LA NUBE NEGRA. AL OTRO LADO DEL ESPEJO… – Susana Gonzalo de Luis

Por Susana Gonzalo de Luis

Aquella mañana nada más despertarse sintió que algo no marchaba bien.

La imagen que le devolvió el espejo se encargó de confirmar sus temores. Era incapaz de reconocerse en esa mujer que veían sus ojos, llena de tristeza y sufrimiento, que le obligaron a retirar su mirada pues sintió que si la mantenía, se acabaría perdiendo en ella y ya no habría vuelta atrás…

«¡Qué ingenua había sido!»

Ella que pensaba que por fin se había librado de aquella maldición que como si de una especie de embrujo se tratara, resurgía de una forma periódica y reiterada sin que nada ni nadie pudieran remediarlo…

Esta vez se las había prometido muy felices pues había hecho todo aquello que se esperaba que hiciera: meditación, yoga, afirmaciones, flores de Bach, y combinaciones varias de todas las anteriores; pero una vez más descubrió que esa nube negra había vuelto a colocarse sobre su cabeza cuando menos lo esperaba, liberando aquellos antiguos miedos que creía superados y que sólo estaban agazapados, al acecho, para asaltarla en cuanto bajara la guardia.

Esa habilidad suya de mirar hacia otro lado cuando algo le incomodaba había vuelto a conseguir que no viera la nube que poco a poco se iba aproximando a su cabeza y que, ante su descuido, se había instalado sin previo aviso en su corazón.

Una vez más volvía a apoderarse de ella un desaliento tal que le empujaba a dejarlo todo, a olvidarse de todos, incluso de sí misma, y a refugiarse debajo de las mantas de su cama con la esperanza de que una vez pasado un tiempo pudiera volver a retomar su vida, como si nada hubiera sucedido.

Pero esto no funcionaba así. Ella sabía que no funcionaba así. Sabía que tenía que armarse de valor y enfrentarse a esa nube que, ante su descuido, amenazaba con seguir inundando su debilitado corazón con más lluvia de la que era capaz de contener. Pero ahora no podía; ahora no tenía fuerzas; ahora sólo quería hacerse un ovillo y llorar las gotas de lluvia que ya comenzaban a desbordarla.

No tenía a quién contar estos episodios que la enfrentaban con la realidad y hacían tambalear todo su mundo, cuestionándose todo lo alcanzado hasta ahora.

«¿A quién podría confesar lo que es inconfesable?»

Confesar que se sentía perdida, que se sentía rota por dentro y que había dejado de encontrarle el sentido a la vida, a su vida.
Su cabeza empezó a bullir con ese griterío mental que le impedía ver su realidad con la claridad suficiente como para poder desenvolverse con soltura.
Se adueñó de ella un miedo intenso.

«¿Y si no logro superar este nuevo episodio sin caer en la locura, sin caer en la desesperación de las veces anteriores?»
Se sentía incapaz de manejar la situación por sus propios medios, y como en otras ocasiones, decidió recurrir a la solución fácil: atiborrarse de fármacos para así anestesiarse y olvidar esa nube negra que seguía merodeando a su alrededor.

Corrió hacia su mesilla de noche cegada por el ansia de terminar cuanto antes con esa sensación de desolación que la invadía. Por el camino fue tropezando con todo aquello que había empezado a adueñarse de su entorno: las mantas de su cama tiradas por el suelo, una pila de libros por leer que se mantenía en equilibrio inestable y que tiró a su paso, los cables de sus aparatos electrónicos desparramados aquí y allá. Lo que hasta hacía bien poco había sido un lugar pulcro y ordenado, sin apenas darse cuenta, se había convertido en un lugar caótico en el que costaba adentrase, siendo simplemente el reflejo de su propio mundo interior.

Tras saltar por encima del último montón de ropa desordenada que le separaba de la mesilla, comenzó a revolver todos los cajones desesperadamente, sin poder encontrar las pastillas que detendrían su sufrimiento, que le permitirían dejar de pensar, al menos por un rato, y así olvidarse de su nube negra y poder, por fin, descansar.

