LA ABUELA FEDERICA

Por Mari Sol García de la Rica

– ¡No, no y no! -volvió a repetir la niña, esta vez a gritos-. He dicho que no me voy a comer las lentejas, ni ese apestoso pescado que huele a sardinas. ¡Qué asco! – Y rompió a llorar, hipando y haciendo unos ruidos como si le faltase la respiración.

– Está bien -contestó la madre, aparentando que se daba por vencida-, si no quieres comer, no comas. Ya te puedes ir al colegio- y, como si acabase de recordar algo, dijo-: ¡Ah!, antes de irte al colegio, recoge las cosas que has dejado tiradas en tu habitación.

– Hip. ¿Cómo voy a … hip… a ir al colegio … hip… sin comer? – preguntó la niña-. Dame el postre o, al menos, un trozo de pan – insistió entre hipos.

– Lo siento, no hay nada más – respondió la madre con dureza –. ¿Ves lo que has hecho? Ya has conseguido despertar al bebé, tengo que ir a atenderle. – Y dándose la vuelta se dirigió hacia el dormitorio dejándola plantada con su rabieta.

En cuanto se encontró sola, Erica dejó de llorar. Total, ¿de qué serviría seguir con la pataleta si nadie la escuchaba?

Aunque todos la llamaban Erica, éste era solo un diminutivo. Su nombre real era Federica, nombre que le habían puesto en honor de su abuela paterna, a la que no había llegado a conocer. Cada vez que se enfadaba, Erica renegaba de ambas cosas, de su nombre y de su abuela. Y esta vez no podía ser de otra forma.

– Maldita abuela -dijo bien alto, asegurándose de que pudieran oírla-. ¿Por qué te pusieron ese nombre tan horrible? ¿Por qué tenían que ponérmelo a mí? ¡Ojalá hubiese nacido en otra familia!

Repasó mentalmente su situación. Acababa de cumplir 11 años y hasta entonces había sido una niña feliz, sacaba unas notas estupendas en el colegio y sus papás la colmaban de mimos. Pero desde hacía unos meses, cuando había nacido su pequeño hermanito, su vida había dado un vuelco. Sus padres habían dejado de quererla y toda su atención la centraban en el bebé.

En el colegio las cosas no iban mejor. Siempre estaba distraída y no hacia los deberes o los entregaba tarde, por lo que su profesora la había reñido en varias ocasiones y amenazado con hablar con sus papás si no cambiaba de actitud. ¿Bueno, y qué?, pensaba Erica. A ellos ya no les importo nada.

Por el contrario, a su amiguita Rosana le acababan de regalar sus papás una bicicleta como premio por sus buenas notas. Ella también hubiera querido tener una bicicleta, pero sus padres no se lo podían permitir ahora que tenían tantos gastos con el bebé. ¡Maldito bebé!

Fue hasta su habitación y de mala gana recogió las cosas que estaban tiradas por el suelo, guardándolas de cualquier manera en los cajones. Después cogió su mochila con los libros y dando un portazo se marchó de su casa.

Vivía a las afueras de un pueblecito, en una linda casa de madera, de dos plantas. Parecía una casita de cuentos de hadas. Tenía un pequeño jardín lleno de flores y hasta un columpio. Su papá había trabajado muchas horas para comprarla y Erica creía estar en el paraíso cuando se mudaron allí. Ahora, sin embargo, ya no la gustaba porque para ir al colegio tenía que andar un gran trecho, por lo que siempre iba malhumorada.

En su camino al colegio, hoy más enfadada que de costumbre, llegó hasta la tienda de modas que habían abierto recientemente en la calle principal del pueblo. Se detuvo un momento y se quedó mirando a la maniquí que dedicaba su sonrisa feliz a todos los que se paraban ante el escaparate. Era preciosa, arreglada como para ir de fiesta, con su traje azul eléctrico y sus zapatos de tacón alto. Llevaba un pañuelo de colores en el cuello. Su melena rubia hacía juego con su bonita cara, de grandes ojos azules y labios rojos.

¡Qué envidia! Si pudiera me cambiaría por ti, pensó, y se miró con sus coletas despeinadas y su uniforme gris, tan feo y aburrido. Y, de mala gana, continuó andando.

Aquella noche volvió a discutir con su madre. Le había vuelto a poner las lentejas y el pescado. ¿Cómo podían hacerle eso?  Otra vez igual, se fue a su habitación enfadada y sin cenar.

¡Ay, qué triste y hambrienta estaba!

Volvió a su mente la imagen de la maniquí. En aquel momento deseaba más que nunca cambiarse por ella. Su madre decía que cuando deseas una cosa con mucha fuerza, tus deseos pueden convertirse en realidad. Así que se concentró muy intensamente y pidió ser la maniquí del escaparate.

De repente, sintió un estremecimiento. Delante de ella se había formado un remolino que se fue transformando en una figura humana. En breves momentos distinguió a una anciana señora que la miraba fijamente. Se asustó tanto que se quedó encogida y sintió cómo su pelo se erizaba como si fuese un gatito ante un inminente peligro.

