INTROSPECCIÓN – Rosalver María García Esquilas

Por Rosalver María García Esquilas

Estoy sentada en la sala impersonal de un nuevo psicólogo con la idea de que pueda ayudarme a mitigar el dolor y la ansiedad que me persigue desde que recuerdo. De súbito sentí una punzada en el corazón que me hizo intuir que tampoco en esta ocasión, iba a encontrar lo que buscaba.
La perspectiva de los años me ha llevado a darme cuenta de que la niñez te marca de una manera implacable, tus vivencias si son traumáticas, dejan en tí marcas profundas que no se curan del todo.
Mi vida ha estado compuesta de momentos buenos y momentos malos. Mientras los vivía pensaba que yo era la que elegía y los hechos eran su consecuencia. Pero siempre tuve un sentimiento sordo, continuo, que atenazaba una parte cerca de donde se encuentra el corazón que no me ha soltado hasta ahora.
Es probable que esa cicatriz que sigue doliendo, sea la que me haya dejado mi infancia.
Había nacido en un mal momento. Mi madre tenía que trabajar durísimo y no tenía demasiado tiempo de ocuparse de mí. Según me han contado, estaba siempre en la cuna y observaba desde allí lo que ocurría a mi alrededor y que con nueve meses ya caminaba. Había aprendido yo sola recorriendo los barrotes.
Cuando tenía cuatro años mis padres nos dejaron a mi hermano mayor y a mí, al cuidado de mi abuela paterna, para marcharse a trabajar fuera del pueblo en el que vivíamos, llevándose con ellos a mi hermano pequeño. En casa de mi abuela vivían también mis dos tías.
Probablemente, para mi abuela que se había quedado viuda hacía poco tiempo, fuimos una carga de la que se tuvo que ocupar. A mi hermano mayor lo quería y no lo disimulaba, pero yo no sé por qué, no era de su agrado. Quizás fuera porque le recordaba a mi madre con la que no se llevaba bien.
Yo no sonreía demasiado. Percibía que nadie de mi entorno se fijaba en mí. No recibía muestras de afecto ni de cariño, aunque tampoco las demandaba. Estaba atendida y cuidada, pero eso era todo.
En el colegio destacaba por encima de las niñas de mi curso, aunque era un año más pequeña. Tuve amigas, pero tampoco me sentía muy integrada, ya que a veces me ignoraban y no contaban conmigo cuando quedaban. Pasaba los días con la única ilusión de volver a estar con mis padres. Los años de mi infancia se me hicieron eternos. También recuerdo el agujero en la zona del corazón que siempre estaba vacío.
De aquellos años tengo un recuerdo muy vívido, como si aún estuviera ahí. Era cerca de primavera, se produjo un evento muy importante. Iban a llegar al pueblo un grupo numeroso de misioneros y el alcalde y el párroco organizaron grandes fiestas para darles la bienvenida. Se estaban preparando carrozas donde los niños representamos las diferentes culturas. A mí me tocó ir de india americana. Mi hermano mayor tenía que ir de virrey.
Llegué emocionada contándole a mi abuela el disfraz que tenía que llevar. Faltaban 15 días para la fiesta. Mi abuela y mis tías se pusieron manos a la obra a confeccionar el disfraz de mi hermano, un jubón con pasamanería y un tocado con plumas muy vistoso, además de las polainas. Se lo probaban y se lo ajustaban hasta que quedó perfecto. Yo veía que la fecha se acercaba y que de mi disfraz no se ocupaba nadie y cuando preguntaba me decían que ya lo harían. El día anterior supe que no daría tiempo a realizarlo. Por la noche se les ocurrió que una colcha podría servir. Me rodearon con ella, me colocaron una cinta de colores en la cabeza y unas plumas de colores. Así fui a la fiesta. Yo me encontraba guapa. Lo increíble fue que llamé la atención de los misioneros y todos se fijaron en mí. El universo tuvo un gesto de compasión. Aunque estaba radiante y contenta, en mi corazón quedó el sufrimiento de aquellos días.
