LAS LLAVES DEL SEGUNDO IZQUIERDA – Susana de Paz Nuñez

Por Susana De Paz Nuñez

Llevaba sesenta años de su vida fuertemente apretados contra el pecho. Llamó al timbre con la esperanza de que no hubiera nadie, que no le abrieran y pudiera demorar unos días más lo que, desde hace meses, sabe inevitable. Pero la puerta se abrió y una voz la invitó a pasar. Ella levantó la mirada de sus manos crispadas y puso rostro a su interlocutor en aquella llamada telefónica que tanto le había costado hacer.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla? —le preguntó con suavidad, mientras que con un gesto la invitaba a pasar a una sala.
La mujer le hubiera respondido que no podía ayudarla salvo que tuviera el poder del tiempo en sus manos, que pudiera regresarla sesenta años atrás, y volverla joven y recién casada. Que todo comenzara de nuevo. En vez de eso, respondió, atropelladamente, la frase que venía repitiendo todo el camino.
—Vengo a devolver las llaves del segundo izquierda de la calle San Marcos —dijo mientras abría las manos y dejaba suavemente sobre la mesa unas llaves tan antiguas como queridas.
Había repetido mil veces esa frase en su cabeza, tanto para ayudarse a sí misma a hacerse a la idea, como para asegurarse de que no le fallarían las fuerzas a la hora de tener que pronunciarla en alto.
—Por supuesto —respondió el hombre de la mirada amable—. Fue usted la que llamó la semana pasada, ¿verdad? La estábamos esperando. Los propietarios ya están informados del fin del arrendamiento. Ahora mismo traigo el documento de rescisión de contrato y de la entrega de llaves para que lo firme.
Y dándose media vuelta desapareció mientras ella se quedaba sola en aquella sala, observando las orlas, las revistas y las tarjetas del despacho de abogados, ofrecidas en discretos porta tarjetas colocados sobre una mesa de reuniones rodeada de sillas como única austera y moderna decoración. A fin de cuentas, era lo esperable de un despacho de abogados.
El hombre regresó al momento con varios papeles.
—El contrato de arrendamiento es de 1964. Ya llovió —bromeó—. Pero siéntese, doña Manuela— le pidió, mientras acercaba una de las sillas que rodeaban la mesa.
—Llámeme Manolita, por favor — le rogó ella mientras miraba los documentos que acababa de dejar sobre la mesa, junto a las llaves. En uno de ellos reconoció un papel amarillento, con sellos verdes y, abajo a la derecha, la firma de su Antonio estampada con plumilla.
—Sí, ya llovió, ya. Llevo viviendo en ese piso sesenta años. Toda una vida — afirmó pensativa mientras jugueteaba con el escueto juego de llaves, redondas, antiguas. Tres de ellas estaban unidas entre sí con una cuerda de yute. Un pequeño cartón, escrito con la misma letra de molde que había firmado el contrato de alquiler, las identificaba como “Carbonera”.
La mujer firmó con mano temblorosa el documento que el abogado le ofrecía y dobló, cuidadosamente, la copia que ella se quedaba. Valoró guardarla en el bolso, pero finalmente la introdujo en el bolsillo de su abrigo, quizá para que el segundo izquierda no se fuera del todo de su vida y poder sentirlo cerca cuando introdujera la mano en el bolsillo y acariciara el papel con la yema de sus dedos. Por un momento pensó si debía una explicación de por qué abandonaba el piso que había sido su hogar. No tenía obligación alguna de justificarse, pero, en el fondo, se sentía una traidora. Ese piso había acogido los mejores años de su vida, y ahora, viejos ella y el piso, lo abandonaba como a un perro en una gasolinera. Así se sentía.
—Siempre es un buen momento para comenzar una nueva etapa — oyó decir al abogado, que parecía que adivinaba sus pensamientos.
Le miró a los ojos, y notó que le sonreían. Entonces, en aquel confesionario laico, las palabras acudieron todas a su garganta. Las que no podía decir a sus hijos, las que no podía decir a los conocidos ni, a veces, a sí misma. Desbocadas, como una catarata en primavera.
—Verá, yo he vivido casi toda mi vida en ese piso. Justo antes de la boda, mi Antonio, que era camarero y muy querido en el barrio, encontró ese piso para nosotros. En él creció mi familia. Mis cuatro hijos nacieron en esa casa, figúrese. Cuando mi Antonio falleció, Dios lo tenga en su gloria, hace ya más de veinte años, yo seguí en el piso. Los vecinos me arroparon. No vea cómo se lo agradecí en aquellos años tan duros. Después los chicos se fueron marchando. La vida los llevó lejos y yo me acostumbré a la soledad y a los recuerdos. No se crea, no estaba mal. Uno se acostumbra a una rutina y así se sobrevive bien. Pero llevo tres años… la salud ya no me responde. He estado meses sin poder salir de casa. Mis piernas ya no pueden subir desde el sótano con el caldero cargado de carbón para la cocina y, sin ascensor, dependo para ello de los vecinos más jóvenes. Me he caído varias veces en casa. Ya sabe, esas caídas tontas. No ha sido nada, pero me ha dado miedo verme tan sola. Soy consciente de mi edad y de mi enfermedad, y puedo imaginar mi deterioro los próximos años. Es algo que me preocupa mucho, ¿sabe usted?
