sus pecados, pues si
éstos son siete, cada sujeto del convento era digno representante de uno de ellos, como
si en un equitativo reparto del diablo hubieran participado, quedando fuera de tan
peculiar partición, el octavo miembro, más bien dotado de dosis espirituales.
Estas siete almas perdidas se observaban entre ellos con recelo, pero tenían una
especial fijeza en cada acto, palabra o movimiento del bendito octavo clérigo, al que le
brindaban un resquemor desde el estrecho espacio que les permitía su tentación. A
falta de pecados, al acechado la vida le dotó de gran imaginación, perseverancia,
templanza y buen humor que al resto de los compañeros no le fue dado como gracia.
Juan le impusieron en la pila y como abate, la vida conventual le reemplazó el nombre
por el de abate Viandas; para satisfacción de devotos y ungidos por la imaginación.
Cumplía el Abate Juan con las labores propias de custodio de cocina y viandas, escasas
éstas y desamparada la primera. Con tan pocas pitanzas para cocinar, sus pucheros se
ahogaban en la falta de sustancia y vencido por la necesidad de alimentar no solo su
rollizo cuerpo, si no también su extraordinario espíritu, pasaba largas horas de
meditación encerrado bajo llave en el desván del convento.

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Cada día, al terminar el insuficiente almuerzo de transparente sopa de pan sin miga
con un pedazo de tocino, engullida entre sesgadas miradas e inquietante silencio a
ritmo de sorbetones secos, el abate se relamía con entusiasta complacencia y amplia
sonrisa.
Lucía con esplendor sus sonrosados carrillos y brillantes ojos, ante el desconcierto de
los escurridos y demacrados frailes que le acompañaban. El abate viandas rompía el
callado y frío eco del refectorio, glorificando en voz alta y con satisfacción plena, el
suculento asado de cordero al eneldo, la exquisita caldereta de pescado en salsa de
higos o el soberbio postre mantecado al licor de guindas que inexistente, habían
degustado.
La persistente actitud imaginativa del abate día tras día y mes tras mes, provocaba una
enorme irritación entre los hermanos de convivencia.
Pasaba el tiempo y los frailes acusaban cada vez un aspecto más enjuto y desdibujado,
al contrario que el abate Juan, que lucía una magnífica, e incluso excesiva apariencia
de sobrealimentación, así como un carácter pletórico y vivaracho.
El constante engrandecimiento de la figura y el espíritu del abate viandas, acentuaba
en peligroso silencio la envidia, avaricia, ira, gula, pereza, lujuria y soberbia, que
representaban los demás hermanos.
Con el avanzar de los días, más se marcaba en el rostro de los siete, los signos de su
debilidad pecaminosa. Se acentuaban los ojos del “hermano soberbia” con un gesto
desmedido de desprecio a todo. La cínica sonrisa del “abate avaricia” aumentaba
terriblemente, el constante frotar de sudorosas y cadavéricas manos del “hermano
lujuria”, el inquietante nervio exasperado que representaba la ira del quinto monje y la
mirada de soslayo, oscura y cabizbaja y escondida bajo las cejas del “fraile envidia”,
contrastaba con el desmayo cansino, lento y bostezante del séptimo, perfecta
representación de la pereza.

