LA DESPEDIDA

Por Sofia Castellary Díaz

Hoy comienza mi vida, tengo cincuenta y cinco años. He enterrado al que los últimos treinta fue mi marido.

Acudí al cementerio con mis hijos, todos vestidos de negro, parecíamos una familia afligida por  la muerte de un ser querido. Supongo que mis hijos sí sienten pena, al fin y al cabo era su padre, pero yo sentía una alegría extraña, mezcla de tranquilidad y ganas enormes de gritar. “¡Por fin!”.

Noté presión en el brazo, miré hacia ese lado, era mi hija; me di cuenta de que sonreía mientras un señor muy serio y compungido me decía:

-“Cuánto lo siento, doña Luisa, se nos va un gran compañero, pero sobre todo un esposo y padre”.

La sonrisa se quedó congelada en mi boca, era incapaz de dejar de sonreír. Mi hija contestó:

-“Perdone, son los nervios, lleva dos noches sin apenas dormir”.

Los nervios, ¡y un cuerno! Tenía ganas de decirles que él era una mentira, ni buen esposo, ni buen padre, ni nada. Era un egoísta, un psicópata que me tenía amenazada desde hacía más de veinte años, cuando le dije que me iba con mis hijos, que ya no aguantaba aquella farsa. Gritaba por cualquier cosa, nada estaba bien, ni la casa, ni los niños, ni la comida, nada. Yo era una inútil y a él no lo dejaba nadie, y menos una imbécil como yo. Yo escogía; o seguía allí o me pegaba un tiro y se acababa todo,  no se volvió a hablar del tema.

Me quedé allí, como un mueble, un vegetal, una muerta en vida que deambulaba de manera automática, tampoco tenía  dónde ir. Para mis padres hubiera sido un disgusto tremendo pues lo tenían en un pedestal, yo no sabía cómo sobrevivir, nunca había trabajado, estaba sin  dinero y sin saber cómo conseguirlo. Él repetía una y otra vez que no servía para nada, y acabé creyéndole. Crié a mis hijos, se hicieron mayores pero no se marcharon, al menos era un consuelo tenerlos conmigo, ellos eran los que me daban ganas de vivir y seguir adelante.

Durante todos esos años él se comportaba correctamente delante de todo el mundo, hacíamos vida social, salíamos con sus amigos, con sus compañeros, su familia, la mía, todo perfecto en apariencia. Dentro de casa la cosa era distinta, aunque con los hijos no era desagradable, entre nosotros no había nada, sólo hablábamos de los gastos de la casa, del servicio, cosas triviales.

Lo que más temía era la noche, nuestro dormitorio era una sala de humillación, de pena, de rabia. En cuanto podía, yo ponía la excusa de los hijos y dormía con ellos. Acabó cansándose, y llegó un día en que sólo compartíamos cama de vez en cuando.

Él viajaba a menudo por trabajo, recuerdo esos días con placer, dormía tranquila, mis hijos estaban relajados, reían más a menudo, jugábamos  juntos; yo llegaba a olvidarme de que volvería, por eso su regreso solía sumirme en un estado casi depresivo.

Después del funeral hemos ido a casa de mis padres, los pobres están tan apenados que casi me ha dado  pena a mí también. Allí me he cambiado de ropa, me he puesto un traje marrón con una camisa blanca, mi madre me ha mirado con cara de asombro y me ha dicho

-“Hija, deberías llevar luto un tiempo, no está bien que ya vayas así”

-“Lo siento mamá, -respondí- no puedo”.

-“Déjala abuela, ya es mayor y sabe lo que hace. Empieza otra vida”.

Mi hija mayor, Luisa, ha contestado por mí, pero sus palabras me han hecho pensar, la he mirado, ha sonreído de manera cómplice y me ha abrazado. Ella tiene veintisiete años, es una mujer hermosa en todos los sentidos, independiente, tiene su propia empresa, siempre la apoyé pues no quiero que ninguna de mis hijas dependa de nadie.

-“Estamos todos muy cansados- dijo mi hija María- será mejor que nos vayamos a casa”.

María es todo cordura, tiene veintitrés años y acaba de terminar Derecho; prepara oposiciones para ser juez, y seguro que lo será y de las buenas.

Nos despedimos de mis padres y salimos hacía casa; mi hijo pequeño, Felipe, nos ha traído en el coche. Al llegar miro el edificio, parece distinto, ¿lo han pintado? Es posible que no me haya dado cuenta de eso, me gusta el color.

