GANAR O PERDER , ESA ES LA CUESTIÓN

Por Covadonga Velasco Pérez

Sí, esas frases las escribí yo hace mucho, y las había olvidado -respondo a mi hijo. Dormían entre las páginas de un libro, y él las ha traído a mi memoria:

Hiedra mensajera, cuerpo colibrí, acércate a ella y

cuéntale cómo viví. Acaricia su pecho enrédate en su boca.

Hazle sentir, que por conocerla,

ya mereció la pena vivir.

Como cada mañana de domingo, sentados en el porche -tras nuestro paseo en bici- charlábamos. En pocos días, mi hijo comenzaría sus estudios en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Navales; donde estudió aquella chica que conocí en Santander hace muchos años.

Aprovecho esa mañana para contarle una anécdota más de mi juventud.

-Yo estaba con unos compañeros de la radio, en el Casino Sardinero, jugando en la ruleta, cuando se acercó ella con un hombre mayor muy bronceado.

-¿Cómo iba vestida? -pregunta Pepe.

-Llevaba un vestido de color coral atado al cuello y los hombros al descubierto.

-Eso es cuello halter papá. ¿Era morena o rubia?

-Melena rubia, como se llevaba en los ochenta.

Una señora sentada le pidió al crupier que colocaste sus fichas:

-Al veintiséis, por favor.

Él colocó las fichas en el treinta y seis erróneamente.

-No, al veintiséis replicó ella.

-Disculpe, señora.

Las fichas quedaron colocadas en la casilla negra número veintiséis.

La chica rápidamente colocó una ficha en el rojo treinta y seis del tapete. Yo aposté al rojo, impulsado por una corazonada.

-No va más -dijo el crupier lanzando la bola.

Todos observamos su recorrido, hasta que se metió en el treinta y seis rojo.

-¡Qué bien, papi!

-Aquel día ganamos los dos.

Borja recuerda que ella cruzó su mirada con la suya, y sonrió.

-Esa fue la primera vez que la vi. Recogió su premio y se giró, dirigiéndose hacia la mesa del

blackjack, donde jugaba el hombre con quien había entrado al casino; diciendo con alegría:

-¡Tío Roberto, he ganado!

-Muy bien, la suerte del principiante -respondió él, riéndose. A mí hijo le gusta escuchar, y aprender.

-A la mañana siguiente en la playa volvimos a coincidir. Estaba rodeada de su madre, el mismo hombre del casino y otra pareja.

Estaba loco por conocerla y observaba todo. Se levantó para irse a bañar. Corrí para meterme más rápido que ella, y salir para encontrármela de frente. Me sonrió por segunda vez.

-Papá, continúa, no pares.

-Pepe ¿me ayudas? -desde lejos se escucha la voz de mi esposa.

-Sí mamá, ahora voy.

-Anda, ve -le digo para quedarme con mis recuerdos.

-En lo más emocionante -dice mientras se aleja.

Vuelve de la cocina con una tortilla de cebolla recién hecha- que tanto nos gusta a los dos.

-Mis compañeros de trabajo hicieron una apuesta. En aquella época, yo era un don Juan o me tenían por ello. Pero, decían que las relaciones no me duraban.

Me propusieron que si a primeros de año seguía saliendo con ella, me invitarían a una mariscada. Accedí, para mí era un reto.

-¿Cómo la conociste? ¿Cómo hablaste con ella? -pregunta con impaciencia.

-Suponía que estaría hospedada en cualquiera de los hoteles cercanos. La buscaba, imaginaba cómo serían sus gustos y confiaba en mi suerte.

Así fue, un día en el puesto de los helados de Regma -los más famosos- esperaba su turno y me puse detrás de ella.

-Hay una señora detrás de mí -me avisó con amabilidad.

-Gracias -contesté emocionado. Son tan ricos que merece la pena esperar.

-Sí, me encantan.

-¡Qué suerte tuviste en el casino!

-¿Cómo lo sabes? -rió sorprendida.

-Te vi. Un pleno.

-Sí, dice mi tío que es la suerte del principiante.

-Bueno, pero suerte. Yo también gané al color.

-Era mi cumpleaños y la primera vez que entraba en un casino.

-Entonces tienes dieciocho años.

-Sí.

Llegó la señora y nuestro turno.

-¿De qué lo quieres? -le pregunté.

-De stracciatella.

-Por favor, uno de stracciatella y otro de vainilla. Mi esposa se sienta con nosotros y nos observa.

-Papá, qué divertido, así de fácil. ¿Invitaste tú?

-Sí, con naturalidad le pregunté hacia dónde iba, y me respondió que estaba sentada con su familia en la terraza del Rhin. Saludé y cuando me marché escuché decir: «qué chico tan encantador,

¿quién es?»

Empecé a pasar por las tardes por allí, y así comenzamos nuestra relación.

Ella se fue a Madrid, comenzaba a estudiar en la Escuela de Navales, donde tú vas a empezar.

-¿Qué será de ella, papá?

-No sé. Perdí la apuesta. A veces dos personas se conocen, pero no es el momento.

