LA DESASTROSA VIDA DE ALLY ROSEN

Por Noelia Sánchez Ríos

Abandono la aplicación del Microsoft Word para navegar por las infinitas aguas de internet en busca de ideas para crear otro best seller o, al menos, algo decente con lo que pueda limpiarse el trasero algún crítico supuestamente constructivo.

Encuentro en internet una página donde la gente cuenta sus problemas y obtiene respuestas por parte de un pobre imbécil que se aburre y cree que es un gurú de las relaciones sociales. Leo con atención uno de los casos: «Quería saber lo que debo hacer respecto a mi vida amorosa. Estoy enamorado de mi mejor amiga y ella me trata genial, el problema es que tiene novio. Él tiene todo lo que yo no tengo, ella es tan feliz con él que…»

A veces me sorprende lo estúpidos que podemos llegar a ser. Vamos a ver: si ni siquiera tú sabes qué hacer, ¿cómo demonios pretendes que otro te lo diga?

Agotada por estar frente a la pantalla del ordenador durante horas, decido irme a un bar cercano de casa para ahogar mis penas en un gran trago de tequila… o varios. Salgo a la calle y siento la fría brisa de Praga mientras me dejo llevar por mis pensamientos. La gente normal vive en un mundo de felicidad inalcanzable para mí. Creo que en la entrada hay un cartel que dice: “Prohibido el paso a Ally Rosen». Cuando traspaso las puertas de esa zona prohibida, se abre todavía más el agujero a mis pies sumiéndome en la penumbra más absoluta.

 

***

Soy escritora, trabajo con un ordenador y las palabras. Un lujo esto de trabajar en lo que me gusta. Actualmente estoy catalogada como la revolución literaria del siglo xxi, con dos best sellers publicados, que han triunfado en las librerías de todo el mundo. Ahora escribo el tercer libro de mi saga: Baila conmigo esta noche. Los protagonistas se llaman Lanelle y Alex. Después de tanto tiempo, y de haber escrito tantas páginas sobre ellos, todavía no sé cómo se me ocurrió la historia de dos adolescentes, terriblemente opuestos, que se complementan de una manera muy peculiar y se enamoran, y así me he tirado dos libros contando sus peripecias. Por supuesto, tampoco sé por qué los compra la gente. En realidad, no me siento orgullosa. Es una historia sencilla pero imposible, así que por eso creo que le gusta tanto al público.

Casi olvido nombrar al compañero de mi vida: mi gato Louis. Es el único macho que se ha acostumbrado a verme despertar cada mañana, desnuda, resfriada, desastrada, y no me ha abandonado. “Será porque las puertas y ventanas están cerradas, si no tal vez ese pobre bicho ya habría acabado con su vida.  ” dice mi subconsciente

Escucho el impacto de mis tacones contra la acera llena de chicles, con cuidado de no pisar ninguno, mientras pienso que mañana será San Valentín, otro típico día de despilfarro, amor, promesas… Odio el amor, es algo que se ha moldeado a una manera repulsiva y artificial.

«Tú piensas eso porque nadie puede ver más allá de tus flotadores”, me digo a mí misma.

Unos pasos más, entro en el bar, tomo asiento y pido un chupito de lo más fuerte que sirvan. No hay mucha gente, sólo unos cuantos borrachos y la camarera que masca chicle como una vaca. Jugueteo con la copa cuando siento una mirada sobre mí. Levanto la vista y encuentro unos ojos de color azul intenso que me observan con una sonrisa. No le haré caso, quiere reírse de mí. Luego seré objeto de burla entre los colegas del curro.

 

Dejo que el chupito recorra mi garganta. Señalo a la camarera que reponga la bebida mientras reviso si alguien ha dedicado un minuto de su ajetreada existencia a mandarme un mensaje; nada.

—Perdona, ¿dónde deberías estar en este momento?  —dice alguien a mi espalda.

—Lo siento, ¿qué? —contesto aturdida.

—¿Por qué te pregunto una cosa y respondes otra?

No me molesto en contestar, pero sigue:

—Eres preciosa, ¿lo sabes?

El idiota que tengo delante me observa atentamente con los ojos vidriosos e insiste:

—¿Vives por aquí?

—A ti te lo voy a decir. ¿Quieres algo?

—Muchas cosas, pero todas tuyas. ¿Qué pasa si te digo que no tengo dónde dormir esta noche?

—Me demostrarías que no hay ningún lugar mejor para refugiarte que detrás de una botella, en un asqueroso bar repleto de personas a punto de llegar al coma etílico.¿Cómo te llamas?

—Jorge, preciosa, me llamo Jorge. ¿Puedo sentarme?

Lo hace antes de dejarme contestar.

—Oye —le digo—, no se lo diré a nadie, pero por favor respóndeme: ¿estás loco?

—De momento no, pero quizás dentro de poco lo esté por ti.

Es un hombre demasiado directo, tendrá aproximadamente mi edad, unos treinta y ocho largos.

Ahora es mi turno de preguntar:

—¿Dónde deberías estar en este momento?

