LA ESPOSA

Por Avelina Fernández Alzuaz

En el nombre de todos los dioses de Egipto, que el alma de mi señor Akhenaton me perdone por invocarlos, en su nombre os digo que contaré realmente toda la verdad en estos papiros robados con el máximo sigilo de los archivos de la ciudad del Horizonte.

Me encuentro en mis aposentos. El faraón ha muerto y su obra se desmorona. Ahora le llaman hereje pero no hace demasiados años era el príncipe Amenofis, hijo del tercero de su nombre y de la legendaria reina Tiyi ambos Señores de las Dos tierras, nuestro amado Egipto. Al faraón padre de mi señor le llamaron «El Magnifico», aunque ella era la verdadera interlocutora de los reyes que rodeaban su reino. Pero el mayor y más peligroso rival no vivía fuera de las fronteras sino en el mismo Valle. El clero de Amón había aumentado su poder hasta tal punto que sus riquezas podían rivalizar con las de mi suegro aún cuando el palacio de Malkata que éste había creado se caracterizaba por un esplendor sin parangón. Los chacales, no obstante, estuvieron preparándose para debilitar el reino y de paso, apoderarse de sus bienes.

Mi padre, Ay, era alto funcionario del palacio. Yo me crié con los príncipes compartiendo juegos infantiles y estudios que nos llevaron a intimar en una amistad sincera aunque nadie pensó que la muerte del heredero iba a llevar al trono al extraño Amenofis que prefería escaparse al desierto para adorar a su dios Atón antes que presidir junto a su padre las ceremonias de adoración de lo que él consideraba falsos dioses. El clero de Amón rápidamente percibió el peligro y el joven heredero, en el momento en el que fue nombrado faraón se aprestó a revolucionar la historia.

Mi destino como esposa del futuro rey estuvo escrito desde el momento en que mi progenitor, al cargo de la educación del mismo, se convirtió prácticamente en imprescindible para él. Nuestro enlace resultó cuando menos extraño. Mi esposo prohibió que el Primer Profeta de Amón se acercase para darnos la bendición de los dioses y proclamó la soberanía de Atón personificado en el sol que da fuerza al calor de las arenas del desierto.

Oigo voces, se acercan, todavía no, por el poder del disco solar que reinó en la Tierra de Egipto gracias a mi señor, debo terminar, para que todo quede dicho, para que todos sepan la verdad.

–Señora, debéis prepararos.

–¿Han llegado todos Merit?

— No Señora pero no deben tardar. El Servidor de vuestro padre dice que están en camino.

— Está bien Merit. El final de la representación se acerca. Déjame. Todo quedará escrito.

Sígamos pues. Amenofis fue nombrado faraón, cuarto de ese nombre, a la muerte de su padre. La sombra de la reina Tiyi resultaba demasiado alargada. Ella no quería desprenderse de su poder y realmente defendió a su hijo cuando la furia se desató en él y emprendió la guerra  contra los dioses. La locura del joven rey cubrió incluso las arenas del desierto.

Un día mi esposo declaró que el único dios de Egitpto era Atón que el sol personificaba y que él era su hijo. La ingente cantidad de divinidades que pobablan nuestra tierra eran falsos según sus palabras y su culto fue declarado herejía.

Aunque sé que muchos temieron la venganza divina, algunos respiraron agradecidos por librarse del poder de los sacerdotes pero creo que la mayoría se apresuró a obedecer la orden del joven rey creyendo en su autoridad y origen divino más que en la maldición de los servidores de Amón.

Entonces ocurrió la gran revelación de Atón a mi esposo que nos llevó a abandonar Tebas la incomparable y trasladarnos al desierto donde se construyó una nueva capital Akhetaton , la ciudad del horizonte de Atón. Hay  que reconocer que aunque muchos cortesanos y sacerdotes se escandalizaron, la mayoría de la población acogió con entusiasmo y esperanza la creación de una nueva capital.

La construcción se realizó en un tiempo record en el Egipto Medio, donde la fuerza de Atón inmisericorde  convertía la tierra en un auténtico hervidero. Una ciudad maravillosa llena de anchas avenidas que tanto mi esposo como yo recorríamos en carros tirados por magníficos caballos dejando que los ciudadanos nos observaran de cerca con mudo estupor. En la historia de nuestro Valle nunca las figuras reales habían resultado tan  cercanas para la gente común.