«Dios mío, ¿dónde habré escondido las dichosas pastillas? -pensó»

«¿Por qué no aparecen cuando más falta me hacen? ¿Por qué siempre me olvido de aquello que realmente necesito recordar?»
Olvidar aquello que necesitaba recordar.

Aquella frase hizo que algo dentro de ella se agitara y le obligara a prestar atención. Esa atención que solía tratar de evitar para así no tener que sufrir, hasta que llegaba la nube, y entonces, era imposible deshacerse de ella.

«¿Y si quizá la vida te da estas sacudidas para tambalear tus cimientos sólo para que puedas comprobar si son lo suficientemente firmes?»

«¿Y si fuera una oportunidad para revisarlos y decidir si conviene mantenerlos, o derrumbarlos por completo?»
Cuando por fin y tras un largo rato de búsqueda infructuosa aparecieron las pastillas, algo, no sabía qué todavía, se había despertado dentro de su cabeza, y era como si una chispita de luz se hubiera instalado allí dentro emitiendo una débil luminosidad.

A pesar de ello y desoyendo esa llamada se tomó el cóctel de pastillas y se echó sobre su cama, acurrucándose entre sus mantas.

Poco a poco los químicos fueron haciendo su efecto, relajando la musculatura de su cuerpo, y lo más importante, comenzando a apaciguar su mente, o más bien a anular su voluntad y así permitir que pudiera descansar y olvidar la nube negra que seguía aferrada a su cabeza y a su corazón.

Se quedó dormida rápidamente, y lo que debería haber sido un sueño reparador se convirtió en un sueño agitado, efecto de las pastillas y de la combinación de todo lo que brotaba en su cabeza sin control ni sentido alguno.

Como si de un desfile se tratara por su mente empezaron a marchar imágenes repetidas de momentos anteriores. Imágenes desordenadas, inconexas, pero todas ellas con un denominador común: la tristeza; esa tristeza que la asaltaba y conseguía que nada en su mundo tuviera sentido.

Intentó huir de esas imágenes que la perseguían sin piedad. Pero esta vez era imposible deshacerse de ellas. Por mucho que tratara de esconderse, esta vez sabía que la encontrarían, y que moriría aplastada por el peso de esa tristeza arrolladora.
La angustia era tan grande que se despertó sobresaltada y con el cuerpo empapado en un sudor frío.

Observó a su alrededor y al darse cuenta de que estaba en su cama sintió un ligero alivio, pero al instante recordó el motivo de encontrarse allí, y antes de que la angustia volviera a apoderarse de ella, la pequeña chispita volvió a su cabeza, y esta vez con una mayor intensidad.

No sabía si era el efecto de la luz o de las pastillas, pero algo hizo que se levantara precipitadamente, como empujada por un resorte interno, y se dirigiera al baño para volver a enfrentarse al espejo; para volver a hacer frente a aquella desconocida que suplicaba que alguien la escuchara, que alguien la viera.

Sentada en el taburete se dispuso a observar con atención esa imagen, a pesar de que una parte de ella forcejeaba para que escapara de allí y se olvidara de esas ideas peregrinas suyas de observar su propio reflejo.

«Pero ¿no ves que esto no tiene ningún sentido? Observarte en el espejo. ¿Qué pretendes?, ¿que te responda? Pero ¿no te das cuenta de que te estás volviendo loca?»

Pese a su propia resistencia se mantuvo erguida en su taburete y observó.

Comenzó por las manos, esas manos que caían lánguidas en su regazo sin ganas ni ilusión por seguir haciendo cosas.
Continuó subiendo y observó el cuerpo, encorvado, pretendiendo hacerse lo más pequeñito posible para tratar de pasar desapercibida.
Siguió subiendo y se encontró con la boca, que esbozaba una mueca de dolor que era incapaz de disimular.
Y al llegar a los ojos tuvo que armarse de valor para confrontarlos, y al hacerlo, observó esos ojos tristes, vacíos, sin vida; cansados de tantas lágrimas vertidas sin consuelo.

