LA TERAPIA DEL DOCTOR REQUENA – Isabel García Guindo

Por Isabel García Guindo

Cuando Luis vio la cara descompuesta que traía Irene después de la consulta que aquel día tenía con el Dr. Requena, se quedó mudo. Habían quedado en la residencia en la que ella vivía para terminar un trabajo que tenían que presentar al día siguiente y la estaba esperando en el patio cuando la vio entrar cabizbaja y con signos de haber llorado.
–¿Qué te ha pasado? Traes una cara como si hubieras visto a un fantasma.

Irene no podía articular palabra. Levantó la mano pidiéndole calma. No sabía cómo se iba a tomar su amigo lo que tenía que contarle.
–Dame un tiempo para cambiarme y nos vemos en la biblioteca. Subió las escaleras de dos en dos hasta llegar a la habitación donde todavía se quedó llorando un rato más.

Luis le había recomendado, dos años atrás, a Paco, que así era como se llamaba el Dr. Requena, como un psicoanalista de prestigio para ayudarla en el duelo que estaba sufriendo tras la muerte inesperada de su padre cuando tan solo contaba sesenta años y ella diecinueve. Un infarto cerebral se lo había llevado de la noche a la mañana dejándole un sentimiento de orfandad y culpa que se había apoderado de su existencia. La última vez que padre e hija hablaron tuvieron una disputa por un viaje que ella quería hacer con unos amigos y al que él se negaba. Y no volvieron a tener la oportunidad de hablar y reconciliarse. Eso la llevó a una profunda crisis que no la dejaba vivir: comía mal, no podía dormir, dejó los estudios que compaginaba con el trabajo…

Las primeras consultas consistieron en ir desmontando ladrillo a ladrillo la vida con la que había ido construyendo su personalidad. En ese periodo tuvo que ir enfrentándose a sus fantasmas que no eran pocos. Al ir revisando el pasado, tuvo que revivir momentos que había tratado de esconder en lo más recóndito del subconsciente. Cuando llegó a su más tierna infancia, le tocó revivir el abuso del que fuera objeto cuando tan solo contaba cuatro años por el viejo baboso que vivía en la calle colindante a la suya.

El viejo aprovechaba cuando las madres estaban en sus tareas y la calle quedaba desierta para acercarse a las niñas que jugaban con sus muñecas ajenas a cualquier peligro. Las sentaba en el poyato de la puerta para contarles un cuento, decía.
El cuento era el que él se montaba. Según les iba contando una historia que se le iba ocurriendo y que nada tenía que ver con cuentos ni con cuentas, les metía la mano de uñas mugrosas entre las braguitas –tocara a la que tocara– mientras, con la otra mano les cogía la manita y se la llevaba a la entrepierna. Por sus labios, que a duras penas se dejaban ver tras una barba canosa que le cubría la cara, sacaba un piquito de lengua que parecía un reptil y se relamía como si lamiera un helado. Mientras, en la cara de la niña se iba marcando un rictus de dolor por el rozar del dedo áspero y agrietado que restregaba una y otra vez por su pequeño clítoris.

Cuando trabajaban con el episodio del viejo baboso, y aunque el Dr. Requena se sentaba a la cabecera del diván, Irene, que no podía resistirse a girar la cabeza en algún momento de los tres cuartos de hora que duraba la terapia, observaba la parsimonia con la que él, con el bloc sobre la pierna cruzada, chupaba el capuchón del bolígrafo al tiempo que con la otra acariciaba capullo a capullo las rosas que siempre tenía frescas en un jarrón junto al sillón. Para ella, en aquellos momentos, ese comportamiento hasta le parecía una actitud sofisticada que le daba sensibilidad y cercanía.
Cuando terminaban la sesión la acompañaba a la puerta y siempre la despedía con un abrazo de apariencia paternal. Como era una joven ávida de conocimientos, desde que empezara la terapia se había interesado por los libros de psicología y sabía que aquello no se correspondía con una buena praxis, pero como era amigo de Luis y en más de una ocasión se cruzaban en el pasillo con Piluca, su mujer, que volvía a tener una barriga que dejaba ver su segundo embarazo y ésta siempre le regalaba una sonrisa mientras él le acariciaba la barriga, tampoco le dio mucha importancia. Paco le había confesado que las mujeres embarazadas le movían la libido. Ese tipo de confidencias del psicoanalista le parecían un poco fuera de lugar. Pero seguía justificándolo por la cercanía que según su amigo tenía con las pacientes.