Han pasado muchos años y muchas vicisitudes, pero el sufrimiento de abandono y de vacío de lo vivido, nunca me han abandonado. Me he acostumbrado y me he protegido no sintiendo demasiado, no dando demasiado y no comprometiéndome en exceso. He amado y me han amado, he fracasado y he vuelto a amar.
Lo que ha llenado mi vida durante los años que han vivido conmigo, han sido mis tres hijos, hasta que han comenzado a buscar su propio camino.
Vuelvo a estar sola y todo lo que creía superado ha regresado a mí con una fuerza y virulencia para lo que no estaba preparada. Ese dolor intenso se ha recrudecido.
Es por eso que, después de intentar superarlo sola y no conseguirlo, he buscado ayuda en terapia convencional, acudiendo a varios psicólogos y he seguido distintos métodos de autoayuda.
Por eso me encuentro en la consulta de este psicólogo prestigioso que me ha recomendado una amiga, con la ilusión de que surja el milagro y consiga la paz deseada.
Mi pensamiento gira en torno a estas preguntas: ¿No venimos a este mundo buscando el amor y la felicidad? ¿Cómo se puede vivir entonces si desde el primer recuerdo que tienes ninguna de las personas que te rodean te miran ni dan muestras de que te quieren? ¿Qué puede pensar un niño pequeño? Es probable que crea que es el culpable de que eso suceda. Entonces esa personita va creciendo con la carencia de que su familia, para la que debería ser lo más valioso, no le ha enseñado a querer ni a recibir amor, ni a que exprese sus sentimientos con seguridad. Se sabe que es un aprendizaje como hablar o montar en bici. ¿Cómo iba a estar preparada para amar? ¿Qué pude enseñarles a mis propios hijos? Me angustia la idea de que, por esa incapacidad de mostrar amor, les haya transmitido carencias que a su vez sufran.
Creo que me buscan porque me necesitan, pero no para refugiarse en mí, como lo harían con una madre cariñosa.
Todo esto me lleva a pensamientos negativos y me planteo que mi vida no ha merecido la pena. Demasiada lucha para encontrarme donde empecé.
—Julia Martín — la enfermera me llama por mi nombre. Entro en un amplio despacho decorado con mucho gusto. Me siento frente a un hombre de unos cincuenta años muy atractivo y con gran presencia. Esto me hace percibirme pequeña, muy pequeña. Ya sé que no puede ayudarme.
Como sigo buscando ayuda, una amiga me habla de una profesora de yoga que a ella le ha cambiado la vida. Me siento tan mal y tan triste que pienso que nada pierdo por probar y decido apuntarme a sus clases.
Al principio noto el mismo rechazo que cada vez que intento alguna nueva disciplina física. Imposible superar el periodo de tres meses. Ese es mi límite.
Este rechazo me hace pensar que se repetirá mi abandono. No obstante, decido seguir y se lo comento a Marga, mi profesora de yoga, que me dice que vaya paso a paso y que me dé una oportunidad.
Han transcurrido nueve meses. He comenzado a experimentar nuevas sensaciones y que la conexión cuerpo-mente-espíritu, filosofía del yoga, comienza a dar sus frutos y me siento mejor. Me concentro y duermo más, mi cuerpo está más flexible y ha desaparecido mi dolor de espalda y aunque muchos días tengo que hacer un esfuerzo para ir a las clases, no me he perdido ni una.
En el comienzo del nuevo año, Marga nos dice que va a iniciar un programa para activar y desbloquear los campos energéticos, a través de los chakras. En cada clase se centrará en un chakra. Yo no tengo ni idea de lo que significa.
Me explica que los chakras son vórtices energéticos de nuestro cuerpo a través de los cuales fluye nuestra energía vital. Cada uno de los siete chakras está relacionado con un aspecto de nuestro ser e influyen tanto en el plano físico, como el mental y el emocional. Por eso, es importante que estén en perfecto equilibrio.
