LA CHICA QUE LLORABA EN EL ESPEJO

Por Jose Pedro Lobo

Como todas las mañanas, Rosita se plantó frente al espejo y dejó caer sus lágrimas sobre el lavabo; después de calmarse, se enjuagó la cara, se limpió con la toalla y se maquilló lo mejor que pudo; los niños no podían descubrir que lloraba.

Entró en su cuarto, abrió el armario y con la mano levantada dudó en elegir la percha para descolgar uno de sus sobrios trajes de chaqueta: azul, marrón, gris…

En la cocina, no atinaba a migar las galletas en el café y tuvo que ponerse las gafas que tanto odiaba.

Antes de salir, introdujo y extrajo varias veces los mismos libros en la cartera, y su madre, viéndola titubear, se acercó, la miró sonriendo y le apretó la mano con ternura al mismo tiempo que le guiñaba un ojo para animarla.

Con mariposas revoloteando en el estómago y temerosa de afrontar las risas de sus alumnos, se marchó a la escuela por las calles secundarias para evitar encuentros indeseados.

A mediodía, regresó a su casa seria y desencantada como todos los días, besó a su padre y le extrañó que no estuviese viendo el informativo; señaló con el dedo el televisor.

– Está averiado, no se ve.

– Habrá que avisar a un técnico.

– Tu madre ha llamado a uno de Aracena.

Incómoda por el silencio, se sentó a la mesa con sus padres, que como siempre, intentaron hablar de su problema, pero ella, no quiso mediar palabra.

A las 7 de la tarde en punto, sonó el timbre, Rosita abrió la puerta y se encontró con un joven muy apuesto y perfumado, vestido con un traje de chaqueta y corbata que llevaba un maletín en la mano y pensó: será un visitador de farmacia.

– ¿Es la casa de Don Severo?

– Sí, pero está en la consulta.

– Bueno, yo vengo a arreglar el televisor ¿eres la asistenta? – dijo mirando su rostro.

– ¡Ah! perdón, creí…, pase por favor, yo soy su hija.

Sorprendido, la siguió por la casa hasta el salón donde tenían el monitor, admirando con estupor la riqueza ornamental de las diferentes estancias.

– Aquí está.

– ¿Qué le pasa?

– No se ve la imagen. ¿Necesita usted algo?

– No, señorita…

– Rosa, me llamo Rosa – dijo sin saber por qué.

– Encantado de conocerla señorita Rosa, un nombre precioso. Yo me llamo Rufino. Bueno, le agradeceré un vasito de agua, con el calor que hace…

– Por favor, si quiere quitarse la chaqueta…

– Muchas gracias, es muy amable – y cuando se marchaba – y simpática.

Rosita se ruborizó, jamás había recibido halagos de un hombre, por un momento se olvidó de su complejo y se sintió dichosa.

El televisor no pudo repararlo y le aconsejó adquirir uno nuevo, un Telefunken Pal-Color de última generación.

El técnico, a cuenta de la operación, provocó varias llamadas telefónicas y visitas a la casa, siempre preguntando por Rosa, con el objetivo de camelarla con lisonjas para cerrar el trato. Ella vio la oportunidad de convertirse en una mujer normal, casarse, tener hijos y crear una familia con un hombre ejemplar.

A Don Severo no le gustaba la ostentación ni el despilfarro, pero no tuvo más remedio que comprarlo.

Desde entonces, Rosita se levantaba por la mañana, se miraba en el espejo y no lloraba, se puso unas lentillas y se compró ropa nueva de colores vivos; le gustaba caminar por las calles principales, deseosa de llegar a la escuela para reír con los niños.

Sus padres estaban encantados, de la noche a la mañana se había resuelto el problema que los había acuciado durante tanto tiempo. Su hermana Julia, sin embargo, albergaba recelos con aquella relación que había emergido tan de repente, pero no se atrevía a desanimarla al verla tan entusiasmada.

Después de un noviazgo fugaz, le propuso matrimonio y a los pocos meses se casaron en una ceremonia que fue todo un acontecimiento y a la que asistió medio pueblo; se trataba de la hija de Don Severo, el médico del pueblo y de Doña Justa, señora de clase alta.

