LAS VÍRGENES RUBIAS – Mª Teresa Rey Díaz-Rubio

Por Mª Teresa Rey Díaz-Rubio

Londres 10 de enero de 2023.

Aterricé en el aeropuerto de Gatwick a las ocho de la mañana en un vuelo que procedía de Madrid, había sido un trayecto muy tranquilo, lo normal en los vuelos que salen tan temprano, la mitad del pasaje dormía y la otra mitad trabajaba con sus ordenadores.
Salí rápido del avión, no tenía que esperar equipaje, viajaba con una pequeña mochila de ordenador de color gris, en la que llevaba todo lo que necesitaba, mi visita a Londres era fugaz por la noche cogería un vuelo de vuelta a La Coruña.
Corrí hasta la estación de tren del aeropuerto, era muy importante llegar cuanto antes a mi destino: la isla de los perros, uno de los distritos más modernos de la ciudad londinense.
Tardé treinta y cinco minutos en llegar a la estación de Canary Wharf, salí del metro y subí por las escaleras infinitas de la estación, por fin pisaba la calle, respiré y sentí esa humedad que te cala hasta los huesos, cerré la cremallera de mi North Face y caminé rápido los cinco minutos que me quedaban para llegar.
Me temblaban las piernas, allí estaba frente a mí el impresionante One Park Drive, un impresionante rascacielos de diseño, entré y me dirigí hacía los ascensores.
Llegué a la planta 48 y allí estaba frente a la puerta 24. No pensaba tener que volver aquí de nuevo, pero era Yago Méndez Quiroga, el único que podía ayudarme a resolver el caso que habíamos bautizado como “las vírgenes rubias”, siete jóvenes habían aparecido en diferentes lugares en la comarca de Vimianzo, un lugar muy cercano a la conocida Costa da Morte, todo apuntaba que nos enfrentábamos a un asesino en serie, sabía que si alguien podía poner algo de luz al caso ese era Yago.
Así que aquí estaba de nuevo llamando al timbre de su apartamento.
Yago me abrió la puerta y me dio un abrazo, apretándome con fuerza. Seguía teniendo el mismo aire de chico inocente que tanto me había llamado la atención el primer día que lo conocí en la academia de policía en Ávila.
– Me alegro mucho de verte, he preparado café, supuse que te apetecería uno después del madrugón- me dijo sonriendo.
– Perfecto, no podemos perder ni un segundo -le dije mientras abría mi mochila y extendía la documentación del caso sobre su mesa de comedor.
Mientras termino de extender la documentación no puedo evitar mirar el ventanal que tengo frente a mí, y observar con envidia las maravillosas vistas que tiene su apartamento. Yago vino a Londres hace ya cinco años, después de resolver “el caso de los petroglifos”, un asunto muy complicado que habíamos resuelto gracias a esa pasión de Yago por la historia de Galicia, por eso recurría a él cada vez que un caso se teñía de tradición y simbología. O quizá solo recurría a él porque necesitaba sentir de nuevo su presencia junto a mí.
Yago dejó el café sobre la mesa, su mirada se quedó fija en una de las fotografías. Era la imagen del primer cadáver que habíamos encontrado cerca de Castrelo a orillas del río Xallas. En la escena, una joven de cabellos dorados y facciones aniñadas, alrededor del cuerpo había peces y aves. En el pecho de la víctima un laberinto grabado a fuego, me dijo que ese grabado era un Trampallán
– El Trampallan es un amuleto defensivo gallego que nos protege contra los que nos quieren llevar a un callejón sin salida. Los peces y las aves los celtas los colocaban alrededor de los cuerpos para que pudieran entrar en el paraíso- me explicó.
Las demás fotografías mostraban escenas similares, mujeres de cabellos dorados, rasgos aniñados con un amuleto defensivo grabado en el pecho y rodeados de aves y peces.
