HUEVOS FRITOS – Yolanda Kuei-Yu Hsu Palombini

Por Yolanda Kuei-Yu Hsu Palombini

Emma no recordaba la última vez que se comió un huevo frito. Siempre los tomaba cocidos para no utilizar pan. Toda una vida de dietas y restricciones habían forjado su carácter taciturno y obsesivo.

Eso mismo estaba haciendo aquel día en su descanso laboral. Comerse un huevo duro sin más. Quizá el estampado primaveral de los nuevos bolsos le había recordado a este manjar prohibido ¿Eran huevos o se lo parecían? Daba igual, el caso es que el huevo frito se había metido en su cabeza y podía oír hasta el aceite burbujear.

De vuelta al trabajo, Emma revisaba los grandes rulos de tela plastificada que se amontonaban en el almacén con los logos de Gucci, Fendi, Louis Vuitton, Carolina Herrera o esta nueva tela de lo que parecían huevos fritos. Trabajaba en una fábrica de bolsos falsos que imitaban a la perfección los modelos más icónicos de las grandes firmas de lujo.

Muy bien considerada en su puesto, tenía a su cargo a varias empleadas que cosían, remachaban, cortaban y ponían cremalleras a estas valiosas copias con una sofisticada maquinaria. Su buen ojo y nada más, era el control de calidad por el que pasaba cada bolso antes de salir al mercado negro. Una adinerada y, cada vez, más numerosa clientela demandaba este producto. Preferían aparentar a pagar más.

Emma era una mujer de mediana edad, ni gorda ni flaca, ni guapa ni fea, llevaba una vida anodina en la que ir y volver del trabajo era su mayor actividad. En casa nunca llevaba las gafas para ver de cerca, se miraba poco al espejo, prefería obviar los estragos que el tiempo iba causando en su cuerpo. Vivía en un piso bajo sin luz natural, hacía tiempo que había abandonado la lectura y los paseos. La televisión era su único entretenimiento.

Aquel día, el mismo en el que los huevos fritos se le metieron en la cabeza, dos bolsos escaparon a su férreo control visual. Menos mal que se dio cuenta a tiempo, la presbicia estaba ganando terreno a pasos agigantados y las gafas no eran suficientes.

El episodio no pasó desapercibido en la fábrica y sus jefes, preocupados por el problema que podría ocasionar semejante contratiempo, le ofrecieron la solución. Una sencilla intervención que borraba de un plumazo la vista cansada. Consistía en la sustitución del viejo cristalino por una lente artificial que le devolvería la visión minuciosa de una adolescente.

La operación fue un éxito y la vida de Emma cambió radicalmente y lo que veían sus ojos también.

Lo primero que hizo durante la convalecencia, no sabiendo muy bien porqué, fue comerse un huevo frito con pan. Se deleitó en el proceso, despacio, saboreando cada bocado, mojando en la yema un pan que le sabía a gloria. Dejó el plato limpio y bien rebañado. Sentía una satisfacción desconocida. A su alrededor, los objetos se iban haciendo más nítidos, casi con vida, tanto, que Emma empezó a ponerse nerviosa y tuvo que cerrar los ojos un buen rato hasta acostumbrarse. Era como si una voz en su cerebro la apremiase a ver muchas cosas a la vez y no perderse ninguna.

Corrió al espejo del dormitorio y tanto se sorprendió que casi pierde el equilibrio. Una mujer bella, segura de sí misma y con una gran sonrisa le devolvía la mirada, sus ojos brillantes y cómplices, le mostraban un rostro lleno de vitalidad y color. Su cuerpo pedía a gritos salir de aquellos grises y negros en los que había estado encerrado durante años y cubrirse de color y luz. Ni gorda ni flaca, ni guapa ni fea, pero con una vitalidad inesperada.

Emma se aficionó a caminar de nuevo y no se le escapaba detalle en sus largos paseos. Necesitaba mirar, ver, observar, retener todo lo que veía. Lo que miraba le iba cambiando por dentro sin apenas darse cuenta.

Dejó de torturarse con la comida y desayunaba huevos fritos con pan cuando le apetecían. Además, tomaba cruasanes, espaguetis, croquetas y otras delicias, sin mortificarse y castigarse por ello. Ya no pasaba hambre, se veía estupenda y podía pensar mejor. Sufrió una auténtica revolución en su interior.

La vuelta al trabajo supuso para ella un nuevo punto de partida. Esos bolsos perfectamente clonados no tenían su aprobación, encontraba siempre algún defecto insalvable. Los jefes, desesperados, veían como la producción se echaba a perder. Sus horas entre logos copiados estaban contadas. Le recomendaron amablemente una retirada a tiempo y ella aceptó encantada.

Sin dramas, sin trabajo ni hijos que cuidar o pareja que dejar atrás, Emma partió hacia donde sus ojos la dirigían buscando cosas bellas.

Un pueblo costero de casas blancas y azules, calles empedradas y geranios asomando en cada ventana, iba a ser su nuevo decorado. Su apartamento, pequeño y acogedor, esta vez era un piso muy alto para poder ver el mar y las estrellas.

Asomada en el balcón mientras el sol acariciaba su rostro dulcemente, oía las voces de los pescadores desde muy temprano y los veía llegar a puerto desde alta mar.

