LA TRAICIÓN – Raquel Medina Villanueva

Por Raquel Medina Villanueva

– ¡Chicas, advierto, en cuanto nos dejen salir, me pienso desmelenar de tal forma que va a arder la ciudad entera!
– ¡Jajaja! Julieta, dosifícate que nos conocemos, ¡deja algo para las demás!
– ¿Para las demás? ¿para quién, Laura? ¡Si tú, con confinamiento o sin confinamiento, no sales ni a palos, jajaja!
– Mira, yo no sé si esto es un confinamiento o un “confitamiento”, desde que estamos encerrados a golpe de Real Decreto, no paro de comer. Me pesé ayer ¡y he subido ya dos kilos! Como esto dure mucho más, el día que podamos salir no voy a caber por la puerta -se quejó Laura.
– Bueno, bueno, no empecemos a hacer planes todavía, que no sabemos lo que nos queda de encierro,
¡aunque yo ya estoy que me subo por las paredes! Ayer saqué la basura en tres tandas con tal de pisar la calle, y hoy voy por el mismo camino, si no se me adelanta mi marido ¡jajaja! Eso sí, si va a arder Troya, ¡invítenme, coño!
– ¡Por supuesto, Margaret! las tres mosqueteras no seríamos tres sin ti -replicaron Julieta y Laura al unísono y con complicidad.
– Chicas, tenemos que pensar en algo épico para cuando este dichoso virus del COVID desaparezca – dijo Julieta.
– Laura, ¿qué le ha pasado a Hilse? ¿por qué hoy tampoco se ha unido a la videollamada? – preguntó Margaret.
– No lo sé muy bien, me envió un mensaje diciendo que no se encontraba bien, creo que otra vez una de sus migrañas, pero no me precisó. Estas últimas semanas la he notado bastante esquiva. De todas formas… ¿les puedo confesar algo?
– ¿Qué pasó, Laura? cuando pones ese tono suele ser gordo el tema- dijo Julieta.
– ¿Recuerdan la última vez que salimos en grupo, antes de que nos confinaran?
– Sí, salimos las 4, mi marido, tu chico y el amigo de Julieta -añadió Margaret. – ¿Nos perdimos algo?
– A ver, quizás son imaginaciones mías, pero… creo que Hilse estaba coqueteando con Guillermo.
-¿Con tu Guillermo? -preguntaron las dos, escandalizadas. -¿Estás segura? Ya sabemos cómo se las gasta Hilse, pero no la veo capaz de llegar tan lejos, ¡jolines, que ustedes son amigas desde niñas!
– No lo sé, amigas, en el último año y medio nos hemos distanciado bastante, en realidad a mí no me ha apetecido compartir demasiadas cosas con ella y cada vez encuentro más insoportable sus pijadas.
– ¿Y qué actitud tomó Guillermo con sus coqueteos? -preguntó Julieta.
– Pues me dio la sensación de que le seguía el juego, y se cortó cuando regresé a la mesa con las bebidas.
– ¡Noooo! – exclamaron las dos amigas- ¿Y cómo no nos dimos cuenta?
– Ustedes estaban enfrascadas en una discusión sobre el cambio climático con Tony y Gerardo, ¿no se acuerdan?
– ¿No hablaste después con Guillermo sobre el tema?

