LA VIDA DE ABIGAIL PEMBERTON O LADY OPIO

Por Susana Rosell Tourino

La historia que se va a relatar transcurre durante el año 1.848, en plena era de la
Revolución Industrial.Gran Bretaña se había convertido en una gran potencia, creando una
industria que daría lugar a una de las sociedades más cómodas y con más lujos del mundo.
El relato tiene como protagonista a una mujer con una gran fuerza de voluntad e ideales
bien asentados, aunque poco convencionales, para su época. Su nombre es: Miss Abigail
Pemberton.
Miss Pemberton también era conocida en Londres entre los círculos de comerciantes, como
“Lady Opio”, por sus negocios de importación y exportación con China que su padre había
iniciado años atrás de dicha droga muy codiciada en la época.
Al fallecer este, Abigail debió asumir el mando del negocio.
Abigail Pemberton, vivía en la época de glamour y esplendor cultural de la capital
londinense, perteneciendo a una de las familias más adineradas de Londres. Una mujer de
una posición económica y cultural como la que ella tenía, era muy demandada por los
hombres solteros y adinerados de la ciudad.
El padre de Abigail, el señor Jack Pemberton, ya poseía cuando nació la pequeña Abi, una
flota de embarcaciones con las que inició su ahora próspero y fructífero negocio realizando
portes de licor de contrabando entre las islas británicas.Con este tipo de transacciones
económicas algo turbias y su buen olfato para aprovechar las oportunidades de ganar
dinero, consiguió amasar una buena fortuna. Logró en pocos años gozar de una posición
elevada entre los miembros más acaudalados de la clase alta londinense.
La madre de Abigail era una mujer menuda, de aspecto frágil, con un semblante de
permanente tristeza y muy dada a los dramatismos. Al contrario de esta, el padre de Abigail,
Jack, era un hombre rudo, hecho a sí mismo, que había empezado trabajando como
grumete en el puerto para otros hombres del negocio marino. Su fortaleza física y tesón
enseguida le ayudaron a alcanzar el puesto de capataz.
Entre él y su mujer formaban un buen equipo. Los dos habían crecido en familias humildes y
sabían lo que era pasar hambre, por tanto, eran personas que sabían gestionar bien su
economía.

-¡Vamos, vamos, daos prisa! ¡No quiero ver a nadie parado! – Gritaba el Sr.Peter, el capataz
del barco, que hacía la ruta desde Londres a China, para transportar mercancías.
-Buenos días Srta.Pemberton espere un momento, por favor. – Le dijo el capataz.
–  ¡Stuart prepara el puente de pasajeros para la Srta. Pemberton, dadle lo que precise !
¡Rápido! – Ordenó el Sr. Peter a sus marineros.
Jack era un gran visionario y además de transportar opio, también podía acarrear en sus
ligeras embarcaciones de vela otros géneros cómo trigo, té, sal e incluso pasajeros.
Abigail, su primogénita, nació en el año 1.828. Por suerte para ella los movimientos
feministas habían conseguido, ya a inicios del siglo XIX que las mujeres pudieran trabajar o
estudiar. De modo que su vida iba a ser algo menos complicada que la de sus antecesoras.
Aunque a ojos de la mentalidad de su madre, Abigail, su hija, había crecido pasando
demasiadas horas en el puerto junto a su padre y observando las labores que él llevaba a
cabo. Los menesteres de su padre y estar en contacto siempre con hombres de mar que
tenían un lenguaje obsceno, angustiaba enormemente a Chloé, su madre.
Chloé se entristecía pensando que sería complejo que la pudieran casar pronto por ese
carácter independiente y poco convencional que su hija poseía, respecto a lo que se
esperaba de cualquier señorita de bien de la ciudad.
Las compañeras de colegio de Abigail eran chicas abnegadas y muy obedientes respecto a
las normas de comportamiento y, siempre hacían caso de lo que ordenaran o aconsejaran
sus progenitores.
Abigail contaba con grandes cualidades.Su carácter era fuerte y decidido cómo el de su
padre, no era una chica lánguida y delicada como las demás señoritas del colegio
Marlborough. A Miss.Pemberton le gustaba montar a caballo, vestida con pantalones de
hípica y botas de montar. Su postura sobre el caballo tampoco era la que se les enseñaba a
las demás chicas de su edad. Se montaba a horcajadas,es decir, con una pierna a cada
lado de la espalda del animal, y no ladeada.
La Srta. Freemont, la amazona que les daba clases de equitación, solía decirles en las
sesiones que para subir al lomo del equino debían ser ayudadas por un caballero y darle la
mano a éste suavemente y de forma delicada, para ayudarse a sentar sobre un solo lado
sobre sus dos piernas cruzadas.
A Jack, secretamente no le importaba que su hija no se casase con ningún niñato ricachón
y malcriado, sino al contrario. Debido a no contar con un hijo varón al que traspasar sus