El hombre asintió por inercia.
—La casualidad, el destino o la suerte, quién sabe, me llevó a contactar hace año y medio con la residencia de ancianos de mi barrio. Es municipal, esa que antes le llamaban “la Beneficencia”. No voy a aburrir con los detalles, pero el caso es que hace tres meses me llamaron porque había quedado una plaza libre y podía ser para mí… Estos meses estoy como de prueba… No le voy a engañar, me está costando adaptarme. Dejar mis cosas, llevarme sólo lo que cabe en un armario, ha sido duro. Pero también le digo que, donde estoy, no necesito más. Y otra cosa también le digo: ese peso que tenía siempre en el pecho, como una mano de angustia que me oprimía, eso ya no lo tengo. Ahora como y duermo mucho mejor. Es como si me hubiera quitado un peso de encima, pero el caso es que no sé por qué… He tenido mucha suerte con mi compañera de habitación, nos hemos hecho muy amigas. Ella también es viuda, pero la pobre no tiene hijos. En general, la gente es agradable. Tenemos nuestras cosas, pero claro, aún me estoy acostumbrando.
—¿Y sus hijos? ¿Qué opinan?
—Mis hijos no han tenido nada que ver en esto. Ni les pregunté, ¡faltaba más! Un día los reuní y les dije lo que había. Me dijeron que si no quería no hacía falta que fuera, pero en el fondo les noto aliviados a ellos también. Lógico, estaban siempre preocupados sabiéndome sola en casa… Creo que tiene que ser muy duro para un hijo ofrecer a su madre abandonar su casa para ir a una residencia, aunque lo hagan con la mejor de las intenciones. Yo no quiero poner a mis hijos en esa encrucijada. Tampoco quiero que ellos me cuiden… Podía irme con mi hijo a Gijón, que tiene una casa grande y me lo ha ofrecido, pero no quiero. Si el día de mañana yo no puedo y alguien me tiene que dar de comer, o limpiarme si me hago mis necesidades encima, no quiero que sean mis hijos quienes lo hagan. No quiero que ellos me den de comer ni que ellos me limpien. No quiero que sea ese el último recuerdo que guarden de su madre, no quiero eso para ellos ni para mí. ¡No, por Dios! Cuando ellos vengan a verme, disfrutaremos del rato que pasemos juntos.
En ese punto, la mujer pequeña y neutra que había entrado en el despacho, recogida sobre sí misma, discreta hasta pasar desapercibida, se había ido creciendo y la determinación que emanaba de aquella modesta figura mientras fijaba su mirada velada y emocionada, pero con intensidad, en su interlocutor, lo había impresionado. Por algún motivo intuyó que su fuerza provenía del dolor de la experiencia vivida en otros tiempos y con otros padres.
—Ellos ahora tienen que atender a sus cosas —continuó ella—. Es ley de vida que se dediquen a sus trabajos y a sus hijos. Ese es el mejor modo de honrarme, que se ocupen de los suyos lo mejor que pueda y sepan, como yo hice con ellos… No le voy a negar que estos días han sido emotivos. Como no puedo llevarme las cosas a la residencia, los chicos han venido a casa para ver qué les puede venir bien a cada uno. Parece mentira la memoria que guardan los objetos de una casa y cómo ponemos el alma en ellos. Cada mueble que miro me trae un recuerdo: la mecedora en la que les daba el pecho de bebés, la esquina de la mesa contra la que uno de ellos se abrió la cabeza, la vajilla del día de fiesta… Ahora cada uno de mis hijos se ha llevado alguna cosa y muchos recuerdos. Ha sido bonito estar juntos, riendo y recordando. Como hacía mucho tiempo, como cuando eran pequeños y todo estaba bien. Lo que queda en el piso no lo necesito. Ojalá que a quien entre a vivir en el futuro le haga tan feliz como me ha hecho a mí.
—Es usted una mujer generosa. Valiente y generosa —dijo, emocionado, el abogado—, y estoy seguro de que sus hijos saben la suerte que tienen teniéndola a usted por madre. Está gestionando usted su vida sin cargar a sus hijos con culpabilidades. No dudo que se lo agradecerán a usted mientras vivan.
—No creo ser valiente, pero es usted muy amable. Creo que solo hago lo que tengo que hacer. Muchas gracias por escucharme. Ha estado bien hablar con usted, pero me tengo que ir porque a media tarde, después de la merienda, echamos unas partidas a la brisca con las amigas de la residencia y no quiero hacerlas esperar.
Dicho esto, se levantó, salió y desapareció por el pasillo, mientras el abogado, que la veía alejarse, pensaba que aquella mujer le acababa de dar una lección de vida que no figuraba en ningún libro de Derecho.

 

 

 

 

 

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