Y qué decir de los templos a la divinidad única, espacios abiertos llenos de altares donde se ofrecían dádivas a Atón pidiéndole la salud del faraón y sobre todo buenas cosechas. La luz intensa y el inclemente ardor del sol nos daban a todos, artesanos, agricultores y nobles, esperanzas de que estábamos protagonizando un tiempo nuevo.

Fueron días maravillosos pero los dioses de Egipto, despechados prepararon su venganza y el espectro de la locura se apoderó de mi esposo. Así pues Akhetaton, » el grato a Atón» nombre que adquirió el rey pues todos debimos adecuar el nuestro a la creencia en el dios único, dirigió a él exclusivamente todas sus energías, comenzando a abandonar todo lo que no fuera el nuevo culto, incluído lo referido al gobierno del Gran Valle.

Los reyes de los pequeños países adyacentes a nuestra tierra, que se situaban más allá del desierto del dios Sin, empezaron a tener problemas militares, los temibles hititas amenaban sus reinos. El faraón apenas les prestó atención. La vida de mi esposo estaba ocupada por la creación de su ciudad, y por la inaguración de un nuevo modo de expresión artística que exageraba las formas humanas sobre todo las de nuestra familia. Nunca los reyes habíamos sido retratados de forma y en actitudes tan cotidianas.

Mi vida fue tan intensa que apenas tuve tiempo de ser consciente de todo lo ocurrido. Lamentablemente, después de traer al mundo seis hijas, el dios no nos concedió ningún varón. La felicidad, no obstante, era total. El hijo del tercer Amenofis me instaba cada vez a que me interesara más, una vez muerta su madre, por el gobierno del Valle del Nilo, creo que de manera inversa a como dejaba para él de tener importancia. Fui nombrada corregente, mi poder casi se igualó al de Akhenaton y tomé el nombre de NeferneferuAtón «Bella es la belleza de Atón». Mientras tanto la oposición de los sacerdotes tomaba cada vez más fuerza. La verdad es que el pueblo no había olvidado con tanta facilidad como parecía las antiguas creencias, algunos incluso guardaban estatuillas de los dioses secretamente en sus casas y el descontrol del gobierno no les incitó precisamente a retirarlas.

Yo intenté por todos los medios hacerle reaccionar pero en un acceso de furia me relegó a uno de los palacios mas alejados de la capital y tomó por esposa y reina a una de nuestras hijas.

Su popio gobierno comenzó a maniobrar a sus espaldas. Mi padre Ay, que era su consejero, el general Horemheb, esposo de mi hermana, todos me hablaron de la necesidad de apartarlo del poder y volver a activar tanto la administración como las fuerza armadas totalmente abandonados ante el enfermizo entusiasmo que su obra religiosa le suponía.

Mientras tanto el faraón murió. Desconozco si fue obra de Atón que reclamó a su hijo a su presencia o bien la mano de los sacerdotes se alargó de forma sacrílega, lo cierto es que yo me convertí en reina viuda y el poder en la sombra se aprestó a ofrecerme su apoyo:

–Majestad, es necesario recuperar el poder militar. Egipto no sobrevivirá si no controla los reinos del norte–dijo Horemheb, jefe supremo del ejército.

–Señora, la administración se tambalea y con ella nuestro pueblo– dijo Ay, mi padre.

— Señores, mi esposo ha muerto, deberiais disimular al menos el poco sentimiento que os embarga, les contesté a ambos.

Lo cierto es que nuestro modo de vida hacía aguas y nuestra tierra necesitaba urgentemente una dirección fuerte, ya que el faraón no tenía descendencia masculina con el poder suficiente. El pequeño Tutankhaton, hijo de otra esposa era demasiado joven y de salud extremadamente delicada. Horemheb y Ay decidieron que era necesaria una autoridad fuerte apoyada por el ejército para controlar el clero de Amón que como chacales se cernían de nuevo sobre el reino con la desaparición del loco soñador que se había enfrantado a ellos. Ambos, mi padre y mi cuñado creyeron que yo era una rival a su medida.

Ya han llegado, oigo voces en el exterior, Merit se dirige hacia mí.

–Señora, han llegado, me dice.

–No los hagamos esperar, contesto.

–Los dos chacales principales, Ay y Horemheb, mis parientes, entran   en mis aposenteos y me saludan con una reverencia.

— Salve a nuestro faraón Smenkara, Señor del Alto y del Bajo Egipto.

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