Sus largos paseos eran un regalo para los sentidos, las olas, el olor a mar, los gritos de las gaviotas, el reto de caminar por las piedras pulidas en las calles. Los disfrutaba y le iban cargando de buena energía.

Ya de vuelta en su casa, cuidaba cada detalle, como el frutero con chirimoyas y otras frutas dulces que le hacían muy feliz o un gran espejo en su dormitorio donde se probaba las ropas nuevas que le sentaban de maravilla.

El sonido de un piano vecino le regalaba melodías perfectamente ejecutadas y, en ocasiones, el suplicio de unos dedos torpes intentando juntar notas repetitivamente.

La causante de esta banda sonora resultó ser una joven profesora, bella e inteligente, que se ganaba la vida dando clases de piano y, poco a poco, fue formando parte del nuevo mundo de Emma.

Compartían mesa y mantel casi todos los días, Emma preparaba los menús con esmero, una ensalada de tomates y aceitunas negras bien regada con aceite de oliva virgen, pescado del día al horno con limón, pan de pueblo para mojar en el caldito de la ensalada y una riquísima macedonia con crema de arándanos para terminar. Así de sencillos y ricos eran los platos.

Pasaban los días comiendo, conversando, tomando té turco y, a veces, se unía a ellas algún alumno de piano tentado por los bizcochos caseros de las tardes. Emma creaba momentos bonitos para que sus ojos no dejasen de mirar y disfrutar.

Un día, la joven profesora llegó con una distinguida alumna a tomar el té. Dejó el bolso encima de la mesilla y Emma no pudo apartar sus ojos de él. Era de los suyos, le había dado el visto bueno ella misma en su vida anterior; la cremallera, las asas, la correa, los remaches, lo conocía todo a la perfección. Tan absorta estaba enfocando cada costura y cada pliegue que le empezaron a sudar las manos mientras pestañeaba exageradamente. La dueña del bolso lo apartó y se lo llevó a su regazo como medida de protección. Tras este bochornoso episodio, los ojos de Emma se ofuscaron y se lo hicieron saber llevándola a una tormentosa experiencia.

Esa noche, mirándose al espejo, vio unas arrugas feas que no le gustaban, ni esas manchas en los pómulos, ni ese vello en el mentón. Ahora se veía fea y gorda, anodina y gris. Como el bolso falso que apareció a traición en su nueva vida, con esas burdas costuras, la tela áspera, un objeto creado para engañar, pero no a su nueva mirada.

Se acostó con la esperanza de cerrar los ojos y dejar de atormentarse. Durmió fatal y amaneció de mal humor. Intentó fingir que nada pasaba y a la hora del desayuno tomó huevo duro sin pan, para adelgazar, todo volvía a ser gris y negro, su aspecto, su ánimo. Esa mañana se avecinaba tormenta, el paseo al lado de un mar lleno de algas pestilentes fue desagradable. Su apacible pueblecito le pareció amenazador e inhóspito.

Llegó corriendo a su casa con los pelos alborotados, las zapatillas medio mojadas y una sensación de desesperación que no le gustó nada. No se peinó ni se arregló. Preparó un menú con desgana, ensalada verde casi sin aliñar, filete de pollo seco a la plancha y, de postre, una mandarina. No comió nada más y se fue a la cama temprano con el estómago vacío. Tampoco quiso leer, lo único que quería era cerrar los ojos. Estaba realmente asustada, había pasado una noche y un día desde la visión del bolso falso y se sentía muy mal.

Soñó cosas horribles, tremendas criaturas con dientes afilados querían sacarle los ojos, los bolsos de imitación aparecían tirados en el mar y ella intentaba cogerlos, pero las olas la zarandeaban una y otra vez hasta casi ahogarla. Se debatía en esta claustrofóbica pesadilla hasta que despertó empapada en sudor y aterrorizada.

Una ducha templada y larga con los ojos cerrados fue el mejor bálsamo reparador para empezar el día. Se secó despacio y miró aliviada el espejo lleno de vaho que no reflejaba más que una masa color carne, sin definir. Respiró tranquila, prefería no saber la forma de mirar a su cuerpo esa mañana.

Más calmada, salió al balcón y observó los destrozos de la tormenta del día anterior, el cielo continuaba gris y el viento había cesado. El mar se revolvía con olas irregulares color panza burro. Olía a tierra mojada y eso le gustó, inspiró con ganas cerrando los ojos y llenó sus pulmones de aire fresco mientras se preparaba para afrontar un nuevo día. Estaba hambrienta, unos huevos fritos con pan tostado serían el comienzo perfecto tras la tormenta. Hoy prepararía un menú inolvidable. La Emma iluminada estaba de vuelta, o eso pensaba ella.

De repente, una inesperada racha de viento le llenó los ojos de arenilla. El dolor era tan insoportable que no conseguía abrirlos y los monstruos de la pesadilla aparecieron de nuevo. No hacía más que balancearse de un lado a otro del balcón intentando dejar de frotarse los ojos con fuerza para aliviar el dolor. Luchaba contra el viento como si fuera un combate de boxeo. Un movimiento brusco y desesperado la arrojó al vacío mientras enfocaba nítidamente la calle empedrada que se acercaba implacable. Un golpe seco y todo terminó. Emma reventó como un frágil huevo. En un gran charco de sangre yacía sin vida, sus ojos, muy abiertos, parecían ávidos de seguir mirando.

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