Sin embargo, la cara de la anciana reflejaba bondad y le dedicó una amplia sonrisa, lo que sirvió para tranquilizarla algo, aunque no completamente.

-Hola, Erica –dijo la anciana–, soy tu abuela Federica y aunque por lo que he podido ver no me quieres nada, he venido porque creo que necesitas mi ayuda.

La niña casi no podía ni hablar del susto y no terminaba de creerse lo que veía.

– ¿Entonces, eres un fantasma? -preguntó en voz muy baja, todavía confusa.

– Sí, claro que soy un fantasma -respondió la anciana-. Pero no te asustes. Me he quedado cerca de vosotros para cuidaros, especialmente a ti. Al fin y al cabo, eres mi nieta. –  Hizo una pausa meditando lo que iba a decir a continuación y añadió-: Por eso he decidido concederte un deseo. Pero piensa muy bien lo que quieres porque después no podrás volverte atrás.

Erica no estaba muy convencida, pero no perdía nada por probar.

-Me siento muy desgraciada – susurró con un hilo de voz –. No me gusta vivir en esta casa y quisiera ser la maniquí del escaparate.

– ¿Por qué? – preguntó la anciana.

– Porque es guapa y feliz, siempre va a la moda y todo el mundo la admira. Además, no tiene que hacer deberes, ni comer lentejas, ni aguantar a nadie – respondió la niña.

– ¿Estás segura de que eso es lo que deseas? – le preguntó la abuela-. ¿No será que estás hambrienta y enfadada?

Por un momento pasó por la cabeza de la niña que en realidad quería vengarse de sus padres por el poco caso que le hacían últimamente, pero nunca lo hubiese reconocido ante nadie y menos, por supuesto, ante su abuela.

– Estoy segura -dijo lo más firme que pudo, aunque no estaba nada convencida.

– ¡Pues sea! -sentenció la anciana -. ¡Que tus deseos se cumplan!

En ese momento Erica desapareció y se convirtió en la maniquí. Ante ella se abría un mundo lleno de grandes aventuras. Empezó a soñar con su nueva vida. Todo el mundo la admiraría, tendría muchos pretendientes, elegiría al mejor de todos y se casaría con él. Viajarían por todo el mundo, irían a fiestas, conocerían a toda la gente importante. Cuando fueran muy mayores, se instalarían en una bonita casa y allí vivirían tranquilos y felices para siempre. Y así siguió y siguió soñando.

Pasó el tiempo y de repente se dio cuenta de lo cansada que estaba. Llevaba un buen rato de pie y cuando trató de sentarse notó que no podía hacerlo. Realmente no podía moverse. Trató de gritar y pedir ayuda, pero de su boca no salían las palabras. El pánico empezó a apoderarse de ella.

Nada era como había imaginado.  Había leído cuentos en que los muñecos cobraban vida y llevaban a cabo grandes hazañas o vivían historias maravillosas, pero ella era sólo una niña encerrada en el cuerpo de una gran muñeca de cartón-piedra, a la que no podía dar vida. Todos sus sueños se derrumbaron en un momento como un castillo de arena.

Ya estaba amaneciendo. Las luces de la calle y de las casas se empezaban a apagar.  Vio pasar a un mendigo con un perro. Se sentaron al otro lado de la calle y compartieron un mendrugo de pan. ¡Ah, cómo se hubiera cambiado por ellos! ¡Qué felices eran con lo poco que tenían! Se sintió muy hambrienta. Hubiera dado cualquier cosa por el mendrugo e incluso por un plato de lentejas.

Después empezó a pasar mucha gente. Durante un momento vio a sus padres, que la estaban buscando. Su madre, angustiada, preguntaba a todo el mundo si había visto a su hijita. La llamaba a gritos.

Erica quería contestarle desde detrás del escaparate. Intentó gritar, pero ¿cómo hacerlo, cuando ni siquiera podía hablar? Estaba tan, tan triste, que hubiera pasado todo el día llorando, pero tampoco tenía lágrimas. Seguía con aquella sonrisa tonta y vacía de maniquí. Entonces se dio cuenta de lo ingrata, egoísta e injusta que había sido. Su arrepentimiento hizo que sintiera una congoja tan grande que pensó que se iba a ahogar.

Llamó a su abuela. Le pidió, rogó, suplicó de todas las formas posibles que la volviera a su anterior situación. No pasó nada. De repente escuchó una voz que decía “tendrás que encontrar la solución por ti misma”.

Erica pensó y pensó. ¿Cómo encontrar la manera de salir de aquel cuerpo de muñeca? No sabía qué hacer y dijo todas las palabras mágicas que se le ocurrieron:

“Abracadabra”, “Birlibirloque”, “Supercalifrágilistico-espidálidoso”

También inventó frases mágicas para romper hechizos:

“Zampabollos manduca pequeñas piñas, que me convierta en una niña”

“Pampiroladas, chiquilicuatros, sacarme de dentro de estos zapatos”

Y otras parecidas, pero nada funcionó.

