LA BÚSQUEDA – Maribel Monllor Martínez

Por Maribel Monllor Martínez

Diego Mendoza, más conocido como El Mangante, llevaba semanas haciendo labor de investigación alrededor de la casa menos lujosa del barrio. Era una casa vieja de una única planta, a pesar de encontrarse en un barrio pudiente, se había quedado aislada del resto, rodeada de un jardín descuidado de malas hierbas que habían crecido sin ningún control, sin nadie que lo cuidara. Para apartarla aún más, estaba rodeada por una hilera de setos altos, de forma que desde el exterior no pudiera verse nada de lo que ocurría dentro. Es por eso que Diego El Mangante la había elegido para su próximo robo. Por eso y porque había oído rumores de que en la casa existía una gran habitación cerrada a modo de caja fuerte donde se guardaban las riquezas acumuladas por la familia. Y era ahora, cuando sólo quedaba una única descendiente, el mejor momento para dar el golpe.

Diego Mendoza trabajaba solo, era un joven apuesto de ojos verdes, de cuerpo atlético y muy inteligente. Poca gente lo conocía bien puesto que era un chico solitario. Había aprendido el oficio desde bien pequeño, era el negocio familiar. Su padre fue su maestro y le enseñó hasta el más mínimo detalle para que un robo fuera perfecto. Desde estudiar bien los alrededores hasta abrir una puerta con una horquilla. Cuando Diego fue creciendo se terminó independizando y creó su propia “empresa”. Los viejos trucos y consejos de su padre junto con los conocimientos que fue adquiriendo de las nuevas tecnologías, le convirtieron en uno de los ladrones más efectivos y más buscados a la vez.

Era un hombre de rutinas, salía a correr temprano, intentando mantenerse en forma, a continuación, se dedicaba al trabajo de investigación, para terminar con el trabajo de campo, el que más le gustaba. Había estudiado todas las posibles entradas y salidas de la casa, había levantado un plano aproximado de la planta, así como de sus alrededores y de las casas colindantes, había elaborado un recorrido de entrada y salida, estudiado el tiempo que tenía para escapar antes de que llegara la policía en caso de que lo descubrieran. Todo eso como primer paso, a continuación, estudió al vecindario, preguntó a algunos vecinos cómo era el barrio haciéndose pasar por un joven médico que busca casa para mudarse allí:

—Buenas tardes, acabo de empezar a trabajar en el Hospital del Carmen y estaba pensando en alquilar una casa en esta zona —preguntó Diego a un señor mayor que cuida de su pequeño jardín cerca de la casa en la que pretendía robar.

—Buenas tardes joven —dijo el señor—, ¿a qué se dedica?

—Soy médico traumatólogo.

—Ah, muy buena profesión, pues seguro que puede permitirse entonces vivir por aquí. Esta es una zona muy tranquila. ¿Tiene usted hijos?

—No, aún no —dijo Diego Mendoza.

—Pues si le gusta el silencio y la intimidad, está en el lugar perfecto. Aquí la mayoría somos jubilados que buscamos nuestro espacio, lejos del mundo frenético del centro de la ciudad — dijo el señor.

—¿Sabe si se alquila aquella casa vieja? —preguntó El Mangante— Sería perfecta para mí.

—Esa casa tiene mucho trabajo, pero no, no se alquila, ahí vive doña Jimena, es una señora muy reservada y con pocos amigos. No se la recomiendo. Pero dos calles más abajo se alquila un bonito dúplex, puede pasar y preguntar por don José, dígale que va de parte de Emilio.

—Muchas gracias don Emilio, espero verle pronto —dijo Diego.

—De nada, doctor…

 

Pero don Emilio se quedó esperando el nombre del doctor, puesto que Diego ya había iniciado la marcha y se despedía levantando efusivamente la mano, haciendo como que no oyó la última frase. Así confirmó El Mangante que la casa estaba habitada por una sola persona, doña Jimena, a la cual se dispuso a vigilar día y noche para conocer a fondo sus rutinas.

Doña Jimena era una señora de unos setenta y pico años, pero muy bien conservada. Preservaba una buena salud, se le notaba en su físico, el cual aparentaba unos diez o quince años menos de los que tenía realmente, lo único que la delataba era su pelo cano y su forma de vestir, algo anticuada, aunque siempre utilizaba pantalones y zapato cómodo. Tal y como advirtió el vecino, era una persona muy discreta, poco se sabía de ella, a parte de su aspecto físico y de su carácter duro y algo antipático. Diego Mendoza había estudiado su día a día y había concluido, para su fortuna, que era muy monótono.

La veía todos los días salir al jardín alrededor de las diez de la mañana, recogía el periódico que le echaba el repartidor desde su bici hacia su jardín y se sentaba en el porche a leerlo. Cuando terminaba, entraba y volvía a salir unos quince minutos después con una rebeca de punto puesta, su bolso al hombro y un carro de la compra para regresar una hora después con él más o menos lleno dependiendo de lo que iba a cocinar ese día y por el olor que le llegaba a su puesto de control todas las mañanas, debía de ser muy buena cocinera. Después de eso no volvía a salir hasta las cuatro en punto de la tarde para tomarse un té, de nuevo sentada en su porche leyendo, esta vez, un libro. Se daba una vuelta por la parte del jardín que era transitable y volvía a meterse en su casa cuando bajaba el sol, sobre las seis de la tarde para no volver a salir hasta el día siguiente.

