LA CASA DEL ACANTILADO

Por Magdalena Fernandez

María bajaba las escaleras de piedra, aquellos peldaños que ella construyó años atrás, en la pared oriental del acantilado. Se sentó sobre la arena de la playa, miraba el horizonte. Corría una brisa suave y la tenue luz del amanecer acariciaba su rostro. Lloraba.

Tenía el rostro rosado, lleno de vida, sus ojos oscuros brillaban. Destacaban en su cuerpo los pechos, las piernas y las caderas.

Sentada sobre la arena de la playa, miraba el horizonte. Amanecía. Sintió un ruido lejano. Se giró, al fondo del acantilado vio una silueta de mujer. Era Airam, que se movía entre las rocas.

En lo alto del Acantilado sobresalía la sombra de la gran casa aparecía entre nieblas. La serenidad que sentía María se convirtió en inquietud. Ante la mujer empezó a proyectarse la película que pensaba había olvidado.

Se giró hacía las rocas, la imagen de Ariam, escuálida, se movía torpemente, la imagen le recordó cómo fue ella años atrás. Las rocas parecían una cueva, como aquella en la que María se refugió años atrás cuando huía.

María quiso levantarse, le costó. En pie, la mujer anduvo e intentó acercarse a Ariam, no podía. La niebla se interponía entre las dos mujeres. Y recordó una frase de Miranda: Si quieres ayudarla, solo tenéis que cruzar una mirada.

Ante la niebla, María recordó las palabras de Miranda, una mujer de pelo blanco que la acogió en el otro lado del acantilado, después de la huida. Solo podemos ayudarnos nosotras, solo nosotras podemos huir al otro lado del acantilado. ¿Te acuerdas de que tú lo notaste cuando cruzamos la primera mirada  

María buscó, a lo lejos a Ariam, quería encontrarse con su mirada, no pudo, la niebla se espesaba entre las dos mujeres.

Entonces la cámara interna de María proyectaba, de manera borrosa, las escenas del pasado: los hombres gritando, los latigazos, las bofetadas, las caídas, los insultos. Las mujeres huían, corrían desesperadas, ensangrentadas por los golpes y lastimadas por las voces.

Unas pocas mujeres muy debilitadas no podían correr y se quedaron con los hombres. Ciertos hombres arrepentidos decían: No os marchéis, no volverá a pasar.  Algunas volvieron.

Compañeras de María quisieron volver, pero la noche lo impidió. Y en los tramos del camino, los cuerpos golpeados e inertes de las mujeres que volvieron se encontraban entre orines, sangre y excrementos.

En cambio, las que escaparon se encontraron con las mujeres guardianes, las custodias de las normas: una mujer tenía que aguantar, no podía huir, aún menos, liberarse del poder de los hombres.

Las mujeres guardianas vestían con una falda recta azul marino, blusa azul claro, abrochada hasta el último botón, amplia, americana azul marino, mocasines y medias negras. Eran muy altas y robustas. Con voces contundentes repetían: No merecéis compasión, sois escoria, nosotras somos vuestra última oportunidad

La voz machacona se instaló en María, no sabía coordinar los movimientos y la espesa niebla la rodeaba, la misma que le impedía encontrar la mirada de Ariam.

Los hombres y las mujeres guardianas empezaron a desfigurarse. María caminaba poco a poco. Y sin saber cómo, estaba delante de los escalones de piedra. Empezó a subirlos con decisión.

Llegó al jardín abandonado de La Casa del Acantilado. Entre el jardín y la casa había una puerta de madera, descolorida y rasgada, que estaba entreabierta. María sintió cómo que el frío, el miedo y el dolor que la dominaban años atrás desaparecieron. Se giró, miró el mar, el sol lucía. Qué día más bonito, qué calorcito, me siento libre, se repitió con una sonrisa.

Mientras, en el fondo del acantilado, Ariam traspasó la niebla, y empezaba a subir las escaleras opuestas, había llegado al bosque. Estaba exhausta.

María empuja la hoja de la puerta del jardín, entra al pasillo que conducía al lavadero. Allí sacaban a las mujeres de la casa, las agrupaban y mojaban con una manguera, antes les daban las pastillas de jabón y las obligaban a enjabonarse. Las guardianas repetían: para que vuestros piojos desaparezcan. María se encogió, y recordó la fuerza del agua sobre su piel, también como le picaba aquel jabón.  Lloró.

