HERMANAS – Miriam Olga Cervantes Rivera

Por Miriam Olga Cervantes Rivera

Jueves. Mamá, has muerto. Paco, el cura, nos deja utilizar el teléfono comunitario para poner una conferencia internacional. En breve tendremos que irnos al cementerio. A enterrarla. Mi padre y yo. Mirta no está. 12 de abril. 1950. Parece que Wisconsin está en el fin del mundo. No sabemos si allí hace frío o calor mientras vivimos en León una primavera tardía.

-Papá, ¿has conseguido hablar con ella? La habitación pegada a la sacristía hace juego con nuestro abatimiento. Todo es oscuro. Una de las sillas de enea está rota.

-Tu hermana no estaba. He tenido que contárselo al servicio.

Tengo tres hijos. Varones. El mayor de ocho años. Pasan mañanas enteras con su abuela desde que nacieron. Mi marido me reclama en el campo. Faltan manos. No es necesario que les cuente lo que ha pasado. Mamá se desmayó repentinamente en mitad de la cocina mientras hacía la comida. Todos la vieron. El médico no pudo llegar antes de media hora. Un ataque al corazón.

Mirta y yo somos hermanas mellizas. Un embarazo múltiple con riesgo. Sobrevivimos. Cuando nacimos nadie daba un duro por nosotras. Y salimos adelante porque allí estaba mi madre, dispuesta a contradecir cualquier pronóstico adverso. Como ha hecho siempre. Qué tozuda. Qué valiente. Y nadie que le llevara la contraria. Mi padre puertas para afuera parecía un cero a la izquierda. Dentro de casa siempre nos ha hecho falta.

Una semana después, Jueves Santo. La Virgen a hombros. Se anticipa el ambiente trágico de la crucifixión del Santísimo. Nosotros ya lo llevamos puesto por anticipado. Nos compadecen. El saludo habitual sustituido por el pésame.

Solíamos ir todos juntos a esa procesión. La Semana Santa y sus costumbres. Alteraba la rutina. Comíamos torrijas. A veces incluso estrenábamos vestidos que nos cosía la abuela.

Un día mi hermana me confesó que estaba harta de que vistiésemos iguales.

-Somos muy distintas, Marina. Creo que la próxima vez pediré a mamá que cambie las telas.

La adolescencia empezaba. Doce años. Yo no era consciente. Ella sí.

Una noche cogió las tijeras de la cocina. Se cortó el largo cabello castaño a la altura del hombro. Se había cansado de él. Nadie pudo impedirlo.

Observo a mi padre mientras el responso del cura suena como fondo. No me atrevo a comparar mi dolor con el suyo. No podrá volver a mirar a mi madre como solía hacerlo cada día. Con admiración. Cariño. Amor. Abnegación.

Se conocieron por casualidad. Recogiendo la cosecha. Adolescentes. Ya curtidos en las labores del campo. Inexpertos en las vicisitudes de la vida.

El noviazgo duró poco. El hecho de que las dos familias fuesen católicas facilitó las cosas. Se fueron a vivir con los padres de él.

Por lo visto la abuela María tuvo miedo de que su hija muriera en el parto. La matrona fue clara desde el principio:

-Si no llamamos al médico podemos tener una desgracia.

Mirta nació primero y apenas lloró. Parecía fuerte. Yo en cambio era débil. Alguien dijo que tenía los días contados.

No hubo más hijos. Los abortos se sucedieron. Cuatro mujeres en casa. Ni un heredero varón.

Fuimos al colegio. Éramos más valiosas para un futuro marido si sabíamos leer, escribir, sumar y restar. Papá al menos no pudo convencer a su mujer de lo contrario.

Olor a incienso y a flores. Me doy cuenta de que la iglesia está repleta cuando salimos de los oficios. Y allí, cerca de la puerta está mi hermana melliza. Con sus ojos grises. Su inteligencia. No encuentro la tristeza que esperaba ver. He perdido la cuenta de los años que han pasado. Tiene canas. Algunas arrugas. Aun así, sigue siendo bella.

-¿Cómo ha ido el viaje? No me sale abrazarla. A ella tampoco.

Rebeldía. Sabía que podía ser diferente. A pesar del contexto y de las condiciones de las que partíamos. Había acaparado la pizarrita donde escribíamos los ejercicios diarios del colegio. Teníamos que compartirla. Yo la usaba cuando decidía dejarla libre. A cambio, me explicaba con infinita paciencia después de las clases para que no me atrasara.

Cuando cumplimos los catorce años pidió como regalo un libro de Julio Verne: “La vuelta al mundo en ochenta días”.

