HASTA LA VISTA, ROBIN HOOD – Iván Castañeda Revuelta

Por Iván Castañeda Revuelta

Sobre la mesita de noche, las agujas del despertador marcaban las ocho menos cuarto.
Miquel se resistía a abandonar el calor del edredón, aunque llevaba largo rato con la
mirada fija en el póster de Los Goonies que tenía delante, en la pared de su habitación.
Finalmente bostezó, se desperezó y se levantó. «Otra mañana de otoño… ¿Vendrá?»,
se preguntó Miquel. En pijama, abrió la persiana; comenzó a dibujar monigotes en la
ventana con el dedo, ensimismado. Después de meses sin asistir al colegio, había leído
y releído todos sus tebeos y ya ningún juguete le quitaba el aburrimiento. Afuera no
paraba de lloviznar, y el vaho en el cristal le servía para improvisar una pizarra y
distraerse durante la espera; ansiaba la llegada del petirrojo al césped del jardín, como
cada amanecer. Pasó en zigzag la palma de su mano por la superficie del cristal. El
frufrú pareció hacer de reclamo para el pajarillo porque llegó de inmediato, se posó en
el alféizar, atrapó una polilla con el pico y voló al cobijo del sauce llorón, justo
enfrente, a unos cuatro o cinco metros. Una luz de inocente felicidad iluminó el rostro
del niño.
—¡Mamá, ha venido Robin Hood!
—Sí, hijo. ¡Qué buen amigo te has echado! —dijo la mamá desde la cocina—, pero
ahora tienes que desayunar y tomar tus medicinas. Anda, ven.
—Enseguida. Primero tiene que bajar del árbol y luego picotear entre la hierba del
suelo —explicó Miquel—. Da saltitos. Es muy simpático.
La cocina era cálida y acogedora. Miquel estaba sentado a la mesa desayunando un
tazón de leche con sopas de pan; mientras, su joven madre, aún en bata y desaliñada,
tomaba un café. Llamaron al timbre y la mamá se apresuró a abrir la puerta. Miquel se
irguió y giró en la silla para prestar atención. La mujer mantenía una conversación con
alguien.
—Es el repartidor, ¿verdad, mamá?

Se oyó cerrar la puerta con ímpetu y la mamá irrumpió con brío en la cocina.
Sonreía.
—Toma, hijo. Es para ti —dijo.
Miquel posó el paquete en la mesa y lo examinó. El embalaje venía forrado en un
papel estampado con dibujos de Marvel. El niño le dedicó a su madre una mirada
pícara.
—Es un regalo de papá —dijo—. De superhéroes. ¿Te apuestas algo, mami?
Rompió con ansia el envoltorio. Abrió la caja y sacó de la bolsa un pijama y una
gorra, ambos con la etiqueta.
—¡Una visera de Los Goonies! —exclamó entusiasmado—. ¿Puedo ponérmela?
—Está bien, póntela.
La madre levantó el pijama para observarlo con detenimiento.
—¡Vaya! ¡Qué caro es! Aunque también es muy chulo —dijo—. Y de tu talla. Lo
estrenarás mañana. ¿Quién es este de aquí? ¿Espíderman?
—¡Ja, ja, ja! No sabes de superhéroes, mami. Ese es Daredevil.
—¡Qué cosas! Anda, termínate el desayuno.
El niño bajó la cabeza, permaneció un rato en silencio hurgando con la cuchara en
las sopas y miró de reojo el reloj de la pared. Al momento, partió un trozo de pan y lo
escondió con disimulo en la manga.
—No quiero más. Ya tomé las pastillas —dijo.
Y se fue a su habitación a toda prisa.
—¡Ay, Miquel! Te tengo dicho que si quieres ponerte bueno cuanto antes, tienes
que comer.
Justo sonó el timbre de nuevo. La madre se dirigió al recibidor y abrió.
—Miquel, es Marina —dijo.

