LA NIÑA DE LA VID – Patricia Sánchez Domingo

Por Patricia Sánchez Domingo

¿Sabes qué es el Micelio? Mycelium, es un hongo que se expande bajo tierra, creando una red de conexión entre todas las especies vegetales, algo así como internet, que les permite no sólo comunicarse, sino también cuidarse, protegerse, alimentarse. Cuando un árbol del bosque es cortado, este micelio comunica a las demás especies vegetales que uno de ellos está muriendo y todas las demás, a través del micelio, comienzan a cuidar el tronco para tratar de salvar esa vida. Lo alimentan, lo protegen porque ese tronco moribundo es parte de la familia del bosque.

Así me sentía yo cuando percibí que mi abuela me necesitaba en su último aliento. Durante años había desaparecido de mi bosque familiar y me había adentrado en diversas selvas, con especies muy diferentes de aquellas de donde yo provenía.
Me crie en el seno de una familia de viticultores, en la provincia de Burgos; en nuestras tierras se daban muchas clases de árboles y cultivos, él que más predominaba era la vid. En el pueblo de mis abuelos se hallaron unas termas romanas con mosaicos en referencia al dios del vino, Baco. La tradición era tan antigua que no había nadie en el pueblo que no tuviera viñas heredadas.

Era el momento de regresar e ir a cuidar a una de las personas más importantes en mi vida: mi abuela.
Estaba a kilómetros de ella cuando supe que estaba ingresada en el hospital. Cogí aviones y autobuses para estar de nuevo con ella.

Al llegar al hospital, me sentí perdida, confundida. Pregunté a uno y a otro y nadie supo decirme dónde estaba. De repente tras una desesperada búsqueda entre las habitaciones, allí estaba ella, descansando en una cama blanca, casi como su tez. Ella siempre fue morena, pero ya eran 88 años los que tenía y su piel se veía cada vez más pálida y traslúcida. Le cogí su frágil y suave mano, la besé y acaricié con ella mi rostro. Le susurré: “Ya estoy aquí, abuela”. Ella no se movía, parecía estar muy cansada, me quedé allí sentada agarrándole la mano hasta que quedé dormida.

A la mañana siguiente nos despertó la enfermera.
– ¿Quién es usted? – me preguntó
– Su nieta- respondí.
– Deberá esperar fuera mientras la cambiamos. La trasladamos de habitación. Le avisaremos.
– Perdone, ¿cómo se llama? la muchacha respondió:
– María.
– Gracias, María, luego la veo.
Aproveché para asearme un poco e ir a la cafetería a tomar algo.

Tenía tantas cosas que contarle…Ojalá me pudiera contar sus historias.
Apuré mi último sorbo de té verde, necesitaba que me diera energía para estar el máximo tiempo posible con ella.
Regresé a la planta y me encontré con María, que iba hablando por teléfono; Con su mano izquierda me hizo el gesto de los números de la habitación: dos, tres, dos.
Le di un Ok con mi pulgar hacia arriba y me dirigí hacia el cuarto.

Ahí estaba ella, incorporada por el respaldo de la cama, mirando por la ventana como si quisiera encontrar algo.
-¡Abuela!- exclamé desde la puerta.
Ella me miró, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras exclamaba:
– Layla, hija, has venido.
En ese momento la abracé con dulzura, sentía que me fusionaba con ella, no había división, éramos una.
Es increíble el calor, el amor que nos dan nuestros seres queridos. Con pocas personas puedes sentir esa energía, es un amor que ha pasado por las mayores pruebas.
Tras un rato largo de sentir su calor y su cuerpecito delgado y frágil en mis brazos, sin separar mis manos de las suyas, me preguntó:
– ¿Dónde has estado todo este tiempo?
Esa pregunta me conmovió tanto que mis ojos se encharcaron mientras le contestaba con una sonrisa:
– Perdida, abuela… Intentando encontrarme.
– Layla, hija… siempre fuiste tan soñadora y sensible que la vida real siempre te pareció demasiado dura y preferiste soñar y evadirte de la responsabilidad.
Me agarró fuerte la mano y continuó diciendo:
– Hoy has dado un paso muy importante; hoy estás donde debes estar, no te han importado tus miedos, ni han podido tus dudas. Hoy estás aquí, conmigo.
No podía dejar de llorar mientras asentía con la cabeza y acariciaba su suave mano.

Había tanta razón en sus palabras…era una de las mejores decisiones que había tomado, aunque dejé todo: estudios, trabajo en la otra punta del mundo, para estar con ella.

Mi mayor miedo había sido perderme en las tradiciones del pueblo, no poder ser yo misma. Siempre fui espíritu libre, creativa, con vocación de artista. Necesité buscar otras culturas, otras maneras de entender la vida. En el pueblo la vida era ruda, los días de trabajo en el campo resultaban muy duros, la crianza de animales…y la matanza anual, donde aprovechábamos todas las partes del animal, como cuando limpiábamos sus intestinos para hacer las famosas morcillas de Burgos, con arroz, sangre y bastante especia. Sé que era necesaria para nuestra subsistencia. Pero en cuanto cumplí la mayoría de edad, decidí hacerme vegetariana y no beber alcohol, lo que produjo en un pueblo de tradición vitícola y ganadera un cierto conflicto.
Cuando no te unes a las tradiciones, empiezas a convertirte en la rara, pero nunca me
sentí excluida. Las personas del pueblo y mis familiares, aunque hacían bromas sobre mis decisiones, siempre fueron cariñosos conmigo.

