GARAJONAY

Por M. Asunción Mayor Civit

Abril 1972 (1)

Delia no se da cuenta de que abre los dedos y los claveles blancos y rosas caen al suelo. Tampoco se da cuenta de que su pierna derecha se mueve hacia un lado, pisa el primero y una hoja se queda pegada a la suela de la sandalia, como un adorno a ras de suelo que lleva consigo cuando avanza dos pasos. El rectángulo oscuro, vacío, se llena de gritos que, poco a poco, superan a los de las gaviotas que vuelan tras una barca de pesca, abajo en el puerto, y se esparcen por el cementerio como el viento que trae arena de África. “¡Mis hijos! ¿Dónde están mis hijos?” Las sandalias llevan hojas de claveles por los caminitos entre las tumbas.

 

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Enero 1966

Dos brazos diminutos se estiran dentro de las mangas del jersey blanco para volver a colocarse inmediatamente en su posición anterior. Delia mira a su hijo y piensa que jamás se cansará de contemplarlo, de estudiar la forma de las cejas, las pestañas que apenas se intuyen, la línea del pelo y las orejas en soplillo, a pesar de tener solo tres días. Francisco ha ido a inscribirlo en el Registro Civil, se llamará Jaime Francisco, como los dos abuelos.

Y, en cuestión de segundos, o eso le parece a ella, mira cómo el ataúd pequeño, blanco, con un ángel dorado encima, desaparece en el rectángulo negro. No puede imaginar qué hará su hijo ahí dentro, y menos puede imaginar cómo serán los días sin el moisés a su lado de la cama, sin el grito como el maullido de un gato que la despierta por las noches, se pregunta si el ruido de succión de la tetina se ha quedado grabado en piedra en su mente. Recuerda que encontró a su hijo inmóvil y no puede concebir que esa imagen sea real. El brazo de Francisco rodea sus hombros pero ella no es consciente, tampoco lo es cuando ese brazo la separa del agujero negro que un hombre está cerrando con cemento gris y se la lleva hacia la salida del cementerio.

 

Diciembre 1967        

Al fondo del rectángulo negro se ve un chispazo de claridad y Delia sabe que es el ataúd de su hijo Jaime. Por Jaime lloró, por María no puede. Ha querido colocar ella misma a su hija en el ataúd blanco, la ha peinado, aunque el remolino en la coronilla sigue ahí, dos mechoncillos desordenados que daban un aire travieso a la niña. Parecía que iba a tener sus ojos verdes, recuerda haberse mirado en ellos cuando la pequeña abría los ojos y la miraba fijo. “Derrame cerebral”, ha dicho esta vez el pediatra, y se pregunta qué puede derramarse en algo tan pequeño como la cabecita de su hija. Francisco la coge del brazo y, en los ojos de su marido, Delia ve el miedo de no saber qué hacer con una mujer que no llora.

Enero 1969

Quiere gritar al empleado del cementerio que vaya con cuidado, que es su hijo Daniel el que está ahí, en el ataúd blanco que se suma a los otros dos. “Quizá alguna incompatibilidad”, creyó oír que decía el pediatra, pero no está segura porque dejó de escuchar cuando Daniel dejó de hacer ruido al succionar la tetina del biberón.  Hacía más ruido que Jaime, y cuando el rumor, mezcla de chasquido y sorbido, cesó, su organismo entró en piloto automático y su cabeza se fue a ese lugar desconocido en el que Jaime, y María, y ahora Daniel, siguen existiendo.

El brazo de Francisco rodea su cintura. Delia sabe que debería hablar, que Francisco espera una reacción, pero se siente tan incapaz de reaccionar como de echar a volar. Siente la mirada de su marido, pero ella no lo mira. Sus ojos miran sin ver los cambios en el cementerio. El jazmín que rodea una cruz sin nombre ha crecido desde el entierro de Jaime y ahora casi cubre los dos brazos. En el panteón ciento diez han plantado rosales trepadores. Ha ido tantas veces a poner claveles blancos y rosas a sus hijos que las tumbas se le han hecho familiares.

 

 

Marzo 1971

  • Delia, mírame. Delia, por favor, mírame.

La voz de Francisco le llega desde muy lejos. Sabe que ha dejado a su hijo Javier en el cementerio, solo vivió veinte días, y sabe que tiene que contestar a su marido. Enfoca con dificultad la cara de Francisco, asiente, sus labios quieren decir “dime” pero de su boca no sale ningún sonido y, a los pocos segundos, la cara de Francisco se desenfoca y ella vuelve a ver a su hijo Javier frío en el moisés que antes utilizaron Jaime, y María, y Daniel. Javier iba a ser rubito, apenas tenía cejas, ni pestañas, y la enfermera le dijo que los niños que van a ser rubios suelen ser así.

