LA PELOTA HECHA CON UN CALCETÍN LLENO DE PERIÓDICOS

Por Montserrat Flores García

Eran los años cincuenta. En esa época se vivía bajo la dictadura franquista en Barcelona, donde había mucha pobreza. Y no era menos pobre la forma como vivía una familia en un piso situado detrás del Mercado La Boquería. En ese hogar vivían los abuelos paternos, los padres, su sobrino y sus dos hijos.

Hacía un día cristalino, intensamente caluroso y brillante. El sol se colaba por el balcón que daba a la calle en la sala del comedor, iluminando la gran mesa que había al centro, rodeada por ocho sillas.

Era verano y hacía en ese hogar más calor de lo normal, al tener debajo de ellos la panadería desde donde subía el calor que desprendían sus hornos. Ni una brisa, aunque dejaban abierta la puerta que daba al pasillo y este se comunicaba con el otro balcón desde donde se accedía al patio de luces.

Pero la puerta tenía que estar cerrada, ya que en esa casa entraban clientes que compraban los zapatos que tenía Antonia en el despacho que compartía con su marido cuando este regresaba de trabajar de la farmacia para atender a los pacientes, ya que hacía de practicante (mirar la tensión, poner inyecciones, coger muestras para llevar a los laboratorios, etc.).
Correteando por alrededor de la mesa había dos niños de cinco años con una pelota hecha por su abuelo con periódicos dentro de un calcetín.

Daniel estaba en la silla que ocupaba como cabeza de familia, mientras miraba con alegría a sus nietos José y José Manuel. Vigilaba que los niños no rompieran nada de las vitrinas que había en la pared detrás de donde estaba sentado el abuelo y en la otra opuesta. Aunque estos niños eran muy obedientes y hacían caso a sus mayores.

De repente sale Javi de la habitación de los abuelos que se comunicaba con el comedor. Aunque tuviera dos años, Javi era capaz de hacer cualquier travesura imprevista. Va detrás de la pelota con la que estaban jugando su primo y su hermano. La coge y se va corriendo al balcón, desde donde la tira a la calle.

– Javi, eres muy malo – había dicho José a su primo.
– Tranquilo, niños. Tomad esta pelota – y el abuelo les daba otro calcetín lleno de papel de periódico a sus nietos –. Ahora subiré con la otra. Jugad, que pronto regreso.

Diego se levanta de su silla lentamente, pues su barriga pronunciada no le dejaba ser ágil. En ese momento, entra desde el pasillo Pilar con la merienda de los niños.

Quédate con los niños que voy a buscar la pelota que se les ha caído a la calle – dice Diego a su mujer. Y salió de la sala por el pasillo.

– Niños, a merendar – dijo Pilar, dejando la bandeja donde llevaba la merienda encima de la mesa –. De momento guardaré yo la pelota hasta que terminéis de comer. Luego continuaréis jugando.

Javi se quejó un poco, pero terminó obedeciendo a su abuela.

José y José Manuel tenían para merendar pan con chocolate y un vaso de leche. Mientras que el benjamín de la familia se tomaba su vaso de leche con galletas. Pilar observaba con amor a sus tres nietos.

Pilar estaba agradecida de que su hijo se hubiera hecho cargo de cuidar a José Manuel siendo hijo de su hermana, ya que el padre de este no lo había reconocido y tenían miedo de que el niño fuera a parar en un orfanato. También estaba agradecida de que tanto Francisco como su nuera les hubieran dejado vivir a ella y a su marido con ellos, sabiendo que Diego no era el padre de Paco, ya que éste había muerto en la guerra.

– Abuela, ya hemos terminado. Por favor, ¿nos puede dejar la pelota para que juguemos? – preguntó José a su abuela.

Pilar le entregó a su nieto la pelota con una sonrisa. Los niños jugaban con la inocencia de no saber todos los sacrificios que estaban haciendo los mayores para que crecieran sanos, fuertes y felices. Llenos del amor que se respiraba en esa casa.

Cuando Diego regresó con el calcetín, Pilar se había ido con la bandeja llena de vasos y platos a la cocina para lavarlos.

El abuelo se volvió a sentar otra vez en la misma silla mientras miraba con ojos cansados a sus tres nietos que jugaban con la pelota hecha de calcetín lleno de periódicos y reían alegremente.

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