Fue difícil conseguirlo. Mi padre estaba apesadumbrado. Algo había hecho mal, seguro.

El olor a bizcocho se extendía por la casa las tardes de invierno. A mí me gustaba participar en la cocina. Un día estaba amasando. Escuché un grito. Me asomé. Mirta en pantalones. Y eso sólo fue el principio.

Lejos de los sonidos de la Semana Santa puedo escuchar de nuevo su voz después de tantos años. Tiene un acento raro. Explica que es bilingüe. Incluso que el inglés es ahora su primera lengua. Parece una extraña. Sabemos de ella sólo por cartas que llegan de vez en cuando y alguna llamada. Vive en un rancho americano. Desde allí intenta influir en la vida política de sus conciudadanos mientras se dedica a la explotación de cabezas de ganado. Lo que le dejan. Es una mujer. Soltera. Se interesa por los detalles de la muerte de mamá. La conozco. La emoción está dentro. Pero ni una lágrima. No se lo permite. José, mi marido, ha vuelto del campo. Cenamos todos juntos. Me doy cuenta de que para él su cuñada también es una extraña.

A José le conocí a los dieciséis. Había ido con mi hermana a buscar leche. Nos enviaron a casa de unos vecinos que se habían instalado hacía poco procedentes de Soria. Tenían cuatro vacas. Recuerdo que era miércoles. Verano. Salimos de allí con las jarras llenas y con una promesa de cortejo.

Me casé ese mismo otoño. Mirta me venía a ver de vez en cuando. Un día confesó que nunca se casaría. Yo ya lo sabía. Quería otra vida. Y nunca le atrajeron los hombres. Sin embargo, nunca dijo que le gustaran las mujeres. Tampoco me atreví a preguntárselo. Simplemente pude interceptar varias veces miradas furtivas.

Trabajó un tiempo en lo que pudo. Reunió dinero. Se fue a los dieciocho. Sola. Llegó en un barco a Nueva York. Necesitaba sentirse más libre. En España nunca lo conseguiría. Nos escribió a cada uno una carta de despedida. Pero no dejó que nos despidiésemos en persona. Mi madre nunca se perdonó no haberse dado cuenta de sus planes. Y menos aún no haberla escuchado cuando salió de puntillas una noche de primavera.

La guerra civil estalló poco tiempo después. La comunicación con ella se interrumpió. Sólo sabíamos que había llegado bien a su destino. Tuve a mi primer hijo. Con un marido ausente. Los que quedamos pudimos seguir trabajando en el campo. Para comer.

Fue a principios de 1940 cuando el cartero llegó hasta mi casa blandiendo emocionado una carta de Wisconsin. Mi nombre en el sobre. Ni rastro de los apellidos de casada. Sin leer el remitente supe que era de Mirta.

Querida Marina:

Espero que estéis vivos. He escuchado todos los días las noticias. Aquí la realidad se ve y se piensa diferente.

No os voy a engañar. No añoro la vida de allí. Y sé que no podría haber sido feliz. Ni siquiera con vosotros.

En Nueva York pude empezar de cero. Con dificultades. Ser una mujer no es fácil en ningún sitio. Ni siquiera en los Estados Unidos.

Conseguí ganarme la vida en un periódico desde el primer mes. Allí conocí a compañeras que están en una asociación que lucha por conseguir la igualdad entre sexos. Katherine es una de las líderes. Y ahora mi compañera.

Decidimos mudarnos a Wisconsin para poder seguir expandiendo el mensaje. Su familia es adinerada y nos ayuda. Vivimos en un rancho pero vamos frecuentemente a la ciudad. No nos importan las habladurías.

Creo que he encontrado lo que siempre busqué. No creo en Dios pero le doy gracias.

Envíame respuesta, por favor. Os dejo mi número de teléfono. Si necesitáis ayuda hacédmelo saber.

Mirta

Descubro que también hay una foto. Mirta y Katherine. Vestidas con pantalones. Delante de una casa enorme. Caballos. A ella nunca le gustaron.

Miro a mi segundo hijo. Duerme en la cuna. Decido de repente que sea cual sea su futuro, él lo decida. Me siento celosa por no haber sabido yo cuál quería que fuese el mío.

Cuando me quiero dar cuenta ya soy abuela. Papá ya se ha ido con mamá. Las llamadas desde Wisconsin empiezan a ser escasas. Y de repente, al otro lado del teléfono un abogado me hace una pregunta:

-¿Es usted Marina Rodríguez Díaz? Necesitamos reunirnos con usted. Se trata del testamento de su hermana.

 

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