Había tratado de recomponerse antes de bajar a la biblioteca donde la esperaba Luis que andaba mareando los papeles en los que tenían que trabajar. No podía concentrarse en espera de que le contara lo que la había hecho llegar en esas condiciones.
–Bueno, ¿me vas a contar ya qué es lo que ha pasado?, ¿te han intentado atracar?, ¿alguien se ha metido contigo en el autobús?
–Dime, Luis. ¿Cuánto conocías tú a Paco cuando me lo recomendaste?
–Ya te lo conté. Le conocí a través de una amiga que está en el psiquiátrico de Ciempozuelos en el que él trabaja como director. Mi amiga, que tiene muchos momentos de lucidez, siempre me ha contado que es una persona muy cercana. También me lo ha parecido a mí cuando en alguna de las visitas que le hago a Ángela nos hemos encontrado en el pasillo y siempre se para a hablar con nosotros. Me dijo que compaginaba el trabajo del hospital con el de psicoanalista y me dejó su tarjeta. Tampoco mucho más.
–Creí entender que erais amigos. ¿Ángela es esa mujer rubia y atractiva que me mostraste en una foto?
–Sí. Pero vamos, que tanto como amigos no somos. Me pareció que el ser psiquiatra y psicoanalista le avalaba como profesional y que te vendría bien empezar la terapia con él.
Irene, que ya ha conseguido sosegarse, empieza a contarle lo ocurrido en la consulta de esa tarde.
–A ver cómo te lo cuento. Hoy hemos trabajado con mi problema de dualidad. Sabes que yo no me siento cómoda cuando por la calle algún hombre empieza a piropearme o ponerme ojitos, que trato de vestirme de forma poco provocativa y que rehúyo a los halagadores. Pues bien, cuando le estaba contando que por un lado quería mostrarme poco atractiva para los hombres, pero que al tratar de esconder mi feminidad tampoco me sentía cómoda, me ha pedido que le mostrara las posturas que ponía que no me hacían sentir femenina al encontrarme en la calle o en cualquier situación. Y yo, con un mucho de vergüenza y pudor, pero con las ansias de superar ese problema, me he puesto a mostrarle las posturas que suelo adoptar y, en una de ellas, me ha agarrado por la cintura.
–¿Cómo? –La interrumpe Luis que empieza a imaginarse lo que viene. ¡Pero será indeseable!
–¿Y tú que has hecho? –Cuando me lo eche encima…
–Por favor, deja que termine de contarte. Lo que te he contado hasta ahora no es nada con lo que viene a continuación.
–No me irás a decir que se ha atrevido a más
–Pues sí. Después de agarrarme por la cintura me ha besado suavemente en la boca y, cuando creí que se iba a quedar en eso, me ha tumbado sobre el diván y ha empezado a meterme la lengua hasta que la excitación se ha hecho patente en su entrepierna.
A Luis se le va poniendo la cara verde.
–Ésto no puede ser, le tienes que poner una denuncia.
–¿Vas a dejar que te cuente lo ocurrido o me vas a interrumpir permanentemente? Por favor, deja que te siga contando. –Para indignada ya me sobro yo.
Cuando ha calmado a Luis, que no puede salir de su asombro, prosigue con el relato.
–Me he quedado paralizada por la sorpresa. Cuando el pánico empezaba a apoderarse de mí sin saber hasta dónde podría llegar y sin poder articular palabra, se han escuchado los pasos de Piluca acercándose a la consulta y se ha levantado como un resorte. Para entonces ya había empezado a desabrocharme la camisa y restregarse entre mis piernas que me las había separado con un gesto brusco.
–Está claro, por lo que me cuentas, que tenía la intención de violarte. Nunca hubiera imaginado algo parecido. Ahora me haces pensar qué no se traería con Ángela.
–Pues lo bueno viene ahora. Cuando se ha recompuesto ha tratado de restarle importancia a lo ocurrido. Me ha dicho que con su comportamiento lo único que había querido era reafirmarme en que era una mujer deseable.
–Será hijo de … esto no se puede quedar así, mañana le llamo y se va a enterar.
–No, no vamos a hacer nada, no voy a volver a la consulta. Antes voy a tener que superar el asco y la sensación de culpa que me impregna. No quiero volver a tener ningún tipo de contacto con él ni para denunciarlo. –Déjalo–, ya seguiremos con esto en otro momento o no terminaremos el trabajo.