Los acelerados pasos de Marina resonaron por todo el pasillo hasta la habitación de
su amigo. La pequeña daba un aire a Pippi Calzaslargas, con su faldita y sus trenzas.
Cargaba la cartera del colegio a la espalda.
—¡Hala! ¡Qué visera más guay! —dijo.
—Sí, es justo la que quería. Oye, Marina, ¿has traído las cosas del plan? —preguntó
Miquel.
—¡Claro! Ya está montado afuera. Mira.
Miquel echó un vistazo por la ventana, la entreabrió y agarró el extremo de un
cordel que había sobre el alféizar.
—Perfecto, Marina. ¡Eres lo más! Toma. Escucha: lo que hay que hacer es, ya sabes,
primero…
Marina cogió el mendrugo y dejó a Miquel plantado, sin atender a que finalizara las
instrucciones. De nuevo atravesó el pasillo a toda velocidad.
—Adiós, doña Emilia.
Y salió de la casa dando un portazo a causa de la inercia. Ya en el jardín, la niña
desmigó el pan en el lugar previsto, se despidió de Miquel con la mano y marchó
vivaracha calle abajo, esquivando charcos hasta la parada del autobús escolar.
«Solo vienen pardales. ¿Qué será de Robin Hood? Creo que no le gusta el pan. Bah…
El plan no marcha. ¡Vaya chasco!».
—Miquel, en la cocina hay una corriente de aire frío que corta. ¿Tienes abierta la
ventana? —preguntó la mamá.
Miquel no respondió. Seguía absorto en su puesto, concentrado en el plan. Al poco
su madre entró en la habitación.
—¡Pero, hombre! Cierra esa ventana. ¡Vas a coger una pulmonía! —dijo frunciendo
el ceño—. ¿Qué es eso? ¿Qué tienes en la mano?
—Nada, mamá.
—¿Cómo que nada? Trae acá. ¿Y esta cuerda?

La madre siguió el cordel con la vista y se topó con el mecanismo. Bajo el sauce, la
cuerda ataba a una astilla erguida sobre la cual se sostenía por un borde una caja de
cartón abierta boca abajo. Al pie de la trampa revoloteaban gorriones enzarzados por
las migas de pan.
—¡Dios santo! —exclamó doña Emilia.

Las vistas desde la habitación del hospital comarcal se limitaban a bloques de
viviendas y fábricas. Miquel se incorporó en la cama y se arremangó la camisa de su
superhéroe favorito. Un enfermero le pinchó el brazo y, al terminar de ponerle la vía
para inyectarle el suero, el pequeño suspiró y volvió a recostarse. Apenas si se inmutó.
—Me ha dicho un pajarito que hoy tienes una visita, hombretón —dijo el
enfermero.
—Mami, ¿será papá? —preguntó el niño.
La madre evitó cruzar la mirada con su hijo; dio media vuelta, sacó una moneda del
bolso y pidió ayuda al atareado sanitario para activar la televisión.
—¿Vemos la tele un ratito, hijo? —preguntó.
—No quiero ver la tele. Lo que quiero es ver a papá.
—Tu padre no vendrá, cariño. Está muy ocupado… en el extranjero. No puede.
Quizás cuando llegue el verano estéis unos días juntos… No lo sé, hijo mío.
Miquel desvió de súbito la mirada hacia el techo y guardó silencio. El enfermero
terminó su faena.
—Adiós, pequeño —dijo—. Hasta que nos veamos de nuevo. Que te vaya todo bien
mañana.
Doña Emilia agradeció la atención prestada, y se despidió del cuidador. Miquel
seguía mirando al techo, impertérrito. De repente, alguien empujó la puerta

impulsivamente. Marina entró agitada de la mano de su madre, incapaz de domar los
tirones de la pequeña.
—¡Marina! ¡Sabía que no me fallarías! —exclamó Miquel.
—Hola, Miquel. No te lo vas a creer. ¿A que no adivinas lo que te he traído?
—Os dejamos solos un rato —dijo doña Emilia.
Saludó a la mamá de Marina y salieron juntas al pasillo de charla.
Marina había traído una bolsa de plástico de supermercado. Sacó de ella una caja de
galletas cerrada y agujereada. Con delicadeza la posó en la cama, a un lado del regazo
de Miquel.
—Vamos, echa un vistazo dentro —dijo.
—Sé que es Robin Hood —dijo Miquel sin entusiasmo.
—Sí. Lo atrapé esta mañana. ¿Qué pasa? ¿No lo querías aquí de mascota? Toma,
traje también una bolsa de alpiste. ¡Me costó cinco duros en la pajarería!
—No creo que le guste el alpiste, Marina. Ni siquiera le gustó el pan. Me parece que
Robin Hood solo debe de comer bichos. Polillas, escarabajos y cosas así. Deberíamos
soltarlo o se morirá de hambre.
—¿Estás chiflado? ¡Con lo que me costó cazarlo! Verás; tuve que madrugar bien
temprano para pillarlo donde siempre, ya sabes. Llegué primero que él y me tumbé a
esperar en el césped, lo más lejos que pude. Cuando se puso a rebuscar entre la
hierba, ¡zas!, tiré de la cuerda y cayó.
Miquel salió de la cama con la caja en sus manos. Agarró el soporte del suero y se
desplazó hasta la ventana. La abrió y liberó de su encierro al pajarillo, que voló lejos
hasta perderse entre los edificios de la manzana.
—¡No! —gritó Marina.
En ese momento sonó el teléfono de la mesita. Doña Emilia entró aprisa y lo
descolgó.
—Es tu padre, hijo. Ponte tú —dijo.