– No me atreví, Julieta, apenas llevo unos meses con él y todavía no lo conozco bien, no sé cómo reaccionaría y tampoco quiero parecer una controladora, ni una paranoica. Pero algo me da mala
espina. Después, aquel fin de semana nos confinaron y claro, ya no se ha vuelto a presentar una nueva ocasión con la que poder comprobar si lo que percibí aquella noche es tal como yo lo vi, o es una mala interpretación mía.
– ¿Por qué no nos contaste esto antes? Quizás podríamos haber prestado más atención, a ver si nosotras notábamos algo raro.
– ¡Yo qué sé, Margaret!, ustedes me tienen colgado el sambenito de catastrofista, que siempre veo problemas donde no los hay y voy poniendo la tirita antes de tener la herida.
– ¡Joder, Laura, pero es que esto es muy serio, coño! -soltó Julieta. – Nos lo tenías que haber contado.
Sabiendo como es Hilse, que siempre tiene que ser el centro de atención de todos los gallos del
gallinero, no me sorprendería que fuera cierto lo que intuiste aquella noche. ¡Pero vamos, me parece traspasar una línea roja muy grande por su parte!
En ese momento se escucha un fuerte zumbido grave en casa de Laura que llama su atención, y hace arrugar las caras de Julieta y Margaret.
– ¡Puñetas, Laura, a ver cuándo cambias el maldito timbre de tu casa!
– ¡Menudo susto! ¿no te sobresalta cada vez que suena? -dijo Margaret.
– Bueno chicas, las dejo, ya llega mi niño de casa del padre, esta semana le toca conmigo. ¿Hacemos videollamada mañana otra vez?
– Sí, a la misma hora. Laura, mira a ver si se conecta Hilse, quizás podamos investigar sutilmente acerca de su inadecuado interés por Guillermo -comentó Julieta con malicia y picardía.
– ¡Calla, calla! Ni se te ocurra sacar el tema, Julieta, no tengo ganas de follón y menos hablar de ello sin estar en persona. Además, seguro que se hace la víctima y nos hará quedar como tres brujas.
– ¡Qué aburrida eres, mi niña! Para algo interesante que sucede en confinamiento…
– Yo seré una aburrida, pero tú eres una chismosa. Las tres amigas se echaron a reír.
– De verdad, Laura, no entiendo por qué sigues siendo su amiga, no sería la primera vez que te hace algún feo y siempre la estás disculpando.
– Son muchos años, Margaret, muchas vivencias y cosas compartidas, le tengo cariño. Aunque es cierto que últimamente me estoy replanteando muchas cosas con ella. Me da pena, siempre está encerrada en su casa con sus pelis antiguas, sus libros, su música de los años 50. Encima la pobre no tiene suerte, según me contó, en este nuevo instituto casi desde el primer día la mayoría de las compañeras de
trabajo la miraban mal y le está costando integrarse.
– ¡Pero si el curso pasado le ocurrió lo mismo! ¿No te acuerdas? Se quejaba de que no contaban con ella para desayunar y más de un compañero se le insinuó, ya me gustaría a mí saber quién se le insinuó a quién. ¡Al final terminó enrollándose con un par de profes y nos lo contó como si hubiera ganado unos trofeos de caza! Sinceramente, no puede ser que a su alrededor todos estén mal y que a la
pobrecita nadie la comprenda. Va de víctima, Laura, ¿no lo ves?
– Me tengo que ir, ya hablamos mañana -dijo Laura mientras sonaba otra vez el timbre de la casa.

– Niñas, yo también me desconecto, hoy me toca preparar a mí la cena -dijo Margaret – pero Laura, yo opino igual que Julieta, no estás viendo tu relación con Hilse con objetividad, deberías reflexionar sobre ello. Chaíto, ¡hasta mañana bellas!
– Seguramente tengan razón, pero en cierta medida me siento un poco responsable de ella, siempre la he sentido como mi hermana pequeña. En fin. ¡Hasta mañana!
– ¡Adiós, chauuu, bye, bye!
Tres meses después de aquella conversación las cuatro amigas se reúnen por primera vez, después de levantado el confinamiento. Quedan en un konditorei sueco, donde tienen los batidos de vainilla y la tarta de queso más deliciosos de la ciudad.
Las primeras en llegar son Hilse y Laura. Hilse con un vestido escotado, ajustadísimo y carísimo, comprado en uno de sus viajes a Nueva York, el cual no dejaba mucho para la imaginación, su larga melena rubio platino bailando al compás del movimiento acentuado de sus caderas, unas gafas de sol de concha que ocultaban sus ojos verdes, los labios rojos y subida en unos taconazos a juego con el cinturón y el bolso. Todos, hombres y mujeres que se cruzaban se giraban a mirarla, y ella, altanera y orgullosa, lo sabía. Y a su lado Laura, espigada, sencilla pero elegante y etérea, con andares de
bailarina, con la melena recogida, sus gafas y unos largos pendientes violetas, vestía una falda de vuelo tan ligera como ella, combinada con una fresca y delicada camisa blanca de hilo, una bandolera de
cuero y unas sandalias planas, parecía desaparecer a ojos del mundo al lado de su despampanante amiga.
Mientras cogían una mesa apareció Julieta, saludando con la mano, con su caminar apresurado y vivaracho, perfectamente peinada y maquillada, como era su costumbre, resaltando su menuda, curvilínea y perfecta silueta reloj de arena con un vaporoso vestido floreado y encaramada a unas altísimas cuñas. Al sentarse soltó con desparpajo su tradicional: ¿qué pasó, zorras? ¿cómo están?
– Pues mejor que algunas, por lo que veo. Tú siempre tan ordinaria -le espetó Hilse con desaprobación.
– ¡Venga, coño Hilse, no me seas tan remilgada! -contestó Julieta, riéndose y poniendo cara de niña mala. En realidad, a Julieta le encantaba fastidiarla siempre que podía.
-¡Haya paaaaaazzzz, no empiecen a darme la turra! -dijo Laura.
Al poco se les unió Margaret enfundada en un mono hippie de colores, que hacía destacar su melena rizada de color caoba y sus grandes ojos azules. Con una amplia sonrisa y su característica alegría desbordada las saludó a todas:
– ¡Holaaaaa, parece que haya pasado una eternidad desde la última vez que nos reunimos las cuatro!
¿cómo va la vida, Hilse? Hace un montón que no coincidimos, ni siquiera te hemos visto por videollamada.
– Lógico, con tanto virus y tanta restricción…-contestó vagamente Hilse, como esquivando la pregunta. Como buena locutora y entrevistadora de radio, Julieta entró en materia sin ningún tipo de rodeos.
– Ya me pueden ir contando las últimas novedades, ¡quiero saberlo todo! ¿Cómo van de amores? ¿y de sexo? ¿hay chicha a la vista?
– ¡Chacha, no hemos pedido y ya vas a saco! -contestó Laura, mirándole con cara de “te voy a matar”, y de no querer tocar ese tema delante de Hilse.

