LA GYMKANA

Por Sara Playa Marín

30 años en la policía científica, 2 matrimonios fallidos, 3 hijas y 1 hijo con los que tengo una relación buena pero esporádica por mi trabajo. Lo único que quería era una jubilación tranquila y sin grandes casos para no alargarme ni arriesgarme más de lo debido, pero ahí estaba yo, en el centro de la diana.

Vivo en Zaragoza, una ciudad lo suficientemente grande como para no aburrirme y, al mismo tiempo, suficientemente pequeña como para no agobiarme. Ya soñaba con la primera ruta que quería hacer, el primer país a visitar, estar tranquilo y tener alguna que otra cita, para qué engañarnos pero lo que no quería hacer en mi jubilación era ver las noticias, no quería saber lo que pasaba en el mundo, ya había visto más de lo que debería ver nadie en esta vida. Eso sí, la guinda del pastel fue mi último caso.

Una tarde volvía yo de andar con Ramiro; mi compañero de fatigas de toda la vida, un hombre con inquietudes que supo adaptarse a la jubilación y después de 43 años dedicados a la docencia, ahora tiene un canal de youtube en el que enseña a todo aquel que quiera aprender, también sale a andar, a museos, a viajar… No se aburre el tío, no. Cuando sea mayor quiero ser como él, me quedan 2 meses, 16 días y 7 horas para eso; abrí el buzón como de costumbre, después de despedirme de Ramiro y allí había un sobre sin remitente. Al principio pensé que sería propaganda pero la curiosidad desde niño siempre me ha podido más, así que lo abrí y allí estaba, la primera pista de tantas otras que sucederían a esta.

Ya había encontrado una uña en una manguera antiincendios en el parking del  polideportivo al que iba a nadar 2 tardes a la semana y un dedo en el baño de la peluquería de Olivia, que me cortaba el pelo desde hacía 15 años, el resto de las manos fueron surgiendo poco a poco según iban llegando las pistas. Llegaban sin esperarlas, lo mismo en dos días había 2 como otras veces podía pasar 5 días sin ellas, dependiendo de la complejidad del acertijo anterior, cuanto más fáciles eran, más habituales se volvían los sobres.

Había intentado averiguar la identidad de las manos, sin duda alguna mi puesto como director de la oficina de criminología debía de tener sus ventajas y a punto de jubilarme iba a cobrarme todos los favores que me debían. Sin embargo las huellas dactilares estaban borradas. Esperaba poder encontrar pronto la dentadura aunque dada las molestias que se estaba tomando el sujeto, dudaba que dependiera de mis investigaciones. Mi instinto me decía que la finalidad de este juego no era encontrar a las víctimas, sino al verdugo.

Las «piezas» que iba encontrando siguiendo las pistas que contenían los sobres eran de diferentes personas, eso podía saberlo por el grado de descomposición y que, al observar detenidamente, se veía que cada mano estaba compuesta por dedos de diferentes personas, como un collage.

Las manos no habían arrojado respuestas, pero sí infinidad de preguntas: «¿cuántos miembros habría esparcidos por ahí? ¿encontraría las cabezas en último lugar? ¿por qué le llegaban solamente dedos y manos? Tenía claro que necesitaba ayuda para resolver el misterio.

Me puse en contacto con un compañero, Lucas, hacía ya 36 años que coincidí con él en Madrid y todavía seguíamos hablando. También pasó por 3 divorcios y 5 hijos así que ha tenido más entretenimiento que yo. Pidió el traslado a Asturias para estar más tranquilo, Madrid se hace cuesta arriba según se van cumpliendo años y uno ya quiere un destino más tranquilo y no tener que estar con el móvil sonando constantemente a altas horas de la noche. Pensé que me podría ayudar por su experiencia en criminales en serie.