Ahora Ariam abría los ojos, en el bosque. Sintió sed. Y ante ella encontró una jarra de barro llena de agua. Bebió. Empezó a levantarse. Estaba sola. Caminó unos kilómetros y se desmayó delante de una cabaña de madera.

María se tocó la piel, estaba seca. Se acercó al grifo oxidado y el agua cortada. Sintió paz. Siguió por el pasillo, se paró ante una habitación.

La estancia era muy grande, de techos altos y de Las paredes blancas, ensombrecidas por las telarañas y el polvo. Estaba amueblada con un catre, una mesa, una silla y un perchero. Encima de la mesa, aún había un plato de madera, una cuchara y un cuenco. María entró, y allí la imagen de las horas vividas reapareció sintió puñaladas en el corazón, pero puso la mano sobre el pecho y la sensación acabó

Mientras, Ariam  despertó, estaba sobre una cama de madera con cabezal esculpido, tapada con una colcha de ganchillo. La habitación era pequeña, de madera, con una cómoda, un pequeño armario y una mesilla de noche.

  • Por fin te despiertas muchacha dijo una anciana de rostro redondeado y cabello blanco.
  • ¿Dónde estoy? —Al decir esto Ariam se tocó la cabeza, le dolí
  • En la casa del bosque, al otro lado de la Casa del Acantilado.

María seguía recordando su pasado en la Casa del Acantilado. Salió de la habitación, volvió al largo pasillo. Otras puertas estaban entreabiertas, en una de ellas una llave colgaba de la cerradura. Giró la llave y entró. Allí encontró cuadros con mucha luz firmados Sorolla, donde mujeres y niños corrían por la playa y reían. ¿Qué hacen? Pensó ella.

Junto a las pinturas había cortinas bordadas con muchos colores, jarrones decorados, cubiertos de metal, espejos. La mujer quitó el polvo de uno de ellos y se miró.  Se vio con más pecho, cara rellena, brazos y piernas ágiles. Aquella imagen contrastaba con la que se reflejaba años atrás, cuando huía. Salió.

Ariam se recuperaba poco a poco, el su cansancio desaparecía. Cada mañana salían Ariam y Miranda, la señora de la casa de madera, y se acercaban a los límites del bosque.

—En este bosque hubo mucha vida —al decirlo la cara de Miranda oscureció pero aquellos hombres vestidos de gris con sus fumigadoras lo mataron todo y las mujeres y los niños tuvieron que huir.

  • ¿Cuándo pasó?
  • Hace mucho tiempo. Ahora vamos al río, tocaremos el agua y nos lavaremos.
  • Por cierto, ¿de dónde vienes mujer? —preguntó Miranda, la anciana.
  • No lo sé.
  • Cuando lo recuerdes volverás, y entonces serás tú —sentenció la mujer de cabello blanco.

Llegaron al río, se bañaron y volvieron a la cabaña.

En la Casa del Acantilado, María se encontraba en el pasillo Y de nuevo escuchó la voz de las guardianas, las órdenes. Estas palabras la conducían a la puerta principal de la mansión. Las grandes hojas de la puerta también estaban entreabiertas. Ella recuperó fuerzas y las empujó.

Ariam y Miranda seguían saliendo a pasear. La primera descubrió las maravillas del bosque. Su cuerpo de mujer empezó a mostrarse, la cara se redondeó y roseó, los brazos empezaron a tener músculos fuertes y sus piernas cada día caminaban con más seguridad y con más rapidez.

Cada día las dos mujeres iban al río, se bañaban y reían. Una mañana Miranda condujo a Ariam a la zona de las cuevas, al este del bosque.

—Aquí aprendí a hacer cremas con las hierbas del bosque — Miranda mostraba a Ariam una cabaña de paja hundida, con mesas y botes de vidrio rotos.

  • ¿Qué es esto? — preguntó Ariam al encontrar un frasco sin romper.
  • Es mi último ungüento para curar las llagas provocadas por los rayos del sol y las marcas de los latigazos que recibían las mujeres —murmuró

Miranda tomó el frasco. Las mujeres volvieron a la cabaña. Oscurecía.