La semana pasada celebró su trigésimo cumpleaños, lo celebraron con Javier en sus brazos, las llamas de las velas de la tarta dibujando sombras en los pómulos altos de su hijo y destacando más las mejillas un poco hundidas. Acaba de cumplir treinta años y ha enterrado a cuatro hijos. ¿Por qué tiene que mirar a Francisco?

 

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Abril 1972 (2)

Un empleado se le acerca e intenta cogerla del brazo.

  • Señora, venga conmigo, no pasa nada, se han trasladado los restos…

El brazo de Delia se sacude con fuerza y el del empleado se mantiene un segundo en el aire antes de caer, inerte, a lo largo del costado derecho. Delia lo mira y se pregunta confusamente por qué el empleado retrocede dos pasos.

  • ¿Dónde están mis hijos? – no es consciente de que no pregunta sino que amenaza, solo quiere recuperar la lápida con los nombres de Jaime, de María, de Daniel, de Javier, y no entiende por qué el empleado se aleja de ella y mira alrededor, como en busca de ayuda.

Respira hondo. Se mira las manos vacías, ve las hojas de claveles pegadas a sus sandalias, y vuelve a mirar al empleado. Tampoco esta vez pregunta, aunque a ella le parece que sí.

 

  • ¿Dónde están mis hijos? – la voz no es la suya, es un ronquido articulado y se pregunta de dónde sale, pero no tiene tiempo de pensar, porque el empleado ya contesta.
  • Señora, los hemos trasladado, venga conmigo, yo se lo enseño.

Sigue al empleado a una zona nueva del cementerio, lejos de la cruz sin nombre cubierta por el jazmín, lejos del panteón ciento diez con los rosales trepadores. Es una zona de mausoleos, el empleado se detiene frente a uno de ellos, de mármol blanco, nuevo. La lápida tiene cuatro inscripciones, pero no las ve porque sus ojos se han pegado a cuatro ángeles, todos distintos, que rodean la lápida en diferentes posturas. Son ángeles adolescentes, todavía con rasgos de niño, una trenza cuelga por la espalda de uno de ellos y baja por el hombro, perdiéndose en los pliegues de la túnica. Al pie del mausoleo, un banco de hierro forjado parece esperarla. Se sienta y no sabe si ha pasado una hora o un día cuando escucha la voz de Francisco a su lado.

  • Quería darte una sorpresa, no sabía que ibas a venir hoy.

Delia mira a su marido y por primera vez en mucho tiempo sabe que le saldrá una sonrisa, mojada pero sonrisa al fin, y no una mueca.

Noviembre 1972

Los puntos tiran, duelen, como si en vez de puntos fueran alfileres clavándose en el maniquí en que se ha convertido su cuerpo. Mira por la ventana y se pregunta si Londres es siempre tan gris, o si solo es porque ella ha ido a esterilizarse. Nadie quiso practicarle esa operación en España. Lo bueno, piensa, es que nunca más llorará la muerte de un hijo. Lo malo es que, si alguna vez la ciencia descubre algo, ella no habrá llegado a tiempo.

Las hojas de los álamos son como gárgolas diminutas que llevan el agua hasta las aceras, creando charcos y pozas donde rebotan las gotas sucesivas. Piensa en las hojas de los flamboyanos de Santa Cruz, que registran todos los tonos de verde, y recuerda que su madre los llama “el árbol de terciopelo”. Qué lejos está Tenerife, qué lejos están sus hijos!

Mayo 1974

Delia sale de la oficina de correos de la Plaza de los Patos, se pregunta una vez más por qué la llaman de los Patos cuando lo que hay en el estanque central son ranas de todas las formas y tamaños, y mira el comprobante del giro postal. Está pagando el ginecólogo de una desconocida que, a más de dos mil quilómetros de distancia, ha decidido darles a su hijo. No sabe quién es y no lo sabrá nunca. Sale de cuentas en dos semanas y les han dicho que deben ir a Madrid y esperar el parto allí. Francisco sacará hoy los billetes, sin fecha de regreso porque no sabe cuándo volverán, y porque habrá que añadir al pequeño, o la pequeña.

