LA CONFESIÓN – Raquel Ibarra Sánchez

Por Raquel Ibarra Sánchez

Se ocultó el sol y vio las luces de los faros que anunciaban la llegada de su víctima. Pronto se calmaría su sed de justicia. El automóvil tomó el desvío, en un instante llegaría a la iglesia. Jane arrugó el gesto, le asqueaba lo fácil que había sido concertar una cita con él, le había restado elegancia al negro y delicioso placer que suponía la venganza. Desde lo alto del campanario le vio bajar del coche, respiró profundamente, tensó el arco y la flecha voló, ligera y silenciosa. Él cayó al lado de una lápida desgastada por los años y la soledad. Jane sonrió ampliamente, un canalla menos, pensó.
Tomó la funda de su arco y antes de guardarlo sacó de su interior una pequeña libreta de cuero; con gesto casi ceremonial la abrió, fue pasando las hojas concentrada hasta que dio con él, ahí estaba: M. Craun, tachó su nombre y puso las anotaciones pertinentes. Echó un último vistazo alrededor, era meticulosa pero no podía confiarse. Una vez estuvo segura de que todo estaba como debía estar salió de allí con rapidez, debía llegar al castillo antes del amanecer.
La verdad es un arma peligrosa, puede liberarte de una pesada carga o condenarte a vivir en el más oscuro abismo. Cada día Jane se preguntaba cómo habría sido su vida si no hubiese sabido la verdad; si no le hubieran confesado aquel pecado, puede que hubiera aprendido a vivir con ese peso en el corazón, ahora tendría que esperar para saberlo. Llamaron a la puerta y el mayordomo pasó con su desayuno y el correo.
-Buenos días, mi lady.
Ruper, con paso marcial dejó el desayuno junto con las cartas y el periódico del día en la mesita auxiliar. Recorrió las pesadas cortinas y reanimó el fuego de la gran chimenea de mármol.
-Buenos días, Ruper ¿soy la primera o la última en levantarse?
-La segunda, mi lady; el señor salió pronto esta mañana.
-Entonces no te entretengo más, será mejor que tengas todo listo para cuando mi madre nos digne con su presencia.

El mayordomo hizo caso omiso del tono de desprecio de Jane, quien no se llevaba bien con su madre, pensaba que había traicionado la memoria de su padre al casarse de nuevo. Ruper hizo un leve gesto con la cabeza y salió sin más preámbulos.
En cuanto la puerta se cerró, Jane abordó el periódico con avaricia.
¿Saldría la noticia de la muerte de Craun? Le sorprendió que no fuera así, era un empresario conocido ¿Lo sabría ya su padrastro? A fin de cuentas era su amigo íntimo.
El asesinato de Craun no apareció en la prensa hasta tres días después: “Un ajuste de cuentas con aire teatral”, rezaba el titular. Jane rio para sus adentros, nadie había relacionado el asesinato de Murray y el de Craun; tenía que ser muy cuidadosa con el siguiente, no podían asociar los crímenes hasta que matara al último. Ya había usado el accidente de caza con Murray, la flecha con Craun; para el siguiente estaba dudosa, ¿quizás un accidente doméstico?, ¿o mejor laboral? Sacó su libreta de cuero y repasó sus notas, el diablo se esconde en los pequeños detalles, no podía dejar nada al azar, de repente sonrió, lo había decidido sería clemente, Landon no sufriría. De forma involuntaria miró las notas de todos sus objetivos: solo quedaban dos; con el último disfrutaría especialmente, ese malnacido tendría su merecido.
La justicia es un ser traicionero: puede meter a un inocente entre rejas; dejar a un violador suelto o en este caso ser totalmente ciega, y Jane se había propuesto corregir esa ceguera. Desde su escondite vio cómo los obreros salían en grupos: algunos con prisa, otros arrastraban los pies hasta la parada del tranvía. Hoy era cierre de mes y el promotor de la obra venía a inspeccionar si todo iba como él quería: primero daría una vuelta por todo el edificio; después se instalaría en la cuarta planta donde estaba la mesa del arquitecto, y repasaría los planos y los albaranes; ahí es donde le esperaría. Vestida como un obrero más salió de su escondite y se mezcló con la marea que salía de la obra, se dio la vuelta y pasó con disimulo. Si la vieron nadie dijo nada, se ocultó tras una viga doble y esperó a que cerraran la verja.

El momento llegó: al cabo de un rato la luz de la cuarta planta se encendió y Landon pasó, dejó su termo sobre la mesa del arquitecto, tomó los planos y se fue. Jane no salió inmediatamente, esperó a que se encendiera la luz de la sexta planta, entonces abrió el termo y echó el somnífero; no había tenido ningún problema a la hora de adquirirlo, era muy común, lo tenía desde hace tiempo: cuando su “abuela postiza” -así llamaba a la madre de su padrastro- falleció ella se llevó todos los medicamentos; fue algo mecánico, la anciana murió justo después de revelarle el secreto que cambiaría su vida, y Jane los cogió por si en algún momento le eran necesarios, como ahora.
Pasado un tiempo Landon regresó, se acomodó en la silla, tomó un trago largo de café y comenzó a repasar papeles. Había pasado casi media hora cuando los efectos del somnífero aparecieron: primero cabeceó un poco; luego pasó a apoyarse en las manos y por fin cayó rendido en el más inevitable de los sueños. Jane se acercó como una sombra, estaba completamente sedado, podría amputarle los miembros uno a uno y no se enteraría. Pero ese no era el plan, era demasiado ordinario y había decidido ser clemente, esa escoria moriría por otros medios. Fue a su escondite y preparó todo, tenía que estar reciente; se acercó a él, le echó la cabeza para atrás y le puso un embudo en la boca, lentamente fue vertiendo el cemento en su interior, cuando rebosó admiró su obra, solo por si acaso, le puso un poco taponando sus fosas nasales; sonrió satisfecha, otro “ajuste de cuentas con aire teatral”, otro nombre tachado.
Solo quedaba uno. Uno más y descansaría en paz; respiró profundamente, y se deleitó con su taza de té, desde la terraza tenía unas vistas esplendidas y le encantaba admirar los cálidos tonos otoñales del jardín, se cubrió los hombros con el chal de su abuela al notar un pequeño escalofrío, seguro que no sería el único, tomó la taza con las dos manos intentando absorber el calor que emanaba de ella. Sin saber por qué un recuerdo fugaz le vino a la mente, un pensamiento pasajero de otros tiempos cuando era niña y vivía feliz, en una casita de campo con sus padres, desde el despacho de su padre la vista era similar a la de ahora, si cabe más bonita; siempre recordaría cómo olía el despacho de su padre, a libros.