El portero me saluda, nos da sus condolencias y se ofrece para lo que necesite, le doy las gracias y entramos en el ascensor. ¿También lo han pintado? Le pregunto a mi hija

-“¿Cuándo han pintado el ascensor María?”

Me contesta:

-“¡Por Dios, mamá! Hace casi un año que se pintó todo el edificio”.

¡Un año! Pero ¿qué he estado haciendo yo todo ese tiempo?

-“El portero es el mismo ¿no?”

-“¡Pues claro mamá, qué cosas tienes!”.

Ya en casa cualquier detalle me llama la atención, los sonidos me resultan nuevos, las voces de mis hijos suenan lejanas, todo parece diluirse. María dice:

-“¡Mamá, mamá! ¿Me oyes? ¿Estás bien? Vamos a entrar y comer algo, necesitas reponer fuerzas y dormir”.

Al despertar me he sobresaltado, no sabía si había sido un sueño o si realmente era libre.

He salido de mi dormitorio con miedo, no se ve a nadie, oigo un ruido, viene de abajo, supongo que de la cocina, abro la puerta y veo que es la asistenta

-“Buenos días, señora, ¿cómo se encuentra?”

-“Buenos días, Yolanda, ¿has visto a mis hijos?”

-“Sí señora, están en el despacho, me han dicho que le avisara de que la esperan allí”.

Están los cuatro, debo hablar con ellos, durante mucho tiempo he esperado este momento y les digo:

-“Las cosas cambiarán, se acabaron los horarios estrictos para comer y cenar, hacedlo a la hora que queráis. Traed a casa a quien os apetezca, y  no estáis obligados a vivir aquí, ya sois mayores para decidir dónde y con quién, pero una cosa quiero que quede muy clara, ésta siempre será vuestra casa.

Nos hemos emocionado, nos hemos abrazado y hemos llorado un poco, mi hija mayor ha dicho que  vivirá con su novio, Luis  trabajará en una ONG en Sudamérica, y los menores, María y Felipe, permanecerán por ahora en casa conmigo.

-“Me siento orgullosa de vosotros, sois lo mejor que me ha pasado en la vida, y si algo le agradezco a vuestro padre es que estéis aquí”.

-“Será lo único que se le pueda agradecer”,- dice Luisa con dureza.

-“¡Por Dios, hija! Era tu padre”

-“¿Y qué? Eso no le daba derecho a creerse el dueño de las personas, llevo toda mi vida con miedo de no ser perfecta, de hacer algo que desatara su ira, temblaba cuando oía la llave en la cerradura, por eso siento alivio; saber que nunca volverá me tranquiliza, y no soy yo sola, le temíamos, incluso tú, aunque intentabas disimularlo y hacernos creer otra cosa”.

-“Lo siento, perdonadme; yo no sabía, creía que para vosotros era diferente”, contesto.

¿Cómo he podido estar tan ciega? No han sido felices, ahora recuerdo tenerlos siempre alrededor cuando eran pequeños, sobre todo cuando su padre estaba en casa. Y ellos soportaban todo por el mismo motivo que yo, nos protegíamos los unos a los otros.

Acaban de destruir el poco respeto que hubiera podido sentir por él, siempre pensé que con sus hijos era bueno y eso compensaba un poco mi amargura, pero los utilizó, como a mí, nunca le importaron.

La rabia se acumula, no puedo hablar, las lágrimas acuden a mis ojos sin poder contenerlas, es un llanto de años, de dolor contenido, de miedo, y sobre todo de pena por no haber salvado a mis hijos de todo esto.

-“Si no he sido capaz de conseguir que fuerais felices vosotros ¿de qué ha servido?”, pregunto

-“Mamá, sí que hemos sido felices porque tú estabas siempre ahí, nos has enseñado a respetar a los demás, a saber lo que es importante, incluso hemos aprendido de tus errores, espero que seamos como tú querías”, dice mi hijo Luis, hablando por todos.

-“Sí, hijo, sois los mejores hijos del mundo, estoy orgullosa de vosotros, y siento no haber sabido hacerlo mejor”.

-“Escucha mamá, está muerto, ya no importa, tienes que vivir, es el momento de empezar de nuevo, aún eres joven”, añade  María.

-“Lo intentaré, en primer lugar por mí, y también por vosotros. Gracias hijos, os quiero muchísimo” respondo.

Por eso la vida empieza hoy para mí, y  la llenaré de ilusiones, voy a ser feliz, a disfrutar, no miraré atrás. Haré que mis hijos se sientan tan orgullosos de mí como yo lo estoy de ellos, y por encima de todo aprenderé a quererme, me cuidaré, seré yo misma.

Tú estás muerto.

 

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