Se rasca la cicatriz a través de la falda de algodón y empieza a caminar rambla abajo, hacia la tienda de muebles. Francisco acaba de contratar a una empleada nueva y quiere conocerla.

Agosto 1974

Delia mira a Fran, atravesado en el moisés una vez más. Es moreno, el pelo fino se le retuerce en rizos diminutos, está redondo como una bola y, cuando llora, se le escucha desde el jardín. Aun en pleno verano, por la noche refresca al norte de la isla, así que lo endereza y lo cubre con una sábana. No se cansa de mirarlo y ha comprobado que no hay ninguna diferencia entre haberlo parido o no. Lo quiere como quiere a Jaime, a María, a Daniel, a Javier. Muchas veces reza a sus hijos mayores para que, desde el cielo, cuiden del pequeño.

Se pregunta si la madre biológica de Fran piensa en él. En la Maternidad de Madrid solo les dijeron que era una chica muy joven, de Galicia. Sospecha que a todos los padres adoptivos les hablan de chicas muy jóvenes, de Galicia si los padres son del sur, de Cádiz si son del norte. Quizá así intentan evitar que, en un futuro, se localice a cualquiera de las dos partes. Le sorprendió que en el certificado de nacimiento de Fran figuraran ella y Francisco, directamente.

Francisco quiere ir mañana a caminar por Garajonay, la nueva empleada de la tienda se quedará con Fran, fue idea de Francisco que les acompañara a La Gomera y así poder pasar algún tiempo solos, aunque ella no soporte separarse del niño que le entregaron hace dos meses y medio.

Diciembre 1974

Delia aparta la mano de Fran una décima de segundo antes de que los dedos de su hijo se cierren sobre la rama del árbol de Navidad, que atrae al niño como un imán. Ha empezado a gatear hace un par de días y parece dispuesto a no desperdiciar ni un segundo de la libertad que está descubriendo. Lo coge en brazos, «pesas como un torito pequeño, mi niño», le dice, y huele el pelo de su hijo, y su cuello. Fran se revuelve, extiende los brazos hacia el árbol y grita. «Y además, vas a ser barítono y cantarás en la ópera de Santa Cruz, ¿verdad, mi rey?», añade, y empieza a cantar «la donna è mobile». A Fran le gusta la música y cuando oye cantar a su madre lanza gritos de alegría.

La puerta de la entrada se abre y se cierra, y Francisco entra en el comedor. Pregunta «¿qué es tanto ruido?» y besa a su mujer y al pequeño, que han callado a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo. Francisco no se da cuenta del silencio y va a la habitación a cambiarse. Delia lo mira y, siempre con Fran en brazos, va a la cocina. No quiere pensar, y dar de cenar a su hijo es la mejor solución, aunque suele ser breve porque Fran devora lo que le pongan por delante y la cena no suele durar más allá de quince o veinte minutos.

Acuesta al pequeño, se arranca a la contemplación de su hijo dormido y vuelve al comedor. Francisco se ha servido una bebida, whisky o ron, a juzgar por el color, y mira sin ver el telediario de las ocho. Su marido está lejos, muy lejos, así que se sienta a su lado e intenta hacerlo regresar. Sí, las ventas bien, ha ido una pareja a encargar un comedor y dos dormitorios. No, les ha atendido Marga, lo hace estupendamente. Ah, por cierto, mañana no irá a comer, tiene que ir a ver a un proveedor del que le han hablado muy bien, en La Laguna. No, no hace falta que Delia vaya a la tienda, Marga se queda al cargo, si lo hace estupendamente, de verdad.

Las tres de la madrugada la encuentran en la terraza, mirando las luces de Santa Cruz que se extienden a sus pies y las de los aviones que se dirigen a Los Rodeos. No quiere pensar, pero son demasiadas cosas. Es Francisco lejos, y visitas a proveedores, o a clientes, y no estar, y desinterés por Fran, y algún rumor que ella no quiere oír, pero que está allí, como el sonido del mar.

Enero 1975

  • Pero bueno, Olga, ¿qué significa que no quieres ir a la tienda?- Delia no da crédito a sus oídos cuando Olga, que lleva diez años enteros trabajando en casa, le dice que no quiere ir a la tienda a llevarle la cartera a Francisco, que vaya ella.

Olga la mira, mueve la cabeza y se dispone a vaciar la papelera del despacho de Francisco, pero Delia la coge del brazo.

 

La mujer se sacude y la mira de frente.

