LA GUITARRA – Isabel María Navarrete Sánchez

Por Isabel María Navarrete Sánchez

Pozas era una de tantas aldeas que agonizaban en la España vaciada. Estaba situada en un precioso enclave situado a medio camino entre Granada y la estación de esquí de Sierra Nevada. Carecía de servicios básicos y contaba con tan solo cuatro habitantes. El resto de parroquianos se marchó espantado por la incomodidad y la soledad del lugar. Los vecinos de Pozas acudían al pueblo más cercano, a unos cinco kilómetros, para realizar sus gestiones o simplemente para tomarse unas cañas. En la aldea, por suerte, había internet rural, lo que les hacía la vida más llevadera.

En ocasiones, llegaban turistas que buscaban lugares sosegados y poco concurridos, lejos de la contaminación. Se alojaban en un pequeño hotel rural regentado por un albañil jubilado y su mujer; ellos eran Antonio y Dolores, una pareja singular. Antonio era sencillo, apuesto para su edad y aficionado a la lectura y a las series de televisión. Dolores nació, creció y se educó en Granada; resultó ser una magnífica estudiante y aprobó las oposiciones a juez a la primera. Ella conoció a Antonio cuando lo contrató para realizar una reforma en su piso. Durante esos días de risas y miradas intensas, surgió entre ellos la confianza, se adentraron en un festival de caricias y besos y terminaron casándose al poco tiempo. Dolores cambió su toga de juez por su bata de trabajo en el hotel rural. Ella añoraba su otra vida, pero espantaba la melancolía con una bofetada al aire. Tuvieron una hija que se fue a vivir a la ciudad de su madre y allí se quedó trabajando después de finalizar sus estudios. Trágicamente, la chica decidió poner fin a su vida hace ya tres años, tras haber roto con su novio. Fue un tremendo varapalo para sus padres, que conversaban la más de las veces dándole vueltas a su desdicha, sin reproches, sin inquina.

Carlos era un joven soltero de unos treinta años, rubio, atlético y bien parecido, que aterrizó en la aldea hace un año escaso. Virtuoso de la guitarra clásica, se ganaba la vida componiendo melodías para el cine e interpretando en la Orquesta Ciudad de Granada. Sus improvisaciones a la guitarra, cuyas notas escapaban traviesas a través de las ventanas de su casa, se convirtieron en las delicias de la aldea. Ramón, cuya casa estaba justo al lado de la de Carlos, escondía su malhumor cuando el músico rasgaba la guitarra a la hora de la siesta. Ramón no quería enemistarse con él porque este le había prestado cuarenta mil euros para reformar su casa, sobre todo, el colador que tenía por tejado.

Ramón era agricultor desde sus dieciséis años. El terreno que poseía era un hervidero de cerezos y ciruelos. Él parecía introvertido y huraño; en realidad, se le agrió el carácter cuando perdió a su mujer a causa de un cáncer. No tenía hijos, solo le quedaban algunos parientes fantasma, de esos que no llaman ni se interesan por la salud, ni visitan… y luego aparecen por interés cuando se te ha llevado la parca.

Una desapacible mañana de primeros de diciembre, el agricultor se dirigía con su tractor a trabajar en el campo. Cuando se aproximaba a la caseta de las herramientas avistó un obstáculo inesperado. Paró el tractor y se dispuso a comprobar qué era aquello que le había sobresaltado. De pronto, se quedó estupefacto al comprobar que era el cuerpo de Carlos que yacía sobre la hierba boca arriba; el hombre tenía una herida contundente en la cabeza. Ramón le registró los bolsillos y encontró las llaves de su casa, un móvil y una cartera; se quedó con las llaves. Pensó que debía avisar a la Guardia Civil, pero consideró más conveniente comentarlo antes con sus vecinos. Ramón se dirigió con su tractor a casa de Antonio y Dolores.

Cuando estuvieron los tres reunidos, Ramón les informó con voz temblorosa:

—Ha ocurrido algo terrible. He encontrado el cadáver de Carlos en mis tierras y todo parece indicar que se trata de un asesinato. Venid conmigo y os lo mostraré. Allá que fueron los tres al lugar del suceso y observaron el cuerpo yaciente.