– ¡Ella no pierde el tiempo! ¡Jajaja! -se reía Margaret escandalosamente.
– Hilse, por ser la que más tiempo hace que no vemos, te toca empezar a ti, ¿hay novedades interesantes a la vista en tu horizonte amoroso? -le preguntó Julieta con premeditación.
– ¡Bah, nada del otro mundo! Lo de siempre, algún pretendiente aquí y allí, siempre quitándome los moscones de encima en el trabajo… Tampoco las quiero hundir en la miseria, ya saben que soy
irresistible para los hombres y sólo unas pocas elegidas podemos tener esa suerte -dijo con una sonrisilla sarcástica mirando fijamente a Julieta.
El pique entre ambas siempre fue evidente. A Hilse no le hacía maldita gracia que Julieta le hiciera sombra con los hombres. No entendía que veían en ella, “una retaco rechoncha malhablada, que se parecía a la actriz que hacía de puta, amiga de Julia Roberts en Pretty Woman, y que lo único que hacía era embaucar a los tíos con su desparpajo y su simpatía”, algo de lo que ella carecía totalmente.
– Laura, ¿qué tal vas con Guillermo? Ya va a hacer más de medio año que salen juntos -preguntó Margaret, desviando la atención, para enfriar el ambiente tenso que se estaba generando.
Laura la miró con cara de súplica en plan, ¿“podemos hablar de otra cosa”? -Pues bien, supongo. Hace una semana y media que no nos vemos, y entre unas cosas y otras, el confinamiento… Me siento como si acabáramos de empezar a salir. Ahora lleva un par de días con fiebre, pero aunque el test de COVID
le ha salido negativo, me ha dicho que se está resguardando y no me deja ni pasar por su casa para no contagiarme -contestó intentando desviar el tema.
La realidad era que Julieta y Margaret se habían compinchado para desenmascarar a Hilse. Entonces se escuchó un móvil.
– Disculpadme, tengo que contestar.
Hilse se levantó de la mesa y salió a la calle.
– ¡Cuánto misterio se trae hoy esta mujer! ¿No se han dado cuenta lo nerviosa, borde y esquiva que se ha puesto cuándo le pregunté por sus amoríos?
– Julieta, es que prácticamente te le has tirado a la yugular ¡hasta yo me sentí intimidada! Chicas, ¿qué coño están haciendo? Lo que quiera que sea, déjenlo ya, ¡que las veo venir!
– Tranquila, Laura, que lo tenemos todo controlado, sólo queremos ayudarte a ver las cosas con objetividad -contestó Margaret.
Laura iba a empezar a protestar cuando regresó Hilse.
– Lo lamento mucho pero me tengo que ir, mi madre ha sufrido un percance en la cocina y tengo que llevarla a urgencias, ¡ciao, nenas! -dijo con cierto tono de desprecio mirando a Julieta. Y sin más
explicaciones cogió su bolso y se dirigió a la salida.
– Hilse, ¿qué pasó, quieres que te acompañe? -se ofreció enseguida Laura.
– ¡No, no, tranquila! -contestó desde la puerta. -No es grave, tampoco quiero fastidiarte la tarde con tus amigas -soltó con ironía, y se fue zumbando.
Las tres se miraron con cara de asombro.
– ¿Están pensando lo mismo que yo? -dijo julieta.