-Cada uno de los cadáveres ha sido encontrado a lo largo del sendero Devesa de Anllares, todos muy cerca de la orilla del río Xallas- me adelanté- ¿Tienes alguna idea sobre el porqué de tanta simbología? – le pregunté
-Está claro que nos encontramos ante un psicópata, pero eso ya lo sabías tú por eso has venido aquí, ¿verdad? Sigue un patrón, todas tienen el cabello dorado, rasgos aniñados, cuerpos desnudos limpios, un amuleto celta grabado en sus pechos y esos peces y aves que las rodean. Sin duda es un ritual celta. – dijo tajante
Yago cogió su abrigo, las llaves y salió de manera precipitada de su apartamento.
Yo empecé a desesperarme, no paraba de mirar el reloj, hacía dos horas que Yago se había ido y no sabía nada de él. Era la una del mediodía y mi avión con destino a La Coruña salía a las nueve de la noche, estaba empezando a pensar que aquel viaje había sido inútil.
¿Qué era tan importante como para dejarme así?
El sonido del móvil me devolvió a la realidad, al otro lado oí la voz de la Dra. Otero.
-Marta, te he enviado los informes de las autopsias- dijo de manera contundente- en el estómago de las cuatro hemos hallado restos de un tubérculo conocido como el “nabo del diablo”.
– ¿Signos de violencia o agresión sexual? – le pregunté
-No. – me dijo
Le di las gracias y colgué de manera brusca.
Busqué en la agenda del móvil el número de Yago, le llamé, pero no respondió.
– ¿Dónde se habrá metido?
Entonces, noté que se abría la puerta, allí estaba él con un pequeño bloc de notas en la mano.
-Perdona por haber salido así. Me acordé de que había dejado mi bloc de notas en mi despacho- se disculpó.
-No te preocupes. Me ha llamado la Dra. Otero para contarme que… – le dije.
-Las chicas han muerto envenenadas ¿a qué sí? – me interrumpió.
Moví la cabeza afirmando.
– ¿Cómo lo sabes? – le increpé.
– Cuando vi que todas las chicas tenían los cabellos dorados y rasgos aniñados pensé en el “ritual das vírxenes louras” (ritual de las vírgenes rubias), pero tenía que estar seguro y en mi bloc de notas he encontrado las respuestas – me explicó.
– Rápido, recoge todas tus cosas, nos vamos al aeropuerto- dijo Yago.
-No te entiendo Yago, explícate-le grité.
-Tranquila, te lo cuento por el camino- espetó
Cogimos un taxi que nos llevó al aeropuerto. Por el camino Yago me puso al día de lo que había averiguado. Se había puesto en marcha el “rito de la salvación”, un rito suevo en el que se cuenta que el que sea capaz de llevarlo a su fin cumpliendo los cinco rituales que lo componen, obtendrá el ascenso directo a la salvación.
-Tenemos que pararlo- me dijo Yago nervioso.
En la hora cincuenta cinco minutos que duró el vuelo hacía nuestro destino, ninguno de los dos hablamos, íbamos repasando los detalles del caso.
Aterrizamos en el aeropuerto de Alvedro, llovía de esa manera que sólo lo hace en Galicia, lluvia fina que cae oblicua.
Cogimos mi coche que había dejado por la mañana en el aparcamiento y nos pusimos rumbo a Vimianzo, en cuarenta y siete minutos estaríamos allí.
– ¿Por qué los cuerpos aparecen desnudos limpios y con peces y aves alrededor? – le pregunté a Yago, rompiendo el incómodo silencio que se había instalado entre los dos.
– El cuerpo limpio y desnudo es símbolo de pureza. Las aves y los peces son una tradición funeraria de los pueblos del norte de Europa facilita a los cuerpos la entrada en el paraíso. Lo que me tiene algo confundido es ¿por qué graba esos amuletos de protección en sus pechos? – me contestó.
Tomamos la autopista de peaje hacía Carballo, en ese momento sonó mi móvil, habían encontrado unos trozos de papel, restos de pelos que parecían de animal y una pequeña llave cerca del lugar donde habían localizado el último cuerpo.
Pusimos rumbo hacia embalse de Santa Uxía, donde había aparecido el último cuerpo. Atravesamos la zona acordonada, mis compañeros estaban analizando la escena.
-Inspectora Moura, aquí- me gritó el agente Lago.