—¿Papá?
La madre de Marina hizo una seña a su hija y se fueron en silencio con un gesto de
despedida.
—No te lo vas a creer, papá. Tengo un amigo petirrojo… No, un pajarillo, de veras…
Gracias. Me encanta la gorra… Mañana… Sí, lo seré… Adiós… Y yo a ti.

Amaneció gris. Dos celadores entraron; hábiles, maniobraban para desbloquear las
ruedas de la cama. Miquel miró entonces hacia la ventana, apretó los labios y aguantó
el llanto.
—¿Puedo mirar afuera antes? —preguntó.
—Claro, Supermán —respondió uno de ellos—. ¡Hay que quitarse el pijama!
—Es Daredevil, mira…
Miquel echó a un lado las sábanas y se fue hasta la ventana. Limpió el cristal
empañado como acostumbraba, pero el pajarillo no acudió a la llamada. Cabizbajo, se
quitó la gorra. El personal lo preparó para el traslado al quirófano. Ya en el pasillo,
mientras esperaban la llegada del ascensor, su mamá le sonrió, le acarició su calva
cabecita y le besó en la sien con ternura.

Cuando Miquel miró el reloj de su mesita, marcaba las tres y diez de la madrugada.
Los gimoteos y las voces que su madre daba en el pasillo de casa lo habían despertado.
Enojada, la mujer discutía por teléfono.
—¿Que no vendrás mañana?… Ya, ya, las dichosas cinco horas en coche… ¡Nuestro
hijo cumple diez años!… Pues no lo demuestras… Un regalito no es suficiente: ¡ven y
díselo tú mismo!… Tampoco es excusa tu nueva vida, ¡aquí sigues teniendo una

responsabilidad!… ¿Que yo te privé de la custodia compartida?… ¡Pues quédate con
esa aprovechada! —y colgó con vehemencia.
La puerta de la habitación estaba entreabierta, y por la rendija se colaba un halo de
luz desde el pasillo que hacía brillar en la penumbra los ojos vidriosos del niño.
Acurrucado en la cama, desenfocaba su vista en el vacío.

Al abrir la persiana, la lluvia golpeaba con su repiqueteo habitual en la ventana, y
Miquel observó bajo el sauce. «Quizá hoy venga. Es mi cumple». Emilia avisó a su hijo
desde la cocina.
—¡Hijo, felicidades! ¡Bizcocho y chocolate! Vamos, levántate ya; ha venido Marina.
Durante el desayuno el niño dijo:
—Mamá, ya sé lo de la nueva vida de papá y todo eso. Lo escuché anoche. ¿Sabes
qué? Pues que hoy no me apetece que venga. No te preocupes, ¿vale?
Emilia rompió a llorar. Entonces Marina se levantó de su sitio y la abrazó. Mientras,
Miquel se abstraía abriendo los regalos. El primero en descubrir venía envuelto en
papel estampado con superhéroes de Marvel.
—¡Hala, una visera de La Patrulla X! —dijo sorprendido—. Para ti, Marina.
Marina se ruborizó cuando Miquel le puso la gorra.
—Te queda perfecta. Muy guapa —dijo Emilia.
La pequeña agradeció el obsequio a su amigo.
—¡Sabes que me encanta Tormenta, Miquel! —dijo.
El envoltorio del siguiente consistía en un papel con dibujos de pajaritos de colores.
Dentro encontró un surtido de galletas Cuétara.
—Vendrás hoy a merendar, ¿a que sí, Marina? —bromeó con su amiga.

Por último, abrió el de su madre. Y entonces, su rostro reflejó fascinación y
sorpresa.
—Vamos a la habitación, Marina —dijo—. Hay que estrenarlo. Déjanos un rato
solos, mamá. ¡Gracias!
Y la besó. Emilia no podía contener las lágrimas.

Sentado en la silla del cuarto, frente a la ventana, Miquel cerraba plácido los
párpados cada vez que Marina pasaba el peine por sus incipientes rizos de color teja.
Se dejó atusar tanto que a punto estuvo de quedarse dormido. Reaccionó y dijo:
—Ahora vete al baño a por colonia, Marina.
Sonó el estrépito de su amiga, que zapateó por el pasillo; Miquel miró de nuevo el
césped bajo el sauce.
—Hasta la vista, Robin Hood —susurró.

 

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