LA CARAYALA

Por Ángeles Ibarra Mendiola

 Layka yergue las orejas atenta y, como cada noche a esa hora, empieza a mover la cola y a ladrar con gran alegría. Encarnita apaga el fogón en el preciso instante en que escucha cómo se introduce una llave en la cerradura de la casa. Su marido ya está aquí y todo debe estar en orden para su cena: el salero, la ensalada, su servilleta de tela marrón con flecos anudada por el centro, los cubiertos, la jarra con agua, el vaso y, cómo no, el plato de cocido de mediodía a la temperatura exacta. Tomás entra en casa y evita con un rudo gesto a la perrita que trata de llamar su atención. Se saca su gorra, se lava las manos y se sienta. Su mirada recorre la mesa e increpa a su mujer:

-¡Brrrr! ¡Chiquilla, el pan!

 

Y su mujer, veloz a pesar de su artrosis de cadera y cansada de su jornada laboral y familiar, le acerca el pan. Ella no se enfada por el grito, sabe que ésta es la primera y única comida caliente que él se lleva a la boca cada día. Su marido está exhausto después de recorrer más de veinte kilómetros sobre la abrasadora arena de las playas alicantinas vendiendo lotería nacional en pleno mes de agosto. Su vida, desde hace unos años, se reduce a viajar en autobús diariamente, fines de semana incluidos, hacia la playa de San Juan y la del Postiguet para recorrerlas por completo, mientras el sol le produce quemaduras en su vitíligo nunca diagnosticado por ningún doctor. Ya no es un jovenzuelo y el trabajo cada día le resulta más agotador, y por eso, sin decirlo, él sólo quiere que todo esté en su punto cuando cada noche llega a casa cansado y hambriento…

 

[Hambriento. Así estaba siempre cuando era un niño, buscando comida por doquier, y viendo cómo su madre utilizaba las pieles de habas y de patatas para obtener un caldo caliente para que él y sus hermanos, que llegaron a ser diez, pudieran acallar el hambre diaria. Tomás nació en tiempos de la II República. La Guerra Civil española estalló cuando él tenía cuatro años. Pocos momentos felices de su niñez guardaba como un tesoro en su memoria, como aquel día del verano de 1944 cuando el padre los llevó a todos a la playa en un carro prestado, y otro día en que su hermano Manolo, mientras le pedía a Dios un milagro, encontró un duro de papel con el que adquirir algo de comer para todos.]

 

 

 

Una vez acaba de cenar, prende un Ducados, se hunde en su sillón y ajusta al alza el volumen del televisor (sabe que se está quedando sordo, pero no lo quiere reconocer) mientras su esposa recoge los restos de la cena y le prepara su tazón de leche exactamente en su punto de ebullición y con tres cucharadas colmadas de azúcar. Se la toma muy caliente, como cada noche, junto a una pastilla de Coralén para su úlcera de estómago. Y al poco, se sube a dormir a su habitación. Mañana le espera otro duro día…

 

 

 

[Dormir pronto y levantarse muy temprano, como siempre había hecho en sus años de infancia y después en su juventud, dedicada totalmente a la tierra. Realmente su vida no fue nada fácil. En su casa nunca dispusieron de lujos; sentir hambre y frío era lo habitual. El paso de la guerra y la posguerra fue especialmente cruel con ellos. Su padre fue reclutado para luchar en los años que duró la guerra abandonando a su gran familia, sin poder asistirlos en sus miedos, el hambre y las penurias. Cuando la