—No sé ni dónde estoy como para pensar dónde debería estar. -Contestoa rodando mis ojos

—Ally Rosen —añade—, tienes un nombre precioso y me gusta hablar contigo. ¿Me das tu número de teléfono?

—¿Cómo sabes mi nombre?

Por toda respuesta su dedo señala mi esclava de plata, donde mi nombre reluce sobre la fina cadena que me rodea la muñeca. Fue un regalo de mis padres por mi graduación universitaria.

—Lo siento —le digo—, pero tengo que irme y hay una regla esencial en mi historial amoroso.

«Si de verdad crees que historial define al prostituto que te quitó la virginidad a los veinticinco y al chico con el que chocaste en la calle y te dio un beso por casualidad… Siento decirte cariño, que no tienes ni idea de lo que es” se manifiesta de nuevo mi voz interior.

—¿Cuál?

—Jamás dar mi número en el primer encuentro; si existe un segundo, será una buena señal.

—O sea, ¿que debo esperar a que vuelvas a entrar por esa destartalada puerta, noche tras noche, hasta volver a verte?

—Digo lo contrario. Si es lo que debe ocurrir, nos encontraremos en el momento y el lugar menos oportuno del mundo.

Cojo mis cosas bajo su atenta mirada y su inmaculada sonrisa.

“Es muy guapo”-pienso- “pero no para ti. Admítelo, vas a morir sola”.

No, sola no, tengo a Louis.

—Únicamente sé, que ardo en deseos de volver a disfrutar de tu compañía.

Antes de irme su fría mano toma sin permiso la mía y me la besa. Pincha un poco, pero siempre será menos que cuánto lo hace mi gato.

—¡Louis, cariño, ya estoy en casa!

Llego a casa y miro el reloj. Son exactamente las once y media, la hora perfecta para ver una película romántica que me haga cuestionarme mi existencia y mi soledad. Entro al cuarto de baño, me cambio y tras bajarme la camiseta del pijama de ositos, mi enemiga la báscula me desafía con su mirada.

-Vamos a hacer la noche más divertida, pesémonos.

Del cero pasa al veinte, al cincuenta y seis, y llega a mi peso: unos ciento quince kilos muy bien logrados. Todavía me pregunto cómo no rompo los tacones de aguja.

“Las nuevas tecnologías” me contesta mi subconsciente con ironía.

Regreso al salón y pienso en lo que mi madre me decía de pequeña sobre que el metabolismo cambiaba, se alteraba a sus anchas y que perdería mi belleza si no hacía deporte; me equivoqué haciéndome amiga del sofá y el mando de la tele.

Ahora veré Pretty woman, la típica película de una chica preciosa, que acaba abandonando el oficio más antiguo del mundo por un amor colmado de dinero, pero al fin y al cabo, amor.

Tantos años sola y no llego a acostumbrarme. Me odio, sí, pero, ¿acaso conmigo está todo tan mal que nadie quiere acabar a mi lado? No soy una modelo como mi vecina del cuarto, que se tira al conserje mientras el cornudo de su marido se lía con la que limpia la escalera, pero soy buena persona, lo juro.

Conforme avanza la película, estoy cada vez más segura de que jamás protagonizaré una historia de amor, ni aunque fuese la última mujer sobre la faz de la Tierra. ¿Cómo lo sé? Es fácil: soy yo. Seamos sinceros, quién se fija en la amiga, gorda pero simpática de alguien, pudiendo hacerlo de en una chica preciosa? Pensé que los hombres todavía se enamoraban de la forma de ser, me quedé atascada en otra época.

Las horas han pasado demasiado rápido pues ya son casi las tres y media, hoy y la de mañana serán noches de no pegar ojo, de imaginar el futuro y especular con el pasado: «¿Qué habría ocurrido si yo…?».

Dentro de tres días tengo una entrevista con Katherine Marcus, una preciosa y rubia presentadora del canal nacional en la que hablaré sobre Baila conmigo esta noche ante miles de espectadores. No sé como reaccionaré. Normalmente mis entrevistas son más íntimas con un periodista, grabadora, papel y bolígrafo. No estoy acostumbrada a tanta atención, solamente cuando recojo algún premio o doy un discurso en alguna asociación benéfica. Giro sobre el mullido colchón, suenan los resortes y continúo pensando en el por qué de ciertas cosas. Hay temas cuya respuesta ya conozco. Sé por qué odio estar rodeada de gente, y más aún si es gente esbelta: porque me miran.

Cuando alguien me mira, las alarmas de mi interior saltan y todo se vuelve estresante, es como si fueran a reírse de mí cuando me vaya. Ojalá tuviese uno de esos cuerpos tan maravillosos por dentro y por fuera, que me permitiese ser querida. Empiezo a llorar y entierro mi cabeza en la almohada, en busca de consuelo o contacto que me calme, pero solo encuentro una tela fría, ahora empapada por mi estúpida fragilidad. Mis pensamientos revolotean como pájaros enjaulados, aturdidos y miedosos, pero lo suficiente valientes para herirme un poco más cada día.

Es lo que tiene la soledad; solo puedo herirme a mí misma, con algo más doloroso que una cuchilla: palabras.

 

 

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