Harta ya de probar cosas que no daban resultado, ideó otro método. Empleó toda su fuerza para intentar moverse. Al principio no notó nada, pero al poco empezó a balancearse hacia un lado y otro, cada vez con más fuerza, hasta que llegó un momento en que, “Crash, crash, catacrash”, se cayó con gran estrépito. Notó claramente cómo se rompía en pedazos. ¡Ay, ay! ¡Qué daño!

Tenía miedo de abrir los ojos, pero debía hacerlo para ver cómo había quedado. Creía que se vería en muy mal estado, pero cuando abrió los ojos vio, con gran sorpresa, que se encontraba en su habitación, sentada en el suelo, sana y salva. Y lo que era mejor, seguía siendo Erica, la niña de siempre.

Las sábanas estaban revueltas y medio arrastrando. Tardó un buen rato en recuperarse de la impresión y comprender que había tenido una horrible pesadilla y, con todo el movimiento, se había caído de la cama. ¡Qué alegría tan inmensa sintió de estar en su casa, con su familia!

Como ya era casi de día, decidió no acostarse y terminar los deberes. Después hizo su cama y recogió cuidadosamente su habitación. Oyó a su madre que la llamaba para que bajara a desayunar y se dispuso a hacerlo.

Justo cuando iba a salir de la habitación, oyó un ruido y tuvo la impresión de que había alguien observándola. Se dio la vuelta y entonces vio en el centro de la habitación a su abuela Federica, que la sonreía con dulzura.

Erica dio un respingo y casi se cayó del susto. Notó que su corazón se paraba y luego volvía a latir muy deprisa. Pensó que iba a morir de miedo.

– Buenos días, Erica – dijo -, no te asustes. Voy a explicarte todo lo que ha pasado. Yo he sido la responsable del sueño que has tenido. Lo he hecho por tu bien, para que aprendieras a valorar las cosas importantes que hay en tu vida. Tu familia, tu casa, tu colegio, la comida que tienes cada día.  Muchos otros niños no tienen tu suerte. También para que sepas cuánto te quieren tus papás. Creo que hoy has aprendido una gran lección y estoy orgullosa de ti.

Erica no daba crédito a lo que veía. Cerró los ojos y se los frotó con mucha fuerza. Sin duda seguía soñando. Pero, al abrirlos, allí seguía su abuela. No era un sueño, por el contrario, estaba bien despierta y continuaba viéndola.

– ¿Cómo es posible que te esté viendo? – preguntó la niña-. Los fantasmas no existen.

– Los fantasmas sí existimos -contestó la abuela-. Algunos se van muy lejos y nunca se vuelve a saber de ellos. Otros se quedan para hacer buenas obras y compensar cosas malas que hayan hecho en su vida. Y otros, como yo, nos quedamos para cuidar de nuestras familias. Es verdad que muy pocas personas tienen un don especial para poder vernos. Pero tú sí tienes ese don.

Dejó de hablar un momento para que Erica pudiera comprender todo lo que estaba pasando.

-Durante algún tiempo – continuó la abuela – me quedaré contigo y aprenderás muchas cosas.   Ahora tienes que bajar, tu madre te está llamando.

Y diciendo esto, desapareció.

Erica bajó a desayunar y abrazó a su madre con mucha fuerza, dándole un montón de besos.

– Buenos días, mamá – dijo -. ¿Sabes que te quiero mucho?

– Yo también a ti – contestó su madre y sonrió -. ¡Eres la reina de mi casa!

– Hoy me voy a comer las lentejas y el pescado- continuó Erica -. También he terminado todos los deberes del cole y he recogido mi habitación.  Ah, y ¿sabes?, me encanta mi nombre: Federica.

La madre estaba realmente pasmada, aunque feliz por el cambio de su hija. ¿Qué mosca le habrá picado?, se preguntó mientras miraba ensimismada la mesa de la cocina.  En ese momento le pareció que alguien le había susurrado algo al oído, aunque seguramente sólo era un pensamiento repentino que acababa de tener: “Para su cumpleaños regalaremos a Erica la bicicleta que tanto desea”.

-Creo que se lo merece –se sorprendió la madre, hablando en voz alta sin darse cuenta. Pero se sorprendió aún más cuando levantó la vista y vio cómo Erica sonreía a alguien imaginario que había en el centro de la sala, a la vez que guiñaba un ojo, haciendo un gesto de victoria.

Ahora Erica tenía un gran secreto y, por delante, una vida llena de emociones.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Juan Alfonso

    Un bonito y educativo cuento. Te transporta a la vida real en los primeros párrafos y luego te sumerge en el mundo de la ilusión.

  2. Marisol Garcia de la Rica

    Muchas gracias Juan Alfonso.
    Esa precisamente es la idea que tengo de los cuentos, que sean educativos principalmente, pero que no falte la ilusión en ellos. No podría esperar un comentario mejor.
    un cordial saludo
    Marisol

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