—¡Qué barbaridad!, ¡¿quién ha podido hacer algo así?! —exclamó Dolores.

—Puede que hayan intentado robarle —dijo Ramón.

—Quizás tuviera algún enemigo que ha venido a buscarlo para vengarse —sugirió Antonio—. Ahora tenemos que decidir si avisamos a la Guardia Civil o no. De comunicárselo, ya sabéis lo que eso significa: se acabará la paz en la aldea y pasaremos a ser sospechosos.

—¿Pero no os dais cuenta de que hay que dar parte del incidente? —Dolores se resistía a evitar dar aviso a las autoridades—. Si no, estaremos ante un delito de encubrimiento.

—Dolores, tus días de juez acabaron. No creo conveniente tentar a la suerte tocando el picaporte del cuartelillo —dijo Antonio con convicción.

Todos reflexionaron, debatiéndose entre el deber y su propia conveniencia. Analizaron la situación, discutieron y llegaron a la conclusión de que no les convenía tener a la Guardia Civil husmeando por allí. Guardarían el secreto, total, ya nada se podía hacer. Decidieron limpiar la zona del suceso y enterrar a Carlos en una área apartada y frondosa junto al lago de la aldea. Se pusieron manos a la obra y para mediodía ya habían terminado. Rezaron una oración y pidieron a Dios que castigara al asesino. Se verían al día siguiente a las nueve de la mañana y se dirigirían a la casa de Carlos para hacer desaparecer sus efectos personales. Su estrategia consistía en dar la impresión de que Carlos había abandonado Pozas para siempre.

Esa noche, a las diez, a Ramón le perturbó una melodía a la guitarra que sonaba como un lamento. A las nueve del día siguiente, como habían acordado, se encontraron los tres junto a la casa de Carlos. Ramón comentó el episodio de la guitarra y se atrevió a silbar unos compases. Dolores elucubró que bien podía ser una adaptación a la guitarra de un fragmento de un adagio. Lo extraño fue que ni Dolores ni Antonio llegaron a oír esa melodía. El abatimiento se apoderó de ellos cuando Ramón abrió la puerta de la casa con las llaves que obraban en su poder. Procedieron a guardar los efectos personales de Carlos en bolsas de basura con demasiada lentitud; la casa protestaba por esa invasión de su intimidad. Lo quemarían todo, incluida la guitarra. Dolores recogía los libros de la estantería cuando no pudo reprimir un grito al ver una foto:

—¡Dios mío, es mi hija abrazada a Carlos!

Todos se volvieron expectantes hacia ella, Antonio bajó la cabeza. Dolores pensaba que esa foto era de la época en la que su hija vivía en Granada. Tal vez Carlos fuera el novio que la dejó y por el que perdió la vida; ese pensamiento la atormentaba.

—Antonio, ¿tú sabías algo de esto? —preguntó Dolores.

—Vi esa foto una vez que entré aquí para prestarle unas herramientas a Carlos. Lo pensé, pero decidí no decirte nada por no inquietarte —aclaró Antonio.

—Por Dios, ¿has matado tú a Carlos?

—¿Por qué yo?, puede haber sido Ramón. Tú estás descartada porque no tienes fuerza ni para levantar una pala.

—¡Pero si fui yo quien encontró el cuerpo! —Ramón se defendió con firmeza.

—Vamos a ver, pudiste haberlo asesinado y luego dejarlo tirado donde dices que lo encontraste —dijo Antonio.

—Dejémoslo estar, que tú sí que tienes un buen motivo para haberlo despachado—zanjó Ramón.

La cajita mozárabe que reposaba en otro estante dejaba asomar un papel algo ajado. Antonio lo extrajo de ella por algún impulso inesperado y leyó en voz alta:

“El día que una ola salte más de lo convenido la miraré de frente sin miedo, dispuesta a aceptar mi destino. Yo fantaseaba con olas enfurecidas que avanzan por el mar de la vida arrancando ilusiones a su paso. Me había enfrentado a unas cuantas, demasiadas. Hastiada de tanto sumergirme y reflotar, deseaba que la próxima ola embravecida me succionara hacia el fondo para no salir jamás”.