Fui yo la que necesitó saber si había otra manera de vivir.
Durante mi larga ausencia del pueblo, una de las cosas que más eché de menos fue la vendimia. Recuerdo que mi abuela se quedaba en casa y cocinaba para todos los que íbamos al campo. A mí me encantaba montar en el tractor o en la galera y ver a mi perro, corriendo detrás, veloz, se notaba que disfrutaba tanto como yo.
Al llegar a los viñedos, nos repartíamos en diferentes linios, para ir tomando los mejores racimos de uva negra, el olor durante el proceso era a mosto y sudor. Cuando finalizábamos, nos íbamos a la bodega a pesar las uvas que habíamos vendimiado. Ese olor se multiplicaba.

Una parte de la uva la vendíamos allí, y la otra la dejábamos para hacer nuestro propio vino. En el lagar familiar, donde pisábamos la uva para obtener el mosto, que luego fermentado en un tino durante un tiempo, se transformaba en vino que trasladábamos a las bodegas subterráneas en cubillos de roble para refinarlo e iniciar el proceso de crianza.
– Abuela, ¿te acuerdas de la vendimia, cuando eras niña?
Se le iluminó la mirada, sabía que para ella esa época también era su favorita.
– Eran otros tiempos…nuestra familia era numerosa y por muy pequeño que fueras siempre tenías que ir al campo para ayudar en lo que fuera. De todo el cuidado que necesita la vid, está claro que el sarmentar no era lo que más me gustaba.
Nos reímos juntas, sabiendo bien por qué lo decía.
– El recoger el fruto después de tanto esfuerzo era muy satisfactorio.
Se recostó con una bella sonrisa y miró hacia arriba como buscando en sus recuerdos.
– Pero lo mejor de todo era el resultado. Mmmm… qué delicia de vino. Aún siento en mi paladar esos matices afrutados, ese olor a barrica…
Añoro una copa de vino con las comidas, un poquito de jamón del que cortaba el abuelo, el queso de oveja de Braulio, los tomates de la huerta…
Aquí la comida está toda envasada y no me gusta nada. ¡Ag!, parece que no tienen productos de la tierra.

Me reí al escuchar sus quejas. Ella siempre fue una excelente cocinera, si hubiera vuelto a comer carne sería solo por comer uno de sus pollos, que agarrábamos de nuestro propio corral, lo desplumábamos y lo guisaba con tanta verdura y con tanto tiempo que era un manjar para los sentidos, se deshacía en la boca y sabías que todo tu cuerpo se estaba nutriendo.
– Abuela, tengo una idea, espera un momento.
Salí al pasillo, encontré a María y le pregunté por un buen restaurante cerca del hospital. Le conté mi idea de regalarle a mi abuela una comida y una copa de vino para celebrar nuestro encuentro. Me dio su consentimiento, pero me pidió que fuéramos discretas.

Cuando regresé con todo, improvisamos una mesa.

Y con dos copas de vino, brindamos.
– Me alegra que al fin vayas a beber el vino de tu tierra- dijo mi abuela-. Sentirás que no es algo tan malo, sino todo lo contrario; Te ayuda a ver la vida de otra manera.
– Por ti, abuela.
Bebimos a la vez. Cuando el primer sorbo de vino cayó en mi paladar pude experimentar sus taninos y su suave acidez frutal.
Mi abuela me miraba para ver mi reacción, que no fue otra que darle otro buen trago y ahí sentí cómo el alcohol viajaba por mis venas nada acostumbradas a él.
Al final de la comida, después de degustar un buen jamón, un queso curado y esa añorada ensalada de tomate con aceite de oliva, me di cuenta que todos estos años viajando por los lugares más exóticos y probando sus manjares, este que estaba degustando era algo que me estaba enraizando. No sé si era porque estaba con mi abuela, pero me sentía tan calmada y serena, que no me quedó más remedio que decirle:
– Abuela, gracias…Y discúlpame por no apreciar todo lo que teníamos.
– Layla, no tienes por qué, cada uno tenemos nuestros tiempos, como cada cultivo da su fruto en su temporada.
– He tenido que irme lejos y darme cuenta de qué nuestras tradiciones tienen un gran sentido.
Tos seca de la abuela.
– Mi niñita, jamás salí de aquí y creo que es necesario ver…-siguió tosiendo-. Espero que puedas contarme tus aventuras y aprendizajes.
– Abuela…cuenta con ello, el tiempo que nos queda juntas me encantará brindar y celebrar cada día contigo.
Nuestras copas se juntaron. En ese momento apareció María para decirnos que nuestro tiempo por aquel día había terminado.

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