Ante esa tremenda desolación que le mostraba el espejo sintió el impulso de abrazar a ese ser que sufría, como si ella pudiera aún transmitirle parte de su energía para hacer que se liberara de ese dolor.

Era algo extraño. Definitivamente se estaba volviendo loca, o probablemente ya lo estaba. Completamente loca y sin remedio.

Aunque su cabeza sabía que esa imagen era la suya, era como si estuviera observando a alguien muy querido pero externo a ella, y eso hacía que sintiera unas ganas indescriptibles de abrazarla, de acunarla, de liberarla de todas las heridas que la mantenían cautiva, al otro lado del espejo.

Y al otro lado del espejo reconoció a todas las mujeres que formaban y habían formado parte de su vida: a su madre, a sus hermanas, a sus hijas, a sus primas, a sus tías, a sus abuelas, a sus amigas; a todas aquellas mujeres que de alguna manera, y como ella, habían permitido que su voz se fuera apagando, desoyendo sus propias necesidades, sus propias ilusiones.

Y de una manera inconsciente alargó su mano y la llevó con suavidad a la cara de la mujer que sufría, que sólo necesitaba ser vista y que su grito silencioso se escuchara y no cayera en el olvido. Sólo necesitaba una mano amiga que la consolara y le recordara que ya no estaba sola, y que a partir de ahora tendría a alguien en quien confiar, a quien confesar lo inconfesable, sabiendo que permanecería a su lado sin salir huyendo despavorida ante el sufrimiento ajeno.

Ese gesto tan sencillo, pero tan lleno de amor, consiguió que la mujer, al otro lado del espejo, levantara su mirada y la posara con agradecimiento sobre su propia mirada, devolviéndole así su caricia.

Ambas por fin se habían visto, se habían reconocido, y sabían que formaban parte de la misma mujer, con sus luces y sus sombras. Que se necesitaban la una a la otra, pues las dos, caras de una misma moneda, eran dignas de ser escuchadas, de ser vistas, de ser tenidas en cuenta.

Continuó sentada en el taburete durante un largo rato, escuchando y observando. Pero esta vez, y por primera vez en mucho tiempo, escuchando y observando aquello de bueno que ya existía dentro de ella; aquello que la hacía diferente, que la hacía única; aquello que podía aportar al mundo para que éste fuera un lugar mejor. Evitando enfocarse, como había hecho hasta ahora, en todo lo malo que creía que debía eliminar o corregir, pues ese empeño suyo le había hecho perder su alegría y su ilusión, llegando al punto de, en ocasiones, querer tirar la toalla.

Así que decidió ser valiente y convertir esa parte suya, aquella que iluminaba su vida, en su mayor parte, para así transformarse en la mejor versión de ella misma; potenciando todo aquello que le hacía sentirse bien, alegre, vibrante, conectada y restando así espacio a todo lo que ya no le aportaba, hasta que sin apenas darse cuenta, la oscuridad ya no tendría cabida dentro de ella.

Cerró los ojos, mientras mantenía su mano en la cara del espejo, para así comenzar a sentir como el corazón de ambas mujeres se acompasaba y su latido se convertía en un solo latido.

Al cabo de un tiempo indefinido y al volver a abrir los ojos, se encontró en su cama, con las sábanas y las mantas revueltas a su alrededor.
Sintió un pellizco de desilusión en su pecho.

«¿Habrá sido sólo un sueño?» se preguntó con un tono de tristeza en su voz.

Se levantó despacio, con cautela, y se dirigió al baño. Miró al espejo con cierto recelo sin saber lo que le devolvería su reflejo, y al encontrarse en sus ojos y reconocerse de nuevo, terminó de derramar las últimas lágrimas de su nube negra, lágrimas llenas de esperanza al descubrir que no, no había sido un sueño, pues su imagen le devolvía una tímida sonrisa que sólo era el preludio de lo que estaba por llegar.

Susana Gonzalo de Luis.

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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Esta entrada tiene un comentario

  1. Bea

    Precioso relato…muy enriquecedor. Gracias!

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