LAS LEYES DE LA PSICOLOGÍA INVERSA – Montserrat Corrales Babiano

Por Montserrat Corrales Babiano

Con el dinero de la comunión se compró su primer machete, desde entonces andaba maquinando la mejor forma de utilizarlo.

Ese día movió un par de milímetros el cojín hasta encajarlo en el lugar exacto y luego alisó una invisible arruga con sus dedos blancos de uñas pulidas. Entonces activó el cronómetro del teléfono y empezó a apuñalar sin emoción su objetivo. Un, dos, tres, iba contando mentalmente sin dejar que ninguna distracción contaminara el experimento. Cuando empezó a sentir pinchazos en el hombro se cumplió el tiempo y la alarma detuvo el ejercicio.

El tipo admiró el resultado de su obra. Ninguna cirugía de veinte horas salvaría al cojín de una muerte dolorosa. Se sentía especialmente satisfecho de obtener parecidos resultados con las dos manos. Se había convertido en ambidiestro en el noble oficio de la muerte. La funda era de piel, para hacerse a la idea de la resistencia de un cuerpo. Además, había introducido unos cochecitos metálicos entre la goma espuma para simular posibles huesos que uno se encuentra en el momento de acuchillar a alguien. Sin duda un trabajo impecable.

Nuestro hombre suspiró profundamente y metió el cadáver textil en una bolsa de basura, luego selló la mortaja con cinta americana. Era un hombre en la cuarentena, delgado, pequeño y sin sustancia, como una vaina de judía verde arrancada antes de tiempo. Se dispuso a comprobar las pulsaciones y estaba tranquilo. Satisfecho de su sangre fría, de sus nervios de hormigón armado y de su aguda inteligencia, se preparó un bocata de mortadela y abrió un libro sobre venenos naturales que estaba estudiando.

Fulgencio era el tiburón blanco de la ciudad. Un depredador sin escrúpulos ni corazón que llevaba los últimos diez años ideando el plan perfecto para asesinar a troche y moche. Sabía que igual que a Ted Bundy, o que al Petiso Orejudo, lo atraparían por una de esas variables independientes difíciles de controlar. Pero antes de eso se había propuesto dejar un reguero de cadáveres para que su nombre sonara y con razón. Fulgencio Gualpín infundiría terror, las mujeres se persignarían al escuchar su nombre, sería como Judas, un nombre prohibido.

El momento había llegado. Al día siguiente empezaría su carrera delictiva y ya no se detendría ni ante la certera puntería de un francotirador ruso. Mientras se lavaba los dientes con pasta blanqueadora sabor a chicle de fresa, que era el único que no le provocaba vómitos, observó su reflejo con los ojos entrecerrados.

En su barrio había una inmobiliaria cochambrosa, de esas con un gato chino en la puerta que te saluda sin descanso. La regentaba Sonsoles, de cincuenta y muchos, una mujer positiva y parlanchina. Acostumbraba a desabrochase algunos botones de la blusa y te palmeaba en el brazo a las primeras de cambio. Se maquillaba sumergiendo la cara en un plato de polvos bronceadores. Había recibido una petición para enseñar un piso que llevaba sin venderse más de un año. El tipo, con voz blanca de castrati, le había facilitado todos los datos por teléfono y había insistido en visitar el piso a última hora de la tarde. Llegó taconeando y atusándose el pelo.

-¡Hola! ¡Hola! ¿Qué tal? Disculpe el retraso, no encontraba dónde aparcar – Sonsoles miró con disimulo la cabeza de su cliente, tenía menos pelo que una rana.

Se calló de golpe y pensó; mierda, acabo de rebajar el piso diez mil euros. El hombre, serio y circunspecto dentro de una gabardina trasnochada que le iba ostentosamente grande, la miró sin decir nada. Sonsoles iba abriendo puertas y levantando persianas, hablaba sin parar elogiando la oportunidad que era el piso para una persona con ganas de invertir. En el lavabo quiso vaciar la cisterna y el inodoro le respondió con un sonoro eructo.

-¡Uy! Que contrariedad, debe estar cerrada la llave del agua.

Y mientras la mujer, dándole la espalda, manipulaba el baño, Fulgencio sacó un enorme machete del bolsillo de la gabardina y apuntó directamente a la nuca. Entonces, una araña hormonada apareció detrás de la cisterna. Sonsoles se asustó y, al recular, incrustó el tacón de sus zapatos en los metatarsos de Fulgencio. El aspirante a asesino en serie, asustado, dejó caer el arma blanca que rebotó en algún mueble.

-¡Vaya por Dios! ¿No se habrá hecho usted daño, verdad? Un hombre tan machote, no creo – entonces miró el lavamanos y exclamó – ¡Anda! Alguien se ha dejado olvidado un trasto de esos de pinchar olivas.

Antes de que Fulgencio pudiera decir ni mu, la vendedora, resuelta, se metió su querido machete en el bolso. Luego evaluó al hombre con la mirada y se acercó poniendo morritos.

-Si le interesa mucho el piso, podemos hacer negocios – Y le guiñó un ojo.

-Señora, no creo yo que sea el momento.

-Cualquier momento es bueno – y lo agarró por la cabeza estrujándolo contra su pecho de matrona – ¿Está usted nervioso?

-Pues ahora que lo dice, un poco, sí.

-Por los gastos de notaría, ¿verdad?

-Bueno, no exactamente – Fulgencio trataba de zafarse de Sonsoles – Vera, siento decirle que me gustan los hombres.

-Mira tú por donde, ya tenemos algo en común.

Salió del piso sin un zapato y con el pintalabios de la mujer por toda la frente. Fulgencio, mas frustrado que nunca, regresó a su casa. Había subestimado la fuerza de una mujer a la que seguramente le habían salido los dientes en un lupanar. Se sosegó estrangulando una almohada cervical y se quedó dormido pensando en los pormenores del plan B.