conocimientos y el negocio familiar, prefería que Abigail quedase soltera para regentar la
infraestructura económica que él dirigía y dominaba.
Después de que Chloé tuviera a su hija, Abigail, el doctor Hamilton, había aconsejado a la
pareja de progenitores, que era mejor que debido a la delicada condición nerviosa que
aquejaba a su esposa,se plantearan no tener más hijos, por las consecuencias y
repercusiones que pudieran desestabilizar,el ya de por sí bajo ánimo, de la madre primeriza.
Las palabras literales del doctor fueron las siguientes: “Su mujer podría entrar en una crisis
nerviosa que requeriría su ingreso por un periodo prolongado e indeterminado de tiempo en
un sanatorio”.
Chloé tenía en ocasiones días complicados con migrañas y se aislaba en su recámara para
estar más tranquila.Seguía el tratamiento que el doctor le había recetado y cuando Jack se
ausentaba venía a cuidarla Clara, su hermana. Ni que decir tiene, que las actitudes en
ocasiones desafiantes e infantiles de Abigail, no hacían más que acrecentar sus dolores.
La desgracia llegó a la familia Pemberton, el día en que su padre acompañado de su
tripulación habitual, regresaban en barco desde China.El Sr. Jack Pemberton, falleció a
causa de una pulmonía, a tan sólo unas millas antes de llegar a puerto.
Fue de éste modo que Abigail, contando con tan solo veinte años de edad, debió sin
dilaciones, hacerse cargo del negocio familiar.
Si Abigail hubiese sido un hombre no le resultaría tan complicado superar este reto que la
vida ponía en su camino.Para Miss. Pemberton, significó prácticamente el símil de la lucha
de Hércules contra el león, cuerpo a cuerpo, ya que en ese tiempo debía enfrentarse a
incontables dificultades tan solo por el hecho de ser mujer y por las creencias sociales de la
época.
El mito de Hércules se lo había contado Jean, la única compañera del colegio de señoritas
con quién ella mantenía una buena amistad.Fue lo primero que le vino a la mente después
de que el abogado y albacea de la familia le comunicara que su padre le había dejado todo
su imperio mercantil a su nombre, para que ella lo gestionara.
Chloé, su madre, se desmayó en el despacho de Colvin and Partners abogados mientras
tenía lugar la lectura del testamento de su fallecido esposo y se apresuraron en reanimarla,
dándole a oler sales revitalizantes.
Cuando por fin Abigail y su madre, quedaron a solas tras el entierro y velatorio de su padre,
su madre empezó con la retahíla habitual que ella tan bien conocía:

