LA SOMBRA DEL ARTISTA – Olga Esther Moreno Rodríguez

Por Olga Esther Moreno Rodríguez

Entré en la cafetería y me senté en la mesa del fondo, la que está junto a la ventana. Me puse de espaldas a la gente, necesitaba tiempo para mí, para pensar.

Dejé caer la cabeza entre mis manos y descargué en ellas todo el peso de mi tristeza. Fue entonces cuando las lágrimas volvieron a correr por mis mejillas. Había llegado el momento de empezar de nuevo.

Tiempo antes……….

Marta era una joven de 29 años que acababa de llegar a Madrid. Le habían hecho una oferta de trabajo en una galería. Había estudiado historia del arte en Florencia y después un Máster en la Georgetown University – Graduate School of Arts & Sciences.

La Galería Kreisler, en el corazón del barrio de Salamanca me había contratado. No podía creerlo. El sueldo no era muy alto, pero tendría comisiones por los artistas que consiguiera. Estaba emocionada.

Tuve que buscarme un sitio para vivir. La zona no estaba a mi alcance así que busqué algo por el centro y encontré un estudio muy bonito en el barrio de la Latina. Estaba recién reformado y aunque era muy pequeño cumplía todos mis imprescindibles. Intenté hacer de él un buen refugio.

Mi trabajo era apasionante. Estaba conociendo a mucha gente: museólogos, iluminadores, grafistas, diseñadores, músicos, actores, publicistas etcétera, junto con algunos de los museógrafos (como, presuntuosamente, me gustaba considerarme) más influyentes.

En apenas dos años que salí de Florencia había cambiado tanto mi vida que me costaba creerlo. Estaba aprendiendo mucho y me estaba haciendo un hueco en mi mundo.

Por las tardes y los fines de semana me gustaba visitar otras galerías y exposiciones intentando buscar nuevos talentos entre los visitantes. Fue allí donde conocí a Guido.

Estaba en una exposición del hotel Emperador. Calo Saiz nos mostraba sus retratos. Me encantaba. Tan simple en sus formas y con colores tan puros.

  • ¿Scusi bella, podría dejarme un bolígrafo?

Me asusté y di un respingo. Él se empezó a reír mientras se disculpaba.

  • Perdona signorina, no pretendía asustarla.
  • ¿Perdona? — Me dije a mí misma. Te perdono lo que quieras gritaba mi cabeza. Era realmente guapo.

Me puse tan nerviosa que no era capaz de encontrar el bolígrafo. Sentía, por encima de mi cabeza, como seguía sonriendo. Incluso me preguntó si necesitaba ayuda. Le respondí con una mirada fulminante que le provocó una pequeña carcajada.

Me estaba superando.

  • No te muevas de aquí, ahora vuelvo.

Por alguna extraña razón le hice caso.

Cuando volvió me cogió de la mano y me sacó de la sala.

  • Estaba convencido que te aburrías, ¿tienes hambre? Te invito a cenar.

Y ahí empezó mi historia con Guido.

Era un artista buscando una oportunidad y aunque había tenido algunos contactos en la exposición no terminaron de llegar a buen puerto.

Su trabajo era bueno. Se dedicaba a la escultura con materiales metálicos. La composición era buena y sus diseños estaban llenos de expresividad.

Le propuse ayuda, pero se negó, no quería que pareciera tráfico de influencia, ya que eso devaluaría su trabajo. Llamó a muchas puertas, pero la cosa estaba difícil.

A los dos meses se vino a vivir a mi casa.

Era atento, detallista y dulce. Cada día venía a buscarme al trabajo y nos gustaba volver a casa caminando. Preparábamos cenas especiales. Él hacía unos spaghetti vongole espectaculares y yo le deleitaba con mis dotes culinarias. Nos gustaba sentarnos en el sofá azul turquesa a ver películas de Marvel, o series de Netflix

Su mirada cálida me reconfortaba cuando tenía problemas en el trabajo. Siempre tenía la palabra correcta.

Los siguientes meses los pasamos tranquilos y felices.

El invierno llegó y Guido solo había conseguido alguna colaboración en salas pequeñas con grupos de artistas. Estaba desanimado y me estaba empezando a preocupar.