Apenas un par de días antes había ayudado con las bolsas de la compra a una abuela. Una vieja de coronilla despelucada y rebeca negra llena de pelotillas. La anciana vivía en un sexto sin ascensor y había comprado diez kilos de patatas influenciada, sin saberlo, por el marketing moderno.

Ataviado con un chaleco azul, una llave inglesa que sobresalía de un bolsillo y un carnet robado de la biblioteca y colgado a forma de credencial en el cuello, Fulgencio picó a varios timbres del edificio en cuestión. Se identificó como un repartidor de paquetes de una empresa conocida y le abrieron sin más. Luego hizo tiempo mirando los buzones. La señora del sexto primera se llamaba Josefa y vivía sola. El día de las patatas, en su verborrea sin descanso, la abuela le había dicho que el sexto segundo estaba vacío, que tenía miedo que entraran unos okupas y que su único hijo no venía nunca a verla. Picó al timbre y esperó pacientemente.

-¿Diga? – Josefa abrió un par de centímetros la puerta, justo lo que daba la cadena de seguridad. Por su expresión, Fulgencio comprobó que estaba intentando recordar dónde había visto su cara con anterioridad.

-Vengo de la compañía del gas a hacer la revisión de los cinco años – y sin darle tiempo a pensar le plantó a escasa distancia de su cara el carné robado.

-¡Uy, hijo! Sin gafas no veo nada. Pero está usted equivocado. Yo tengo butano.

-Mejor que mejor. La compañía está visitando los pisos con butano para hacerle un presupuesto sin compromiso ninguno. No tiene que pagarme nada.

Josefa dudó un poco pero recordaba la cara aflautada y los ojos vigilantes de suricato. No pudo desconfiar y le abrió la puerta. Sin pérdida de tiempo y excitado ante la proximidad de su primer asesinato, Fulgencio desenfundó su segundo machete y lo dejó pegado al muslo. Sobre la mesa del comedor una pantalla enorme con veinte caras sonrientes le saludaron al unísono. Un nervio excitado empezó a hacerle temblar un párpado.

-Mire, mi hijo me ha regalado un ordenador con pantalla de cuarenta y tres pulgadas. He aprendido a utilizar aulas virtuales y, ahora mismo, me pilla en una clase online de croquetas veganas. Saludad chicas.

Ante el aluvión de saludos, Fulgencio hizo lo propio con la mano mientras ocultaba el cuchillo en la espalda. Su cintura era tan escurrida que el arma cayó por su pierna y se quedó pinchada en el zapato de seguridad. Sonó un claxon en la calle y se zafó de la visita alegando un mal aparcamiento.

Una vez en la calle, dispuesto a llevar a cabo su cometido, decidió cargarse a la brava a la primera persona que tuviera la mala fortuna de cruzarse en su camino. Anduvo veinte pasos y se topó con un jovenzuelo sentado en un banco, mascando chicle y deslizando el dedo por la pantalla del móvil. Lo interpeló de malos modos y el muchacho se puso de pie con insolencia. Fulgencio respiró hondo, ¿Qué les daban de comer a los adolescente de hoy en día? El niño le sacaba una cabeza. Pero Fulgencio era el brazo ejecutor del diablo, un sicario sin remordimientos, comía yogures a punto de caducar, cruzaba con los semáforos en rojo, una vez incluso no había devuelto a tiempo un libro de la biblioteca y otra tiró del freno de seguridad de un tren de cercanías. Era el novio de la muerte.

-¿Qué pasa tarado? ¿Tienes ganas de bronca? – y el niño le golpeó ligeramente la cabeza con el móvil, ¡plin!

Fulgencio lo vio todo negro y lo agarró por la cintura intentando tirarlo al suelo. El muchacho levantó los brazos y empezó a reírse. De un movimiento de cadera casi consigue deshacerse del abrazo de osito de su atacante, luego se quedó callado. Fulgencio vio su oportunidad, su víctima sin duda había sufrido un micro infarto ante la evidente amenaza de una muerte violenta. Pensaba ejecutarlo sin miramientos a plena luz del día y que salga el sol por Antequera. Esa noche abriría los telediarios. Se escribirían libros cantando sus hazañas. Entonces escuchó un grito in crescendo que terminó cuando una barra de pan se partió en su cabeza.

-¡Suelta a mi angelito, hijo de puta!

Una madre le apuntaba con los restos de una baguette mientras algunos curiosos grababan con el teléfono. Entonces, en un intento desesperado de matar, Fulgencio estrechó su abrazo y elevó al angelito para estrellarlo contra el suelo. En ese justo momento, la bola de chicle que se había instalado en la garganta del muchacho, y que le impedía respirar, salió disparada de su boca. Un oh de admiración escapó de la coral de gargantas que se habían reunido para presenciar la escena.

Algún visionario subió el video a una red social y, en menos de dos días, tenía tres millones de me gusta y cinco de visualizaciones. La cara de Fulgencio, congestionada y roja por el esfuerzo, estaba en todas partes.

Fulgencio, enfundado en un pijama de algodón ecológico y con sus cuatro pelos perfectamente repeinados, miraba el video sin entender nada. Con el ceño fruncido se preguntó si no sería más peligroso para la humanidad que se hiciera, por ejemplo, voluntario en el banco de alimentos. ¿Es posible que provocara entonces, por las caprichosas leyes de la psicología inversa, una hambruna mundial?

Sobre la mesita de noche, al lado de la lamparita de seguridad que dejaba encendida veinte minutos cada noche y de las pastillas para la hipertensión, estaban las llaves de la ciudad que el alcalde le había regalado aquella misma mañana.

 

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