LAS VELAS Y LA SEÑORA

Por Manuel López

La Señora dejaba brillo allí donde atacaba con su fregoteo, lenta pero concienzuda hasta que todos los objetos parecían sonreír de puro limpios. “La limpieza hace agradable la vida “, decía, limpia que te limpia. Limpiaba en los ratos que tenía antes de comer, pues la hora de la comida era sagrada. Ponía la mesa para ella sola, y, aunque bien se hubiese apañado con un mantelito de papel, no lo hacía así. Todos los días la mesa era puesta de lujo, lujo humilde, pero lujo al fin y al cabo, con los cubiertos impolutos como si no pudiesen mancharse: parecía que eran de algún mágico metal respetado hasta por la grasa más pertinaz. Su comida era sencilla pero contundente, como todo cuanto rodeaba a la Señora; nada de ligeros refrigerios, pues “la comida debe ser tradicional: dos platos, postre y café”.

Por las tardes la Señora cosía encargos, planchaba para otros, hacía dulces y elaboraba velas de cera pálida que malvendía a la cerería del otro lado de la calle. Con esto y una pequeña pensión de viudedad la Señora tenía bastante, ya que no era persona de grandes gastos e incluso ahorraba un dinero que la hacía sentirse segura, pues la Señora no tenía familia que pudiese, en caso de necesidad, hacerse cargo de ella.

La Señora había tenido un amor de juventud: un amable hombrecito de manos callosas y sonrisa noble, que la pretendió con insistencia y sin éxito, porque ella no vio en él a quien había imaginado que vendría para hacerla suya. Y así quedó sola, por lo que cuando conoció al Señor imaginó con ilusión de que él tendría a alguien: padres, hermanos o amigos, pero estaba tan solo como ella. El roce hizo que se casasen, o la similitud, el aburrimiento o el cariño, vaya usted a saber. A la boda no acudió nadie, pues nadie había para acudir, y los dos solos montaron un gran banquete, pues el Señor opinó que la ausencia de invitados no impedía hacerlo por todo lo alto. La celebración lo retuvo en la cama, con grandes dolores de barriga los siguientes tres días. Esto impidió el viaje de novios, porque el Señor tenía solo dos días libres, y los empleó en ir de la cama al retrete y viceversa, mañana y noche. Y así cambiaron de golpe de la vida de solteros a la rutina, a la que la Señora se acostumbró de inmediato por ser de natural conformista, creyendo sin dudar que su vida estaba perfectamente encaminada.

Pasaron los años. Todos los días salvo el domingo el Señor salía a trabajar, y ella quedaba en casa, ocupada con el brillo y la comida. El Señor volvía a comer siempre a la misma hora; ella no sabía cómo era posible, pero jamás se retrasó, ni cuando unas revueltas callejeras asolaron el barrio. Nunca supo en qué trabajaba, porque a él no le gustaba hablar de trabajo en casa, y ella no se atrevía a contravenir una norma tan firme. Estaba segura de que era honrado, porque no eran ricos y la policía nunca se metió con ellos, pero, como la curiosidad tampoco había sido su fuerte, dejó de darle importancia al cabo del tiempo.

Cuando el Señor acababa de comer se echaba un rato, tras lo cual se mojaba el pelo y salía peinado de nuevo, camino del trabajo, dejando sola a la Señora.

Ella soñó siempre con un hijo que nunca vino y empleó el resto de sus horas en pensar, poco, en otras cosas. A veces le venía a la memoria ese amable gañán que tanto dijo quererla, y sonreía para dentro, para que el Señor no la viese y se enfadara por sentirse engañado.

El tiempo devora rápido, y antes de que pudiesen darse cuenta cumplió un cuarto de siglo aquel matrimonio solitario. Se miró la Señora al espejo y no encontró grandes cambios en su rostro, ni en sus manos ni sus brazos, ni en ningún sitio salvo en su pelo, detalle que la caneó con dureza. El Señor, entre trago y trago de sopa clara le había hablado sobre ello: “Lo celebraremos como es debido. He pensado que, como era nuestra obligación tener tres hijos y no ha sido así, daremos un banquete para cinco, como si ellos nos acompañasen”, a lo que la Señora asintió pese a no estar de acuerdo, pues la Señora siempre asentía aun sin estarlo. “De modo —continuó el Señor—, que no faltará de nada, y seremos muy felices porque así deseamos serlo”. Y la Señora, asintió pese a… bueno, asintió.

Cuando llegó el día del banquete, el Señor y la Señora, por este orden, entraron al restaurante, una casa de comidas económicas, limpia y de pucheros honestos, regentada una mujerona enorme de rostro sonrosado y mofletudo, a quien su propio marido no tenía miedo sino pánico, por lo que se refugiaba tras un mostrador del que no salía nunca sin permiso. La Señora lucía sus mejores galas, y el Señor ostentaba —aunque lo había sacado la Señora— un brillo absurdo a en sus botines, que pintaban reflejos en el techo del local a medida que la pareja se dirigía a la mesa. El maridillo, asustado en su escondrijo, observó con admiración los pies del Señor, quien no cupo en sí de gozo cuando la mujerona le reprendió con una sonora palmada en la nuca por distraerse; y es que el Señor, como todos, gustaba de ver que hacían a los demás lo que pensaba seguro que no le harían nunca a él.