 

contienda terminó, y él volvió a casa, su mujer acababa de tener un bebé y la comadrona de la familia, la tía Tula, le dio la noticia de que era una niña, Angelita. Jaime sólo pudo contemplarla durante unos instantes antes de que llamaran a la puerta y se lo llevaran preso, sin ninguna explicación ni motivo. De nuevo dejaba a su mujer sola con todos los pequeños, sumida en la pobreza, la soledad y la tristeza, en la querida casa familiar, La Carayala. Tiempo después, cuando finalmente salió de la cárcel, regresó ya enfermo de gravedad. Aun así su mujer volvió a quedar embarazada del último de sus hijos, Pascual. Pero la muerte no tardó en hacer acto de presencia y la tuberculosis le robó la vida a Jaime a los cuarenta y siete años, en el año 1945, dejando sin consuelo a su familia, la cual contaba ya con dos bebés fallecidos debido a la meningitis: uno de pocos meses, Pepe, y una niña de apenas dos años, Lumi. Al poco tiempo, sobrevino otra desgracia en la familia de Tomás. A Ángela, su madre, el alma de la casa, le diagnosticaron un cáncer. Tomás era quien le curaba las heridas de sus pechos ulcerados y purulentos, con todo el cariño del que era capaz de demostrar un chaval de apenas quince años. La mayor preocupación de la madre ante su inminente muerte era el destino que les esperaría a sus hijos cuando ella ya no estuviera. Por eso antes de morir les pidió a su única hermana y a su cuñado que se hicieran cargo de toda su prole. En el año 1947, en plena posguerra, pedir un favor así era casi imposible de cumplir. Este matrimonio tenía ya cinco hijos propios, era impensable que se pudieran quedar con ocho más, y dos de ellos, los más mayores, enfermos. Poco tiempo después, con tan solo cuarenta y cinco años, la madre murió. Tras la muerte de la matriarca, los tíos tomaron las decisiones que pensaron eran más acertadas. Enviaron a los chicos mayores sanos, Tomás y Manolo, a trabajar la tierra de unos familiares que solamente contaban con hijas. Fue allí donde Tomás comenzó la relación con la tierra que le acompañaría tantos años de su vida. A las  niñas Rosa y Carmen las

 

dejaron en casas donde pudieran ayudar o servir. Y los más pequeños, Angelita y Pascual, se quedaron con familiares o conocidos que realmente se pudieran hacer cargo de ellos. Los dos hermanos enfermos, Jaime y Pepe, permanecieron con los tíos.

Ambos murieron de tuberculosis poco tiempo después, queriendo la casualidad que lo hicieran los dos a los veintidós años.]

Tomás, ya arriba en la habitación y, como cada noche, sin que le vea nadie, se extrae su ojo de cristal y lo introduce en el vaso de agua que tiene en su mesilla. Este esférico objeto provocaba muchas pesadillas a su hija menor cuando era una niña, quien nunca se atrevía a mirarlo directamente…

[El temido ojo de cristal supuso realmente un gran trauma para él y marcó un antes y un después en su vida… Tras más de diez años de trabajar las tierras de sus familiares, Tomás conoció a la que sería su mujer. El noviazgo empezó cuando fue, en una bicicleta prestada y acompañado por su hermano, a la feria que se montaba con motivo de la celebración de las fiestas de San Cayetano en un pueblo cercano, donde ella vivía.

Allí la vio por primera vez y empezó el noviazgo. Cuando se casaron, un año después, en 1956, él se fue al pueblo de ella, ya que allí dispondrían de casa propia y de un negocio familiar, un quiosco, del cual Encarnita se hacía cargo. Tuvieron cinco hijos y todo iba bien hasta que Tomás sufrió un desafortunado accidente en un ojo en la fábrica de alfombras donde trabajaba. Le diagnosticaron de manera incorrecta primeramente y, tras una gran cantidad de curas y medicación administrada sin éxito, decidió ir a Barcelona a consultar a un renombrado oftalmólogo, conocido en toda España. Pero ya era demasiado tarde y solo quedaba la opción de extirparle el ojo dañado, colocándole en su lugar uno de cristal.]