  • Lucas, bribón! ¿Qué es de tu vida? Supongo que estarás buscando a la cuarta Sra. De Lesmes.
  • Qué pasa Lucio! No, a esta edad ya me calan de lejos y me tienen a raya, una faena, chico. Y ¿qué cuentas? ¿llamas para dar envidia de tu jubilación, viejo perro?
  • Sí, el primer viaje que pienso hacer es a tu casa para despedirte por las mañanas a la que te vas a la comisaría.
  • Ah, pues bien, así me puedes preparar la comida, tengo un delantal con el cuerpo del David de Miguel Ángel que te sentaría fenomenal.
  • ¡Cabronazo! Jajajajajaja. Ahora en serio, mira, es que tengo un asunto entre manos que creo que podría ser interesante para ti. – Le conté todo lo acontecido y decidimos veros para compartir información porque a él también le habían llegado sobres, pero con pies en vez de manos.

Quedamos en Pamplona. Esto sí que era algo inesperado, uno tenía los pies y el otro las manos de varios cadáveres. Ambos sin posibilidad de sacar información útil de ellos excepto que llevaban varios años muertos, ni tan siquiera se podía saber a quién pertenecieron. Hombres y mujeres perdidos quién sabe dónde, cuándo y por qué razón. Decidimos que este asunto debía ponerse en manos de las más altas esferas, alguien, seguramente varios compañeros, estarían recibiendo trocitos de cuerpos y, entre todos, teníamos que ensamblarlo. Pero ¿cómo descubrir a esas personas sin ser descubiertos, sin que se filtrase nada a la prensa y sin dar la voz de alarma de un asesino en serie que llevaba actuando tantos años?

Nuestros supervisores estuvieron de acuerdo en trabajar con asuntos internos para investigar quién más podría estar recibiendo mensajes. Si alguien más estaba recibiendo más sobres, sin duda alguna, estaría en el cuerpo de policía.

La gymkana se complicaba por momentos, el tablero era más grande de lo esperado, empezaron a aparecer miembros por toda España, cientos de ellas, se trataban de más de una treintena de cadáveres cuidadosamente desmembrados, guardados durante años y repartidos por todo el país entre los más renombrados criminólogos de nuestra geografía. Los viajes se sucedieron rápidamente. Sin duda alguna el asesino se lo debía de estar pasando de fábula mientras intentábamos montar aquellos puzles humanos.

Se escogió una nave en un polígono cercano a Madrid para poder recabar todas las piezas. Se fueron separando los miembros por órden cronológico de descomposición así como de si habían pertenecido a hombres o mujeres. Los dudosos los íbamos dejando aparte porque teníamos la certeza de que al final nos llegarían todos los fragmentos que necesitábamos para resolver los crímenes antaño cometidos. Ya teníamos la mayoría de manos, pies y brazos y ya comenzaban a llegar los primeros troncos. Todos los cadáveres habían sido meticulosamente descuartizados, con cortes limpios y preservados en formol a juzgar por el olor que desprendían. Comenzamos a acotar posibles sujetos, este, sin lugar a dudas tenía conocimientos de anatomía, había puesto tanto cuidado que se advertía el disfrute que había experimentado mientras realizaba los descuartizamientos. Ponía los pelos de punta saber que había alguien por ahí suelto capaz de infligir tamaño sufrimiento.

Aparentemente no había relación entre las víctimas. Teníamos que investigar sus vidas, en algún momento tuvo que haber conexión entre ellas. El listado de personas desaparecidas de los últimos 15 años era interminable, pero parecía que teníamos algunas posibles identificaciones para poder comenzar a tirar del hilo a pesar de parecer todo bastante inconexo. Sin embargo, nuestro instinto nos decía que esto no era sencillo y que teníamos que ser igual de meticulosos que él, cada dato sería crucial.

Trabajábamos a contrarreloj, ya teníamos 25 víctimas completamente identificadas sin ningún patrón físico pero sí se podía entrever una evolución en la manera de asesinar, desmembrar y el modo de realizar los cortes. Las víctimas más antiguas eran más jóvenes y aparentemente más débiles mientras que, las más recientes parecían más fuertes, a pesar de que todas ellas tenían signos de lucha. Esto nos indujo a pensar que el sujeto iba arriesgando más cuanta más confianza y experiencia acumulaba.