El agente Lago me muestra lo que había encontrado cerca de la orilla, unos trozos de cartulina blanca en el que se ve lo que parece un escudo en tinta de color negro pegados a él algunos pelos duros que parecen de animal y una llave muy pequeña, que parece de una taquilla.
-Mételo en una bolsa de pruebas y mándalo al laboratorio para que lo analicen- le ordené.
No tenía claro si ese trozo de papel pertenecía al asesino ya que la zona del embalse es un lugar bastante frecuentado los fines de semana, pero mi olfato me decía que esos objetos nos llevarán al asesino.
Decidí instalar mi despacho en el puesto de la Guardia Civil de Vimianzo, para estar más cerca.
Nos pusimos a analizar las cámaras de tráfico de la zona donde habían aparecido las cinco jóvenes, pero no encontramos coincidencias de vehículos.
La Dra. Otero nos confirmó que la causa muerte de todas las jóvenes había sido por envenenamiento.
Yago tenía claro que en las imágenes de las cámaras tenía que haber algo, se encerró en la sala de vídeo.
– ¡He encontrado algo! – gritó desde la puerta de la sala de vídeo.
Entre en la sala, me contó que en las imágenes aparecía un coche de alta gama, cosa que le había llamado la atención y había ampliado la matrícula y se trataba de un coche de alquiler.
-Es posible que sea de algún turista que se ha acercado a la zona, aunque es raro, el turismo por aquí se concentra en los meses de verano. Vamos a tirar de este hilo, es lo único que tenemos-le dije.
El agente Lago se acercó a mí y me entregó el informe del análisis de los trozos de cartulina que habíamos encontrado el día anterior.
En el informe se confirma que se trata de una tarjeta de visita en la que aparece el logo de la Universidad de A Coruña, además en la tarjeta se ha encontrado restos de pelo de cabra.
Mientras yo hablaba con Lago. Yago se había puesto en contacto con la empresa de alquiler de coches y el coche lo había alquilado un tal Roi Seoane.
-Venga, hay que localizarlo- dijo Yago.
Envíe una patrulla a la calle San Andrés 35 de La Coruña, dirección que aparecía asociada a su DNI, me avisaron de que allí parecía que no vivía nadie desde hacía varios meses.
Otra patrulla fue al Campus de Elviña de la Universidad de La Coruña, en concreto a la Facultad de Sociología, Roi Seoane era profesor de la asignatura de Antropología Social en esa universidad. Los agentes se acercaron al Departamento para preguntar por él, allí le comentaron que llevaba de baja desde el mes de octubre y no sabían nada de Roi desde ese mes.
Parecía que se lo había tragado la tierra.
-Tenemos que encontrarlo Marta- me dijo Yago desesperado.
– ¡Lo sé! Déjame pensar- le conteste nerviosa.
Estaba claro que esa tarjeta de visita pertenecía a Roi Seoane. Me acordé de los restos de pelo de cabra que también se habían encontrado.
– ¡Ya lo tengo! – le grité.
Le conté que habían aparecido restos de pelo de cabra en los trozos de la tarjeta.
– ¡Manos a la obra! – exclamó Yago- Tenemos que localizar las explotaciones agrícolas de la zona que se dediquen a criar cabras.
– Esta zona se dedica en su mayoría a la cría de ganado vacuno, así que no creo que nos cueste demasiado dar con ella ¡Malo será! – le repliqué.
En la zona había cinco granjas que se dedicaban al ganado caprino.
Habíamos registrado dos y allí nadie conocía a ningún Roi. Empezaba a anochecer y el cansancio hacía mella en nosotros, pero teníamos que parar al asesino.
La siguiente granja estaba en Buitrón, una pequeña aldea. Se veía el establo desde la entrada, nos acercamos en silencio, al asomarnos por una pequeña ventana pudimos ver a una joven tirada en el suelo y a su lado un hombre ataviado con un mono blanco, botas y guantes de látex.
Yago pidió refuerzos que llegaron rápido
Roi salió corriendo cuando nos vio, el agente Lago salió tras él y lo atrapó.
Todo había terminado.
Ahora tocaba despedirse de Yago una vez más. Alguna vez seremos capaces de decirnos nos necesitamos

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