Mi trabajo iba muy bien. Había alcanzado los objetivos y me habían dado un generoso bonus. Además, la empresa había cerrado un buen año y mi jefa había decidido hacer una fiesta de Navidad por todo lo alto que me pidió organizase.

Pensé que podría ser un buen momento para presentar a Guido y hacer fluir una conversación que facilitase poder ayudarle.

Para la fiesta reserve en URSO Hotel. Era exactamente lo que quería, lujoso, pequeño y romántico. Elegí la sala del invernadero. Con su techo acristalado y sus plantas colgantes creaban un amiente único.

Elegí sitios estratégicos para colocar las piezas de Guido. Iluminación directa que hacía resaltar toda su expresividad. Estaba feliz, había quedado como lo imaginé, me sentía orgullosa de mi trabajo.

Llego el día. Me había comprado un vestido rojo que resaltaba mi larga melena rubia y mi piel blanca. Era un diseño de una influencer. Me había costado una pasta. Las sandalias eran de Lodi y la cartera de Chloé. Me sentía hermosa.

Guido necesitaba poco para brillar con luz propia. Esmoquin negro, melena suelta, barba de 2 días. Impecable. Todavía me parecía mentira que me hubiera elegido a mí.

Llegue a la fiesta de las primeras para encargarme de la logística. Había una persona que recibía a cada invitado y comprobaba que estuviera en la lista. Guardarropas a la derecha y entrada a la izquierda tras una cortina. Me volví a sentir orgullosa.

Olivia llegó.

Mi jefa era una cuarentona estupenda. Alta y esbelta. Pero castaño con unas carísimas balayage. Rezumaba clase.

Pertenecía a una familia de diplomáticos. Había vivido en muchos países de diversas culturas y eso le había proporcionado idiomas, cultura y muchos contactos.

Estaba separada y no tenía hijos. Su vida era el trabajo y las relaciones sociales. No conocía a nadie con tanta vida social como ella.

La vi de lejos. Me miró, me sonrió y me hizo un gesto para que me acercara.

  • Una organización impecable Marta, estoy muy satisfecha con tu trabajo. Además, estás preciosa– Su adulación me puso nerviosa.

Guido estaba hablando con algunos de mis compañeros a los que había conocido en alguno de los afterwork a los que habíamos ido. Mientras, yo, estaba de aquí para allá y cuando nos cruzábamos miradas él me guiñaba un ojo o me lanzaba un beso. Dios, no se podía ser más feliz.

Tuve que salir de la sala y a la vuelta, vi a Olivia y Guido charlando junto a de una de sus obras.

Cuando me acerqué Olivia me espetó.

  • Pero bueno ¿Cómo no me habías dicho que tu novio era un artista de tanto talento? – me dijo regañándome.

Me puse colorada y le dije.

  • Guido es muy particular con su trabajo y no quería utilizar mi trabajo para mostrar su obra.
  • Pero bueno, lo has expuesto aqui– Me contestó.

Me puse colorada y no supe que contestar. Olivia añadió.

  • Vamos Marta, eres museógrafa ¿no? Ese es tu trabajo. Además, te recuerdo que cobras comisión por nuevos talentos. – Seguía diciendo con la seguridad que la caracteriza.

Entonces fue Guido el que intervino.

  • Perdónala, Olivia, he sido yo quien no quiso, bajo ningún concepto, que hablara contigo. Es su trabajo. – Dijo justificándome.

 

  • Bueno – dijo Olivia, – Al final nos hemos conocido y es tu obra la que me ha cautivado, así que, a partir de ahora seré yo quien lleve tu carrera, si te parece bien, claro.

Guido estaba emocionado y mientras asentía con la cabeza le decía. – Sí claro, es un honor.

Después se giró hacia mí y me elevó por los aires mientras me besaba y me decía.

  • Esto es gracias a ti y a que me convencieras para exponer hoy. Lo hemos conseguido. Gracias. Te quiero. – repetía mientras me besaba.
  • ¡Para Guido! – le decía roja como un tomate – Nos están mirando.

 

Guido quedó en visitar a Olivia el día siguiente en la oficina. Mientras tanto la fiesta discurrió perfecta. Al salir volvimos a casa caminando, abrazados, disfrutando, cada uno, de su éxito.