María salió de la Casa del Acantilado. Se paró ante la fachada, el estucado se desprendía. Cuando ella llegó, años atrás, aparecía entre lluvia y niebla rodeada de las voces de las guardianas. El sol desaparecía tras el horizonte.

Bajó las escaleras, se acercó a la verja vieja. Salió. Ahora caminaba poco a poco, sin presiones. Respiraba. La imagen de aquellas mujeres que la acompañaban, escuálidas con heridas sangrantes de látigo, con la cara desencajada por el dolor, la paralizaron. Ahora comprendió de dónde procedía.

Los hombres grises con látigos y fumigadores procedían de la ciudad de las cúpulas, un espacio sin vida que necesitaba trabajadores. Los últimos hombres vivían en las cuevas del bosque con sus mujeres e hijos.

Está historia se la explicó Miranda a María, cuando ella estuvo en el bosque y se recuperaba después de la huida definitiva. María se sentó en el banco anexo del muro exterior de La Casa del Acantilado. Se durmió.

—¿Quiénes eran los hombres grises con fumigadoras? —preguntó Ariam a Miranda.

—Eran hombres e hijos que vivían en las cuevas, no tenían trabajo y se fueron a la ciudad de las cúpulas —paró de hablar y lloró.

—Si te sientes cansada —la interrumpió Ariam—, me lo dices en otro momento.

Ariam sintió de nuevo la niebla, y la alegría de días atrás se oscureció.

Amanecía, María sentía los rayos de sol en su rostro. Sonrío. Tenía ganas de bañarse. Tenía hambre. Solo veía un camino sin vegetación. Se levantó del banco, alzó la vista. En el fondo descubrió arboles y un río.

Intentó caminar, estaba entumecida. Notó de nuevo los rayos de calor. Lloraba, pero no de dolor y ni de pena, sintió que las lágrimas aclaraban el horizonte. Le dolían las plantas de los píes, las suelas de las zapatillas estaban llenas de agujeros.

Respiró y siguió la marcha, olía el verdor del bosque, y sentía el susurro  del agua. No sabía dónde estaba. Encontró una fuente, bebió agua y recuperó fuerzas. Había entrado en el bosque.

—Vamos a volver a las cuevas — dijo aquel día Miranda a una adormilada Ariam.

Salieron de la cabaña, tomaron el camino de las cuevas y llegaron a la cabaña de los ungüentos.

—Aquellos hombres que fueron a la ciudad de las cúpulas dejaron a sus mujeres e hijas en las cuevas. Algunos volvieron y ahora eran violentos, no aceptaban los comentarios de las mujeres, perdieron la humanidad. Empezaron a pegar a las mujeres y construyeron látigos.

  • ¿Látigos?
  • Algunas mujeres aprendieron a hacer cremas para curar las heridas, y entonces  las expulsaron al bosque.
  • Muchas de ellas se salvaron y se convirtieron en guardianas, lastimaban a las que sabían hacer cremas. Y se las llevaron a La Casa del Acantilado.
  • ¿La Casa del Acantilado?
  • Sí. De allí escaparon tres mujeres.

Miranda cogió la mano de Ariam.

—Tú eres una de ellas. Y ahora tienes que volver.

Ariam no entendía nada. Miranda le dio unas zapatillas nuevas, dos túnicas y comida.

—Ahora vete, en el camino te esperan.

Ariam abrazó a Miranda, sintió que era parte de ella, una parte suya muy lejana. Empezó a caminar.

Salió del bosque, se encontró con otra mujer, era María. Le dio agua y comida, le curó las heridas de los pies con el ungüento que Miranda le había dado.

Ahora se encontraron las dos miradas, María y Ariam, se fundieron en un abrazo, se cogieron de las manos. Anocheció.

A la mañana siguiente María empezó a construir las últimas escaleras, ahora eran peldaños regulares y protegidos por cuerdas. Ambas mujeres bajaron, llegaron a la cueva del fondo del acantilado. Caminaron por la arena y se sentaron juntas frente al horizonte, amanecía.

 

 

 

 

 

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Paky

    Profundo e relevante…..CRUCIAL ritmo e sensibilidad actual lucha por la igualdad de GENERO..Virtuoso , fantastico ,.Me a encantado UN Grande y fuerte abrazo 🤗 😊 💚

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