Entre los invitados, las habladurías se difundieron como un clamor, porque el técnico había abandonado a su prometida, una joven muy hermosa que había sido “Reina de las Fiestas”, para casarse con la hija del doctor.

Después de la boda, Rufino le propuso crear una caja única de caudales que se nutriera de los ingresos de ambos, pero ella, desconfiada, declinó la proposición, prefería mantener la custodia de sus ahorros y la administración de su nómina, aunque para compensarlo se comprometió a soportar por su cuenta los gastos de la manutención familiar. Él se mostró disconforme y decepcionado, le reprochó que no confiara en su marido y se produjo la primera discusión de la pareja.

Tuvieron dos hijos, un varón y una hembra, y durante varios años compartieron una vida recatada y socialmente correcta.

Él demostraba ser un padre cariñoso, un esposo fiel y un yerno ejemplar; iba siempre trajeado, gastaba mucho dinero en ropas, perfumes y relojes. Ella, por el contrario, a pesar de proceder de una familia rica, se había criado con austeridad y pocos lujos.

Pasado un tiempo, el técnico le dijo a su esposa que debía comprar un coche nuevo, el que tenía se había deteriorado con los continuos viajes para desplazarse al taller que lo seguía conservando en su pueblo; se había decidido por un Chrysler 180, un modelo lujoso de alta gama, pero él no disponía de dinero. Rosita aceptó financiar la compra con sus ahorros, pero de un turismo modesto, aduciendo que tenía que reservar el dinero para los estudios de sus hijos. La familia residía en Galaroza, un pueblo pequeño escondido en la Sierra de Huelva, muy apartado de las grandes ciudades donde se ubicaban las universidades; preveía que costear sus estancias internas requerirían una buena suma y no estaba dispuesta a poner en riesgo el futuro de sus hijos.

– ¿Qué va a pensar la gente? Estoy casado con la hija del médico que es de familia rica ¿Quieres que parezca un don nadie?

– El rico es mi padre, nosotros no lo somos, pero ganamos lo suficiente para vivir cómodamente y criar a nuestros hijos.

– Pues yo no me conformo con eso, me merezco más, mis hijos ya vivirán su vida.

Aquella discusión produjo un fuerte desencuentro que rompió la armonía familiar, pero Rufino estaba obligado a conformarse con el Renault 5 que le compró Rosita.

Algunos días más tarde, le propuso que le prestara dinero para realizar una inversión, se lo devolvería en cuanto el nuevo negocio diera sus frutos. El taller no funcionaba bien, no ganaba lo suficiente para vivir como él quería y había decidido montar un bar cafetería en Aracena, donde no había ningún establecimiento aparente para la diversión de la juventud; tenía a la vista un local magnífico y muy bien situado. Pero Rosita se negó y una vez más, le repitió los argumentos por los que no estaba dispuesta a arriesgar sus ahorros.

– ¿Y si no funciona el negocio?

Él insistió y le sugirió que se lo pidiera a su padre que tenía un “capitalazo”, pero ella no cedió a sus presiones alegando que el dinero de sus padres era para preservar su vejez.

Rufino, desesperado, viendo que su posicionamiento era inflexible y no soltaría ni un duro, la amenazó.

– Pues si no me ayudas, lo voy a emprender yo solo, aunque te arrepentirás de haber tomado esa decisión.

– ¿Me estás amenazando?

– He sido muy bueno contigo, te he dado la felicidad ¿no puedes recompensarme?

– Yo no he comprado tu cariño.

– Yo…

El técnico salió dando un portazo y a raíz de la discordia, se distanció de su esposa; pasaba demasiado tiempo en su pueblo, donde tenía el bar; salía a primera hora de la mañana, antes de que Rosita se despertara y volvía de madrugada. Dejaron de compartir vida conyugal y ella, se centró en la educación de sus hijos, su profesión de maestra y la atención a sus padres.

No volvió a hablarle de su proyecto, pero se enteró por su hermana, que su marido había abierto una discoteca; esa sería la causa de que regresara a horas intempestivas.