– Podría ser… -pensó Margaret en voz alta.
– ¿El qué, qué es lo que podría ser? -dijo Laura con cierto nerviosismo.
– ¡Vamos! -se apresuró Julieta cogiendo a Laura del brazo, mientras Margaret la seguía.
– ¿Cómo que vamos? ¿A dónde carajos vamos? ¿Se han vuelto las dos locas?
– ¡A casa de Guillermo, que pareces nueva! -le gritaron las dos.
– ¡Joooodeeeerrrr, no me lo puedo creer, definitivamente las dos están como cabras!
Se montaron en el vetusto pero impoluto Nissan de Julieta, y en menos de 15 minutos estaban las tres escondidas detrás de un seto, a una distancia prudencial del portal de la casa del novio de Laura.
– ¡No me vuelvo a subir contigo en el coche jamás, pero desde cuándo conduces tú como una kamikaze! -se quejó Laura.
– Calla, que esto es lo más emocionante que estoy viviendo desde el divorcio de mi prima -dijo Margaret frotándose las manos.
– ¿Ese no es el coche de Hilse? Dijo Julieta.
Laura se puso en pie como un resorte para mirar, mientras sus amigas tiraban de ella hacia abajo para esconderla.
– ¡Me cago en todo Laura, que te va a ver, no la jodas ahora!
– ¡No era su coche! – protestó Laura -creo que se están pasando tres pueblos con esta movida, no está bien y no tiene maldita gracia, ¡yo me voy a mi casa, me están entrando unos nervios, ganas de matar a alguien, o yo qué sé! ¡No quiero seguir con esto!
– ¡Sssshhhhh, calla, coño! ¡es por tu bien! -le dijeron las dos.
Entonces, del Mercedes blanco que acababa de aparcar en la esquina sale Hilse, con una sonrisa de autosuficiencia, sacudiendo su rubia melena y dirigiéndose a la puerta de la casa de Guillermo.
Después de 15 interminables segundos, él, un adonis esculpido por los dioses del Olimpo, le abre en calzoncillos, mostrando su escultural anatomía, tomándola por la cintura y cerrando la puerta tras de sí mientras le da un beso en los labios.
Detrás del seto se hace el silencio. Laura está sentada en la tierra, más bien desparramada, estupefacta y con cara de desolación, le tiemblan las manos, titubea, una lágrima rueda por su mejilla.
– ¡La muy perra! ¡Qué zorra! ¡Fuerte comediante, mentirosa! ¿Cómo no lo vi venir? – dijo Laura, mirando a sus amigas con los ojos vidriosos.
– Amiga, siempre has sido demasiado confiada -le dijo Julieta enjugándole las lágrimas con cariño.
– ¡Y él, el muy cabrón! ¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué no atraigo más que a capullos?
– No es culpa tuya. Él es un patán más de entre los miles que abundan, simplemente no te merece. Ella es la que ha traicionado tu confianza, de hecho, lleva desde que la conocemos haciendo contigo lo que le da la gana, y tú no te dabas ni cuenta por el cariño incondicional que le tienes.
– Margaret, pero…¿ustedes ya sospechaban? ¿Desde cuándo? ¿Por qué no me dijeron nada antes?

– Laura, para espabilar tenías que verlo con tus propios ojos, de otra forma no nos hubieras creído. Vamos, te llevamos a casa y te contamos por el camino, pero ella ha estado viéndose con Guillermo durante todo el confinamiento, nos lo contó un pajarito.
– ¿¡Qué, cómo, quién…!? -balbuceaba Laura desorientada, mientras rompía otra vez a llorar.
Julieta y Margaret levantaron del suelo a su amiga, aún en estado de shock, la abrazaron y se fueron hacia el coche.

RELATO DEL TALLER DE:
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Esta entrada tiene un comentario

  1. Víctor Valdi

    … Me ha encantado. Es dinámico, rico en léxico y acento canarios,… y muy femenino!!

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