Habían trascurrido unos años desde que tuviera lugar aquel aciago día en el que el psicoanalista tratara de forzarla y, aunque nunca se lo quitó de la cabeza, había vuelto a sus estudios donde conoció a un compañero con el que comenzó un noviazgo. Poco a poco fue recuperando autoestima. La experiencia la había fortalecido. Ya no se paraba a pensar si sus posturas hacían cuestionarse a los otros su sexualidad cuando, Luis, con el que seguía manteniendo la amistad, la llamó para decirle que quedaran a tomar un café que tenía una buena noticia para ella.
–Adivina qué tengo en este sobre.
–Pues ni idea. Mejor me lo cuentas.
–En el Banco me han dado dos invitaciones para una conferencia que van a dar en el Forum sobre la violencia sexual hacia las mujeres y uno de los ponentes es ni más ni menos que nuestro amigo Paco.
–Queee
–Lo que oyes.
–Me parece increíble que tenga la desfachatez de dar una conferencia sobre ese tema. Pero por supuesto que la quiero oír.

Días antes se pasó por una tienda en la que imprimían textos en las camisetas e hizo que le imprimieran uno en letras violeta sobre fondo blanco.
Habían llegado con tiempo suficiente para colocarse en las primeras filas. Llevaba una gorra con visera y un amplio jersey que no dejaba ver sus formas. Una vez terminada la exposición en la que el Dr. Requena había definido lo que era una violencia sexual “un acto que se ejerce desde una posición de poder sin que haya consentimiento por la otra parte” (…)
Cuando todos los ponentes habían terminado se abrió un turno de preguntas. Irene se había encargado de pedir el primer turno y, antes de dirigir su pregunta, se giró hacia la audiencia y se quitó la gorra y el jersey para que todos pudieran ver el texto que llevaba impreso. “YO FUI AGREDIDA”. En la cara de los allí presentes se notaba el gesto de sorpresa mientras señalaban el texto impreso. También llegaban palabras de sorpresa desde la mesa que no veían lo que estaba ocurriendo.
Una vez estuvo segura de que su mensaje había sido leído se giró. Para entonces él ya la había reconocido y pudo ver que estaba lívido.
–Dr. Requena. ¿Se acuerda del día en el que me tumbó en su diván para hacerme sentir que era una mujer deseable? Eso es lo que me dijo. Yo lo recuerdo muy bien. Me tenía amordazada, sin poder moverme atrapada por sus piernas y, cuando estaba a punto de violarme, los pasos de su mujer, cercanos a la consulta, me salvaron de que consumara la violación.
Para entonces el auditorio ya era un clamor de silbidos y reprobación.
– Yo no necesito tus palabras, Paco. Ya conozco tu caladura. Explícaselo a la audiencia.

Irene cogió la mano de Luis y, sin esperar a oír la respuesta del psicoanalista, encauzaron el pasillo hasta la salida mientras los aplausos la seguían.

 

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Luis

    Sé que es un relato, pero… ¡Cuánto tienen que sufrir las mujeres! Y que algunos hombres se sientan amenazados cuando se denuncian estas cosas, no es de recibo. Un relato muy bien conducido, se sumerge uno en él desde el inicio. Enhorabuena.

  2. Teresa

    Muy bien relato , lo triste es que por desgracia podría ser real . Me ha gustado mucho . Enhorabuena y adelante.

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