La noticia le molestó, a pesar del distanciamiento, era su marido, el padre de sus hijos y confiaba que cuando se le pasara el enfado, volviera a recuperar el orden. Habló con él, para convencerlo de que abandonara su antojo de vivir de un negocio indecoroso, que perjudicaba la imagen y el prestigio de la familia y le prometió que, si era necesario, colaboraría económicamente con una suma discreta para ampliar el taller.

Pero él no estaba dispuesto a renunciar a su nueva vida, ávida de excesos y diversión; había enloquecido con el placer del sexo y para conseguirlo, decidió implicarse en la apertura de una casa de alterne para disfrutar sin reparo de los favores de las jóvenes empleadas.

Rosita había notado miradas delatoras y cuchicheos a su paso, pero nadie le decía nada; así que lo achacó a las críticas de la discoteca y se refugió en evadirse pasando de los comentarios.

El técnico llevaba días sin visitar a su familia, la mayoría de las noches pernoctaba en el prostíbulo. Rosita requirió su atención en varias ocasiones por cuestiones relativas a la educación de sus hijos, pero cada día que pasaba, se despreocupaba más de sus responsabilidades paternales.

Sin embargo, el día de la ceremonia de la comunión de su hijo Juanito, se presentó para acompañarlo y le llevó un regalo: un reloj de pulsera Dogma Prima.

Cuando lo vio, Rosita se quedó estupefacta, se había dejado una barba de perilla y desprendía un olor a colonia que apestaba; vestía una camisa de color verde claro, con los picos del cuello por encima de la americana, en la que resaltaba un pañuelo estampado en el bolsillo; en el pecho relucía una cadena de oro y completaba la vestimenta un pantalón blanco acampanado y unos zapatos de puntera.

– ¿Cómo te atreves a venir con ese tipo de chulo?

– Porque es lo que soy ¿No te has enterado que ahora tengo un puticlub?

– ¿Qué me estás diciendo?

– Lo que oyes, ya no soy un técnico, he ascendido unos peldaños.

– Te has convertido en un depravado inmoral que nos avergüenzas a todos.

– Eso es porque estaba hastiado de dormir con una fea y desagradecida, me casé contigo haciendo un sacrificio y me negaste el dinero que me merecía.

Rosita encajó las palabras como un mazazo, no por liquidar unas relaciones agonizantes; especialmente se compadecía de sus hijos, era consciente de lo crueles que pueden ser los niños; antes o después, todos se enterarían y lo divulgarían con saña para maltratarlos. Pero, además, en su mente se agigantaron impetuosos los fantasmas del pasado y de nuevo se sintió desgraciada.

A la mañana siguiente, se miró en el espejo y le afloró el llanto. Se enclaustró desconsolada, sin atreverse a enfrentar las miradas inquisidoras de la gente.

Solo se levantaba para mirarse en el espejo y llorar cuando se reflejaba su rostro feo.

Rufino se dedicó a saciar el vicio en el lecho de las prostitutas y alardeaba paseando con su harem en el coche nuevo, un Dodge Challenger 1970, que había comprado de segunda mano con el dinero que le dieron por la venta del taller de reparaciones y el R-5 que Rosita le compró. Pero, después de una noche de orgía, la embriaguez y el desvelo precipitaron el bólido al vacío: las chicas murieron y Rufino quedó parapléjico.

Cuando se recuperó, fue a ver a Rosita y a sus hijos, se presentó una mañana en su silla de ruedas, tocó el timbre y salió a la puerta su esposa con los ojos hinchados de llorar sobre el lavabo.

– Vengo a hacer las paces Rosita, reconozco que me he equivocado y quiero que me perdones por todo lo que te dije. Me gustaría volver a casa.

Ella se quedó cavilando sin decir nada, en un momento pasaron por su cabeza todas las vivencias, virtudes y complejos; de nuevo tendría bajo control todo lo que había necesitado para ser feliz: un esposo, una familia y unos hijos, como cualquier mujer; pero las cosas habían cambiado, verdaderamente ya no necesitaba al hombre y por fin se sintió libre y despreocupada.

– Rosa, me llamo Rosa -dijo conscientemente-. Nuestro acuerdo ya ha vencido.

A Rosa le concedieron una plaza en un colegio de Sevilla, compró un piso cerca de la universidad y se trasladó con sus hijos.

Cada mañana, se levanta, se mira en el espejo y no llora, sonríe.

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