Todas las víctimas estaban en la universidad en el momento de su muerte, favorecidas por una beca, todas practicaban deporte regularmente y llevaban una vida sin sobresaltos, trabajo, estudios, deporte y pocas amistades. Era como si el asesino viera en esa forma de vida algo que desaprobara, algo le llevaba a asesinar a personas con una vida mejor que la suya, quizá. Buscábamos médicos, profesores de anatomía, de medicina y cualquier persona con conocimientos médicos relacionados con las universidades españolas a los que la vida les hubiera dado un revés. Seguramente la sociedad dio la espalda al sujeto y lleva tiempo vengándose por ello. Lo que empezó siendo ira y venganza, se convirtió en placer y, más tarde, necesidad.

La primera víctima seguramente fue un accidente a juzgar por las pruebas, una mala caída que terminó en muerte, quizá por un desencuentro, el miedo a posibles represalias y a perder la vida que llevaba le arrastró a encubrir aquella muerte y sin embargo, había disfrutado tanto con ello que la culpabilidad, placer y la sed de sangre habían crecido en su interior. Actuaba en parques y zonas tranquilas. Los vecinos no habían oído ruidos ni gritos las noches de los secuestros por lo que suponemos que o bien las víctimas conocían al sujeto o bien generaba confianza en ellas, un profesor, un compañero de facultad, un trabajador de la universidad. En definitivas cuentas, alguien cercano y con acceso a campus universitarios.

Todas las unidades de criminología del país estábamos trabajando a contrarreloj para encontrarle antes de tener más víctimas sobre la mesa. Lo que no sabíamos era que sólo quedaba un cadáver por descubrir. Desde luego que esto era la mayor gymkana en la que había participado, asesinatos entretejidos unos con otros, todos conectados entre ellos, sin uno, no se podía resolver el siguiente.

Lucía, de Gijón, estudiante de criminología, desapareció al salir a correr una noche, estaba haciendo una tésis de asesinatos en cadena. Se debió de acercar demasiado, fue la primera. Manuel, la ayudaba con la tésis, fue el siguiente. Lorena, compañera de Manuel en el departamento, no sabía nada pero estaba en el despacho cuando fue a destruir la documentación que le inculpaba. Ruth, jugadora de ajedrez en quien Lorena confiaba plenamente, tenía que eliminarla por si le había contado algo. Y así sucesivamente, todos entretejidos. El sujeto, además, se había tomado las molestias de descuartizar y esparcir los miembros por sus lugares de procedencia.

Había, sin embargo, épocas en las que el sujeto dejaba de asesinar, temporadas largas que nos cuadraban con una posible enfermedad compleja que requiriese de largas estancias en el hospital y mudanzas habituales. Desde luego que era un sujeto bien astuto porque en ninguna universidad se repetía ningún nombre, por lo que debía de cambiárselo habitualmente.

Algo nos fallaba, ¿qué era personal e intransferible y necesario para recibir tratamiento médico? ¡Exacto! El número de la seguridad social, cómo había sido tan torpe de no darse cuenta de ello. Enseguida comprobaron todos los números de todos los trabajadores de las universidades del país y al fin, dieron con él. El operativo se preparó enseguida y a su vivienda acudimos todos, conteniendo la respiración aquella noche justo antes de su detención.

¡POLICÍA, ABRA LA PUERTA!

La casa estaba a oscuras, todo pulcramente colocado y decorado. Lo único que encontramos en la planta baja fue una nota en el arcón congelador de la cocina «aquí tenéis las piezas que os faltaban» y al abrirlo pudimos comprobar que estaban clasificadas las cabezas que no habíamos podido encontrar. En la planta de arriba, su cuerpo yacía sin vida, atado a cables y en la más absoluta penumbra. Otra nota descansaba en su cuerpo inerte «yo gano».

Una semana después, me hice mayor, como Ramiro, y empecé mi jubilación tomando clases de pintura y retomando largos paseos a la ribera del Ebro. Ah, y un vinito mientras echaba una partidita de mus en el bar de la Reme, que me ponía ojitos y uno tiene que dejarse querer a veces.

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