– Abi cariño…yo creo que no estás capacitada para llevar sola el negocio de tu padre.
Una mujer debe permanecer en su casa y su esposo debe ser el encargado de llevar
los asuntos económicos…Deberías buscar marido, y tú solo deberás preocuparte de
las labores del hogar…Cielo, es un mundo muy peligroso para una mujercita.
– Ya ha terminado, madre…- le espetó Abigail – Ya hemos hablado centenares de
ocasiones estando padre vivo de que si algo le ocurría no iba a permitir que su
negocio, que tanto esfuerzo y sacrificio le costó levantar, terminase en la ruina, al
dejarlo en manos ajenas.
– Pero querida…, yo no digo que dejes perder el negocio de padre. Tan solo te pido
que valores tener a bien, casarte con un buen hombre y dejar que él lo gestione. De
hecho Stuart, el hijo del Sr. Fairchild, me ha mostrado su interés por pedir tu mano
de forma oficial…
– Madre, creo haber dejado totalmente claro este asunto. Viajaré cómo padre lo hacía
y usted quedará acompañada de tía Clara, cómo siempre ha sido.Y ahora madre
comamos algo, debo partir pronto para revisar con el capataz los próximos viajes
que padre tenía programados. Bendiga usted la mesa, por favor..
Terminaron de comer. Abigail recogió su abundante melena cobriza con un peinado sencillo.
Dispuso su capa sobre los hombros y se colocó su sombrero de fieltro sujeto por un lazo
bajo la barbilla. El sombrero y la capa iban a juego siendo ambos de color azul cobalto.
Su pequeña estatura y su paso decidido hacía que muchos caballeros se dieran la vuelta y
murmuraran a espaldas de la joven, pero Abigail solo tenía un pensamiento: llegar al puerto
lo antes posible.
Solicitó un coche para que la llevase a su destino. A unas pocas manzanas de llegar al
emplazamiento final de la ruta en taxi, por la ventana abierta, se filtraba el característico olor
a sal y mar. Se escuchaban en lo alto del cielo el revoloteo y los graznidos de las gaviotas, y
por supuesto, el desagradable olor a pescado ya a punto de descomponerse.
Al llegar al almacén de su padre dónde se guardaba la mercancía, para ser distribuída a
posteriori, todos los empleados de su padre le mostraron sus respetos y le dieron el
pésame. Aquí empezaron a complicarse las cosas. Miss. Pemberton era una mujer menuda
en estatura, pero muy resolutiva y que al contrario de su madre, se crecía ante las
adversidades.
Abigail pidió al capataz, el señor Peter, que reuniera a todos los hombres en la taberna de
Molly, ya que debía hacer un anuncio importante. Una vez todos los trabajadores reunidos,
Abigail se subió a una de las silla y empezó su discurso:

– Caballeros como todos ustedes saben su jefe, el señor Pemberton, a la vez mi padre
ha traspasado.Quiero darles las gracias por el apoyo y el cariño que todos ustedes
han demostrado por su pérdida y las condolencias que han hecho llegar a nuestra
familia. En relación a sus puestos de trabajo no deben temer por ellos, ya que desde
hoy asumo el mando de la compañía.
No pudo terminar de hablar. El local empezó a llenarse de murmullos que corrían de pared a
pared sin que se pudiera escuchar nada, parecían un enjambre de abejas zumbando al
unísono.
De hecho había supuesto una reacción parecida y ya lo había previsto con padre.No
obstante iba a inmiscuirse en territorio prohibido para una mujer.Un trabajo de hombre en un
mundo totalmente masculino, debiendo enfrentarse a ello para ganar su respeto y ser
tratada como a un igual.
Abigail no iba a rendirse, así que para demostrar que podía ser tan capaz como cualquier
hombre de la taberna, retó a uno de los más bravucones a beber una botella de whisky y el
que más aguante tuviera se quedaría con la empresa de su padre.
Desde muy jovencita, padre la preparó a escondidas de madre y logró mantenerse en pie
por más tiempo que su contrincante que cayó desmayado con el décimo vasito de whisky.
Pasados unos meses de la entrada tan despreciativa con que habían recibido el nuevo
mando de Abigail, había una tranquilidad aparente. Ella sabía que era tan fina como un hilo
de araña, cualquier pequeño malentendido o incidente podía prender la mecha para romper
la estabilidad reinante.
Pero a pesar de este ambiente hostil, la compañía funcionaba bien y los ingresos habían
aumentado. De manera que pudo incrementar los salarios a los trabajadores, contratar a
más personal y comprar una nueva nave mercante.
En Londres y en la vida de Miss.Pemberton o Lady Opio como empezaron a llamarla los
marineros, todo iba viento en popa.

 

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