-¿Recuerdas su nombre?

-Tu padre nunca olvida un nombre.

-Blanca Cano.

Un día de los que Pepe regresa de sus clases, dice a su padre que aquella chica que conoció, da clase de Álgebra en la Escuela. Se va a su habitación, pone música y deja a sus padres en el salón.

-¿Por qué no te acercas un día con tu hijo? Siempre has estado enamorado de ella, Borja.

-¿Por qué dices eso?

-Porque te conozco y es la verdad.

-Tengo un amante hace cinco años. Nuestra comunicación está llena de silencios, que hablan por sí solos. Tenemos que darnos cuenta de que la vida siempre surge a nuestro alrededor, que vamos en busca de esas caricias y abrazos necesarios. No hay culpables. Tan solo es preciso entender que debemos hacer lo mejor para los tres.

Pepe lo entenderá todo, si se lo explicas tú.

La vida es imprevisible. Yo te quiero igual, pero nuestras vidas han evolucionado, o por lo menos la mía, hacia otro rumbo. Ocultarlo sería negar la vida misma.

Puedes explicarle la diferencia entre:

Te quiero porque te necesito o te necesito porque te quiero.

El amor que tienes que perseguir ahora, Borja, es aquel que crees vivo.

-No hay garantías de nada, y eso bien lo sabíamos. La tentación a la infidelidad es fuerte.

-En tu caso es la tentación del pasado que nunca murió. Aprendí a vivir sin necesitarte. Aprendí a vivir en mi Soledad, como otra cualquiera.

Salí de casa, me subí al automóvil y arranqué sin saber a dónde ir. Comencé a escuchar la voz de Elvis Presley:

(…) I need your love, I need your love.

Recordé que con esa melodía había besado a Blanca por primera vez -Unchained melody-. ¿Será todo una broma del destino?

Estuve conduciendo sin saber a dónde me dirigía.

¿Por qué se iban de mi lado todas las personas que yo quería? ¿Acaso no se encontraban valoradas?

Yo recordaba a Blanca, que me preguntaba porqué no la decía que la quería.

El amor para mí era: cuando la otra persona es tan importante como tu propia persona.

Mi esposa había encontrado desde hacía cinco años esas caricias y ese reconocimiento que a mí tanto me costaba expresar. Habíamos formado una familia con un maravilloso hijo que sería

ingeniero. A él, si le supe dar desde el principio ese reconocimiento. Valoraba todos sus logros por pequeños que fueran.

Conduciendo y pensando -sin apenas darme cuenta- me encontré en Santander mirando al mar, de espaldas al majestuoso y blanco Casino del Sardinero. Sentía la brisa en mi rostro.

¿Qué pasará mañana?

Miré al Casino, y ya estaba abierto. Entré, aposté en la ruleta al treinta y seis rojo una buena cantidad. El crupier lanzó la bola, -ese sonido me recordaba a ella- y cayó en el treinta y seis. A la salida me fui a tomar una mariscada para celebrar no sabía bien qué.

Tal vez mi esposa tenga razón, y deba de acercarme con Pepe a ver a su profesora.

¿Se acordará de mí? ¿Será una mujer enamorada? Miré el reloj. El tiempo va deprisa.

No llegué nunca a saber lo que pasaría mañana. Iba más deprisa de lo que debía.

Pepe decidió presentarse a su profesora, y hablarle de lo que había ocurrido unos días antes.

-Cogió el automóvil y a más velocidad de la adecuada en una curva voló hacia el mar.

-¡Cuánto lo siento, Pepe! Apreciaba a tu padre, aunque hacía mucho tiempo que no sabíamos el uno del otro.

-Lo sé. Me habló de usted, y de cómo se conocieron en Santander.

-Fue una relación muy bonita, y le quise mucho. Para mí era muy importante mi carrera, en aquella época ser mujer y elegir esta carrera no era muy habitual y necesitaba centrarme en ello. Para que te hagas una idea: en las clases de primer curso, solo éramos tres mujeres. En segundo, eran dos. En tercero, dos también; y en cuarto y quinto una nada más.

Renuncié a mi vida personal porque mi reto profesional era lo más importante.

-¿No se casó?

-No. Escuchaba a tu padre en la radio con esa voz tan cautivadora, y con mi carrera tenía suficiente. Tú te pareces mucho a él.

-Siempre me lo han dicho -orgulloso, se echa a llorar. Disculpe.

-No es malo llorar -le dice, abrazándole.

Serás un buen ingeniero seguro. Puedes contar conmigo para lo que necesites; es tu primer año de carrera, y eso es un cambio importante.

Tu madre tiene suerte detenerte a su lado.

-Luego viene a recogerme. Quiere ver cómo es la Escuela, porque le he dicho que es un faro.

-Perfecto, me quedaré en el despacho y la saludaré cuando tú acabes. Creo que la última clase que tienes es de Cálculo ¿no?

-Sí.

-Te paso a recoger y saludo también a tu profesor.

-Muchas gracias…

-Blanca, llámame Blanca.

FIN

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