  • Señora, no me gusta. Y no está bien.
  • ¿Qué dices?
  • Abra el ojo y esparrame la vista, señora. Eso digo. Y ahora, si me permite, voy a vaciar la papelera. No que haga falta, porque el señor nunca está, pero bueno.

La mano de Delia coge la papelera antes que Olga. La mira a los ojos y solo dice «cuéntamelo».

Marzo 1975

Fran duerme la siesta, Francisco ya no va a comer casi nunca y a ella le ha ido muy bien disponer de tantas horas libres. Resulta que todo Santa Cruz lo sabía, todos menos ella, piensa. En la mesa de la terraza hay fotografías esparcidas. Francisco y Marga entrando en un edificio que ella no conoce, varios días, siempre al mediodía. Visitas a proveedores y clientes.

Enciende un cigarro y echa el humo encima de una fotografía boca abajo. Solo la ha visto una vez, pero sabe que nunca podrá olvidarla. Marga con un vestido de florecitas amarillas y blancas, muy alegre, que marca unas caderas anchas y un vientre prominente sobre el que se ha posado la mano de Francisco.

Mayo 1975

Desde la terraza de la casa de sus padres se ven, a la vez, el mar y Garajonay. Delia mira el perfil de Tenerife dibujado en el horizonte y escucha a su madre hablando por teléfono y diciéndole a Francisco que Delia no quiere hablar con él y que no, ir a verla no es buena idea.

Lleva más de un mes en casa de sus padres, con Fran. Fue mucho más sencillo de lo que había imaginado dejar las fotos en la mesa del comedor, cargar el coche, embarcar en el ferry y aparecer en casa de sus padres. Su madre está loca con Fran y su padre le ha repetido mil veces que pueden quedarse con ellos, la casa es grande y ella puede tener su independencia. Y Fran tendrá plaza en el mejor colegio de la isla, no en vano su padre es presidente del Cabildo de La Gomera.

La brisa fresca de la primavera lleva el olor del mar hasta la terraza. El jardín hierve de colores, de sol, de luz, de flores y plantas. Se pregunta cómo estarán las suyas de Santa Cruz, ahora que Olga se ha ido con ellos a La Gomera. Quizá Maribel, la vecina de abajo, haya tenido piedad de ellas y les haya echado agua. Cuando se cruzaron en la escalera el día que se fue, solo la abrazó muy fuerte y le dijo «lo siento, mi niña, lo siento mucho». Maribel es buena, muy buena, pero está casada con el mejor amigo de Francisco.

Sabe que tiene que volver, pero no sabe dónde encontrará la fuerza. Esa noche, después de acostar a Fran, va en busca de sus padres y les da el sobre que contiene un juego de fotos idénticas a las que dejó en la mesa de Santa Cruz. La última es la del vestido de florecitas. Cuando su padre la ve murmura «hijo de puta», se levanta y la abraza. La abraza fuerte y ese abrazo hace que Delia vuelva a tener diez años y la monja del colegio le haya puesto un suspenso solo por hablar, después de haber estudiado tanto, y cuando ha llegado a casa y se lo ha contado a su padre, su padre la ha abrazado fuerte, le ha dicho «no te preocupes, tesoro, todo irá bien», y ahora, más de veinte años después, Delia llora otra vez, y los brazos de su padre siguen teniendo la misma fuerza, y es la misma voz la que le dice «no te preocupes, tesoro, todo irá bien».

Septiembre 1975

Menos mal que ha aparcado el coche en otra calle, lejos del bullicio de las otras madres, menos mal que lleva gafas de sol, y menos mal que tener que entrar a trabajar dentro de quince minutos no le permitirá ser consciente de cuán preocupada está por su Fran, tan pequeño y lejos de ella por primera vez. Solo tiene quince meses, pero ella tiene que trabajar, y Francisco ya no vive en casa, y es como si ellos dos no hubieran existido nunca. Solo existe Marga y el hijo que va a nacer cualquier día. Fran crecerá sin padre y si ser abandonado por su madre biológica primero y por su padre adoptivo después no es una completa injusticia, Delia ya no sabe qué lo es.

Septiembre 1976

Delia sabe que tiene que contenerse, pero no está segura de conseguirlo. El abogado la mira con compasión y cariño, es amigo de su padre y los ha visto nacer a todos. Ante él firmó los papeles de la separación, después de que Francisco regateara hasta el último céntimo de pensión alimentaria y firmara un régimen de visitas que incumplió desde el primer mes. El niño al que adoptaron hace más de dos años no le importó, y ella, su primer amor, su amor de adolescencia, y mar, y paseos por los bosques de La Gomera prometiéndose morir juntos como Gara y Jonay, todavía le importó menos.