Así, con la mesa puesta para cinco —“Y a mí qué cojones me importa si son dos, mientras paguen por cinco”, había dicho la grandullona—, parecían dos personajes tristes, tal era su aspecto a la llegada de las viandas.

La Señora no comía mucho desde que de niña repitió un segundo plato y fue sometida a una purga, quedando toda ella moderada para siempre. Al Señor no hubo nunca necesidad, y era por ello menos moderado. Tanto que, en un aparte, comunicó a la Señora su decisión de “terminar toda la comida, pues en caso contrario la venderán a otros, y a mí no me van a hacer semejante mofa. Aquí no queda nada”. La Señora se horrorizó ante la idea de otra purga, y el Señor, como hombre de la casa, comió por cuatro. Las dos primeras raciones entraron mal que bien, pero la tercera y cuarta se hicieron duras. La última, insufrible, hubo de requerir la ayuda de ejercicios y masajes en su vientre, pero el Señor, en un ejercicio de obcecación, terminó con todo, hasta con un poco de flan que la Señora no pudo consumir, alterada por el tono que su esposo adquiría con cada nuevo bocado.

Hubo al fin una larga y tensa espera en que la Señora observaba a su marido amoratado y sudoroso, intentando mantener en vano a la compostura habitual, y tras abonar la cuenta, salieron por la puerta como si tal cosa.

Mas la Señora pronto comprobó que el Señor fingía de cara a la gorda y el canijo, pues entre grandes alaridos nada más pisar la calle, cayó al suelo boca abajo sobre un charco grasiento, quedando empapados traje y corbata. El último sonido que emitió fue un enorme eructo, tras lo cual quedó inerte. La Señora no sabía qué hacer, y se limitó a aflojarle la corbata y el cinturón, tensado de un modo impensable, de tal modo que para liberar a su marido necesitó de toda su fuerza, hasta que sus nudillos se blanquearon y la pieza de cuero cedió por fin.

Así quedó más tranquila, convencida de que, habiendo hecho lo debido, el Señor no le reprocharía su actitud; algo que no podría haber hecho de ningún modo, pues tras unas ventosidades, falleció.

Solo la calle fue testigo de una escena en la que, sobre el charco grasiento, el cuerpo del Señor, pese a ser cadáver, continuaba pedorreando con la corbata torcida y la correa floja; y junto a él, tranquila y calmada, ella pensaba, con la razón que da el error, que su marido había parado a descansar. Cuando cayó la noche la Señora comprendió que el Señor ya no se levantaría, pero el destino no es tan cruel como lo es la realidad, y había hecho que la Señora estuviese ya acostumbrada —una vida entera es mucho tiempo— a la inmovilidad de su esposo, por lo que ni tan siquiera se preocupó. Soltó, eso sí, una lagrimita, guardando las demás para el sepelio, pues sabido es que lo importante debe ser mostrado a los demás, y cuando lo enterró la Señora pudo dar rienda suelta a la pena que había reservado para la ocasión.

Luego disfrutó de los días en que hacía lo mismo que siempre, pero por primera vez porque así lo había decidido ella sola, y esto era nuevo en su vida gris. Al final acabó por acostumbrarse, y las cosas volvieron a la rutina que el Señor organizó en vida. La Señora no notó la diferencia salvo por los zurcidos y los encargos, que antes eran para el Señor y ahora para otros señores, desconocidos de rostro y parcos de bolsillo. Y por las velas, pues le gustaba el tacto de la cera en las manos, como si en algo le recordase al Señor.

Una tarde de primavera en que la Señora llevaba las velas a la cerería algo llamó su atención. En un escaparate había un sombrero de color rojo fuego adornado con unas flores blancas y una cinta de seda que no ataba absolutamente nada. La señora no era persona que se despistase ni cediese ante los caprichos, pero algo hizo que esta vez se dejase llevar. Por primera vez decidió que algo debía cambiar y ese sombrero daría color a su vida. Decidida y excitada, entró en la tienda dispuesta a hacer suyo el sombrero, y quién sabe si no sería un primer paso para nuevas y pequeñas aventuras. Dentro, sus ojos recorrieron los estantes mecida por los colores, las telas de los vestidos y las pequeñas joyas de bisutería, hasta que se detuvieron en la mirada del dependiente y en su expresión de asombro.

Se hizo un silencio denso. Era él, el antiguo pretendiente, de manos callosas y obstinación legendaria que ahora detenía su ánimo y su pequeño anhelo de un sombrero rojo. El hombre quiso hablar, pero fue ella quien lo hizo primero: “Lo siento, me he equivocado. Disculpe¨.

Y abrazando con fuerza las velas, la Señora salió a la calle, camino de la cerería.

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