Ruper apareció con unas pastas y el periódico del día, Jane le observó complacida, un instante después su padrastro se sentó a su lado: no la miró, no la saludó; cogió el periódico y bebió un trago largo del té que Ruper le había servido. Jane no se inmutó, estaba acostumbrada a las malas formas de su padrastro, simplemente se quedó sentada admirando el paisaje. De pronto éste se sobresaltó.
-¡No puede ser! -Jane le miró con parsimonia- ¡Landon ha muerto!
-La gente muere a menudo, solo hay que leer las necrológicas para darse cuenta de ello.
-Cállate, criatura estúpida ¿no ves que es el tercer amigo que pierdo este mes? Esto no puede ser casualidad.
-Es que no es casualidad -Sir Edward la miró con una mezcla de asombro y desprecio, pero Jane no se inmutó lo más mínimo.
-¿De qué estás hablando? Explícate ahora mismo.
Jane dejó su taza sobre la mesa y se ajustó el chal con las manos temblorosas, Sir Edward por el contrario se terminó su té y se sirvió otro con ansia.
-¿Sabéis? Desde que murió vuestra madre cada día me acuerdo de ella, le tenía mucho cariño y ella a mí, por eso la cuidé hasta el último momento.
-¿Qué sandeces dices? -La paciencia no era una de las cualidades de su padrastro, Jane lo sabía y pensó bien sus palabras.
-La pobre tenía muchos dolores al final, cada día esperaba a que fuerais a verla pero nunca aparecíais. Quizá fue por eso por lo que decidió sincerarse conmigo al final -Jane se levantó lentamente y se apoyó en la mesa con cuidado-. Antes de morir vuestra madre me contó vuestro sucio secreto, fue algo inesperado para mí. Me contó que estabais enamorado de mi madre desde niño, y que fue un duro golpe para vuestro ego que escogiera a mi padre en vez de a vos. Sinceramente hasta ese momento ignoraba que tuvieseis sentimientos.
-Era un don nadie, yo le he dado mejor vida que él.

Jane se tensó, vio cómo la ira se adueñaba de él, se levantó y la tomó por el cuello, estaba furioso, comenzó a apretar lentamente mientras la miraba como el animal salvaje que era; los pies de Jane comenzaban a levantarse poco a poco del suelo mientras ella se agarraba al brazo agresor. Con el pánico propio de la situación hizo repaso mental de sus pasos, estaba segura de haber calculado bien la dosis. Y de pronto algo en ella cambió, un dolor en el pecho la obligó a serenarse, ya no tenía razón de ser tener miedo a ese monstruo.
-Deberíais guardar vuestras fuerzas, esto es del todo innecesario.
Vio cómo de pronto esa mirada de depredador cambió, comenzó a aflojar y se llevó la mano al pecho, su padrastro se sentó de golpe. Jane se sacó la libreta del bolsillo y se la dio.
-¿Qué demonios es esto?
-Una explicación.
Jane disfrutó ese momento, era como abrir un regalo el día de Navidad, pasaba las hojas con fervor, empezó a palidecer y se aflojó la corbata para respirar mejor, al llegar a su nombre paró y la miró con esos ojos que tienen los que se saben condenados. Ella sonrió satisfecha; se acercó a él para hablarle al oído mientras se agarraba al respaldo de la silla con angustia bien disimulada.
-Seguro que os resultó muy sencillo convencer a mi padre para que invirtiera todos sus ahorros en una causa perdida. Decidme: ¿fue vuestra lengua viperina la que le silbó al oído que el suicidio era la mejor opción ante la inminente ruina? -su padrastro contuvo el aliento-. No os deberíais haber tomado la segunda taza de té, puse la dosis justa de arsénico para que con una fuese suficiente. Si hubierais ido a ver a vuestra madre sabríais que se lo recetaron para el dolor, la dosis era mínima claro está, el médico me enseñó a administrárselo. De haberla visitado, ella no se hubiera sentido estafada como madre y no me habría contado nada, ni yo hubiera procedido como lo he hecho. He de decir que mataros uno a uno ha sido muy gratificante. Ahora si me disculpáis voy a sentarme en la sala de al lado, no quiero morir sentada junto a un ser tan despreciable.

Muy despacio Jane salió por la puerta de la terraza, las piernas le temblaban, con las pocas fuerzas que le quedaban se acercó al sofá más próximo, se tumbó despacio, en su rostro se apreciaba una felicidad serena, respiró profundamente y esperó a que las parcas vinieran a por ella. Ahora podría estar con su padre en un lugar mejor, un lugar sin los gritos ni los golpes de su padrastro, un lugar lejos una madre que había permitido que la maltrataran, un lugar donde por fin descansaría en paz.

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