Antonio y Dolores rompieron a llorar ante lo que parecía una nota de petición de ayuda. Cuando se calmaron los ánimos, eludieron hablar del asunto de la foto y de la nota. Finalmente, quemaron todas las bolsas de basura; el alma de Carlos y su guitarra bailaban al son del crepitante fuego.

Ramón escuchaba la música melancólica de la guitarra todos los días a la misma hora, a las diez de la noche; le resultaba exasperante. No hubo ningún suceso a destacar hasta que soplaron vientos que darían al traste con la calma de la aldea. Quince días después se presentó una pareja de la Guardia Civil en Pozas con una orden de registro. Reunieron a los tres vecinos y el sargento les informó de que el director de la orquesta de Carlos se había puesto en contacto con él. Este le comentó que Carlos no se había presentado al ensayo de un concierto reciente, no atendía al teléfono ni daba señales de vida, por lo que estaba bastante preocupado. El cabo ordenó realizar un rastreo del móvil de Carlos y comprobaron que la señal dejó de emitirse en algún lugar cercano al lago de la aldea. Antonio, Dolores y Ramón se mostraron taciturnos, lo cual los hacía más sospechosos a ojos del sargento. Este organizó una batida de búsqueda para el día siguiente, formada por guardia civiles, policías nacionales y perros policía. Las pesquisas transcurrieron a una velocidad más rápida de lo esperado. Ya casi entrada la noche, uno de los sabuesos olfateó alrededor de una pequeña zona cubierta de hojarasca junto al lago y se puso a ladrar como un poseso. La Policía Científica acudió presta al lugar, que parecía una improvisada tumba. Retiraron la tierra con sumo cuidado, como si se tratara de extraer una pieza valiosa en un yacimiento arqueológico. Cuando el cuerpo quedó expuesto observaron que tenía una gran herida en la cabeza, entre las cejas. A todas luces, se había producido un crimen. Confiscaron la cartera y el móvil de Carlos y se dirigieron a la caseta de herramientas de Ramón, de donde decomisaron todos los objetos que pudieran constituir el arma homicida. No encontraron las llaves de la casa de Carlos, por lo que echaron la puerta abajo y se sorprendieron de que estuviera totalmente vacía. Trasladaron el cadáver al Instituto Anatómico Forense de Granada para practicarle la autopsia. Por último, acompañaron a los tres vecinos a una comisaría de la Policía Nacional, donde les tomaron las huellas dactilares y se quedaron con sendas muestras de ADN para su posterior cotejo.

Seis días después el sargento y el cabo se presentaron de nuevo en la aldea con una orden de detención. Se llevaron a Ramón al cuartel sin más alharacas. Durante el interrogatorio, le explicaron que el hacha encontrada en su caseta tenía restos de sangre del finado. Por otra parte, había huellas de Ramón en la cartera y el móvil y las pruebas de ADN demostraron que las trazas de tejido epitelial, que se encontraron bajo las uñas de Carlos, eran del agricultor. El pobre Carlos se había defendido arañando a Ramón. El forense determinó que la causa de la muerte fue un traumatismo craneoencefálico por un fuerte golpe en la frente con el hacha. Ramón comprendió que no había nada que hacer, entregó las llaves de la casa y en el juicio se declaró culpable, pero no implicó a sus vecinos que, sin saberlo, le habían ayudado. Oído el testimonio de Ramón sobre el préstamo que le hizo Carlos, el juez determinó que el dinero fue el móvil del crimen.  Una vez encerrado en la cárcel, Ramón no volvió a escuchar jamás la guitarra llorando por el destino de su dueño. Dolores y Antonio traspasaron su negocio, hicieron las maletas y se trasladaron a vivir a Granada, con la esperanza de vislumbrar el espíritu de su hija vagando por el Paseo de los Tristes.

 

 

 

 

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