En la primera clase realizamos ejercicios y meditaciones, nos guía para desbloquear y activar el primer chakra o chakra raíz que se encuentra en el comienzo de nuestra columna. Es el que está conectado con el elemento tierra y se relaciona con la vitalidad y la supervivencia. La emoción que bloquea es el odio o el rechazo por tu cuerpo, al igual que la sensación de ser insuficiente, o los problemas con la familia.
Al día siguiente y a lo largo de toda la semana, me venían recuerdos y revivía situaciones pasadas que removían dentro de mí experiencias que había olvidado. Estuve revuelta y a veces tenía ganas de llorar.
Lo comenté con Marga y me dijo que era normal, e indicaba que la energía de esa zona estaba bloqueada y había empezado a moverse.
Tocaba desbloquear el segundo chakra, el sacral. Situado debajo del ombligo, está relacionado con toda clase de procesos psicológicos y mentales como las emociones, el placer, la creatividad o la necesidad de socializar. El bloqueo se manifiesta cuando hay problemas en las relaciones íntimas, impidiéndonos conectar con las emociones propias y por tanto, con las ajenas.
Toda la semana me encontré fatal, la tristeza y la ansiedad se acrecentaron y seguía teniendo recuerdos muy vívidos de mis experiencias de la infancia y muchas de las acontecidas a lo largo de mi vida. Me sentía mal, pero era capaz de afrontar los recuerdos y no huir de ellos, los rememoraba sin sentirme culpable y podía percibir que podía ser el comienzo de un proceso de sanación.
Cuando lo hablé con Marga me dijo que lo que me estaba ocurriendo era buenísimo, ya que los bloqueos que había tenido quizás durante toda mi vida comenzaban a sanar y a activar y equilibrar los campos energéticos que son los que hacen que tengamos una vida plena.
Iniciamos el desbloqueo del tercer chakra al que se conoce como plexo solar, situado por encima del ombligo. Se considera el centro de energía que nos permite pasar a la acción y que confiemos en nosotros mismos. El bloqueo de este chakra puede hacerte sentir ansiosa e insegura.
Todo comienza a tener sentido y cada día mis emociones están más a flor de piel. Paso de la tristeza a la alegría, a la euforia y otra vez a la tristeza. Mi mundo se ha llenado de pronto de todas las emociones contenidas que había bloqueado durante tanto tiempo.
Llegamos al quinto chakra conocido como el del corazón y que se halla situado en el centro del pecho. Se asocia a la capacidad de amar y de abrirnos a la vida. Este chakra es esencial para que podamos sentirnos conectados con lo que nos rodea a través del inquebrantable vínculo del amor.
Esa semana fue la más emotiva y alucinante que recuerdo. Todo eran emociones fuertes que me han llevado al llanto a cada paso, sin poder contenerlo. He llorado y llorado sin límite el tiempo que he necesitado. Cuando llegó el fin de semana me encontraba exhausta, pero dentro de mí descubrí una paz desconocida. Era como si me hubiera vaciado completamente del peso que llevaba soportando tantos años.
Marga me dijo que los bloqueos que yo tenía eran totales y por eso había sufrido una transformación tan gigante. La mayoría de las personas suelen estar desajustadas y no pasan por lo mismo.
Me aconsejó que meditara cada día para mantener lo logrado y acrecentarlo.
Tengo sesenta años, pero sé que no es tarde para disfrutar de todo lo que me queda por descubrir. Estoy muy agradecida y satisfecha de haber descubierto este mundo maravilloso y desconocido que es el yoga y de sentir lo que siento y de haber llegado a este punto de mi vida que me ha sorprendido.
Me encantaría poder ayudar a personas a las que les ocurre lo mismo y que siguen dentro de la niebla que las envuelve y no las deja ver con claridad. Porque realmente esto sí ha significado un cambio en mi vida.

 

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