Diego El Mangante hubiera preferido que doña Jimena saliera alguna noche, pero eso no iba a ocurrir, así que tendría que entrar en la casa estando la vieja en su interior. Eso no era problema para él, era un chico habilidoso y muy silencioso si se lo proponía, pero tendría que ser mucho más cuidadoso. Se consideraba un ladrón de guante blanco, pero si tenía que utilizar la fuerza lo haría sin pestañear para salvar su culo, aunque ese no fuera su estilo. Así que, decidido a entrar por la noche, y para evitar usar una linterna que lo pudiera delatar, esperó a que hubiera luna llena, la cual iluminaría el interior de la casa a través de los grandes ventanales.

Llegó la noche esperada y ataviado con sus ropas negras y cómodas, Diego El Mangante esperó agazapado entre los setos altos que delimitaban la parcela, a que doña Jimena apagara las luces de su habitación, indicación de que por fin se iba a dormir. Esperó media hora más antes de entrar, para asegurarse de que había conciliado el sueño.

Diego, con sus dotes sigilosas y su arte para abrir puertas, accedió a la casa por la entrada trasera y se dispuso a estudiar su interior, moviéndose como un gato entre los pasillos de la casa. Sabía en cuál de las habitaciones dormía la vieja, pero no sabía qué había en las demás, así que poco a poco, fue abriendo estancias, detectando la cocina en primer lugar, a continuación, un gran salón donde ni siquiera se paró a analizar si había algo de valor que pudiera llevarse. Su objetivo estaba claro, encontrar la habitación secreta. Así que continuó por el pasillo, dejando a un lado la habitación de doña Jimena y al otro un dormitorio de invitados. Le quedaban dos puertas hasta llegar a la entrada principal de la casa, una era el baño y la otra tendría que ser la habitación que estaba buscando. Pero para su asombro, al girar el pomo de la puerta, estaba abierta y lo que había a continuación eran unas escaleras que bajaban hacia un sótano.

No había tenido que utilizar la linterna hasta ahora, pero había llegado el momento. Bajó los dos primeros escalones, cerró la puerta tras de sí y encendió la linterna. Empezó a bajar, notando cada vez más fuerte un hedor mezcla entre humedad y podredumbre. Cuando llegó al final de la escalera se topó con otra puerta que, esta vez sí, estaba cerrada. ¡Bingo! pensó, la encontró. Y se dispuso a abrirla con la misma destreza con que abrió la puerta de entrada. No fue difícil, lo que le extrañó en un principio, pero pensó que seguramente dentro habría alguna caja fuerte. Abrió completamente la puerta, cogió la linterna e iluminó su interior, pero lo que vio allí dentro no era precisamente una caja fuerte, ni joyas ni riquezas. El Mangante, aún con su cuerpo ágil y atlético, no pudo ni siquiera reaccionar ante semejante mole humana. Aquel monstruo se le echó encima en un abrir y cerrar de ojos.

Edgar, que así se llamaba, nació hace 54 años en la misma casa donde lo encontró Diego Mendoza. Jimena, que entonces no era doña, daba a luz entre sudores y gemidos, a una criatura prematura y deforme. Cuando su padre lo cogió en brazos y lo vio, lo envolvió entre unas mantas, se lo dio a su madre, dio media vuelta, salió por la puerta y nunca más se supo de él. Edgar creció escondido en esa casa porque su madre tenía miedo de que al verlo la gente se asustara y le hiciera daño, pero nada más lejos de la realidad. Tras varias desapariciones de algunas de las mascotas de los vecinos y al descubrir que fue Edgar el que, aparentemente jugando, los terminaba matando, fue la gente la que empezó a temerle. Doña Jimena decía que eran cosas de chiquillos, pero cuando el que desapareció fue un recién nacido del barrio, la cosa cambió. Por mucho que le duela a una madre, no le quedó más remedio que encerrar a su hijo de por vida, para que nunca más le hiciera daño a nadie o eso creía ella. Edgar, aunque encerrado en la casa, podía salir al jardín cuando su madre estaba presente, por lo que siguió cazando seres vivos que por allí pasaban. No solo los cazaba, sino que se los comía. Su madre se dio cuenta de ello, por lo que cada vez le ponía más comida, más carne, era lo que su hijo demandaba y ella se los cocinaba para evitar que se los comiera crudos.

Edgar se hizo mayor y su necesidad de carne aumentó, doña Jimena tenía que comprar cerdos enteros vivos, los mataba en su casa y se los cocinaba a su hijo, pero a él le gustaba más matarlos y comérselos a su gusto. Cuando doña Jimena vio que aquello se le empezaba a ir de las manos, decidió encerrarlo en el sótano. Y allí ha permanecido todo este tiempo, sin poder cazar, aunque seguía deleitándose con los animales vivos que su madre le traía. Hasta la noche de luna llena en la que Diego Mendoza lo descubrió entre orines y huesos de animales muertos.

Tras aquella noche y como de costumbre, doña Jimena salió puntual por la mañana ataviada con su rebeca de punto y su bolso al hombro, fue al mercado y cargó su carro de la compra con verduras y hortalizas para cocinar el guiso de carne que tanto le gustaba.

Don Emilio no volvió a ver al “doctor” por allí, debió mudarse a otro barrio. Sin embargo, estuvo oliendo a guiso de carne durante un mes entero, se ve que a doña Jimena se le habían acabado las ideas para cocinar.

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. Domingo

    Me encanta Maribel, quiero más 🥰🥰

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