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La sospecha de locura del abate Juan iba haciendo mella en cada religioso, llegando a
pensar cada uno y entre todos, cuan grande sería el misterio escondido tras la puerta
de aquel desván al que solamente tenía acceso el responsable de viandas y que
engrandecía secretamente la carne y el alma del lozano abate.
Cualquier espacio y rincón, pasillo o celda de aquel sagrado y recluido hogar de
oración, era testigo de una conjura y de cien acusaciones inventadas sobre las más
extravagantes suposiciones. Nada más ofensivo y desconcertante que ver a un
hermano feliz, vital y encima gordo, sobradamente gordo; que, según ellos, con malicia
perversa, les restriega una opípara comida que no alcanzan a ver.
Decididos a resolver el misterio y saciar sus desconfiados instintos, los siete
demacrados frailes hicieron de tripas corazón y con un gran esfuerzo se unieron por
primera vez, para desenmascarar al hermano y resolver el misterio que ocultaba el
despreciable y seboso abate viandas.
No era fácil encontrar una ocasión para hacerse con la llave del desván, pues siempre
estaba presa en el cinto de cuerda que rodeaba la panza del custodio. Pero la paciencia
se hizo fuerte y llegó el día. Los siete pecados encapuchados con su basto hábito
aprovecharon una convalecencia del abate Juan. El pobre se encontraba empachado
por un imaginario abuso de  embutidos, quesos en aceite de hierbas, guiso de pato con
piñones a la salsa de manzana y rosca de San Lorenzo con pasas al vino, que con
dificultad intentaba aliviar entre retortijones con infusiones y suspiros, en el lecho de su
celda.
El hermano soberbia entró sigilosamente a animar al enfermo y como una urraca,
revolvió entre las vestiduras en busca de la llave, sin abandonar la insolencia que le
caracterizaba. La escondió en su ancha manga y se despidió del abatido enfermo con
un -queda con Dios hermano. Afuera le esperaban el resto de los pecaminosos
hermanos, insaciables por descubrir el enigma.
Suponiendo la buhardilla repleta, avanzaban los siete pecados sigilosos y agrupados
como nido de ratas, escalera arriba. Sus suposiciones se mezclaban en un confuso y
nervioso mascullar de ideas. Uno recitaba su sueño de salazones y especias, otro de
legumbres y aves escabechadas, el tercero y los siguientes, declamaban manjares de
embutidos, huevos, pimientos y aceite, quesos, olivas, miel, frutos secos… Cada cual en
su interior imaginaba el gran hallazgo con el delirio de su falta capital, ensañándose

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con afán y mala fe en el ajeno abate y regocijándose entre inquietas risotadas,
tropiezos y empujones, por el banquete que les esperaba.
Agolpados frente a la puerta del desván, introdujeron la llave y por fin, ante este
pecador elenco, se acumulaba con gran esplendor el fantástico secreto de la felicidad
del abate viandas.
La gran cámara exhibía todo lo almacenado pacientemente año tras año ordenado
entre pucheros y cacharros, frascas vacías, tinas y trastos, en los viejos estantes. Cada
fraile corrió a una esquina, revolviendo con ímpetu desesperado los libros, cientos de
manuscritos, dibujos y legajos, ingentes cantidades de notas en lenguas y extrañas y
fichas garabateadas con cifras y medidas. Todo quedaba fuera de su lugar; en el suelo
y pisoteado o desperdigado de mala manera.
Ni un resto de alimento que no fuera algún pequeño saco de harina o tocino seco
colgando de una viga junto a ramas de plantas.
Los desconfiados hermanos no daban crédito y golpeaban desesperados las maderas
del suelo, los altillos, y las traseras de las estanterías, buscando el hueco oculto donde
reposaban las pitanzas.
Resignados en su fracasada búsqueda, se reunieron en el centro del espacio registrado,
formando un bulto de hábitos raídos. Tras un espacio de reflexión comprendieron.
Las riquezas que pacientemente había ido acumulando el abate Juan, no era si no el
resultado de sus pesquisas sobre recetas variopintas que rescataba de  la memoria de
viajeros y peregrinos  que durante años, cruzaron en su camino el monasterio y  que él,
curioso y fascinado, les interrogaba y transcribía e ilustraba con su pluma, para
alimentar su imaginación y fortalecer su espíritu, frente al insípido y repetitivo plato de
sopa, disfrutando de este modo de los mejores placeres culinarios que extramuros y en
tierras recónditas, otras almas habían probado.
Arrepentidos y ennoblecidos por la sabia lección del abate Juan, grabaron sobre la
entrada de aquella cámara las palabras escritas del abate viandas, para fortalecer
durante siglos el espíritu de los carentes de imaginación que se dejan arrastrar por la

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fatalidad, abandonándose a la desconfianza y, por ende, descuidando y destruyendo
cuerpo y espíritu.
Aldeanos y campesinos, nobles, guerreros, judíos, aventureros, religiosos, truhanes,
comerciantes, buscavidas, cuentistas, moriscos, letrados, conversos y paisanos de toda
índole, aportaron lo mejor de sus conocimientos e iluminaron al Abate Juan en el uso
de la imaginación, como recurso de supervivencia y crecimiento personal.
Su epitafio aún hoy se conserva gastado en la humedad de la piedra, rodeado de hiedra
y sin techumbre, recordando la esencia de su pensamiento “Alimentad con deseo de
buenas viandas vuestro cuerpo, para mantener despierta el alma, pues ello alimenta la
imaginación y de la imaginación, surge el deseo”.

 

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