Y ahora, ante ella, están los papeles de la nulidad matrimonial. Y en ellos, negro sobre blanco, Francisco afirma que quiere la nulidad matrimonial porque Delia no pudo darle hijos. Lee los caracteres impresos y se pregunta qué fueron entonces Jaime, y María, y Daniel, y Javier. Todavía ve sus caritas, el sonido de succión de la tetina sigue impreso en su cerebro, los ángeles del mausoleo siempre tienen flores frescas y el banco de hierro está pintado y sin óxido. ¿No tuvieron hijos?

Diciembre 1976

Delia sonríe y llora a la vez cuando lee el dictamen del Tribunal de La Rota, desestimando en firme la nulidad porque la causa alegada por Francisco no es válida, el matrimonio tuvo hijos, como bien consta en los certificados de nacimiento y muerte que ella aportó. Le da igual seguir casada con Francisco a los ojos de la iglesia y siente una satisfacción cruel, e inútil, al pensar que Marga, que tanto quiso ocupar su lugar, nunca podrá casarse por la iglesia con Francisco. Y lo más importante, lo único de verdad importante: incluso la iglesia ha reconocido que Jaime, y María, y Daniel, y Javier, son sus hijos.

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Abril 2004

No hay muchos pasajeros en la cubierta del ferry que une Los Cristianos y La Gomera. Las olas rompen contra el costado del barco de la naviera Armas con chapoteos suaves, relajantes. Ha sido un viaje corto, ir y venir en el día, solo para firmar ante notario la venta del terreno que le dejaron sus padres en Playa Santiago, muy cerca del aeropuerto.

Las crestas de las olas parecen dibujar la sonrisa inmensa de Fran cuando ella le dijo que le ayudaría con el piso y Eva y él podrían casarse. Sin saber por qué, piensa en Francisco y siente pena por todo lo que se ha perdido. Fran ha resultado ser el hijo perfecto, un niño cero problemas primero y un hombre cero problemas después. Ha visto muy poco a su padre adoptivo, y eso que ella se esforzó siempre en que formara parte de la vida del pequeño. Lo avisó para la primera comunión, para la graduación, le recordaba los cumpleaños hasta que Fran cumplió dieciocho, pero Francisco optó por la ausencia.

Una ola más alta que las demás se rompe en mil chispazos de espuma blanca, y recuerda que debe decirle a Fran que ponga el piso solo a nombre de él. Eva parece muy buena chica, pero la vida da muchas vueltas y no quiere que su hijo sufra la guerra que tuvo que sufrir ella, hace muchos años, cuando Francisco quiso vender el piso y solo paró cuando apareció la sentencia del juez diciendo que la vivienda les pertenecía a ellos, a ella y a Fran, que hartas pruebas se habían aportado de que Francisco, en ese momento, podía permitirse una, dos y hasta tres viviendas, mientras que Fran y ella vivían de su sueldo, un sueldo de funcionaria, sí, pero un solo sueldo al fin y al cabo.

Las olas llegan espaciadas ahora, entre ola y ola se crean rectángulos azules con pinceladas pequeñas de blanco, como el letrero «en venta» de la tienda de muebles que vio la semana pasada. ¡Lo que son las cosas! Sí, le habían llegado rumores de que el negocio no iba bien, de hecho Francisco tuvo que vender la parcela al lado de la suya en Playa Santiago para pagar deudas de la tienda, pero no sabía que al final había tenido que cerrar. Se sorprende al comprobar que sigue sintiendo pena por Francisco. A diferencia de Fran, los otros hijos de Francisco no han estudiado, y cuando piensa en eso, vuelve a sentir la misma satisfacción cruel, e inútil, que sintió al leer la sentencia del Tribunal de la Rota, porque Fran es doctor ingeniero, y habla inglés y alemán con fluidez, y fue al MIT de Boston a hacer un máster, todo con su sueldo de funcionaria, que aún hoy no entiende cómo lo consiguió, pero valió la pena.

El viento de la tarde hace que las olas sean más altas, alguna incluso salpica la cubierta del barco. Se pone la chaqueta y busca un rincón al sol donde acomodarse el resto del trayecto. Santa Cruz está ya muy cerca. Al día siguiente, Fran irá a comer a casa. Hace muchos, muchos años, era todavía un niño, le preguntó por qué lo quería tanto. «Porque tú tienes el amor de cuatro solo para ti, mi vida», contestó ella.

 

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