 

Al día siguiente es el veintitrés de agosto, día en que su querida hermana Rosa celebra su onomástica y corresponde llamarla por teléfono, igual que en el día de su cumpleaños y en el día de Navidad. Los hijos siempre sienten algo de vergüenza cuando deben hablar con ella, pero la tía es muy bromista y al final la charla telefónica se vuelve amena. La tía Rosa es monja, y desde que ingresó siendo casi una niña en la Orden de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados está de hogar en hogar, a lo largo y ancho de la geografía española…

 

 

 

[La tía Rosa, la tía monja. ¡Esto hacía que Dios fuera el “tío” de sus cinco hijos!

 

Desde siempre ellos habían escuchado a su padre referirse a Dios como su “cuñado”, aunque no se acercara para nada a la iglesia. Y la hija pequeña, que sí era muy creyente, presumía de este ”tío” delante de sus amigos y amigas, y se sentía especial.

La tía Rosa era voluntaria en un hogar en el que las monjitas cuidaban a los ancianos desamparados y quedó prendada de su trabajo, y por eso no sorprendió al resto de los hermanos su decisión de ser monja pocos años después de que su madre muriera. Ella ha sido uno de los motivos de que la familia se reuniera en varias ocasiones. Como solamente salía del hogar una vez cada siete años, hubo varios viajes familiares para visitarla a Sevilla, Córdoba, Valencia…Y cuando ella volvía a casa con un permiso lo celebraban con una gran comida familiar. Durante su infancia, la hija pequeña de

Tomás siempre pensó que su tía tenía la toca pegada a la frente con un clavo, como las manos y los pies de Cristo en el madero…]

 

 

 

Pensándolo bien, Tomás se ha preocupado más bien poco de mantener el contacto familiar, siempre ha sido un hombre muy solitario y poco hablador. Son sus

 

hermanas y hermanos los que le han visitado cuando ha surgido la ocasión. No disponer de coche propio le servía, quizás, como excusa para no realizar estas visitas él mismo. Esto de no tener vehículo era un tema de burla entre los compañeros del colegio de la hija pequeña, además de que también les extrañaba que tuviera un padre tan mayor (él tenía 41 años cuando ella nació) y, además, cada vez que venía un circo al pueblo, los niños contaban que le veían recoger los excrementos de los animales…

 

 

 

[Animales, cultivos, estiércol… Él era un hombre de la tierra, curtido por la lluvia, el viento y el sol del levante español. Para él supuso un cambio muy grande pasar de una zona rural a vivir en pleno centro de un pueblo cuando se casó, así que pidió a algunos vecinos que le dejaran plantar en sus huertas. Su contacto directo con la tierra también continuó en los veranos, cuando se iba a trabajar en la vendimia francesa. Además, montó en su propia terraza una plantación de tomates, perejil, habas, patatas… Y para esto último necesitaba estiércol, y el del circo era gratis. Esa imagen de su padre caminando por la cuesta de casa cargado con los sacos de excrementos, acompañado del intenso y desagradable olor que dejaba tras de sí después, subiendo las escaleras hacia la terraza, se ha quedado para siempre pegada en la retina y en la pituitaria de la menor de sus hijas, que soy yo.]

 

 

 

Sí, yo soy la hija menor nombrada en el texto, que está descubriendo a su padre nueve años después de su muerte. Tomás, mi padre, el hombre de apariencia seria, era también, y sobre todo, una persona sensible y amable que se convertía en poeta cada Nochevieja, regalándonos unos versos diferentes cada año, con todos sus hijos y nietos sentados a su alrededor.

 

Su característica discreción llegó hasta el extremo de dejar este mundo el día de San Isidro, patrón de los labradores, a los ochenta años para irse con su “cuñado” sin hacer ruido, sin una queja, aunque el cáncer llevara años agotando sus fuerzas.

Este señor de poca visión, con sordera, dedicado a su familia por completo, sacrificado, callado, observador, consiguió con su trabajo constante, una ilusión: ver a sus cinco hijos casados y con trabajo, y que su hija pequeña pudiera terminar unos estudios universitarios.

Ese señor fue mi padre. Ángeles Ibarra Mendiola

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