 

A partir de ahí la carrera de Guido empezó a funcionar. Después de aquella reunión, en la que se decidió que yo me mantendría al margen para evitar cualquier tipo de suspicacia, Guido pasaba más tiempo con Olivia que conmigo. No estaba celosa por ella, pero me hubiera gustado formar parte de su éxito.

Los siguientes meses transcurrieron entre campañas de márquetin y exposiciones donde invitaba a lo más granado de la sociedad, la publicidad y la cultura. Incluso, una de sus obras fue portada de un libro.

A medida que Guido subía le sentía más lejos. Cuando no estaba en el taller estaba preparando una exposición o viajando en alguna promoción de su obra.

Olivia siempre le acompañaba. Era su mentora y se sentía orgullosa.

A parte del tiempo no tenía quejas, seguía a mi lado, era cariñoso y atento, pero le echaba de menos.

Era nuestro primer aniversario. Había reservado una noche en un hotel burbuja de las afueras de Madrid. Saldríamos por la tarde, después del trabajo.  Teníamos sesión de Spa en pareja, Masaje y una maravillosa cena íntima en la parcela de la habitación.

Había hecho una playlist de música especial y había conseguido una botella de Amarone della Alpolicella del 2004. Lo vendían solo para coleccionistas, pero después de tirar de amigos de la universidad lo había conseguido. Había quedado en pasar a buscarle por el taller.

Salí pronto de la galería, ya que Olivia estaba de viaje, y era a la única que tenía que darle explicaciones.

Aparque lejos, esa calle era horrible. Llame varias veces, pero no abrieron. Le llamé por teléfono y nada. Estaba apagado. Estaba empezando a preocuparme. Recordé que tenía una copia de las llaves en el coche, las cogí y entré. Todo estaba a oscuras. ¿Dónde estaba? Revisé el taller y nada.

De pronto oí como se abría la puerta. Era Guido. Pero, no estaba solo, le acompañaba una mujer. Reconocí la voz de inmediato, Olivia, pero ¿no estaba de viaje? Me detuve para pensar que iba a decirle, me había escapado antes, pero mientras pensaba las voces cesaron. Me acerqué a la puerta y los vi. Estaban protagonizando la escena de una película erótica. Me quedé allí plantada, en la penumbra, sin hablar, hasta que necesitaron respirar y al girarse para adentrarse en el taller se quedaron quietos, mirándome. Las palabras atropelladas golpeaban mis oídos, pero yo no oía nada. Mi cabeza estaba bloqueada, me iba a marear. Tenía que salir de allí. A empujones me hice camino entre ellos y salí corriendo. No veía, los ojos estaban nublados de lágrimas.

  • Marta- gritó Guido. Se sentía la angustia en su voz.

Acababa de cruzar la puerta. Por un momento me paré. Pero enseguida continué mi huida.

  • Déjala ahora – le dijo Olivia.
  • No – gritó él y salió corriendo detrás.

Olivia intento detenerle y al no poder corrió detrás de él.

Solo oí un grito hueco, un frenazo y un golpe. Me paré de golpe y me volví. Guido estaba de pie y en el suelo……, Olivia.

Nos miramos durante unos segundos en los que nos dijimos todo. Sus ojos me llamaron a gritos, pero mi dolor era inmenso. Ni si quiera valoré la situación. Me volví y me fui al coche. No volvería a llorar.

Las semanas siguientes pasaron entre la comisaría y la galería. El periódico contaba que la dueña de la famosa galería Kreisler había fallecido atropellada cuando salía del taller de uno de sus artistas. Nada extraño, nada anormal.

Como no había descendientes los padres heredaron la empresa y decidieron venderla.

Mi vida, esa que se antojaba feliz, se había desmoronado bajo mis pies.

No había vuelto a verle ni a saber de él.

 

 

Cuando se calmó, pidió un té con leche y abrió el periódico. Tenía que buscar trabajo. Mientras repasaba las ofertas sintió un temblor en el cuerpo, giró la cabeza hacia la ventana y allí, parado junto a la ventana, mirándola, le volvió a ver.

 

 

 

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